Nigüelas: el latido de la piedra y el agua en la Pasión.
Bajo la mirada eterna de la Sierra y el susurro constante de sus acequias, Nigüelas se prepara para abrir las puertas de su alma en esta Semana Santa. En este balcón del Valle de Lecrín, donde el tiempo parece detenerse en sus calles blancas, la fe no se grita, se respira en el aire fresco que baja de las cumbres.
El pórtico de estos días sagrados se levanta el Domingo de Ramos. A las once y media de la mañana, la Plaza de la Constitución se convierte en un mar de palmas y olivos bendecidos, una procesión de esperanza que camina hacia la Eucaristía de las doce para anunciar que el Misterio ha comenzado.
Cuando el sol se oculta tras los relieves del Valle el Jueves Santo, la Parroquia de San Juan Bautista se envuelve en solemnidad. A las siete de la tarde, la Cena del Señor conmemora el amor entregado, una entrega que se hace silencio y vela a las diez de la noche en la Hora Santa, donde el pueblo custodia el Sagrario en la intimidad de la noche.
El Viernes Santo amanece con el peso de la cruz. A las doce del mediodía, el Vía-Crucis recorre el laberinto de piedra de Nigüelas, un camino de oración que prepara el espíritu para los Santos Oficios de la Pasión a las seis de la tarde, cuando la luz del día se desvanece y el silencio se hace dueño absoluto de las plazas.
Tras el reposo del Sábado, la esperanza estalla bajo las estrellas. A las diez de la noche, la Solemne Vigilia Pascual enciende el fuego nuevo que vence a las sombras. Es el preludio del gozo final, que encontrará su plenitud el Domingo de Pascua a las doce del mediodía, con una Eucaristía Solemne que celebra la vida renovada en cada rincón del pueblo.
En Nigüelas, la Pasión de 2026 es un puente de fe entre la tierra y el cielo, un encuentro donde la tradición de los abuelos se hace presente en las manos de los niños, manteniendo vivo el fuego de una identidad que se escribe con sencillez y devoción.

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