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25 abril 2025

Leyenda del Cristo del Coro

 



 

LA LEYENDA DEL CRISTO DEL CORO Y LOS DUENDES DEL CERRO (Albuñuelas)

Hace ya muchos años, cuando la voz del pueblo era la única crónica viva de lo que ocurría entre las calles y los montes, se empezó a contar en Albuñuelas una historia tan singular como inquietante.

Los frailes del antiguo convento, que dominaba con su presencia la vida espiritual del pueblo, aseguraban ver extrañas criaturas moverse por el cerro que se alza frente a la iglesia. Eran, según decían, duendes revoltosos que danzaban entre las encinas y los peñascos, haciendo burlas, ruidos y trastadas que alteraban la paz del lugar.

Alarmados por aquellas apariciones, los religiosos tomaron una decisión solemne: colocaron el Cristo crucificado en el coro alto de la iglesia, orientado directamente hacia el cerro, como para clavar con su mirada divina a los pequeños seres del mal. Los frailes, con gran elocuencia, señalaban desde la placetilla a los duendes, asegurando que los veían saltar y corretear… y cuando el Cristo se giraba simbólicamente hacia el monte, decían que los duendes huían despavoridos.

La fama de los duendes creció, y para reforzar su expulsión, erigieron una cruz en lo alto del cerro —de ahí el nombre que aún hoy perdura— y organizaron peregrinaciones hasta allí. Pero los duendes no se rendían fácilmente.

Entonces el guardián del convento, con gesto grave y tono inspirado, anunció que había recibido un mensaje revelador del “niño cascante”, un supuesto espíritu visionario: “Los duendes solo desaparecerán si se les ofrece comida.” Y así, movidos por la fe y el miedo, los pobres peregrinos comenzaron a subir al cerro con cestas de alimentos: aceite, legumbres, harina… todo cuanto sus humildes casas podían aportar.

Y fue cierto: tras aquellas ofrendas, los duendes dejaron de verse. El “niño cascante”, como afirmaban los frailes, tenía razón.

Pero la historia no terminó ahí. Un día, unos vecinos, con más escepticismo que devoción, decidieron vigilar discretamente desde las sombras para ver cómo los duendes recogían la comida ofrecida. Pasaron las horas, cayó la noche… y los duendes no aparecieron. Sin embargo, en la penumbra… ¡sí vieron a unos frailes del convento retirando sigilosamente los alimentos!

Desde entonces, la leyenda del Cristo del Coro quedó envuelta en una bruma de misterio, entre la devoción ingenua de unos, el ingenio de otros… y la astucia de quienes sabían cómo llenar la despensa sin romper voto de pobreza.

Una leyenda, sí. Pero una leyenda de Albuñuelas.


24 abril 2025

Leyenda Franciscana de Albuñuelas





LEYENDA FRANCISCANA DE ALBUÑUELAS

Según el historiador Manuel Ruiz Villegas, el antiguo convento franciscano de Albuñuelas fue uno de los más ricos en mitos y leyendas de toda Andalucía. Entre las muchas historias recogidas, destaca una crónica del siglo XVIII que mezcla misterio, castigo divino y redención.

Corría el año 1731. En el pueblo —conocido entonces como “el del arzobispo”— vivía una mujer dedicada a la mancebía, a quien el párroco del momento, probablemente don Diego Gutiérrez, reprendía sin éxito. Un día, decidido a corregirla, fue a visitarla a su casa. Al verlo, el mancebo que estaba con ella huyó por la ventana, y la mujer, rasgándose las ropas, salió gritando a la calle acusando al cura de improperios.

Los vecinos, escandalizados, alertaron a las autoridades y al guardián del convento, Fray Pedro Zarco. El párroco fue encarcelado, y el arzobispo, ante los hechos, lo apartó del sacerdocio.

Pero una noche, algo asombroso ocurrió: un espectro se apareció en la celda del guardián y, entre sombras y silencio, le entregó una carta destinada al arzobispo. Decía ser un enviado del cielo. La misiva, firmada por la propia Divinidad, afirmaba que el párroco era inocente.

