🌿 Restábal y Saleres: dos pueblos unidos por sangre, matrimonios y entierros Cuando la genealogía demuestra que dos pueblos pequeños fueron una sola memoria familiar
Hay pueblos que parecen separados en el mapa, pero no en la vida.
Restábal y Saleres son dos de esos pueblos. Dos nombres distintos, dos caseríos blancos del Valle de Lecrín, dos lugares con su propia personalidad, sus calles, sus familias, sus recuerdos y sus santos. Pero cuando uno abre los libros parroquiales antiguos, descubre algo emocionante: Restábal y Saleres estuvieron unidos durante siglos por la sangre, los matrimonios, los bautismos, los entierros y la memoria familiar. 🕯️
No eran pueblos aislados. Eran pueblos vecinos, casi hermanos. Se miraban de cerca. Se conocían por los caminos, por las acequias, por los trabajos del campo, por las fiestas, por las necesidades y por las familias que se iban cruzando de una casa a otra.
En los libros antiguos aparece una expresión que lo dice todo: el cura de Restábal era muchas veces también cura de Saleres, su anejo. Eso significa que Saleres quedaba unido a Restábal también en la vida religiosa y documental. La iglesia, la pila bautismal, las partidas de matrimonio y las defunciones iban dejando constancia de esa relación diaria.
Y cuando se mira el Excel genealógico de Restábal, la presencia de Saleres es constante. Aparece en bautismos, en matrimonios y en defunciones. No una vez ni dos: aparece cientos de veces. En la transcripción de los registros, Saleres figura al menos en unos 400 bautismos, en más de 120 matrimonios y en más de 100 defunciones o entierros relacionados con los libros de Restábal. 📜
Eso no es una casualidad. Eso es una historia compartida.
👶 Los bautismos: niños de Saleres escritos en los libros de Restábal
Una de las primeras cosas que llama la atención es que en los libros de bautismos aparecen muchos niños nacidos o bautizados en Saleres.
Ya en 1632 encontramos varios bautismos de criaturas de Saleres:
María Fernández Ortega, bautizada el 26 de marzo de 1632, hija de Francisco Fernández e Isabel de Ortega, vecinos de Saleres.
Tomás Fernández Valencia, bautizado el 21 de abril de 1632, hijo de Andrés Fernández y Francisca de Valencia, también de Saleres.
María Ruiz Márquez, bautizada el 16 de mayo de 1632, hija de Juan Ruiz Caballero y Melchora Márquez, de Saleres.
Felipe López Medina, bautizado el 31 de mayo de 1632, hijo de Antonio López, del Guájar, y María de Medina, de Saleres.
Lorenza Ramírez González, bautizada el 22 de agosto de 1632, hija de Lorenzo Ramírez y Elvira González, de Saleres.
María Márquez Aguilar, bautizada el 28 de noviembre de 1632, hija de Luis Márquez y Benita de Aguilar, de Saleres.
Isabel Barranco Ruiz, bautizada el 31 de octubre de 1632, hija de Pedro Barranco y María Ruiz, de Saleres.
Estos nombres son muy antiguos. Están apenas unas décadas después de la repoblación cristiana del Valle tras la expulsión morisca. Y ya entonces Saleres aparece unido documentalmente a Restábal.
Cada bautismo era mucho más que un dato. Era una escena: una madre, un padre, una criatura, unos padrinos, un cura escribiendo, y un pueblo pequeño diciendo: “esta vida queda registrada”.
💍 Los matrimonios: cuando Restábal se casaba con Saleres
Si los bautismos muestran la vida que empieza, los matrimonios muestran la vida que se une.
Y ahí Restábal y Saleres aparecen abrazados una y otra vez. Los mozos de Saleres se casaban con muchachas de Restábal. Las mujeres de Saleres entraban en casas de Restábal. Los apellidos cruzaban el camino entre ambos pueblos y dejaban ramas nuevas.
Uno de los primeros matrimonios localizados es de 1626:
Alonso de Palomares, natural de Saleres, se casó el 22 de julio de 1626 con María Ruiz, de Restábal, hija de Bartolomé de Viedma y Juana Ruiz.
Tres años después, en 1629, aparece otro enlace:
Juan Ramírez, de Saleres, se casó con Estefana Gómez, de Restábal.
Y ese mismo año:
Juan de Montosa, de Saleres, se casó con María Ruiz Ruiz, hija de Sebastián Ruiz y Catalina Ruiz.
Estos matrimonios tempranos muestran algo claro: apenas iniciado el siglo XVII, las familias de ambos pueblos ya estaban mezclándose.
Después vendrían muchos más.
En 1632, María de Moral Ruiz, de Saleres, hija de Marcelo de Moral y María Ruiz, se casó con Juan de los Reyes, de la parroquia de la Magdalena de Granada.
