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28 marzo 2025

Melegís siglo XXI.

 


(Relato histórico)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(Siglo XXI en Melegís, donde la vida de siempre se mezcla con los cambios del tiempo moderno: la despoblación, la llegada de visitantes, la recuperación de tradiciones, la transformación del trabajo agrícola y la memoria que sigue viva en cada rincón del pueblo).

 

“El eco bajo el olmo”

 

La mañana despierta con menos ruido que antaño. Ya no se oyen mulos por las calles, ni martillos en la herrería. En la plaza, el olmo centenario sigue en pie, más viejo, con ramas que crujen cuando sopla el viento. A su sombra, se sientan los mayores a recordar, mientras algún niño juega con una pelota o mira una pantalla.

Melegís ha cambiado. Las casas encaladas siguen ahí, pero muchas están vacías durante el año, y solo se llenan en verano, en puentes o en Semana Santa. La gente joven se fue a estudiar o a buscar trabajo. Solo unos pocos volvieron. La escuela cerró hace años, y el molino ya no muele. La mayoría de las tierras se siguen cultivando, pero con menos manos, más máquinas, y mucho esfuerzo.

Los olivares siguen dando fruto, aunque el precio del aceite sube y baja como el ánimo. Las almendras ya no se parten como antes, y la vendimia se hace deprisa, con ayuda de temporeros. Algunos jubilados siguen yendo a su huertecillo, más por costumbre que por necesidad. Las acequias aún corren, aunque el agua ya no es la de siempre. La sequía, las nuevas tomas y el cambio climático han cambiado los caudales, y el agua es ahora una preocupación constante.

Pero no todo es pérdida. Han venido nuevos vecinos de otras ciudades, e incluso de otros países, buscando calma, sol y autenticidad. Se han restaurado casas, se celebran jornadas culturales, se organizan conciertos y mercadillos. Algunos cultivan ecológico, otros venden mermeladas, jabones, aceite propio. Hay quien ha abierto un pequeño alojamiento, y cada vez más visitantes suben a ver la iglesia, el olmo, y a pasear por las veredas entre naranjos y limoneros.

Las fiestas del pueblo siguen siendo un momento sagrado: en junio, la procesión de San Antonio; en octubre, el Rosario de la Aurora. La iglesia se llena como antaño, y los que viven fuera regresan por unos días, con los hijos, los nietos, los móviles y los recuerdos.

Y, entre todo eso, está la memoria. Hay quien recopila fotos antiguas, quien graba las historias de los abuelos, quien pregunta por qué una calle se llama así o qué se sembraba antes en tal bancal. El pasado sigue latiendo en la piedra de las casas, en las recetas de las abuelas, en los cuentos que los mayores comparten junto a la fuente o la plaza.

Melegís, en el siglo XXI, es un pueblo entre siglos. No es el de antes, pero tampoco es otro. Es la misma raíz que se adapta, que se dobla, pero no se rompe. Como su olmo, que ha visto reinos, guerras, bodas, ausencias y vueltas.

Y si uno se sienta bajo él, en silencio, puede que aún escuche el eco de los que estuvieron… y la voz suave de los que están por venir.

 

Ilustración:

“El eco bajo el olmo”: el olmo anciano, aún en pie, rodeado de vida, cariño y memoria. Un reflejo visual del alma de Melegís hoy.




Melegís, siglo XX.

 

(Relato histórico)

(Siglo XX en Melegís, centrado en lo cotidiano, en los oficios y el día a día del pueblo, y en cómo los grandes cambios económicos y políticos de España —la guerra, la dictadura, la emigración, la modernización— iban dejando su eco en las calles, las manos y las decisiones de la gente del Valle.)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

"Tiempo de esperar"

 

El siglo empezó como terminó el anterior: los hombres con la azada, las mujeres en los patios, y el mundo girando lejos. Melegís seguía siendo un pueblo de tierra y de agua, con olivares que caían ladera abajo y frutales que perfumaban el verano. Pero poco a poco, el siglo trajo ruido: noticias de reyes que caían, repúblicas que nacían, guerras que quemaban familias.

En los primeros años del siglo XX, la vida rural seguía marcada por el ritmo del campo. Las faenas eran las de siempre: poda, riego, recolección, trilla. Las bestias aún eran el motor: se araba con mulos, se transportaban las aceitunas en serones de esparto, se subía al molino por caminos de tierra. En las eras, la paja volaba con el viento entre risas de niños descalzos.

Pero la economía era dura. La propiedad seguía en pocas manos, y muchos vivían del jornal: recogían, partían almendra, vareaban olivos, cuidaban ganado. A cambio, un puñado de reales o algo en especie. Las mujeres amasaban pan, hilaban, criaban, lavaban en la fuente, y ayudaban también en el campo cuando hacía falta —que era casi siempre.

Entonces vino la Guerra Civil. El campo no fue frente, pero sí frontera: se dividieron familias, se rompieron amistades, se sembró un silencio largo. Muchos hombres fueron al frente. Algunos no volvieron, otros volvieron cambiados. La posguerra trajo hambre, estraperlo, cartillas de racionamiento. Se echaba mano de todo: el horno comunal, los trueques, el tocino escondido, los conejos en la cuadra. Se vivía como se podía, con miedo y con dignidad.

Durante el franquismo, llegó algo de orden... y mucha obediencia. El cura, el maestro, el secretario del Ayuntamiento: cada uno con su sitio. Los domingos se iba a misa con la ropa buena, y los niños estudiaban lo justo para aprender a leer, escribir y saberse el cara al sol. Las mujeres seguían sin voz pública, pero llevaban el mundo sobre los hombros. Algunos hombres se afiliaban a sindicatos verticales, otros callaban. Todos trabajaban.

A partir de los años 50, muchos jóvenes empezaron a emigrar. Algunos a Granada, otros a Barcelona, Francia o Alemania. Se fueron con una maleta de cartón, un par de camisas y una carta de recomendación. Desde entonces, llegaron a Melegís los primeros billetes de fuera, las primeras fotos en blanco y negro con abrigos nuevos en plazas lejanas. Los campos empezaron a quedarse solos.

Con el tiempo, la electricidad llegó a cada casa, luego la televisión. Se asfaltaron caminos, se construyó una nueva escuela, se modernizó el molino. Pero aún se seguía vareando como siempre, aún se guardaban los higos secos en cañizos, aún se rezaba el rosario en los portales en las noches de verano.

Y aunque todo cambiaba en Madrid, en el Valle de Lecrín los cambios venían como en los barrancos: despacio, pero con fuerza. La muerte de Franco, la transición, las primeras elecciones… todo se vivió con prudencia. Los mayores recordaban los tiempos de la república, los jóvenes querían mirar al futuro.

Y el olmo seguía allí. Más viejo, más sabio. Sombra de bodas y entierros, de secretos y promesas. Bajo sus ramas, cada generación aprendía a esperar. Porque en Melegís, en el fondo, siempre se ha sabido que la historia pasa… pero la vida queda.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XX, con escenas entrelazadas de trabajo, emigración, vida rural y memoria compartida bajo el olmo centenario.

 

 

 


Melegís en el siglo XIX.


(Relato histórico)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

( Melegís en el siglo XIX, centrado en el día a día de la gente del pueblo, las labores del campo, los oficios tradicionales como la herrería, y cómo los grandes cambios políticos y económicos del país resonaban en este rincón del Valle de Lecrín)

 

“Entre fuego y surco”

Melegís, hacia 1875

 

El campo marcaba el ritmo en Melegís, como siempre lo había hecho. Amanecía con el tintineo de los herrajes y el canto de algún gallo rezagado, y ya se oía en la calle Hondillo el golpe metálico del martillo sobre el yunque, donde un herrero de manos negras y voz grave calentaba las herraduras al rojo vivo. Aquel lugar, pequeño pero infalible, era paso obligado para los que llevaban bestias al monte o regresaban del molino.