En el mismo instante en que el arzobispo leyó la carta, la mujer que había mentido murió entre terribles dolores. Tres veces intentaron enterrarla, y tres veces la tierra rechazó su cuerpo. Solo descansó finalmente en el lugar destinado a los no arrepentidos.

El arzobispo, conmovido por lo sucedido, restituyó al cura en todos sus cargos.

Una leyenda, sí. Pero una leyenda de Albuñuelas. 


23 abril 2025

“La Luz de la Rambla”


Un relato inspirado en la leyenda de Albuñuelas, La Luz de la Rambla.

 

 

“La Luz de la Rambla”

 

Albuñuelas, siglos de misterio

Hay caminos que al caer la noche se llenan de silencio,

y hay silencios que brillan,

aunque no haya luna.

En Albuñuelas, desde tiempos que nadie recuerda,

corre de boca en boca la historia de una luz solitaria

que aparece en la rambla profunda,

cuando el sol ya se ha escondido y el viento huele a romero mojado.

Dicen que no es farol, ni candil, ni fuego fatuo.

Que no asusta, ni quema,

pero tampoco se deja atrapar.

Los pastores la han visto.

También caminantes, muleros y hasta alguna muchacha que volvía tarde del lavadero.

A veces aparece cerca del Barrio Bajo,

otras junto al molino viejo o bajo las chumberas del camino del pilar.

El abuelo Mateo contaba que la vio una vez, de joven,

cuando cruzaba la rambla con un saco de almendras al hombro.

—“Era como una llama blanca que flotaba a un palmo del suelo,”

decía.

—“Me seguía, sin ruido.

Y cuando me detuve, también paró.

Y cuando dije en voz alta ‘¡Quién anda ahí!’,

la luz se inclinó…

como saludando.

Y luego, desapareció entre los juncos,

dejando olor a tomillo y pan recién hecho.”

Hay quien cree que es el alma de una mujer buena

que murió esperando a su hijo,

o de algún morisco que no quiso abandonar el pueblo.

Otros dicen que es el espíritu del agua,

que aún recorre las venas ocultas del barranco,

guiando a quienes se pierden

o protegiendo a los que caminan con miedo.

Pero todos coinciden en algo:

quien ve la Luz de la Rambla

no vuelve siendo el mismo.

Dicen que algo se les queda en el pecho,

como si hubieran recibido un secreto

o una caricia del más allá.

Y si le preguntas a los viejos del lugar,

te dirán con media sonrisa:

—“No la busques.

Ella aparece… cuando más la necesitas.”

 


 

28 marzo 2025

Dos Leyendas Moriscas de Albuñuelas

 


Aquí os dejó dos nuevas leyendas moriscas ambientadas en Albuñuelas, entre el rumor de las acequias, el susurro de las montañas y el eco de las casas encaladas. Ambas son distintas: una más mágica y otra más simbólica, pero las dos hablan de resistencia, memoria y misterio.

 

1. La tinaja del agua que nunca se vaciaba

Barrio Bajo – siglo XVI

 

Durante los años más duros de represión, cuando los cristianos nuevos eran vigilados y la Inquisición llegaba con listas,

vivía en una casa pequeña del Barrio Bajo un hombre llamado Yahya,

aunque oficialmente lo llamaban Juan el Aguador.

Tenía una tinaja de barro grande, heredada de su abuelo.

Estaba rota por fuera,

pero cada mañana, cuando sacaba agua para sus hijos,

la tinaja estaba llena.

Siempre.

Nunca se la vio subir a la fuente, ni cargar cántaros.

Pero repartía agua entre los vecinos cuando escaseaba.

Un día, una vecina preguntó:

—“¿De dónde viene tu agua, Juan?”

Él respondió con calma:

—“De quien no la olvida.”

La mujer pensó que hablaba de Dios.

Pero esa noche, vio una figura bajar al patio, arrodillarse ante la tinaja, y rezar en dirección al este.

No dijo nada.

Pero cuando Yahya murió, la tinaja se secó para siempre.

