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04 agosto 2026

Poema: El agua sabe el camino.

En la plaza del Ayuntamiento
 de Albuñuelas 

 Poema «El agua sabe el camino», escrito especialmente para el IV Certamen Defensores del Agua y dedicado al agua de Albuñuelas y del Valle de Lecrín.

El agua sabe el camino:


El agua sabe el camino.


Nace donde la nieve guarda

su último sueño de invierno

y baja entre piedras antiguas

con voz de cristal pequeño.


Desciende por los barrancos,

roza los juncos despiertos,

se demora bajo los sauces

y aprende el idioma del viento.


Cuando llega al Valle de Lecrín

ya conoce sus secretos:

la cal blanca de las casas,

la sombra azul de los cerros,

el olor de los naranjos

y el silencio de los huertos.


Entra despacio en la acequia

como quien vuelve de lejos,

y la tierra, al escucharla,

abre sus manos de nuevo.


El limonero la espera

con sus frutos amarillos;

la granada le ofrece

su corazón encendido;

el olivo inclina las ramas

para mirarse en su brillo.


En Albuñuelas el agua

conoce todos los nombres:

los caminos de las huertas,

las fuentes y los rincones,

la piedra oscura del barranco

y la sed de los alcores.


Sabe de manos antiguas

que repartieron su curso,

de azadas sobre la tierra,

de albercas bajo los muros,

de noches de luna clara

y de veranos maduros.


También recuerda a los niños

que corrían junto a su cauce,

con los pies llenos de barro

y la tarde por delante.


El agua llevaba sus risas

más allá de los bancales

y las dejaba temblando

entre las hojas del aire.


A veces parece dormida

bajo la sombra de un puente,

pero nunca está en silencio:

habla bajito, se mueve.


Cuenta historias a las piedras,

refresca la voz de la gente

y convierte cada huerta

en un jardín diferente.


Cuando el sol cae en la sierra

y el cielo se vuelve cobre,

el agua guarda la tarde

en la hondura de su nombre.


Después continúa su viaje

sin despedirse de nadie,

dejando un hilo de música

por los caminos del valle.


Agua clara de esta tierra,

memoria que nunca olvida,

llevas la nieve en el origen

y el azahar en la orilla.


No eres solamente agua

que corre, fecunda y brilla:


eres la voz del paisaje

cuando el paisaje respira.


Y mientras sigas pasando

por la acequia y por la piedra,

el Valle de Lecrín tendrá

una canción bajo tierra.



Firmado: Miguel Ángel Molina Palma

IV Certamen Defensores del Agua en Albuñuelas

Plaza del Ayuntamiento de Albuñuelas 

 

💧 «El agua sabe el camino»: poesía, música y memoria en el IV Certamen Defensores del Agua de Albuñuelas

La plaza del Ayuntamiento acogió una tarde dedicada al agua del Valle de Lecrín, con la participación de niños, poetas, escritores y músicos

✍️ Por Miguel Ángel Molina Palma

Ayer, 3 de agosto de 2026, tuve la oportunidad de asistir y participar en el IV Certamen Defensores del Agua, celebrado a partir de las ocho de la tarde en la plaza del Ayuntamiento de Albuñuelas.

Bajo la sombra del gran árbol que preside este hermoso espacio público, mientras la tarde fue dejando paso lentamente a la noche, la música y la palabra se unieron para recordar algo que en el Valle de Lecrín sabemos desde hace siglos: sin agua no hay huertas, no hay acequias, no hay frutos, no hay paisaje y tampoco hay memoria.

El encuentro, dedicado a la música, la poesía y el relato corto, fue organizado por Manuel Puerta Molina, vecino de Dúrcal e impulsor de las sucesivas ediciones del certamen. Aunque asistieron varios miembros de la Plataforma pro Defensa del Agua en el Valle de Lecrín, es importante aclarar que la Plataforma no fue la organizadora del acto.