Los hombres del pueblo salían temprano, con el sol todavía tímido. Iban a trabajar los olivares, las viñas y los almendrales, a repasar las acequias, o a dar azada en los huertos. Algunos, según la temporada, marchaban a la sierra a recoger leña o a carbonizar en chozas de humo lento. Otros se ocupaban del molino de aceite, sobre todo en los meses fríos, cuando se llenaba de aroma denso y sonoro de piedras girando.

Las mujeres, por su parte, no conocían el descanso. Cuidaban los animales de corral, ordeñaban, amasaban pan, hilaban lana y lino, recogían almendras y preparaban conservas. También atendían los partos, las enfermedades simples, y la crianza de los niños. Si podían, subían con los hombres al campo, y si no, barrían las eras y cocían garbanzos en el puchero.

En la calle principal, a veces pasaba el cartero a caballo con noticias de Granada, de Madrid o de las Américas. Algunos hijos del pueblo se habían ido a Cuba o a Argentina “a buscar fortuna”. Las cartas llegaban cada vez con menos frecuencia. En el año 75, cuando se hablaba de que España tenía por fin rey otra vez —Alfonso XII, decían—, a la mayoría le importaba poco. Lo único que sabían era que la guerra carlista había hecho subir el precio del trigo, que los impuestos no bajaban, y que los jóvenes estaban en riesgo de ser llamados a filas.

En la taberna del pueblo, donde los hombres se reunían al anochecer, se hablaba de política con desconfianza. Unos decían que con la República todo había sido un desorden, otros que el nuevo rey traería paz. Pero todos coincidían en que el cacique local —ese hombre con tierras, influencias y contactos— seguía mandando más que nadie. Era él quien decidía quién podía cortar leña en tal zona, o quién se libraba del reclutamiento.

La vida seguía con sus estaciones: en febrero, la poda del olivo; en marzo, el arado con mulas; en mayo, la recolección del heno; en julio, la trilla en las eras, a base de bestias y horquillas. En otoño, las almendras partidas a mano, y luego el gran momento: la aceituna. La aceituna movía al pueblo entero. Las familias se juntaban, se compartían las faenas y el almuerzo en el campo: pan, tocino, sardinas en aceite y vino del año.

Y en medio de todo eso, la iglesia marcaba el calendario con fiestas, bautizos y entierros. El cura seguía siendo figura central, aunque no tan temido como antaño. Había quien empezaba a leer los primeros periódicos que llegaban con retraso a la capital, y hasta algún maestro ambulante enseñaba a leer a los niños de los más pudientes.

Pero en el fondo, Melegís seguía siendo el mismo corazón de tierra y agua, con la sierra como madre y el cielo como testigo. Un pueblo de manos encallecidas, de fuego de herrero y surco de azada, donde los grandes cambios del país llegaban como ecos sordos... y el trabajo era siempre la única certeza.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XIX: la herrería en plena faena en la calle Hondillo, las labores del campo, las mujeres en sus quehaceres y el paisaje rural del Valle.



 

Melegís en el siglo XVIII


(Relato histórico)

 

“La botica del amanecer”

Melegís, año 1764

 

El sol aún no asomaba tras las lomas de Nigüelas cuando Cristóbal de Miras, boticario del pueblo, ya caminaba entre los bancales, con un cesto al brazo y una de sus hijas al lado. María —la mayor— lo seguía en silencio, observando cómo su padre arrancaba con sumo cuidado flores de malva, hinojo silvestre, ruda y cantueso. A esas horas, decía Cristóbal, “las plantas tienen más alma”.

Vivían en una casita junto a la acequia del revellín, de cal encalada y techo de tejas, donde el olor a hierbas secas y resina impregnaba hasta las sábanas. Su pequeña botica era conocida en todo el Valle. En ella preparaba ungüentos, cataplasmas y jarabes, y hasta el médico de Dúrcal pedía a veces sus fórmulas. Sus hijas lo ayudaban a clasificar las plantas, a secarlas, a moler raíces y a llenar los tarros de loza con etiquetas escritas a pluma.

Cristóbal era un hombre humilde, pero respetado, incluso por los Caballeros de Miras y Calafar y los Caballeros de Saenz-Diente, que tenían sus casas señoriales en la calle La Fuente y al lado de la iglesia. Estas familias dominaban la economía local: poseían olivares, tierras de regadío y cortijos de almendros y cereal. En torno a sus casas se alzaban viviendas más modestas, donde vivían los jornaleros y sus familias, que trabajaban la tierra a cambio de jornal o parte de la cosecha.

Los domingos, el pueblo entero acudía a misa. El cura don Sebastián, hombre serio y cultivado, solía hablar en sus sermones de obediencia, pero también de caridad. Sabía de los sufrimientos del pueblo, y aunque predicaba con dureza, en secreto enviaba a Cristóbal a llevar infusiones calmantes a los enfermos sin recursos.

En la pequeña escuela del pueblo, el maestro Pedro de Saura enseñaba a leer y a contar a los niños varones. Las niñas, si aprendían algo, era en casa, y casi siempre por iniciativa de sus madres. Sin embargo, María, la hija de Cristóbal, sabía leer y escribir con soltura. Había aprendido con viejos libros de medicina que su padre guardaba desde joven. Era curiosa, vivaz y muy observadora. El boticario comenzaba a pensar que, si algún día él faltaba, ella continuaría su labor.

Una tarde de otoño, el Caballero don Gaspar de Miras y Calafar mandó llamar a Cristóbal: su esposa sufría fuertes fiebres. El médico había fallado. Cristóbal, con su canasta al hombro y María a su lado, subió a la casona, cruzando la verja de hierro forjado. Preparó una infusión de corteza de sauce y hojas de tilo, colocó paños fríos en la frente de la dama, y a los tres días la fiebre bajó. Desde entonces, los caballeros miraban a aquel hombre de manos curtidas con un respeto distinto.

Por las noches, Cristóbal escribía en un cuaderno de tapas de pergamino: recetas, observaciones, el nombre de las plantas, y a veces, pensamientos sueltos:

“No hay medicina más pura que la fe de una hija, ni poder más fuerte que el saber humilde.”

Mientras tanto, el olmo de la plaza seguía creciendo. Bajo su sombra, niños jugaban con aros y mujeres hilaban en corro. Aquel árbol ya era viejo amigo del pueblo, y aunque nadie lo decía en voz alta, había quienes creían que su sombra protegía los secretos de generaciones pasadas.

Y así, entre nobles y jornaleros, entre curas y boticarios, Melegís seguía latiendo con su alma antigua y su cuerpo nuevo, anclado a la tierra, al agua y a los nombres que aún resistían en voz baja.

Ilustración:

 

Melegís en el siglo XVIII, con Cristóbal de Miras y su hija recolectando plantas al amanecer, y el pueblo al fondo con sus casas señoriales, humildes jornaleros y el olmo vigilando la plaza.



 

Melegís en el siglo XVII

 


(Relato histórico)

 

(El siglo XVII, en Melegís, tras la expulsión definitiva de los moriscos en 1609-1614. Es un momento de gran transformación: muchas casas quedaron vacías, tierras abandonadas o repartidas entre nuevos colonos cristianos traídos de otras zonas, y el recuerdo del pasado morisco aún impregnaba la tierra, las construcciones, las costumbres... y el silencio.)

 

"La heredera de la sombra"

Melegís, año 1642

 

La plaza de Melegís parecía más amplia desde que los últimos moriscos fueron obligados a marcharse. Aquel olmo, que ya echaba una copa generosa de sombra, seguía en pie frente a la iglesia. Nadie hablaba de lo que había bajo sus raíces, pero Inés de Haro, nacida en aquel mismo pueblo, siempre había sentido que el árbol guardaba un secreto que ni el párroco ni los escribanos podían entender.

