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| Mujer morisca hilando. Dibujo de Miguel Ángel Molina Palma ®️ |
LAS MUJERES DE LA SEDA: LAS MANOS INVISIBLES QUE DEVANABAN EL HILO
El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, redactado en febrero de 1572 por el licenciado Jusepe Machuca, es un catálogo de tierras y árboles. Mide marjales, cuenta olivos, describe linderos. Anota cuántas onzas de cría de seda producen los morales de cada término. Pero no dice nada, o casi nada, de quién hacía el trabajo.
Hay en ese silencio una decisión, aunque no consciente. El escribano Antonio Pérez de Badajoz registraba lo que valía, lo que tenía precio, lo que podía tasarse y confiscarse. Y en la economía del siglo XVI, la labor de hilar seda dentro de una casa no tenía precio asignado, o lo tenía tan bajo y tan doméstico que no merecía folio propio en ningún catastro real.
Y sin embargo, sin ese trabajo, los morales que el Apeo cataloga con tanta precisión no habrían servido de nada.
Melegís tenía en tiempos de los moriscos ciento veintitrés hogares, unas quinientas o seiscientas almas. Restábal, sesenta y cinco hogares, doscientas a trescientas personas. En los morales de ambos términos se criaban, uno con otro, cuarenta onzas de cría de seda en cada lugar, según declaran los conocedores ante el juez Machuca. Cuarenta onzas de huevos de gusano por pueblo. Miles de larvas que eclosionaban cada primavera en el interior de las casas y que durante cuarenta días exigían atención constante, día y noche, sin excepción.
La investigación histórica ha establecido con claridad lo que el Apeo no dice. La participación de las mujeres en la producción de seda del Reino de Granada queda patente desde la recolección de las hojas de moral para la cría del gusano de seda hasta el hilado de sus fibras, como lo había sido anteriormente durante el periodo andalusí. No era una participación marginal ni auxiliar. Era el núcleo del proceso productivo en su fase más delicada.
Cuando los morales empezaban a brotar en marzo o abril, lo primero que ocurría en las casas de Melegís y Restábal era una transformación del espacio doméstico. Las habitaciones se despejaban. Se montaban los zarzos: bastidores de esparto o caña, apilados uno sobre otro, sobre los que se extenderían los gusanos. La temperatura tenía que mantenerse estable, entre veinte y treinta y cinco grados. Había que ventilar sin corriente. Había que vigilar que ningún olor fuerte, ningún humo, ningún ruido brusco perturbara a los gusanos, que son extraordinariamente sensibles durante las primeras semanas.
Todo eso era trabajo de mujer. No porque los hombres estuvieran excluidos, sino porque la casa era el territorio de las mujeres y los gusanos vivían en la casa. El hombre cogía la hoja de los morales, la traía en cestos desde los bancales, subía cargado desde el Pago del Fondón o del Marjen. Pero era la mujer quien la extendía sobre los zarzos en la cantidad y la frecuencia adecuadas. Quien sabía si la hoja estaba demasiado húmeda o demasiado seca. Quien reconocía por el sonido del masticar colectivo si los gusanos comían bien o si algo iba mal.
Ese conocimiento no se escribía. Se transmitía de madre a hija, de suegra a nuera, de vecina a vecina. Era un saber oral, práctico, encarnado en los gestos y en el olfato, que no dejó rastro en los archivos del siglo XVI porque ningún notario consideró necesario anotarlo.
La primera fase era la cría del gusano, que duraba entre treinta y cuarenta días desde la eclosión del huevo hasta el momento en que el gusano maduro dejaba de comer. Las mujeres aprendían a reconocer ese momento por la translucidez del cuerpo del gusano, que se volvía amarillento y casi transparente cuando estaba listo para encaponar. Entonces comenzaba el encabanado: se colocaban ramitas secas sobre los zarzos para que el gusano encontrara dónde sujetarse y tejiera su capullo. En cuatro días, la larva quedaba encerrada en una envoltura oval de seda cruda.
La segunda fase era el hilado, y aquí el papel femenino está mejor documentado precisamente porque era el que tenía consecuencias económicas externas. Las ordenanzas municipales de Granada de 1542 lo confirman sin ambigüedad: había mujeres que hilaban seda dentro de sus casas, sin poner tornos públicos, compatibilizando el hilado con las tareas domésticas. La ordenanza establecía que estas mujeres podían cobrar por cantidad hilada y no por jornada, lo que revela que interrumpían el trabajo y lo retomaban según las exigencias del hogar. La medida no se habría promulgado si el peso de las mujeres en la hilatura de seda no hubiera sido decisivo.
El proceso técnico del hilado comenzaba por macerar los capullos en agua muy caliente, entre ochenta y cien grados. El calor ablandaba la sericina, la goma natural que soldaba el hilo al capullo, y permitía encontrar el cabo. Varias mujeres sentadas alrededor de una caldera de agua humeante buscaban simultáneamente el cabo de varios capullos, los reunían en un solo haz y lo pasaban por un guía antes de enrollarlo en el torno. El ruido del torno girando, el vapor del agua caliente, el olor dulzón del capullo cocido: esos eran los sonidos y los olores de la primavera en el interior de las casas de Melegís y Restábal.