Hoy, hay quien dice que, si tocas una tinaja antigua en Albuñuelas con respeto y fe,

puedes sentir una gota…

aunque no la veas.

 

 

2. Las piedras que susurran

La Loma – siglo XVI

 

Se cuenta que en una curva de los caminos altos de La Loma,

donde las piedras blancas se asoman al barranco,

hay un lugar donde los moriscos enterraban libros prohibidos.

Coranes, poemas, recetas de medicina y secretos de los astros.

Las envolvían en tela, las protegían con piel de cabra,

y las enterraban bajo piedras planas, con una marca grabada:

un círculo dividido en cuatro partes.

Los cristianos que vinieron después pensaban que eran señales del diablo.

Pero las mujeres sabias del pueblo decían:

—“Son voces dormidas.

Si te sientas ahí en silencio, y cierras los ojos…

las oyes.”

Hoy, algunos vecinos mayores dicen que hay una piedra concreta, cerca de un viejo algarrobo,

que si la tocas con la mano izquierda,

y le cuentas un secreto,

te devuelve otro.

Uno de otro tiempo.

 

 

 

 


“El secreto de la almendra partida”

 


Aquí os traigo una historia con aires de leyenda, mezclando elementos reales del entorno con un toque mágico. Una historia que podría haber sucedido en cualquier esquina de Albuñuelas… o que quizás aún se murmura entre sus calles.

 

“El secreto de la almendra partida”

Albuñuelas – Barrio Bajo, año incierto

 

 

Cuentan que hace muchos años, en el Barrio Bajo de Albuñuelas, vivía un hombre solitario llamado Don Leandro, que recogía almendras para venderlas peladas, sin cáscara, en Granada.

Pero no era un agricultor común.

Decían que tenía un don: podía saber si una almendra era dulce o amarga solo con mirarla.

Nadie sabía cómo lo hacía.

Las mujeres del pueblo decían que era cosa de brujería.

Los niños pensaban que las almendras le hablaban al oído.

Él solo decía:

—“Las buenas se esconden donde nadie las espera.”

Un día, mientras caminaba por una vereda de La Loma, encontró una almendra muy extraña:

más grande, con la cáscara marcada como si alguien le hubiera escrito encima con una uña.

La partió con una piedra, como siempre.

Y dentro, en vez de la pepita blanca, encontró un papel minúsculo, enrollado como un cabello.

Decía:

“Quien guarde esta almendra sin romperla,

verá florecer lo que creía perdido.”

Don Leandro, por primera vez, no dijo nada.

Se guardó el papel y volvió a su casa.

Plantó el resto de la almendra en una maceta,

y la regó durante cuarenta días.

Cuarenta días después, brotó un almendro rojo.

Sí, rojo.

Con flores del color del vino.

Y cada almendra que daba… sabía a fruta.

Dulce.

Como higo.

Como membrillo.

Como infancia.

Don Leandro nunca vendió ese fruto.

Solo lo compartía con quienes le contaban un secreto a cambio.

Hoy, en Albuñuelas, algunos ancianos dicen que ese almendro ya no está…

pero que cada vez que parte una almendra y les sabe a uva,

es que Don Leandro anda cerca.

Mirando desde La Loma.

Y esperando que alguien vuelva a encontrar la almendra marcada.

 

 

 

 


“El rezo del almendro”




Vamos ahora a la época morisca de Albuñuelas, cuando el pueblo era un lugar habitado por descendientes de musulmanes que, tras la conquista cristiana, habían sido obligados a bautizarse y vivir bajo estricta vigilancia. Sin embargo, en sus casas, sus huertas y sus susurros, aún sobrevivían sus costumbres, su lengua, y su fe.

Aquí tenéis una leyenda morisca, ambientada en Albuñuelas en el siglo XVI, cuando la represión era fuerte, pero el alma no se rendía.

 

 

“El rezo del almendro”

Leyenda morisca de Albuñuelas

 

 

En tiempos del Rey Felipe II, cuando los moriscos ya no podían rezar en árabe ni ayunar en Ramadán,

ni pronunciar el nombre de sus antepasados,

vivía en el Barrio Alto de Albuñuelas una mujer llamada Fátima ben Saad.