Inés tenía veintitrés años. Su familia era de Castilla la Nueva, llegados a Melegís en tiempos del rey Felipe III como parte de los repobladores. Vivían en una casa que, decían, había pertenecido a un tal Alonso de Melegís, antes llamado Ahmad. Aún quedaban, escondidas en la despensa, unas vasijas con dibujos geométricos, y un rincón del patio donde brotaba menta y ajedrea sin que nadie la hubiese plantado.

Por las mañanas, Inés ayudaba a su madre en el telar de lino y en la matanza de cerdos. Preparaban embutidos, adobaban jamones y vendían quesos en la feria de Dúrcal. Su padre, don Mateo, era un hombre austero que cultivaba olivos, viñas, garbanzos y cebada, además de administrar tierras que antes fueron de moriscos. Empleaba a jornaleros del pueblo y a pastores que traían el ganado de las lomas de Lanjarón.

Los domingos iban todos a misa, y por la tarde se recogían en casa, donde Inés a veces leía los libros que su tío cura le prestaba. Sin embargo, su verdadera curiosidad iba por otro lado: las ruinas del molino viejo, los restos de una acequia cubierta por zarzas, o los fragmentos de cerámica vidriada que aún aparecían tras las lluvias fuertes.

Una tarde, bajo el olmo, Inés encontró una pequeña piedra plana con símbolos extraños, como si alguien hubiera intentado escribir palabras prohibidas. Esa noche soñó con una mujer de ojos oscuros, vestida de negro, que susurraba versos que Inés no entendía pero que le resultaban familiares, como si los conociera de otra vida.

Desde entonces, Inés comenzó a recoger esas memorias del pueblo: recetas de pan con anís que no venían en ningún libro, canciones que las ancianas cantaban bajito mientras tejían, formas de regar los huertos en luna nueva. Nadie las llamaba “moriscas”, pero lo eran.

Una tarde, junto al olmo, le dijo a su madre:

—¿Tú crees que la tierra recuerda?

—La tierra no olvida, hija. Ni el agua. Pero calla, como nosotras.

Y así, mientras el olmo crecía y ofrecía sombra a un pueblo que se transformaba, Inés se convirtió en heredera involuntaria de un mundo desaparecido, no por sangre, sino por escucha.

Dicen que en su vejez, ya como curandera respetada de Melegís, solía sentarse bajo el olmo a recitar coplillas que nadie conocía… pero que olían a naranjo, a azahar, y a pan cocido con miel.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XVII, con Inés sentada bajo el olmo ya crecido, en el pueblo que aún guarda la memoria de su pasado morisco.

 


Melegís en el siglo XVI

 


(Relato histórico)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

"Bajo la sombra del olmo"

Melegís, año 1570, poco después de la rebelión de las Alpujarras

 

El olmo aún era joven, con las raíces explorando tierra removida, plantado justo frente a la nueva iglesia. Nadie del pueblo lo había pedido, pero allí estaba, como símbolo de la nueva autoridad. Habían pasado ya décadas desde que los Reyes Católicos tomaron Granada, pero en Melegís, las cicatrices aún latían.

Leonor, antes Layla, se levantaba con las primeras luces. Vivía con su madre y su abuela en una casa de tapial encalada, con patio interior, horno moruno y un pequeño huerto trasero donde crecían hierbas, membrillos y calabazas. Su madre, Zaynab —rebautizada como Isabel— amasaba pan de maíz y cebada, preparaba pucheros de garbanzos con acelgas, y cocía gachas con aceite y miel cuando había algo que celebrar. La abuela hilaba lana en una rueca y recitaba susurros de otra lengua mientras tejía.

Los hombres del pueblo trabajaban de sol a sol en las huertas heredadas de sus antepasados, pero ahora en calidad de jornaleros o arrendatarios de nuevos señores castellanos. Cultivaban olivos, moreras para la seda, viñas, hortalizas, naranjos y granados. Algunos hacían carbón en los montes; otros, como el tío de Leonor, eran albañiles y canteros, contratados para construir casas nuevas o reforzar iglesias con piedra extraída del propio barranco.

Los maestros de acequia seguían siendo moriscos, pues nadie conocía mejor que ellos el arte del riego. En silencio, reparaban azudes, limpiaban las acequias con azadas de mango corto, y hacían los repartos de agua en noches de luna para evitar ser vigilados.

Las mujeres trabajaban sin descanso: lavaban la ropa en la Fuente de la Peña, tejían telas de lino y lana, preparaban conservas, y algunas, en secreto, seguían elaborando jabones, tintes y perfumes según las recetas antiguas. También se encargaban de la educación doméstica: enseñar a rezar en cristiano... y, con mucho más cuidado, a recordar la lengua de sus abuelos.

Los domingos, todos iban a misa, vestidos con ropa austera. Los hombres se cubrían con capas pardas y gorros; las mujeres con mantillas oscuras. En casa, escondido bajo un tabique suelto, Leonor conservaba un librito escrito en aljamía —castellano escrito con letras árabes—, donde su padre, ya fallecido, había anotado poesías, refranes, y un calendario agrícola basado en las fases de la luna.

Había oficios nuevos también: un alguacil, un maestro cristiano venido de Castilla, un cura joven y severo. Los más observadores notaban que muchos moriscos se marchaban del pueblo a la mínima oportunidad: a Granada, a la Alpujarra alta, a Berbería si lograban embarcar.

Una vez al mes, venía al pueblo el corregidor con su séquito. Revisaba quién había ido a misa, preguntaba si alguien cocinaba con demasiadas especias o ayunaba en fechas sospechosas. Una vecina de Leonor fue delatada por guardar azafrán y no poner cerdo en la olla.

Una tarde, Leonor caminó hasta la plaza con una cesta de membrillos. Se detuvo bajo el olmo, que ya ofrecía una sombra escasa pero obstinada. Lo miró con tristeza y esperanza. Allí, en la raíz, su abuela había enterrado una pequeña cajita con trozos de cerámica morisca, un peine de boj tallado, y un pañuelo con caligrafía árabe.

Leonor murmuró una oración, una mezcla de lo que recordaba del Corán y lo que le habían enseñado del Padrenuestro. La mezcla era imperfecta, como su mundo. Pero era suya.

Y bajo la sombra del olmo —recién plantado, ajeno y simbólico—, una nueva forma de ser crecía en silencio: entre el miedo y la resistencia, entre la apariencia y la memoria.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XVI, con Leonor bajo el olmo recién plantado y el pueblo morisco adaptándose, entre trabajo y memoria.

 



27 marzo 2025

Melegís en el siglo XV


(Relato histórico)

“El último canto del almuédano”

 

Melegís, año 1480, nueve años antes de la toma de Granada

El sol comenzaba a asomar entre los perfiles de Sierra Nevada, tiñendo de oro las laderas del Valle de Lecrín. Desde lo alto del alminar de la mezquita de Melegís, Yusuf al-Nayyir, el anciano almuédano, elevaba su voz hacia el cielo. Su canto, el adhan, flotaba sobre las huertas dormidas, cruzando los bancales de naranjos, limoneros y moreras, y despertando al pequeño pueblo que aún vivía en paz.

Yusuf había nacido en esa alquería, de madre tejedora y padre maestro de aguas. Había aprendido de niño a recitar los versos del Corán y a medir los tiempos del riego. En Melegís, todo giraba en torno al agua, repartida con justicia entre terrazas de olivos, hortalizas y frutales. Las acequias eran como venas del paisaje, y los hombres las mantenían con mimo, porque sin ellas, el valle no florecía.

Layla, su nieta, de mirada viva y manos inquietas, bajaba cada mañana a por agua a una fuente, con su cántaro de barro sobre el hombro. Le encantaban los cuentos que su abuelo le narraba sobre los poetas de Al-Ándalus, y él, aunque sabía que eran tiempos inciertos, le enseñaba también a leer y escribir en árabe, en un cuaderno de hojas dobladas con esmero.