En 1634, Catalina de Moral Ruiz, de Saleres, hija también de Marcelo de Moral y María Ruiz, se casó con Blas Manuel Ruiz, de Granada, parroquia de San Matías.
En 1651, Juan Alcázar Fernández, de Saleres, hijo de Juan de Alcázar e Inés Fernández, se casó con Juana Machuca Jiménez, de Restábal, hija de Valeriano Machuca y Juana Jiménez.
Y en 1670, Catalina López Hernández, de Saleres, hija de Francisco López y Juana Hernández, se casó con Juan Contreras Aragón, de Restábal.
Cada boda unía algo más que dos personas. Unía casas, huertas, linderos, obligaciones, afectos y descendencias. Unía dos pueblos.
🌿 Apellidos que cruzan de un pueblo a otro :
Cuando se leen los registros, empiezan a repetirse apellidos que parecen caminar entre Restábal y Saleres.
Aparecen los Ruiz, los Márquez, los Ortega, los Barranco, los Fernández, los Navarro, los Vallejo, los Ramírez, los Morillas, los Mingorance, los Vera, los López, los Palomino, los Contreras, los Montosa, los Machuca, los Sánchez, los Gutiérrez.
Algunos de esos apellidos tienen ramas muy fuertes en Restábal. Otros aparecen más vinculados a Saleres. Pero en la práctica todos se cruzaban.
Por ejemplo, en 1701, Juan Fernández Barranco, de Saleres, se casó con María de la Peña, de Restábal.
En 1702, Manuel Sánchez Blanca, de Restábal, se casó con Ana Barranco Villalobos, de Saleres.
En 1705, Juan Ortega Callejón, de Saleres, se casó con Teresa Ruiz Morales, de Restábal.
En 1707, Juan Vallejo Montosa, de Saleres, se casó con María Palomino Flores, de Restábal.
Estos enlaces son preciosos porque demuestran que no había una frontera rígida. Saleres y Restábal eran dos pueblos vecinos, pero sus familias estaban ya profundamente enlazadas.
🕯️ Las defunciones: también la muerte unía a los pueblos .
Los libros de defunciones son más duros de leer, pero son esenciales para comprender la historia humana.
En ellos aparecen muchos entierros vinculados a Saleres. Y lo primero que llama la atención es la cantidad de niños y niñas que murieron pequeños.
En 1633 aparece la muerte de un niño López Medina, de Saleres, hijo de Antonio López y María de Medina.
En 1637 aparecen niños de apellidos Luzón y Pérez, enterrados en Saleres.
En 1640 aparece un niño Valencia, hijo de Juan de Valencia.
En 1643, una párvula Turel Villalobos, hija de Cristóbal Turel y Magdalena Villalobos.
Estos registros duelen. Nos recuerdan que la vida antigua era frágil, que muchas criaturas no llegaban a crecer, que las madres y los padres de Saleres y Restábal compartían también el dolor de la pérdida.
La genealogía no es solo una lista de bodas felices. También es una memoria de duelo.
Y ahí, otra vez, Restábal y Saleres aparecen juntos.
🚶 El camino entre Restábal y Saleres .
Hoy podemos imaginar ese camino antiguo entre ambos pueblos.
No era un camino largo, pero sí era un camino lleno de vida. Por él pasarían novios camino de una boda, madres con niños para bautizar, hombres que iban a declarar como testigos, vecinos que llevaban noticias, familias que acudían a un entierro, muchachas que dejaban su casa para entrar en otra, y mayores que recordaban quién era hijo de quién.
Ese camino no solo comunicaba dos lugares. Comunicaba dos memorias.
Por él pasaban los apellidos.
Por él pasaban los duelos.
Por él pasaban las alianzas familiares.
Por él pasaban las vidas.
🌾 El siglo XIX: la unión continúa .
La relación entre Restábal y Saleres no se quedó en el siglo XVII. Continuó durante el XVIII, el XIX y llegó al XX.
En 1806, Francisco Vallejo Gaona, de Restábal, se casó con Francisca Navarro Ortega, de Saleres.
En 1807, Pablo José Navarro Vera, de Saleres, se casó con Jerónima de Aranda Márquez, de Restábal.
En 1809, Pablo Barranco Navarro, de Saleres, se casó con María Ana Ortega López, de Restábal.
En 1810, Juan López López, de Saleres, se casó con Josefa Muñoz Guerrero, de Restábal.
Estos matrimonios muestran que, todavía en los años posteriores a la Guerra de la Independencia, los lazos seguían vivos. Restábal y Saleres continuaban formando un pequeño universo familiar compartido.
