San Blas en el retrovisor: Los recuerdos de Antonio Serrano sobre el patrón de Dúrcal
Por: [Miguel Ángel Molina Palma]
Basado en las crónicas de Antonio Serrano de Dúrcal
Las fiestas de San Blas en Dúrcal no son solo una fecha en el calendario; son un sedimento de recuerdos, fe y picaresca que se ha ido acumulando en el "baúl de los recuerdos" de sus vecinos. Nadie ha sabido captar mejor esa esencia que Antonio Serrano, quien a través de sus artículos en la prensa local nos invita a un viaje por el tiempo: desde la nostalgia de las pesetas olvidadas en un bolsillo hasta el origen incierto de la talla de un santo que, aunque croata de nacimiento, tiene corazón durqueño.
El milagro de las trescientas pesetas
La crónica de Serrano comienza a menudo con lo cotidiano. En una ocasión, la necesidad de "enjaretar" un frac para el teatro llevó al autor a rescatar un viejo abrigo entallado que llevaba diez años colgado, tras una procesión de San Blas. Lo que parecía un simple recurso de vestuario se convirtió en una pequeña lotería: en el fondo del bolsillo, su esposa halló tres billetes de cien pesetas.
Eran "tres soles" que hoy apenas sumarían dos euros, pero que en la memoria del autor evocan una época de austeridad y disfrute.
Con esas 300 pesetas, un hombre podía permitirse una noche de verbena completa: una cerveza (50 pts.), un cubata (100 pts.) y terminar con chocolate con churros (150 pts.).
Eran tiempos en los que su hija podía subir cuatro veces a los columpios con los "veinte duros" que le daba su abuela.
Evolución de una fiesta: Del 1902 al nuevo milenio
Serrano nos regala un valioso recorrido histórico por los programas de festejos. En 1902, las fiestas ya duraban tres días. Se celebraba la Candelaria, la bajada de San Blas desde su ermita (que entonces estaba en pleno campo), el "castillo" de fuegos artificiales y la subida el día 3. Como dato curioso, la iluminación de la plaza se hacía "a la veneciana", pues la luz eléctrica no llegaría a Dúrcal hasta el año siguiente. Al finalizar el baile en el ayuntamiento, el consistorio obsequiaba a los asistentes con un "refresco" muy particular: vino blanco con azúcar, limón y canela.
Hacia 1919, la fiesta tomó un cariz más intelectual gracias al párroco D. Rafael Ponce de León. Se celebraban veladas literarias donde se disertaba sobre sociología y derechos del hombre, culminando las fiestas con la creación de un sindicato agrario en la iglesia.
Con el paso de las décadas, la fiesta se transformó:
Años 60: Llegada del primer baile (privado).
Años 70: El baile se hace público en el Salón del Monte y el ferial se traslada a la Estación.
Años 80: Aparecen las carpas techadas, los artistas invitados y la expansión de la devoción a Madrid y Barcelona por los emigrantes.
Años 90: La incorporación de la nave de la Escuela Taller a la dinámica festiva.
Un Santo de madera con "cara de recluta"
Sobre la imagen de San Blas, Serrano ofrece una mirada que mezcla la devoción con el análisis artístico. Aunque nació en Croacia y fue obispo, su vínculo con Dúrcal es absoluto. Se cuenta, entre la leyenda y la "calumnia infame", que llegó en barco a Motril con San Segundo, y que ambos se detuvieron en la Venta de las Angustias a disfrutar del mosto antes de que cada uno tomara su rumbo.
Artísticamente, Serrano señala que, al observar la talla desnuda, se perciben rasgos que podrían recordar a la gubia de José de Mora o a los seguidores de Risueño, con ese modelado sencillo de escofina y ojos acristalados del gusto dieciochesco. Un detalle que siempre llama la atención son sus manos rojas; la sabiduría popular, lejos de ver solo policromía que imita guantes episcopales, atribuye el color a la intensidad de los milagros que realiza.
Curiosidades y Raíces
El autor no olvida mencionar que la ermita de San Blas, asentada posiblemente sobre una rábita árabe, esconde secretos como una loseta con la fecha "1486" hallada en la casa del ermitaño.
También rescata términos olvidados, como el hecho de que los periódicos antiguos llamaran "Guadalfeo" al río de la localidad, tal y como hacían los abuelos.
San Blas es, en definitiva, un sentimiento que crece con cada niño durqueño. Un santo que, como dice Serrano, "pone cara de recluta despistado" mientras pasa entre varas de almendro florido, bendiciendo un pueblo que, a pesar de terremotos, riadas y crisis, nunca ha dejado de celebrar su fe y su identidad.


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