En las cocinas se cocían platos sencillos pero sabrosos: pan de cebada, gachas de harina tostada, sopas de ajo, habas cocidas con hierbabuena, y si había suerte, pollo con almendras. Las mujeres hilaban lana y lino en los patios, mientras los hombres injertaban frutales o reparaban los tejados antes de las lluvias.

Pero ya nada era tan tranquilo como antes. Por el camino de la Alpujarra llegaban noticias inquietantes: pueblos tomados por los cristianos, gentes huyendo hacia la capital, familias enteras que abandonaban sus casas. Aun así, en Melegís se aferraban a la rutina. La fe, la tierra y la comunidad los mantenían unidos.

Una tarde, Yusuf y Layla se sentaron a la sombra de una gran higuera, cerca de la mezquita. Él le hablaba de la importancia de las palabras, de cómo resistir a través de la memoria y la lengua.

—Abuelo —le preguntó ella—, ¿y si nos obligan a marcharnos?

Yusuf suspiró. Miró los campos dorados por el ocaso y dijo:

—A lo mejor nos quitan la casa, Layla, pero no podrán quitarnos la raíz. Lo que fuimos, lo que somos, quedará en el agua, en las palabras, en ti.

Aquella noche, Yusuf subió por última vez al alminar. Desde allí lanzó su canto, pero esta vez no fue solo una llamada a la oración: fue un canto de despedida, de amor a su pueblo, de resistencia ante lo inevitable.

Décadas después, cuando los cristianos tomaron Melegís y la mezquita fue derribada para levantar la nueva iglesia, plantaron un olmo joven en la plaza, justo donde antaño Yusuf enseñaba a su nieta. Nadie en el pueblo sabía por qué lo pusieron allí, ni por qué algunos ancianos decían que, en las madrugadas de niebla, el viento entre las ramas del olmo parecía un canto lejano.

Un canto que no quería morir.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XV, con Yusuf llamando a la oración desde el alminar y Layla junto a la higuera. Una escena cargada de historia, luz y emoción.




 

Melegís en el siglo XIV


(Relato histórico)

"Las manos de Zayd"

Melegís, año 1375, en tiempos del Reino Nazarí de Granada

 

Zayd se levantaba cada día antes del alba, cuando la luz aún no se colaba por los alfeizares de su casa de adobes encalada. Tenía doce años y ya era hábil con las acequias, como su padre y su abuelo antes que él. El agua lo era todo en Melegís. En esta alquería morisca, la vida giraba en torno al riego, al olivar, a los granados y a los bancales de morera.

Su madre, Fátima, amasaba pan de cebada cada mañana, lo cocía en un horno comunal del barrio, y lo servía caliente con aceite y almendras molidas. A veces, si había suerte, acompañaban la comida con queso de cabra o gachas dulces de harina tostada con miel. El almuerzo era simple, pero lleno de sabor: lentejas, habas tiernas, higos secos o alguna gallina criada en corral.

La familia de Zayd cultivaba olivos y naranjos en una finca al pie del barranco. En primavera, el aire se llenaba de azahar, y en otoño, de las risas de los jornaleros que recolectaban aceituna. Las mujeres lavaban en la fuente y tejían con hilo de lino, mientras los hombres construían albercas y canalizaban el agua como si fueran ingenieros de Al-Ándalus.

Melegís era una pequeña joya del Valle, con casas blancas encaramadas a las lomas y huertos bien trazados que bebían del agua canalizada con precisión casi matemática. En los patios florecían jazmines y rosas, y en el zoco semanal —pequeño, pero vivo— se intercambiaban dátiles, tejidos y alfarería. Los sabios del pueblo enseñaban a leer en árabe y recitaban versos del Corán junto a las fuentes.

Zayd soñaba con ser alfaquí, un sabio que conociera no solo las escrituras sagradas, sino también las estrellas, los nombres de las plantas, y el secreto de las aguas. Pero el destino le tenía otros planes.

Una tarde, mientras limpiaba una acequia obstruida cerca de la plaza, oyó el galope de caballos. Eran soldados del emir, que venían a inspeccionar los caminos del Valle y a recaudar tributos. Zayd los miró con ojos abiertos, y uno de ellos, un hombre de barba negra y mirada severa, le preguntó si sabía leer. Zayd asintió con timidez.

Días después, su padre lo despidió entre lágrimas: Zayd sería llevado a Granada, a la escuela de los escribas. "Llévate este aceite —le dijo su madre—, y que no se te olvide el sabor de Melegís". Zayd se marchó entre los almendros en flor, con las manos todavía manchadas de barro de la acequia y el corazón lleno de nombres que solo se decían en su valle.

Nunca olvidó su tierra. Años más tarde, convertido en escribano del palacio nazarí, escribió en sus cuadernos de pergamino:

“Allí donde el agua canta y los olivos susurran al viento, allí quedó mi infancia: Melegís, jardín entre las montañas.”

 

Ilustración:

Escena inspirada en Melegís durante el siglo XIV, con Zayd y su padre trabajando en las acequias, y el ambiente rural morisco del Valle de Lecrín.



 

Melegís en el siglo XIII.

 


(Relato histórico)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(El siglo XIII, un tiempo de enormes cambios para Al-Ándalus. En este siglo, los reinos cristianos avanzan con fuerza hacia el sur: Fernando III conquista Córdoba (1236) y Sevilla (1248). Granada resiste y se convierte en el último reino musulmán peninsular bajo los nazaries. En ese contexto, Melegís queda bajo el nuevo Reino Nazarí de Granada, y se convierte en una alquería de importancia agrícola y estratégica, donde la vida rural sigue pero con creciente tensión y adaptación).

 

“Las voces del barranco”

Melegís, año 1262 – Reino Nazarí de Granada

 

Zuhayr se agachó junto a la acequia y hundió las manos en el agua fría. Había algo en aquel sonido que lo tranquilizaba. Tenía 36 años, y era alfarero y agricultor, como lo fue su padre, y su abuelo antes que él. Vivía en una casa de dos alturas, hecha de tapial, cerca de la ladera donde crecían moreras y limoneros. Desde allí, veía cómo la luz del atardecer bajaba por las terrazas de cultivo, acariciando los campos de cebada y los almendros ya florecidos.

En Melegís, en pleno corazón del Valle, la vida seguía siendo profundamente morisca. Las acequias seguían corriendo gracias a los sabios del agua. El pan se cocía en hornos comunales, las mujeres tejían, curaban con hierbas, rezaban en patios perfumados con ruda y albahaca. Se criaban cabras, gallinas y palomas, y las bestias se herraban en la fragua junto al barranco.

Pero el mundo se había vuelto más incierto. Al norte, el empuje de los reyes cristianos era imparable. Córdoba ya no era musulmana. Sevilla había caído. Las ciudades lloraban su pasado y los refugiados llenaban los caminos. Zuhayr había visto llegar a nuevas familias desde tierras perdidas, con acento distinto, y con miedo en los ojos.

El Reino Nazarí se había formado recientemente, y aunque prometía proteger lo que quedaba de Al-Ándalus, muchos sabían que eran tiempos prestados. Aun así, en Melegís la vida resistía. La tierra daba fruto. Se seguía recogiendo la seda, el trigo, la miel, y el aceite. El comercio pasaba por el valle camino de la Alpujarra y Granada, trayendo noticias, telas, y especias.

Zuhayr, cuando no estaba en el campo, trabajaba en su taller de alfarería. Hacía cántaros, jarritas, platos vidriados en tonos verdes y ocres. Su mujer hilaba lana. Su hijo mayor empezaba a memorizar versos del Corán. Su hija pequeña cuidaba los conejos y se pasaba las tardes descalza, jugando con barro.