Había nacido ya bajo la cruz, pero guardaba en su corazón la luna.

Su padre le había enseñado a sembrar en silencio,

a mirar la posición de las estrellas para saber cuándo recoger la granada,

y a recitar el “bismillah” bajito,

cuando el pan salía del horno.

En su patio tenía un almendro grande, torcido por el viento.

Y bajo ese almendro, cada noche,

Fátima se sentaba a rezar con las manos abiertas, sin palabras.

Decían las vecinas que hablaba con las ramas.

Que el árbol le respondía.

Pero nadie la delató.

Porque todas, en el fondo, rezaban algo en lo hondo que no podían confesar.

Un día, llegaron soldados desde Granada.

Buscaban herejías.

Quemaron manuscritos, rompieron cántaros con inscripciones árabes,

y entraron en las casas buscando señales.

Fátima no se escondió.

Solo se sentó bajo su almendro.

Y esperó.

Cuando los soldados la vieron, preguntaron qué hacía.

Ella respondió:

—“Espero a que florezca.”

—“No hay flores en septiembre”, dijeron ellos, burlones.

Pero en ese momento, el almendro soltó una sola flor blanca,

y cayó en su regazo.

Los soldados callaron.

Y se marcharon.

Desde entonces, cada vez que en Albuñuelas un almendro florece fuera de temporada,

las mujeres dicen bajito:

“Fátima ha rezado.

Y la flor la ha oído.”

 



 

El canto bajo el agua

 


Esta vez os traigo una nueva leyenda, diferente a la anterior, ambientada en un lugar concreto: el Lavadero del Tío Bayo, uno de los más antiguos del pueblo, y que aún conserva el eco de las mujeres que lavaban y hablaban entre jabón y piedras.

 

 

“El canto bajo el agua”

Leyenda del Lavadero del Tío Bayo – Albuñuelas

 

Cuentan las vecinas más mayores que, hace muchos años,

había una mujer llamada Lucía,

que lavaba en el Lavadero del Tío Bayo todas las mañanas,

aunque no tuviera ropa sucia.

Era una mujer callada,

pero cuando se agachaba a frotar la ropa en la piedra,

cantaba con una voz tan dulce

que hasta el agua parecía detenerse a escucharla.

Decían que su canto curaba la pena.

Que si una moza tenía el corazón roto, bastaba con lavar junto a Lucía.

Que si una mujer no podía tener hijos,

y escuchaba su canción entera sin interrumpirla, al año siguiente traía un niño en brazos.

Nadie sabía de dónde venía Lucía.

Vivía sola, en una casa baja cerca del barranco.

No iba a misa.

No iba al baile.

Solo al lavadero.

Una mañana, dejaron de verla.

Pasaron días, semanas.

La fuente seguía manando, pero el agua ya no sonaba igual.

Y las mujeres, al lavar, decían:

—“Parece muda. Como si le faltara el canto.”

Una noche de San Juan, una niña del Barrio Alto bajó al lavadero con su madre,

y al meter las manos en la poza, escuchó una voz que salía del agua:

—“No he muerto. Solo canto más hondo.”

Desde entonces, cada vez que una mujer llora en silencio junto al lavadero,

cuando nadie la ve,

la corriente le devuelve un susurro.

Un eco que no consuela,

pero acompaña.

Y si alguna vez vas al Lavadero del Tío Bayo de madrugada,

y estás en paz,

puede que oigas la canción de Lucía,

frotando el alma de quien aún lava sin decir palabra.




“La higuera de los cuatro nombres”

 


Hola amigos ahora os cuento una historia íntima y realista sobre una familia morisca de Albuñuelas en el siglo XVI, poco después de la rebelión de las Alpujarras, cuando ya se había prohibido el uso del árabe, los rituales islámicos y las costumbres ancestrales. Es una historia sobre el miedo, la memoria… y la fuerza del amor familiar.