De siete kilos de capullos frescos se obtenía aproximadamente un kilo de seda cruda. El trabajo de semanas de cría, de días de hilado, de meses de cuidado de los morales, se condensaba en ese kilo de hilo brillante que luego recorrería el camino de Granada por el Puerto del Suspiro del Moro.
El Apeo de Melegís y Restábal nombra a muy pocas mujeres moriscas. Pero las que nombra son reveladoras.
Çeçilia Pérez, morisca, vecina de Melegís, vendió una viña en el Pago de Racalquería a Francisco de Valles por escritura de 1551. Vendió, firmó, cobró. Era propietaria y podía disponer de sus bienes. Isabel Chitra, morisca, vendió dos morales con su tierra a María de Herbas en 1560. María Hernández, morisca, arrendó un solar sobre una antigua rábita a censo de la iglesia de Restábal y labró en él una tienda. Una tienda: un espacio comercial propio, en la calle principal del pueblo. Mujeres moriscas que vendían, arrendaban, construían, firmaban escrituras ante notario.
Estas mujeres que el Apeo recoge en su calidad de vendedoras o arrendatarias representan la punta visible de algo mucho más amplio e invisible: una economía doméstica femenina que sostenía la industria de la seda desde dentro de las casas. Las que vendían una viña o arrendaban un solar eran las mismas que en primavera llenaban sus habitaciones de gusanos, o las madres y hermanas de quienes lo hacían.
La Abayria, mencionada de pasada en el Apeo como una mujer que cogía aceitunas en el Fondón. Solo el apellido, sin nombre de pila. Un perfil que el documento no consideró necesario completar. Pero estaba allí, en los campos de Melegís, trabajando. Y en primavera, casi con certeza, también en su casa, inclinada sobre los zarzos o sentada junto al torno.
La dimensión del trabajo femenino en la seda de Granada se mide indirectamente en un dato que suele pasar desapercibido. Cuando Felipe II ordenó la deportación de los moriscos del Reino de Granada en 1570, el proceso de vaciamiento demográfico que siguió tuvo consecuencias económicas tan graves que en 1575, cinco años después, la Corona se vio obligada a conceder exenciones de deportación a setecientas ochenta y seis mujeres hilanderas moriscas en todo el reino. No a hombres. No a los labradores o los molineros. A mujeres hilanderas. Porque sin ellas, la industria de la seda no podía funcionar.
Setecientas ochenta y seis en todo el reino. Cuántas de ellas serían del Valle de Lecrín, el documento no lo dice. Pero Melegís y Restábal, con sus cuarenta onzas de cría de seda por término, con sus cientos de morales distribuidos en cada pago, con sus tres mesones y su camino hacia Granada, no eran pueblos menores en el mapa sedero de la comarca. Sus mujeres hilaban. Sus mujeres devanaban. Sus mujeres conocían el oficio desde niñas.
Y cuando los deportaron, en el otoño de 1570, también se fue ese conocimiento.
El Libro de Apeo de 1572 llega a Melegís y encuentra cuarenta onzas de cría de seda que pertenecen a la Corona, y las confisca. Los nuevos repobladores que llegaron de Jaén, de Antequera, de Valdepeñas no sabían criar gusanos. Los morales seguían en pie, los mismos que los moriscos habían plantado y cuidado durante generaciones. Pero el saber que los hacía productivos se había ido con las mujeres que conocían los zarzos y los tornos y el momento exacto en que un gusano estaba listo para encaponar.
Los repobladores aprendieron lo que pudieron, con la ayuda de los pocos moriscos que se quedaron o que volvieron con licencia temporal. Pero la producción no recuperó los niveles anteriores. No podía: una industria construida sobre conocimiento transmitido de madre a hija durante siglos no se reconstruye en una generación.
La seda del Valle de Lecrín fue perdiendo peso. Los morales viejos, sin el cuidado preciso que las manos moriscas les habían dado, fueron secándose uno a uno. Los naranjos los sustituyeron en los bancales, y luego los aguacates a los naranjos, y el Valle siguió siendo fértil y productivo pero de otra manera, con otras manos y otros cultivos.
Hay una imagen que el dibujante alemán Christoph Weiditz tomó en Granada en 1528, cuarenta años antes del alzamiento. Una mujer morisca sentada hilando seda. El torno a su lado. Las manos sosteniendo el hilo. El cuerpo inclinado hacia adelante con la concentración de quien hace algo que conoce perfectamente, que ha hecho mil veces, que hará mil veces más.
No sabemos su nombre. No sabemos de qué pueblo era. Podría haber sido de Melegís o de Restábal, de Mondújar o de Saleres, de cualquiera de los lugares del Valle de Lecrín donde los morales daban cuarenta onzas de cría de seda un año con otro.
El Apeo de 1572 no la habría mencionado. No tenía viñas que vender ni solares que arrendar. Su trabajo no tenía folio en ningún catastro. Solo tenía las manos, el torno, el hilo, y el conocimiento de cómo hacer de un capullo la materia más valiosa del Mediterráneo.
Era invisible para los escribanos. Pero sin ella, no había seda. Y sin la seda, no había nada de lo demás.
Fuentes: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal. Granada, 2006 / Digibug 2022.
Proyecto Trama: Mujeres y producción sérica en la Granada del siglo XVI: introducción a su estudio (proyectotrama.es, 2023).
El Independiente de Granada: Qué tendría la seda de Granada que hasta en China la imitaban.