Cada viernes, al caer el sol, Zuhayr subía a una roca junto al barranco. Desde allí, podía ver todo el valle: las casas encaladas, las palmas del minarete, el humo de las cocinas, los árboles frutales. Solía llevar consigo una flauta de caña, tallada por él, y tocaba una melodía antigua, suave, casi un susurro.

—¿Por qué tocas? —le preguntó un vecino un día—. ¿Quién te escucha?

—El agua. La tierra. Los que ya no están —respondió Zuhayr.

Y en verdad, se decía en el pueblo que los sonidos de esa flauta bajaban con el viento hasta el río, mezclándose con el murmullo de las acequias, como si la tierra respondiera con su propio canto.

Ese año, llegaron soldados del Reino Nazarí. Querían contar cuántos hombres podían empuñar una hoz o una lanza. Se hablaba de pactos con Castilla, de traiciones, de batallas lejanas. Pero en Melegís, la gente seguía sembrando. Porque, como decía Zuhayr:

“Cuando el mundo tiembla, sembrar es resistir.”

Y así, el pueblo siguió vivo. Entre cántaros de barro, surcos de cebada, rezos al amanecer y melodías de flauta que se perdían por el barranco.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo XIII, con Zuhayr modelando barro junto a la acequia, rodeado de campos, casas moriscas y la vida sencilla y resistente del pueblo bajo el recién nacido Reino Nazarí.



Melegís en el siglo XII



(Relato histórico)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(El siglo XII, un siglo de grandes tensiones y cambios, tanto a nivel nacional como en el sur de Al-Ándalus. A nivel general, este siglo está marcado por la presión de los reinos cristianos del norte, pero también por la llegada de los almohades, una dinastía del norte de África que impuso una reforma religiosa y política estricta en Al-Ándalus. En este contexto, Melegís sigue siendo una alquería morisca floreciente, dedicada al campo, el agua y el comercio local).

 

“El guardián del agua”

Melegís, año 1174

 

Hisham ibn Malik sabía leer el sonido del agua. Había nacido en Melegís, en una casa de adobe con patio interior, entre bancales de moreras y frutales. Su abuelo había trazado con su propia azada una de las primeras acequias que llevaban agua desde la sierra a los huertos del valle. Desde pequeño, Hisham escuchaba el murmullo del agua con devoción, como otros escuchaban a los sabios en la mezquita.

El pueblo de Melegís era ya entonces una alquería organizada y próspera. Casas encaladas con techos de launa, hornos comunales, patios con higueras y jazmines, fuentes claras en las esquinas. Las mujeres cuidaban de los niños, tejían con lino, molían trigo y preparaban gachas dulces con miel y azafrán. Los hombres trabajaban el campo: olivares, moreras para la seda, naranjales y huertas de regadío, siguiendo un calendario agrícola basado en las estrellas y la luna.

Hisham se había convertido en el nuevo almojarife de aguas, el responsable de repartir el agua justa entre los vecinos. Su oficio era respetado y temido. Cada día, al amanecer, recorría las acequias con una vara de almendro y un cuaderno de pergamino donde anotaba turnos, quejas y desviaciones. Tenía que saber no solo cómo fluía el agua, sino cómo fluía el corazón de cada vecino.

En el mundo, las cosas cambiaban. Desde el norte, los reinos cristianos empujaban hacia el sur: Castilla, León, Aragón y Navarra ganaban fuerza. Córdoba, Sevilla y Granada temblaban con las noticias. Los almorávides, que antes gobernaban con cierta tolerancia, habían sido sustituidos por los almohades, nuevos señores llegados desde el Atlas. Más rígidos, más fervorosos. Querían reformar Al-Ándalus desde dentro, purificarlo, someterlo a nuevas leyes.

Un día, llegaron emisarios almohades a Melegís, pidiendo impuestos y revisando la conducta religiosa de la población. Querían que todos asistieran al rezo comunitario, que los mercados se ajustaran a normas más estrictas, que se persiguiera cualquier costumbre “blanda” heredada de los tiempos califales.

Hisham, que no era hombre de armas ni de gritos, supo mantener al pueblo en equilibrio. Se reunía en la mequita sencilla del pueblo, junto al maestro de letras y el boticario, para leer juntos textos antiguos y decidir con cuidado cómo aplicar las nuevas normas sin romper la vida del pueblo.

—Un pueblo no se riega a la fuerza —decía—. Se cuida, se escucha y se protege.

Bajo su guía, Melegís mantuvo su calma. Se pagaban los impuestos con dátiles, aceite, hilo y trabajo. Los jóvenes aprendían a leer y escribir, los ancianos cuidaban de los caminos, y las mujeres conservaban recetas y canciones que hablaban de madres, lunas y granadas en flor.

Una tarde, mientras revisaba una compuerta cerca del barranco, Hisham encontró a su hija, Amina, dibujando sobre la tierra húmeda. Dibujaba casas, canales y personas de la alquería.

—¿Qué haces? —le preguntó él, sonriendo.

—Estoy dibujando lo que quiero que siga aquí cuando yo sea vieja —respondió la niña.

Hisham miró el agua correr. Había guerras más allá de las montañas, reyes y califas que caían y subían… pero allí, en Melegís, la vida aún se tejía con manos limpias, tierra fértil y agua sabia.

Y mientras eso se mantuviera, el pueblo seguiría en pie

.

Ilustración:

Melegís en el siglo XII, con Hisham junto a la acequia, el pueblo andalusí en plena vida agrícola y la mezquita al fondo.

 



 

Siglo XI en Melegís


Siglo XI en Melegís

 

(Relato histórico )

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(Fundación de Melegís como tal, antes lo que había era una pequeña alquería no un pueblo como tal, dentro del marco más probable: El siglo XI, en época andalusí, cuando se consolidan muchas de las alquerías del Valle de Lecrín. Partimos de un tiempo donde los musulmanes ya llevan generaciones en la península y han creado una cultura agrícola muy avanzada, basada en el agua, la tierra, el conocimiento de las plantas… y una profunda conexión con el paisaje).

 

“El nombre de Melegís y su fundación”

Al-Ándalus, año 1042 – Valle del Lecrín

 

Se llamaba Yúsuf ibn Narsís, y era nieto de uno de los sabios de la ciudad de Elvira, donde se decía que los libros hablaban más alto que los soldados. Pero Yúsuf no era un hombre de pergaminos: amaba el agua, la tierra húmeda, y el silencio de los valles donde se podía construir algo nuevo.

Fue él quien, tras atravesar la sierra desde la Vega, encontró aquel rincón fértil, en un valle donde el agua descendía por las laderas como si el cielo mismo se deshiciera en acequias. Había árboles salvajes —almendros, lentiscos, encinas— y también restos de antiguos muros de piedra, quizás de alguna alquería visigoda ya desaparecida.

Con un grupo de familias —agricultores, tejedores, carpinteros, una partera y dos sabios del agua— decidieron fundar un nuevo lugar para vivir. Escogieron una ladera abrigada del viento, cercana a una fuente que no se secaba nunca. Aquel lugar pasó a llamarse, con el tiempo, “Málayis”, palabra que algunos decían que significaba “lugar entre aguas dulces y campos suaves”. Con los siglos, el nombre se haría más breve y redondo: Melegís.

Los primeros años fueron de esfuerzo. Se levantaron casas de tapial y adobe, con tejados de madera de castaño, patios interiores y hornos de leña. Se construyeron las primeras acequias, copiando el modelo granadino: con desniveles, compuertas de madera y pequeños puentes. Se plantaron morales para la cría del gusano de seda, se injertaron olivos y naranjos, se sembraron hortalizas con simiente traída de la vega.

