05 abril 2026

El muñidor en Nigüelas


 🔔 El último aviso en Nigüelas.

(Relato ambientado a finales del siglo XVIII)

En Nigüelas, donde el agua canta eterna en las acequias y la piedra guarda secretos antiguos, hubo un tiempo en que el silencio tenía nombre… y ese nombre era el del muñidor. 🔔

Era el año de 1798, y el invierno se resistía a marcharse. Las nieves tardías aún blanqueaban las cumbres de Sierra Nevada, mientras en el pueblo la vida transcurría entre el molino, la iglesia y el campo.

A esa hora incierta entre la tarde y la noche, cuando el humo de los hogares se elevaba recto hacia el cielo frío, se escuchó:

clin… clin…

Las puertas no se abrían del todo.

Solo lo justo.

Solo lo necesario.

Porque aquel sonido no era cualquiera.

Era el muñidor.

Vestía de oscuro, como mandaba la costumbre. No por luto, sino por respeto. En su mano, la campanilla temblaba más de lo habitual aquella tarde.

—Hermanos… —dijo, con voz gastada—

mañana habrá entierro…

Y bajó la mirada.

No hacía falta añadir más.

En Nigüelas, todos sabían quién faltaba.

Había muerto el viejo Tomás, el hortelano de las eras bajas, el que conocía el pulso del agua como si fuera sangre. 🌿💧

El muñidor siguió su camino.

Puerta por puerta.

Recuerdo por recuerdo.

clin… clin…

En cada casa, el eco despertaba algo más que la obligación de acudir. Despertaba la memoria compartida, la certeza de que nadie se iba del todo mientras el pueblo lo acompañara.

Pero aquella noche, algo cambió.

Al llegar a la placeta de la iglesia, el muñidor se detuvo. La campanilla quedó suspendida en el aire, muda por un instante. Miró la torre, oscura contra el cielo, y sintió el peso de los años sobre sus hombros.

Porque él también estaba cansado.

Había sido muñidor desde joven.

Había anunciado nacimientos y muertes, fiestas y desgracias.

Había visto pasar generaciones enteras…

Y ahora, el pueblo empezaba a cambiar.

Ya no siempre esperaban su llamada.

Algunos se enteraban antes.

Otros… ya no acudían.

Aun así, levantó la mano una vez más.

clin…

El sonido fue más suave.

Más íntimo.

Casi un suspiro.

A la mañana siguiente, cuando las campanas doblaron por Tomás, todo el pueblo acudió. Hombres, mujeres, niños… todos caminaron tras el féretro como un solo cuerpo.

Y delante, como siempre, iba él.

El muñidor.

Pero cuentan que aquel fue su último aviso.

Que después, la campanilla quedó colgada en una pared, junto a viejas túnicas y cirios apagados.

Y que, sin embargo, algunas noches de invierno, cuando el agua de las acequias corre más honda y el viento baja de la sierra…

Todavía se escucha:

clin… clin…

No como un aviso…

Sino como un recuerdo. ✨

Un eco antiguo que sigue llamando a lo mismo de siempre:

A no olvidar.

A acompañar.

A ser pueblo. 🤍

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