 

 

“La higuera de los cuatro nombres”

Albuñuelas, año 1581

 

En una casa encajada en una cuesta del Barrio Alto de Albuñuelas, vivía la familia de Amin ben Hamid, a quien ahora llamaban Diego Martín.

Era morisco, como todos en el pueblo, pero en los papeles figuraba como cristiano.

La cruz colgaba en su sala,

pero en su cocina aún se cocinaba con comino, dátil y canela.

Su esposa se llamaba Zahra, aunque la parroquia la conocía como Isabel,

y sus hijos tenían cuatro nombres cada uno:

uno para la escuela,

otro para los rezos,

uno secreto para los sueños,

y otro que solo conocían los abuelos.

Cada noche, al caer el sol, la familia se reunía junto a una higuera que crecía al fondo del corral.

Allí no los veían los soldados.

Allí el padre contaba historias antiguas.

La madre enseñaba palabras que ya no se podían pronunciar en voz alta.

Y los niños repetían los nombres como si fueran canciones.

—“No olvidéis quiénes sois,” decía Zahra en voz baja.

—“Aunque os llamen por otro nombre, el alma no cambia de lengua.”

Una mañana, la Inquisición llegó al pueblo.

Buscaban libros, amuletos, restos del pasado.

Entraron en casas, preguntaron por palabras “extrañas”.

Cuando llegaron a casa de Diego y Zahra, encontraron solo una higuera en flor

y unos niños que sabían leer el Padrenuestro sin tartamudear.

Se marcharon.

Pero una vecina juró que, cuando pasaron junto a la higuera, ésta soltó una hoja blanca con letras diminutas.

Y que el viento la hizo volar hacia el barranco,

como si la historia misma se escondiera.

La familia siguió viviendo.

Cambió de ropas.

De rezos.

De formas.

Pero cada noche, seguían bajando al árbol,

a recordar los cuatro nombres.

Hoy, en Albuñuelas, hay una casa abandonada con una higuera que aún da fruto.

Dicen que si te sientas bajo su sombra en silencio,

y dices tu nombre en voz baja,

escucharás otros tres en tu interior.

Como si alguien los guardara… para que no se pierdan.

 

 

 


27 marzo 2025

El Secreto del Lavadero del Tío Bayo

 



En el Barrio Alto de Albuñuelas, justo donde el pueblo parece asomarse al vacío, se encuentra uno de los rincones más antiguos: el Lavadero del Tío Bayo. Aunque hoy está restaurado y en desuso, durante décadas fue lugar de encuentro de mujeres, rumores, canciones… y también, según se cuenta, de un misterioso hallazgo que nadie quiso explicar del todo.

Era una mañana de finales de verano, en los años 30. Las mujeres del barrio bajaban con sus cubos y sus cántaros, como siempre. Pero aquella vez, una niña que acompañaba a su madre se alejó unos metros y, jugando entre las piedras junto al canalillo de riego, tropezó con algo duro: una pequeña caja de madera negra, empotrada entre las raíces de una higuera.

La abrieron allí mismo. Dentro, envueltos en una tela bordada, había cuatro monedas antiguas y un pequeño papel manuscrito, con letras en árabe. Nadie supo leerlo, pero una mujer mayor, conocida como la “tía Isabelilla”, dijo que aquello era una señal: que algún morisco, siglos atrás, había escondido su fortuna allí antes de huir del pueblo durante la rebelión, y que esa caja era solo un aviso... una promesa de que aún quedaba más, enterrado en algún lugar del barranco.

Desde ese día, muchos comenzaron a buscar entre las rocas del lavadero, y algunos incluso por las cuevas del entorno, sin encontrar nada más. La caja desapareció en los años siguientes. Algunos dicen que alguien se la llevó, otros que fue arrojada al pozo por miedo.

Aún hoy, hay quien, al pasar por el Lavadero del Tío Bayo, mira de reojo entre las piedras, por si la tierra volviera a soltar algún secreto. Y los mayores del barrio lo dicen en voz baja:

"Donde hubo agua y silencio... también hubo oro."