Yúsuf, que amaba el agua más que a las palabras, fue nombrado saqqá, maestro del riego. Su labor no era solo técnica: era espiritual. Repartía el agua con justicia, siguiendo los ciclos de la luna y el consejo de los sabios. A veces recitaba versos del Corán mientras caminaba por los márgenes, porque el agua, decía, “escucha si le hablas con respeto”.

Los hombres trabajaban la tierra desde el alba: podaban, cavaban, recolectaban, criaban cabras y gallinas. Las mujeres tejían, molían grano, elaboraban ungüentos con higos secos y hojas de olivo. Cuando nacía un niño, se celebraba con pan dulce y leche caliente; cuando alguien moría, se envolvía en lino blanco y se rezaba mirando a la Meca.

La alquería creció. Se construyó una pequeña mezquita, orientada hacia el este, con un alminar bajo. Se trazó un zoco semanal, donde se intercambiaban cestos de mimbre, miel, jabón de ceniza, y vasijas de barro cocido. Y, con los años, Melegís se convirtió en un lugar de paso, donde viajeros venidos del sur paraban a beber y descansar antes de cruzar hacia la Vega.

Una tarde, Yúsuf se sentó bajo un almendro en flor y le dijo a su nieta:

—Este lugar no es nuestro por derecho, sino por cuidado. Si lo cuidas, te pertenece. Si lo olvidas, se irá.

Y cuando Yúsuf murió, anciano y en paz, lo enterraron cerca de la acequia principal, bajo una piedra sin nombre, como él pidió.

Con los siglos, el pueblo creció. Llegaron guerras, cambios de reinos, nombres nuevos. Pero el agua siguió corriendo por las acequias que él trazó, y los naranjos siguieron floreciendo donde él los plantó.

Y aunque nadie recuerda ya su rostro, Melegís guarda su nombre entre los surcos. Y cada vez que alguien abre una compuerta, o riega una parra, o escucha al agua hablar entre piedras, algo de Yúsuf aún sigue allí.

 

Ilustración:

La fundación de Melegís en el siglo XI, con Yúsuf y sus gentes trabajando la tierra, trazando las acequias y levantando el primer asentamiento bajo almendros en flor.

 



 

Melegís en el siglo X.

 


(Recreación histórica)

 

“El silencio del aljibe”

Melegís, año 951 – Califato de Córdoba

 

El hombre se llamaba Wadi al-Rummán, que en lengua antigua quería decir “Valle del Granado”, aunque todos lo llamaban simplemente Rummán. Era un hombre alto, con barba entrecana, que vivía en una casa de piedra y barro junto a una fuente que brotaba entre zarzas. La casa había sido, tiempo atrás, parte de alguna antigua construcción visigoda: aún quedaban dos bloques de piedra, redondeados, que ahora hacían de poyete, y un aljibe de muros toscos, que seguía recogiendo el agua del invierno.

Rummán era pastor y agricultor, aunque también sabía leer —una rareza— gracias a un monje viejo que había vivido como ermitaño en las montañas y que le dejó un manuscrito con letras extrañas y dibujos de plantas. Su sabiduría era sencilla pero profunda: conocía los vientos, el tiempo de las siembras, y el lenguaje de las aves que anidaban en los olivares salvajes.

Melegís aún no era un pueblo como tal, sino una alquería modesta, compuesta por una docena de casas dispersas en la ladera, cerca de una acequia primitiva construida —según contaban los viejos— sobre un canal antiguo. Las gentes vivían del trueque, el pastoreo, la recolección de higos, almendras y miel, y del cultivo de pequeñas parcelas de cebada y lentejas.

En el resto de Al-Ándalus, el califa Abd al-Rahman III gobernaba desde Córdoba con lujo y poder. La ciudad era espléndida, llena de jardines, bibliotecas y palacios. Pero en Melegís, esa gloria llegaba como eco lejano, a través de algún viajero que cruzaba el valle camino de la costa o la Alpujarra.

Las costumbres eran mixtas: aún se conservaban ritos antiguos —visigodos o incluso romanos— camuflados entre las nuevas enseñanzas del islam. Se encendían lámparas de aceite al caer la noche, se contaban cuentos junto al fuego, y en primavera se celebraba una fiesta de flores, colgando ramas en las puertas y cantando coplas a la luna.

Rummán era el alma del lugar. Tenía dos cabras, un burro y una hija, Zahra, que solía jugar junto a unas piedras viejas, restos de una construcción antigua. No quedaba más que un trozo de muro y una piedra hundida en la tierra, cubierta de musgo. Para ella eran tronos, fortalezas o escondites. Para él, eran huellas mudas de los que vinieron antes.

Cuando alguien enfermaba, Rummán preparaba tisanas con hojas de higuera y resina de lentisco. Cuando había que tomar decisiones —dónde abrir un pozo, cómo repartir el agua— lo llamaban a él.

Una noche de otoño, llegó un viajero con acento del norte. Traía noticias de guerra: en el Reino de León, los cristianos avanzaban hacia el sur. En Zaragoza, se hablaba de rebeliones. El califa había construido Medina Azahara, pero también impuesto nuevos impuestos y vigilancia.

—¿Y qué haremos si vienen hasta aquí? —preguntó un joven.

Rummán respondió sin levantar la voz:

—Sembrar. Cuidar la acequia. Enseñar a los hijos a leer las estrellas. Lo demás viene y va, como el río.

Al día siguiente, al amanecer, Rummán bajó al aljibe. Tocó el agua con los dedos y murmuró una oración antigua, mezcla de lo nuevo y lo olvidado.

Y así, Melegís sobrevivía. Entre piedras viejas, pastores, cántaros de barro y el rumor suave de una acequia que ya hablaba su propia lengua.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo X, con Rummán junto al aljibe, las casas humildes de piedra y barro, las bestias, la acequia primitiva y el paisaje aún silvestre del Valle.




Melegís en el siglo IX


(Recreación histórica)

 

(El siglo IX, un momento en que Al-Ándalus ya está plenamente establecido, pero lejos aún del esplendor del Califato de Córdoba, que no se proclamaría hasta el año 929. En este tiempo, el sur de la península está bajo el Emirato de Córdoba, pero el territorio vive frecuentes rebeliones internas, y las zonas rurales, como el Valle de Lecrín, están más aisladas, organizadas en pequeñas comunidades agrícolas, muchas veces sobre antiguos núcleos romanos o visigodos.

En el caso de Melegís, lo más probable es que no existiera aún como núcleo con nombre propio, pero sí una alquería dispersa, con algunas familias musulmanas recién asentadas, organizando la tierra, el agua y los caminos. Este relato imagina esa primera ocupación estable, basada en el conocimiento agrícola andalusí, la adaptación al terreno y la memoria de los que vivieron antes).

 

“Donde brota el agua”

Melegís, año 843 – Emirato de Córdoba

 

No tenía nombre el lugar. Solo un manantial escondido entre las piedras, una ladera verde de espino y higuera, y un cielo limpio como el principio del mundo. Lo que hoy se conoce como Melegís era, entonces, una vaguada sin nombre, donde unos pocos hombres y mujeres buscaban tierra para vivir.

Uno de ellos era Yabir ibn Hayyan, un joven descendiente de una familia que había vivido en la cora de Elvira, pero que había decidido marcharse lejos de las disputas y los impuestos que el emir Abderramán II empezaba a endurecer. Sabía de agricultura, de agua, de plantar en seco y de sembrar en humedad. Traía consigo una yegua, una azada y un cántaro de barro.

Cuando llegó al valle, vio algo que le cambió la vida: agua brotando de la piedra. Una fuente clara, rodeada de matorrales, que descendía por la pendiente formando un hilillo que podía ser guiado. Pensó: "Aquí se puede vivir". Y se quedó.

