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30 marzo 2025

“El molino que no dormía”


Chite

Chite, uno de los pueblos más pintorescos del Valle de Lecrín, con su Castillejo, sus molinos de origen morisco, sus cuestas tranquilas y esa vista que parece abrazar al río y al cielo. Un pueblo pequeño, pero lleno de historia, alma... y rincones que guardan leyendas.

Aquí os traigo amigos ahora una historia inventada, con aires de realidad, que mezcla tradición y misterio en una esquina muy especial del pueblo.

“El molino que no dormía”
Chite, año 1898

En una esquina del Barrio Alto de Chite,
muy cerca del viejo Molino de la Inquisición,
vivía un anciano llamado Blas,
al que todos conocían como el último molinero.

Decían que su molino ya no molía.
Que las ruedas estaban paradas,
que no quedaba trigo,
y que el río había cambiado su curso.
Pero cada noche, desde hacía años,
se oía un rumor de muela girando,
un chirrido lento,
como si el molino aún respirara.

Los vecinos no preguntaban.
Y Blas no explicaba.

Una tarde de otoño, una niña del pueblo —Dolores, de apenas ocho años—
se acercó al molino mientras Blas barría la entrada.

—“¿Por qué suena el molino si no tiene trigo?” —preguntó con ojos limpios.

Blas sonrió, se agachó, y le dijo:

—“Porque guarda los recuerdos de todos los que pasaron por aquí.
Y los muele por la noche…
para que no se olviden.”

Desde entonces, la niña pasaba cada tarde por la puerta,
y Blas le dejaba una cáscara de nuez con un dibujo grabado con cuchillo.
Cada una distinta:
una espiga, una luna, una torre, una cruz, una lágrima, una paloma…

Dolores las coleccionó durante años,
como si fueran parte de un alfabeto secreto.

Cuando Blas murió, el molino se cerró para siempre.
Pero una madrugada, Dolores, ya mujer,
volvió al lugar,
colocó todas las cáscaras en el suelo,
y escuchó.

El molino sonaba.
Despacito.
Como si la piedra girara sobre el recuerdo.
Y sobre la infancia.

 

 

 


 

“Los tres golpes del molino”


Chite

 

Amigos os cuento ahora una historia inspirada en los molinos moriscos de Chite, como el Molino de los Aguilera o el Molino de la Inquisición.

Más concretamente con los molinos de sangre, donde las bestias tiraban de la piedra, o de agua, alimentados por las acequias antiguas que los moriscos diseñaron con una precisión que aún hoy asombra.

Esta historia está ambientada en el tiempo en que los moriscos aún vivían en Chite, justo antes de su expulsión definitiva a principios del siglo XVII. Tiene tono de leyenda, pero también de homenaje.

 

“Los tres golpes del molino”

Chite, año 1606

 

Cuando los moriscos de Chite aún vivían en sus casas de barro y cal,

y las noches se encendían con candiles de aceite,

existía un molino en la linde del barranco,

oculto entre olivos y almendros.

Lo llamaban “el molino del agua dormida”,

porque no se oía correr el agua…

y sin embargo, la piedra giraba.

Lenta. Constante.

Decían que había sido construido por Ali ibn Yahya,

un molinero sabio que conocía el secreto de las acequias subterráneas.

Por eso, aunque en verano el cauce se secaba,

su molino seguía vivo.

Cada noche, Ali golpeaba la piedra tres veces con una vara de olivo.

Y al tercer golpe,

la piedra comenzaba a girar sola.

Sin agua.

Sin bestia.

Solo con la fuerza de lo invisible.

Muchos decían que era brujería.

Pero Ali respondía:

—“Esto no es magia.

Es memoria.

El agua que no ves sigue fluyendo…

igual que lo que no puedes decir.”

Cuando llegaron los soldados cristianos a expulsar a los moriscos del pueblo,

quisieron requisar el molino.

Pero nadie supo hacerlo girar.

Lo golpearon con palas, con martillos, con maldiciones.

Pero la piedra no se movió.

Ni una vuelta.

Ali se fue en silencio.

Antes de cruzar la última curva del barranco,

se giró y dijo:

—“Cuando alguien escuche el agua dormida…

volverá a moler la historia.”

Hoy, las piedras del molino siguen allí.

Cubiertas de musgo.

Dormidas.

Pero si algún día, de madrugada, oyes tres golpes secos en el aire,

y un leve murmullo que viene del suelo…

quizá sea el molino recordando cómo giraba sin agua.

Solo con alma.

 


 

“Los que bajaban al alba”


Una historia de Chite

 

Una historia inventada, pero verosímil, inspirada en esos años tras la expulsión de los moriscos en 1609, cuando muchos huyeron a la sierra, se ocultaron en barrancos, o vivieron bajo nombres falsos. En Chite, como en otros pueblos del Valle, quedaron rastros ocultos: símbolos tallados, escondrijos, pozos sellados...

Aquí amigos os traigo una leyenda morisca de los que se quedaron.

 

 

“Los que bajaban al alba”

Chite, 1612

 

Tras la expulsión, el pueblo de Chite se quedó medio vacío.

Casas cerradas, bancales sin sembrar,

y el Castillejo enmudecido,

como si hubiese perdido la voz.

Pero no todos se fueron.

Amina tenía diecisiete años.

