15 mayo 2026

Encarnación Pérez Díaz de Padul

Encarnación Pérez Díaz de Padul 

 🌾 Una infancia entre espigas y sombras.

Encarnación nació en un tiempo de grandes dificultades. Antes de cumplir los diez años, se quedó sin padre, coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil.

 Sus primeros recuerdos están teñidos de miedo y de una lucha constante por el sustento básico.

 Como no tenían nada para comer, durante los veranos, ella y su madre salían a "espigar" detrás de los carros de la cosecha.

Recogían las espigas que caían, las machacaban con una maza en la calle y las aventaban para conseguir el grano que luego cambiaban por comida en las tiendas.

🧶 El oficio del esparto y la escasez de hombres.

En su juventud, Encarnación y su familia se dedicaron a la elaboración de lía (cuerda de esparto).

Cocían el esparto con leña en latas, lo golpeaban con mazas y formaban rollos que también servían como moneda de cambio por alimentos.

Debido a la falta de hombres en el pueblo tras la guerra, Encarnación tuvo que incorporarse a cuadrillas de mujeres para realizar trabajos tradicionalmente masculinos, como arrancar cebada y yeros en los cortijos.

Mientras su madre trabajaba la tierra, Encarnación, siendo aún muy niña, se encargaba de cuidar a su hermano más pequeño.

🧺 De lavandera a "sirvienta" en Granada.

La necesidad llevó a su familia a buscar nuevas formas de ingresos. Su madre comenzó a lavar ropa de "granel" para gente de fuera, un trabajo que incluso requería un pase especial para poder transportar la ropa hasta Granada.

Más tarde, Encarnación entró a servir en casas. Empezó ganando un "duro" (cinco pesetas) y la comida.

Con el tiempo, se trasladó a Granada para trabajar en un carmen (una casa con jardín), donde ganaba cinco duros que enviaba íntegramente a su madre para ayudar a la familia.

En esas grandes casas, se encargaba principalmente de la cocina y la plancha.

💍 El matrimonio y la aventura en Alemania.

Encarnación se casó a los 30 años, una edad considerada tardía para la época, porque su marido no tenía ahorros suficientes para comprar el mobiliario básico.

Finalmente, gracias a una buena temporada de siega donde él ganó 8.000 pesetas, pudieron comprar el dormitorio y contraer matrimonio.

Sin embargo, la búsqueda de una vida mejor no terminó ahí. Su marido emigró a Alemania con un contrato de trabajo, y ella lo siguió poco después, pasando dos años allí trabajando en un bar.

Regresó a España cuando su madre le advirtió que sus hijos estaban creciendo y necesitaban su presencia.

Al volver al Valle, la vida continuó con el ritmo de las estaciones: trabajando año tras año en la recogida de la aceituna y de los tomates junto a su familia.

🏔️ El entorno del pueblo.

En aquella época, el Padul y los pueblos vecinos eran lugares de extrema precariedad. La gente sobrevivía gracias a lo que daba la tierra (trigo, almendras, aceitunas) y a oficios manuales agotadores.

Los hombres solían encargarse de varear u oficios de campo pesados, mientras las mujeres realizaban múltiples tareas: desde recolectar "a gachar" hasta la costura o el servicio doméstico.

A pesar de la "miseria", Encarnación recuerda una vida de esfuerzo compartido donde el objetivo principal era, simplemente, sacar adelante a los hijos.


#EncarnaciónPérez 

Como Encarnación Pérez Díaz ha partido ya, su historia deja de ser un relato para convertirse en un legado eterno tallado en la memoria del Padul y de todo el Valle de Lecrín.

Ella fue el vivo ejemplo de una generación que, entre surcos y silencios, sostuvo el mundo sobre sus hombros.

🌹 In Memoriam: Encarnación Pérez Díaz, el Alma de las Espigas y el Coraje 🕊️

Hoy el viento del Valle sopla con un susurro de nostalgia, despidiendo a una mujer que fue cimiento y raíz. Encarnación, nacida en el lejano 1926, se fué dejando tras de sí el eco de una vida que conoció la dureza del mundo antes de conocer los juguetes.

La niña que venció al hambre La recordaremos siempre como aquella pequeña que, tras perder a su padre en la oscuridad de la guerra, salió a los campos bajo el sol del verano para espigar.

Sus manos infantiles aprendieron que el pan se ganaba golpeando la tierra con una maza y aventando el trigo en la calle, transformando la carestía en sustento para sus hermanos.

Manos de esparto y corazón de servicio Fue la joven que coció el esparto y trenzó la lía con una fuerza que desafiaba su edad, demostrando que cuando faltaban los hombres, las mujeres del Padul eran capaces de arrancar la cebada y los yeros con la misma determinación.

 Su juventud se entregó al bienestar ajeno, sirviendo en los cármenes de Granada y enviando cada peseta ganada a su madre, en un acto de amor y sacrificio que define su nobleza.

Un viaje de ida y vuelta por amor Encarnación no tuvo miedo a las fronteras. Cruzó Europa hacia Alemania siguiendo a su esposo, pero su corazón siempre estuvo en su tierra.

Regresó cuando la voz de su madre le recordó que sus hijos la necesitaban, volviendo a los olivares y a los campos de tomates para verlos crecer bajo el cielo que la vio nacer.

Un adiós que es un "Gracias" Su vida fue un triunfo sobre la adversidad. Se fué la mujer que se casó con un dormitorio ganado a pulso en una siega, la madre que no dejó de trabajar hasta el último aliento y la vecina que guardaba en su rostro los surcos de nuestra historia más valiente.

Descansa en paz, Encarnación. Tu nombre queda registrado para la posteridad, como un eco entre las montañas que nos recordará siempre de qué madera están hechas las mujeres de este Valle.

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