🏡 El siglo XX: la sangre seguía cruzando el mismo camino
Incluso en el siglo XX, cuando ya la sociedad había cambiado mucho, los matrimonios entre ambos pueblos continuaron.
En 1905, Juan Fernández Ramírez, de Saleres, se casó con Ana Morillas Pozo, de Restábal.
Ese mismo año, José Romero Vera, de Saleres, se casó con Visitación Ortega Antón, de Restábal.
En 1916, Guillermo Amós Mingorance, de Saleres, se casó con Trinidad Vallejo Escobar, de Restábal.
En 1942, Gregorio Morillas Escobar, de Saleres, se casó con María de los Ángeles Márquez Palomino, de Restábal.
También en 1942, Manuel Fernández Morillas, de Saleres, se casó con Encarnación Ortega Ortega, de Restábal.
En 1946, Antonio Mingorance Mingorance, de Saleres, se casó con Francisca Ruiz Sánchez, de Restábal.
En 1952, Manuel Vallejo Palma, de Saleres, se casó con Josefa Gutiérrez Ruiz, de Restábal.
En 1966, Francisco Navarro Ramírez, de Saleres, se casó con Rosario Ruiz Conejero, de Restábal.
Estos datos ya se acercan a generaciones recientes, por lo que deben tratarse con prudencia y respeto. Pero sirven para demostrar una continuidad: la unión entre Restábal y Saleres no fue cosa de un siglo, sino de cuatro siglos de relación familiar.
👩🦱 Las mujeres que llevaron la sangre de un pueblo a otro
En esta historia tienen un papel esencial las mujeres.
Muchas veces eran ellas quienes llevaban un apellido de Saleres a Restábal o de Restábal a Saleres. Al casarse, cambiaban de casa, de calle, quizá de pueblo, pero no dejaban atrás su memoria. Llevaban consigo recetas, rezos, costumbres, formas de hablar, parentescos, historias familiares y modos de entender la vida.
Una mujer de Saleres que se casaba en Restábal no llegaba vacía. Traía una casa detrás.
Una mujer de Restábal que se casaba con un hombre de Saleres tampoco desaparecía de su pueblo. Su apellido seguía viviendo en los hijos, en los nietos, en las visitas, en los entierros, en la memoria de las familias.
Por eso, cuando vemos nombres como María Ruiz, Ana Barranco Villalobos, Teresa Ruiz Morales, María Palomino Flores, Francisca Navarro Ortega, Jerónima Aranda Márquez, María Ana Ortega López, Ana Morillas Pozo, Visitación Ortega Antón, Trinidad Vallejo Escobar, María de los Ángeles Márquez Palomino, Encarnación Ortega Ortega, Francisca Ruiz Sánchez o Rosario Ruiz Conejero, no estamos viendo solo esposas en un registro.
Estamos viendo puentes.
🧬 Dos pueblos, una misma red familiar
Quien investigue sus raíces en Restábal casi siempre acaba encontrándose con Saleres.
Y quien investigue Saleres acaba entrando en Restábal.
Porque los apellidos se repiten, se mezclan, se cruzan y vuelven a aparecer. A veces un abuelo era de Saleres y una abuela de Restábal. O al revés. A veces el bautismo se registró en Saleres, el matrimonio en Restábal y la defunción volvió a aparecer en otro pueblo. A veces una rama que parecía restableña tenía una bisabuela salereña. O una familia de Saleres llevaba sangre de Restábal desde hacía tres generaciones.
Así es el Valle de Lecrín: un territorio pequeño en distancias, pero inmenso en memoria.
✨ Epílogo: cuando dos pueblos se hacen familia
Restábal y Saleres no solo fueron pueblos vecinos.
Fueron pueblos unidos por la vida.
Por los bautismos de niños que nacían en Saleres y quedaban escritos en los libros parroquiales.
Por los matrimonios que unían una casa de Restábal con otra de Saleres.
Por los entierros que recordaban la fragilidad de la vida.
Por los apellidos que cruzaban de un pueblo a otro.
Por los caminos que llevaban noticias, amores, duelos y parentescos.
Durante siglos, Restábal y Saleres compartieron más que cercanía geográfica. Compartieron sangre.
Y cuando hoy alguien de Restábal busca sus raíces, no debería sorprenderse si el camino le lleva a Saleres.
Y cuando alguien de Saleres pregunta por sus antepasados, no debería extrañarse si una rama termina en Restábal.
Porque ambos pueblos, vistos desde los libros antiguos, parecen dos ramas de un mismo árbol.
Un árbol humilde.
Un árbol de acequias, campos, iglesia, cementerio y familias.
Un árbol que sigue diciendo, con voz antigua:
No fuimos pueblos separados. Fuimos memoria compartida. 🌿
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