Su familia había sido cristianada a la fuerza,

pero seguía rezando bajito,

en la lengua de su abuela,

frente a una lámpara de aceite escondida en el poyo del horno.

Su hermano, Yusuf, no aceptó la conversión.

Se escondió con otros jóvenes en una cueva al pie del barranco,

cerca de un manantial que no figuraba en los mapas.

Allí vivían con lo justo:

higos, pan seco, agua, aire.

Y la esperanza de que el mundo cambiara.

Cada madrugada, Amina salía antes de que cantaran los gallos,

cruzaba las huertas de Chite sin hacer ruido,

y dejaba una cesta con pan, ajos, y una carta envuelta en paño.

Yusuf la recogía cuando el sol aún no tocaba las piedras.

Nadie los veía.

Nadie lo sabía.

Hasta que una mañana, la cesta no estaba.

Y en su lugar, Amina encontró una flor.

Una sola flor,

atada con hilo rojo.

Lo entendió sin palabras.

Alguien más los había visto.

Pero no los había delatado.

Esa noche, Amina encendió la lámpara del horno,

y dejó la puerta entreabierta.

Como un signo.

Como un rezo.

Desde entonces, muchos en el pueblo comenzaron a dejar flores en las tapias.

Sin preguntar.

Sin decir nada.

Y cuentan que, durante años,

en cada amanecer sin luna,

se veían sombras bajando del barranco hacia el molino,

a beber agua y volver.

Calladas.

Libres.

Vivas.

 



 

27 marzo 2025

El secreto del Molino de la Inquisición de Chite

 


En el Barrio Alto de Chite, donde la acequia baja cantando desde el Castillejo y las casas huelen a pan y albahaca, se encuentra uno de los molinos más antiguos del valle: el Molino de la Inquisición. Su nombre ya impone respeto, y su historia ha dado lugar a muchas versiones... pero hay una que los mayores aún cuentan en voz baja, cuando cae la noche.

Se dice que, en tiempos de los moriscos, cuando las conversiones forzadas traían miedo y silencio, el molino no solo molía aceituna. Molía secretos.

Durante el día, parecía un lugar normal: piedras girando, mulas entrando y saliendo, aceite en las tinajas. Pero de noche, cuando todo el pueblo dormía, se reunían allí en secreto quienes aún rezaban en árabe, recordaban versos del Corán, o simplemente querían hablar libremente sin temor.

El dueño del molino, un hombre mayor llamado Yusuf, había prometido proteger a quienes acudieran a él. Tenía una trampilla escondida bajo los capachos de la aceituna, que daba a una pequeña habitación excavada en la roca. Allí se encendía una vela y se hablaba bajo el susurro del agua.

Un día, un emisario de la Inquisición llegó al pueblo. Empezó a hacer preguntas, a husmear, y alguien delató el molino. Pero cuando los hombres del Santo Oficio llegaron, no encontraron nada. Ni la trampilla, ni el refugio, ni rastros. Se dice que Yusuf desapareció esa misma noche, sin dejar huella, y que una gran crecida de la acequia selló la entrada para siempre.

Hoy, los muros del molino siguen en pie. Algunos dicen que, si entras solo y en silencio, puedes oír murmullos en lenguas antiguas, o el crujido de pasos bajo el suelo. Y muchos aseguran que, en ciertas noches de invierno, se enciende una luz tenue tras las piedras, como si alguien aún velara por el secreto.

Por eso, en Chite, cuando alguien quiere decir que un lugar guarda historias, se dice:

"Eso es como el molino viejo… calla mucho, pero sabe más que nadie."

 

 

 


El día que Chite enmudeció

 


En Chite, todo el mundo sabe que el 28 de diciembre no es un día cualquiera. Es el Día de los Santos Inocentes, y el pueblo se transforma: los vecinos se disfrazan, se intercambian los nombres, los papeles, las casas y hasta los animales. El alcalde puede ser un niño, la abuela se convierte en cura, y el cartero reparte cartas vacías con sellos de mentira.

Pero hubo un año, no hace tanto, en que nadie se disfrazó. Nadie gastó bromas. Nadie rió.

El pueblo amaneció en silencio. Las calles vacías, la plaza callada, la charanga sin instrumentos. Nadie sabía por qué, solo se miraban unos a otros con la duda cosida al pecho.

Al caer la tarde, un anciano del pueblo, don Matías, sacó una silla al portal y, sin decir palabra, se puso una máscara de cartón vieja y descolorida. Después se colocó un sombrero ridículo y se puso a dar vueltas por la plaza tocando una cuchara contra una cazuela.

A los pocos minutos, un niño se puso una cortina a modo de capa. Una mujer sacó una careta antigua. Otro se pintó bigotes con ceniza. Y en menos de una hora, todo el pueblo volvió a vestirse de risa.

Entonces, alguien preguntó a don Matías:

—¿Por qué nadie había empezado antes?

Y él, con voz pausada, dijo:

—Porque todos esperaban a que lo hiciera otro. Y la inocentada era esa: ver qué pasa cuando se olvida lo que nos hace reír.

Desde entonces, en Chite, hay una nueva tradición: la primera persona en disfrazarse recibe un aplauso colectivo en la plaza. Y cada año, alguien dice en voz alta:

"Que nunca nos falten ganas de hacer el tonto. Que de ser serios ya se encargan los demás."