La Candelaria en Melegís: luz, humildad y pichones en las calles del pueblo
Aunque el día de la Candelaria es el día 2 de febrero, este año Melegís lo celebra el día 1 por caer en domingo.
Cada año, cuando el invierno aún se deja sentir en el Valle de Lecrín, Melegís celebra una de sus festividades más íntimas y entrañables: la Candelaria, una tradición religiosa que combina liturgia, simbolismo bíblico y una forma de religiosidad popular profundamente arraigada en la vida del pueblo.
La fiesta de la Candelaria, que celebraremos el día 1 de febrero, conmemora la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de la Virgen María, tal como recoge el Evangelio de San Lucas. Es una celebración marcada por el simbolismo de la luz, de ahí la bendición de las candelas, y por el sentido de ofrenda familiar, tan presente en la tradición cristiana.
Una procesión pequeña y recogida
En Melegís, la Candelaria se vive de forma humilde y serena, alejada de grandes fastos. Antes de la misa a las 12 horas, se procederá a la bendición de las candelas y el romero en la iglesia, teniendo lugar posteriormente una procesión breve que recorre algunas de las recoletas calles del pueblo. Participan la Virgen del Rosario con el Niño Jesús y San José, cuya imagen todos los años anteriores ha portado un elemento singular que distingue a esta celebración de otras del entorno: un canastillo con pichones vivos.
Este detalle no es meramente decorativo. Remite directamente a la antigua prescripción judía recogida en la Ley de Moisés, según la cual las familias humildes ofrecían en el Templo un par de tórtolas o pichones en lugar de un cordero. En Melegís, San José pasea ese canasto con aves vivas como símbolo de la pobreza digna, la obediencia a la ley y la ofrenda sencilla, valores que conectan de manera natural con el carácter del propio pueblo.
San José y los pichones: una singularidad local
La presencia de San José con los pichones convierte esta procesión en una estampa casi evangélica, cercana y conmovedora. No es raro que los vecinos hablen de ella como una procesión “menuda”, “recogida” o “familiar”, adjetivos que definen bien su espíritu. El paso avanza sin prisa, acompañado por los fieles, en un clima de respeto y cercanía.
A este carácter familiar se suma otro gesto cargado de significado: la presencia de carritos de bebés, que acompañan la procesión y cuyos niños reciben la bendición, reforzando el sentido de protección, vida nueva y continuidad generacional que encierra la fiesta.
Canto y comunidad en la plaza
Uno de los momentos más destacados se produce al llegar a la plaza, donde se canta la Salve a la Virgen de manera comunitaria. Tradicionalmente, el canto se inicia por las mujeres y continúa con los hombres, en una fórmula antigua que aún se conserva y que añade un valor etnográfico a la celebración.
Una tradición viva del Valle de Lecrín
La Candelaria en Melegís es, en definitiva, una fiesta sencilla pero profunda, donde lo litúrgico y lo popular se entrelazan sin artificios. Una celebración que no necesita grandes alardes para emocionar, porque habla de lo esencial: la luz en medio del invierno, la familia, la fe heredada y la identidad compartida.
En tiempos de cambios acelerados, Melegís mantiene viva esta tradición como un acto de memoria colectiva, una manera de seguir caminando juntos —como San José con su canasto de pichones— por las calles de siempre.
La fiesta de la Candelaria tuvo durante siglos una especial relevancia en los pueblos agrícolas del antiguo Reino de Granada, al coincidir con el final simbólico del ciclo navideño y con rituales de protección ligados a la infancia y al hogar. En muchos lugares del Valle de Lecrín se bendecían candelas, niños y parturientas, aunque la presencia de San José portando pichones vivos constituye una singularidad muy poco frecuente, conservada en Melegís como herencia de una religiosidad sencilla, de raíz bíblica y popular, transmitida de generación en generación.


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