Con él venía un pequeño grupo: tres familias, una partera, dos jóvenes huérfanos. Levantaron casas de piedra y barro, con techos de ramas y cañas. Lo primero que hicieron fue trazar un canal primitivo para llevar el agua hasta un pequeño bancal. Plantaron cebada, habas, higos y lentejas, y alrededor pusieron granados y almendros.

No había caminos aún, solo sendas de cabras. No había plaza ni mezquita, solo una piedra grande junto a la fuente, donde rezaban mirando al este. Las noches eran silenciosas, salvo por los perros y el canto lejano de los búhos. El miedo a los lobos, a los bandidos, a las sequías, era constante. Pero el agua seguía fluyendo, y eso bastaba.

Los niños dormían sobre esteras, las mujeres cocinaban en hornos de barro, y los hombres salían al monte a recoger leña y buscar nuevas fuentes. Casi todo se hacía en común. Cuando nacía un niño, todos cantaban. Cuando moría alguien —y morían muchos—, lo envolvían en lino, lo enterraban en la colina y sembraban romero sobre la tumba.

Un día, mientras caminaba por el barranco, Yabir encontró una piedra tallada. Era visigoda, sin duda. Un fragmento con letras que no entendía. La llevó a la fuente y la colocó como escalón. Así, el pasado se convirtió en base del presente.

Aquel año, una tormenta arrasó parte del bancal, pero nadie se fue. Porque ya no estaban de paso. Habían encontrado su tierra. Un lugar con agua, con sol, con silencio y memoria. Lo llamaron, en voz baja, "Málayis", palabra tomada del árabe vulgar que usaban, algo parecido a “el lugar entre manantiales”.

Y así nació Melegís. No con campanas ni conquistas. Sino con un sorbo de agua, una semilla y un nombre dicho al viento.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo IX, con Yabir guiando el agua desde la fuente y las primeras familias construyendo su vida en el valle. Un paisaje sencillo, realista, con la tierra aún virgen y empezando a ser hogar.

 

 


 

Melegís en el siglo VIII


(Recreación histórica)

 

(Siglo VIII, una época de grandes cambios en la península ibérica: la llegada de los musulmanes en el año 711 y el inicio del dominio de Al-Ándalus. En estos primeros tiempos, las zonas rurales como el Valle de Lecrín estaban probablemente escasamente pobladas, con restos de villas visigodas o romanas, y nuevas familias musulmanas recién asentadas, organizando poco a poco el paisaje en forma de pequeñas alquerías.

En este contexto, Melegís no existía aún como núcleo con ese nombre, pero es muy probable que hubiera ya una presencia agrícola dispersa, tal vez ligada a antiguos propietarios visigodos que se islamizaron o pactaron con los nuevos gobernantes. El relato se sitúa en ese tiempo de transición profunda, cuando aún conviven el viejo mundo visigodo con el nuevo mundo andalusí).

 

“Los que se quedaron”

Año 753 – tierras del futuro Melegís, en los inicios de Al-Ándalus

 

El valle aún no tenía nombre. O si lo tenía, lo sabían solo los pastores viejos y los pájaros. La tierra era suave, fértil, y el agua corría por arroyos naturales que se desbordaban en primavera. En lo alto de una loma había una vieja villa visigoda abandonada, de la que quedaban muros bajos, una tinaja rota, y el esqueleto de una pila de baño.

Lucio, hijo de padre visigodo y madre del sur, había nacido allí, en el tiempo en que los musulmanes ya eran dueños de la tierra, pero aún no habían llegado del todo a las aldeas pequeñas. Vivía con su hermana y un pequeño grupo de familias que no se marcharon cuando llegaron los jinetes de oriente. No ofrecieron resistencia, tampoco obediencia inmediata. Solo siguieron sembrando.

Cuando un grupo de familias musulmanas llegó al valle —algunos de origen árabe, otros bereberes—, no hubo batalla. Hubo conversación. Intercambiaron trigo por cabras, semillas por herramientas, y poco a poco fueron compartiendo la tierra. Los nuevos traían saberes distintos: cómo trazar canales, cómo conservar el agua, cómo injertar un peral sobre un espino. Los viejos enseñaban cuándo soplaba el viento seco, dónde dormía el jabalí.

Lucio aprendió rápido. Comenzó a hablar en una lengua mixta, a orar a su modo pero con respeto, a vivir entre dos mundos. Se convirtió en un puente. Ayudaba a levantar casas de tapial, a plantar moreras, a buscar los mejores puntos de agua.

Los días eran largos y llenos de trabajo. Las mujeres molían grano, preparaban tortas en piedras calientes, recogían hierbas y frutos silvestres. Los hombres limpiaban el monte, sembraban habas, cuidaban las colmenas. No había caminos marcados, pero las sendas se abrían con los pasos.

El viernes se reunían bajo una encina grande. Un hombre mayor, de los recién llegados, recitaba palabras del Corán. Lucio escuchaba en silencio. Luego, por la tarde, tocaba su flauta junto al arroyo, como le enseñó su padre. Y en la música, el pasado y el futuro se encontraban sin pelearse.

Ese año, nació el primer niño que fue llamado con dos nombres: Abd-Lucio. Uno musulmán, otro visigodo. Era el primer hijo del valle nuevo.

Y aunque nadie lo sabía aún, en aquella confluencia de culturas, lenguas y aguas… había nacido Melegís.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo VIII, con Lucio y las primeras familias musulmanas y visigodas conviviendo, construyendo juntos una vida nueva en el valle.

 

 


 

Melegís siglo VII


(Recreación histórica)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(Siglo VII, cuando Hispania aún es visigoda y el islam no ha llegado a la península. En este momento, el Valle de Lecrín estaría poblado por comunidades rurales muy dispersas, con estructuras simples, centradas en la agricultura de subsistencia, el pastoreo, y la fe cristiana visigoda. La romanización aún se siente en costumbres, en construcciones reutilizadas, y en la lengua. Melegís, como núcleo, aún no existe, pero sí el paisaje que lo hará posible.

Este relato imagina una primera comunidad que vive en esa ladera fértil del valle, sin saber que su vida quedará como cimiento de algo mayor).

 

“Antes del nombre”

Valle del Lecrín, año 654 – Reino Visigodo de Hispania

 

En lo alto de la loma vivía Leovigildo, un hombre de manos duras y mirada serena. Tenía una casa de piedra sin ventanas, con techo de madera de álamo y barro. Cerca, otras tres familias compartían con él las tierras más fértiles del barranco. No sabían aún que aquello sería algún día llamado Melegís. Para ellos, era simplemente “el sitio bueno”, donde brotaba agua clara, crecía el cereal sin maldición, y el sol entraba limpio al amanecer.

Los visigodos gobernaban desde Toledo, pero en el valle no se hablaba de reyes. Se hablaba de lluvias, cosechas, partos y lobos. La fe cristiana estaba presente, aunque mezclada con tradiciones antiguas: se hacían cruces con ramas, se rezaba en latín mal aprendido, se enterraba a los muertos mirando al este.

Leovigildo cuidaba un pequeño rebaño de cabras, araba con un arado romano heredado, y sembraba cebada, habas, lino y olivos silvestres. Su mujer, Eudoxia, molía grano, cocía pan en piedras calientes, curaba con romero y resina. Sus hijos desgranaban garbanzos, cazaban con honda y dormían sobre esteras de esparto.

A veces bajaban al río —el que más tarde se llamaría Torrente — para recoger juncos o buscar peces en las pozas. Allí, bajo un gran álamo, Leovigildo encontraba piedras talladas por antiguos romanos. No sabía leerlas, pero las reconocía como sagradas. Una de ellas la usaba como banco. Otra, la incrustó en la puerta de su casa.

El mundo era incierto. Llegaban rumores de guerras entre nobles, de herejías, de pestes. Pero todo eso les parecía lejano. Ellos vivían entre el cielo y la tierra.

Cada primavera, antes de la siembra, se reunían los del valle para una bendición. No había iglesia, pero sí una cruz de madera clavada entre dos almendros. El anciano del grupo, que aún recordaba oraciones del tiempo de los romanos, alzaba la voz mientras todos hacían silencio. Se bendecía la tierra, el agua y los animales. Después se compartía pan, vino oscuro y carne curada.

Un día, un forastero cruzó el valle. Viajaba desde la costa hacia la ciudad de Ilíberis. Se detuvo en el lugar y preguntó cómo se llamaba. Leovigildo lo miró y dijo:

—Esto aún no tiene nombre. Pero da de comer.

El forastero sonrió. Y anotó en su tabla de cera: “Valle entre aguas. Lugar fértil.”

Y así quedó. Sin nombre, pero lleno de futuro.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo VII, con Leovigildo y su familia visigoda viviendo de la tierra, en un valle aún sin nombre pero lleno de futuro.

 


 

Melegís en el siglo VI


(Recreación histórica)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(El siglo VI, en plena época visigoda, antes de que Hispania se unificara bajo el poder de los reyes de Toledo. En este momento, el Imperio Romano ya ha caído en occidente, pero su huella aún se siente en la arquitectura, el lenguaje y ciertas costumbres rurales. En el Valle de Lecrín, no existía aún ningún pueblo como tal, pero es muy probable que hubiera pequeñas comunidades dispersas, algunas en antiguos asentamientos romanos reaprovechados.

En esta época, la vida giraba en torno a la supervivencia, la fe cristiana primitiva, y el uso del paisaje heredado de los romanos).

 

“El sembrador del silencio”

Valle del Lecrín, año 578 – Reino Visigodo, antes de la unidad de Recaredo

 

Veremundo, hijo de colonos hispanorromanos, vivía en una choza de piedra y barro junto a una hondonada donde brotaba agua de una roca. No sabía leer ni escribir, pero su padre le había enseñado a distinguir los días por la forma de las nubes y a reconocer el canto de las aves al anochecer.

En aquel tiempo, el valle no era más que un lugar de paso: silencioso, frondoso y sagrado en su forma más salvaje. Se contaban leyendas de que los romanos habían tenido aquí una villa, pero solo quedaban piedras enterradas y una columna caída que usaban como banco.

Veremundo cultivaba trigo, cebada y habas. Tenía tres cabras, una mula vieja y una madre enferma que apenas hablaba. Cada mañana, bajaba al arroyo con una piedra plana, la mojaba y la colocaba sobre el fuego para cocer pan. En los días festivos, preparaba tortas de bellota y miel silvestre.

No había iglesias, solo una cruz de madera toscamente tallada, colocada sobre una roca en lo alto de un cerro. Allí subía él cada siete días, acompañado por algún vecino de otra choza lejana, para rezar de rodillas en silencio, mirando al sol de la mañana. Era una fe sin libros, pero con raíz.

En la primavera de aquel año, llegó un ermitaño. Venía desde la zona de Ilíberis —la actual Granada— y buscaba lugares apartados donde meditar. Se llamaba Honorio, y traía una cruz de madera, una capa raída y un pequeño cuaderno de oraciones en latín. Se quedó un tiempo con Veremundo, enseñándole a hacer señales con los dedos, a contar los salmos con piedrecitas, a trazar cruces con ramas.

—¿Por qué quieres aprender eso, si apenas hablas? —le preguntó Honorio.

Veremundo respondió:

—Porque quiero que la tierra recuerde algo más que mi sombra.

Con ayuda del ermitaño, construyeron una pequeña capilla de piedra seca, sin techo, solo para marcar un sitio de oración. Allí enterraron a la madre de Veremundo, cuando murió ese otoño. Plantaron un laurel junto a su tumba, y desde entonces, los pájaros anidaban siempre allí.

Aquel invierno fue duro. Honorio siguió su camino. Veremundo quedó solo, pero ya no hablaba solo con la tierra: ahora hablaba también con lo invisible.

Y aunque nunca supo que su choza y sus bancales serían, siglos después, el corazón de un pueblo llamado Melegís, dejó su huella. En la tierra, en el agua… y en el silencio que aún brota entre las raíces.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo VI, con Veremundo junto a su choza, en un paisaje humilde, solitario y sagrado. Un tiempo de silencio, fe sencilla y raíces profundas.

 

 


 

Melegís en el siglo V


(Recreación histórica)

Por Miguel Angel Molina Palma

 

(El siglo V, un tiempo de transición profunda y fragilidad. El Imperio Romano de Occidente se desmorona, y en Hispania comienzan a asentarse pueblos germánicos como los suevos, vándalos, alanos, y más tarde los visigodos, aunque en estas primeras décadas su presencia aún es inestable.

En el Valle de Lecrín —como en muchas zonas rurales del sur de Hispania— la romanización aún está muy presente: infraestructuras, villas agrícolas, costumbres, lengua y religión - el cristianismo ya se había extendido-, pero el poder central desaparece y las comunidades rurales quedan a su suerte, replegadas sobre sí mismas. En este contexto, Melegís aún no existe como pueblo, pero quizás sobrevive alguna villa rural romana, con algunos colonos que resisten, cultivan y se adaptan al nuevo mundo que llega sin avisar).

 

“La villa del fin del imperio”

Valle del Lecrín, año 463 – últimos años del Imperio Romano de Occidente

 

La llamaban Villa Licina, aunque ya casi nadie recordaba por qué. Algunos decían que fue de un tribuno romano, otros que de una viuda rica. La verdad es que lo único que quedaba en pie eran dos habitaciones con mosaico roto, un horno semicircular y una cisterna de piedra. Pero Aurelius, el nieto del último administrador romano de la villa, seguía allí, arando la tierra con un buey flaco, esperando que Roma volviera.

Tenía 37 años, hablaba un latín sencillo mezclado con palabras bárbaras, y cada noche encendía una lámpara de aceite junto a una piedra donde su abuela solía rezar. Vivía con su hermana, dos niños, y un par de criados libres que se quedaron cuando los soldados desaparecieron.

Desde hacía años, ya no llegaban cartas, ni recaudadores, ni órdenes desde Cartago Nova. Los caminos estaban abandonados, las ciudades llenas de miedo. Había rumores de saqueos, de bárbaros del norte, de ciudades arrasadas. Pero en el valle, lo único que importaba era que el agua siguiera bajando por el canal, que los olivos no enfermaran, y que los animales no se perdieran por la noche.

Aurelius mantenía en su poder un códice de agricultura en latín, escrito por su abuelo, con dibujos de árboles frutales y técnicas de injerto. Lo consultaba como un libro sagrado. Cada año, lo abría antes de la siembra y lo cerraba después de la cosecha.

El cristianismo era ya común, aunque aún se mezclaba con antiguas costumbres romanas: se encendían velas por los difuntos, se bendecía el pan antes de hornearlo, se usaban amuletos de laurel y higos secos contra las enfermedades. Las mujeres rezaban a la Virgen, pero también colgaban espigas en las puertas para ahuyentar el mal de ojo.

Un día llegó al valle un joven de aspecto extraño: cabello rubio, palabras duras, una cruz de hierro colgada al pecho. Venía de tierras del norte, con un grupo de guerreros visigodos, y buscaba paso hacia la costa. Aurelius le ofreció pan y agua. El joven, sorprendido, dejó una bolsa con semillas nuevas a cambio. No hubo sangre. Solo un cruce de caminos.

Aurelius no sabía que Roma ya había caído. No necesitaba saberlo. Porque en su valle, la vida seguía fluyendo, como el agua, como el tiempo.

Y aunque la villa seguiría cayendo piedra a piedra, la tierra no olvidaría su nombre.

 

Ilustración:

Melegís en el siglo V, con Aurelius trabajando la tierra junto a los restos de la antigua villa romana, en un valle que resiste entre ruinas y esperanza.