🌿 El agua que ha construido nuestro paisaje

En nuestra comarca, hablar del agua significa hablar de mucho más que de un recurso natural. El agua ha dibujado durante generaciones los bancales, ha alimentado los cítricos, los olivos, los granados y las pequeñas huertas familiares; ha movido molinos, llenado albercas y recorrido kilómetros de acequias antes de regresar a los barrancos y a los ríos.

Los estudios sobre el paisaje cultural del Valle de Lecrín señalan precisamente a la red hidráulica como uno de los principales elementos generadores y transformadores de su entorno. Buena parte del trazado tradicional de sus acequias y sistemas de riego tiene orígenes medievales, estrechamente vinculados a las antiguas alquerías andalusíes.

Por eso, una convocatoria como Defensores del Agua tiene una dimensión que va más allá de lo literario. Cada poema pronunciado es también una manera de reivindicar el valor de las fuentes, los nacimientos, las acequias, las albercas y los conocimientos transmitidos por quienes aprendieron a repartir el agua con justicia.

🎤 Antonio Mejías y Manuel Puerta condujeron el encuentro

La presentación estuvo compartida por Antonio Mejías Melguizo y el propio organizador, Manuel Puerta Molina, mientras que José Antonio Moreno, conocido como “el Champe”, acompañó musicalmente buena parte de la velada con su guitarra.

Antonio Mejías es un conocido maestro y poeta durqueño, autor de obras para lectores adultos y para la infancia, entre ellas Mujer de adobe, Alas del aire, El dolor de la hierba, Mi maestro es un cocodrilo, Mi médico es un cocodrilo y El viaje de Alba. Su poesía infantil también ha sido reconocida en certámenes nacionales.

Desde el comienzo, Manuel Puerta animó a los presentes a acercarse al micrófono y compartir sus composiciones. No se trataba únicamente de competir o de buscar reconocimientos, sino de poner la palabra al servicio del agua y escuchar cómo una misma preocupación podía expresarse con voces, edades y sensibilidades diferentes.

👧🧒 Las voces infantiles abrieron el certamen

Los primeros participantes fueron los niños y niñas. Entre ellos se encontraban Noa, Sara y Mari Carmen, que demostraron que la conciencia sobre el cuidado del agua también puede cultivarse desde la infancia.

Sus intervenciones aportaron espontaneidad y ternura al encuentro. Escuchar a los más pequeños hablar del agua fue uno de los momentos más esperanzadores de la tarde, porque la conservación de este patrimonio dependerá, en buena medida, de que las nuevas generaciones aprendan a conocerlo y valorarlo.

Tras cada intervención, los participantes recibían un regalo aportado por distintos ayuntamientos del Valle de Lecrín y por comercios de la comarca. Entre los obsequios había cuadernos, material escolar, productos de papelería y otros detalles preparados con cariño.

Además, cada participante entregaba a Manuel Puerta una copia del poema que acababa de leer. La intención es reunir estas composiciones, junto con las presentadas en anteriores certámenes, para publicarlas en el futuro en un libro colectivo dedicado al agua. Así, lo que nació como palabra pronunciada en una plaza podrá convertirse también en memoria escrita.

📖 El recuerdo de Juan Antonio Haro

Después de las intervenciones infantiles comenzó la lectura de los participantes adultos. Uno de los momentos más emotivos fue la recuperación de un poema fechado en mayo de 2006, escrito por el recordado Juan Antonio Haro Molina y leído en su memoria por un amigo.

Juan Antonio Haro, fallecido en 2021, fue poeta, hortelano y artista. Cultivó durante años su huerto en Nigüelas y convirtió las calabazas de agua en singulares obras artísticas. Su fascinación por el agua, la naturaleza y la vida rural quedó reflejada en libros como Más que agua y en numerosos poemas dedicados a Dúrcal y al Valle de Lecrín.

Su presencia simbólica en el certamen recordó que la poesía puede sobrevivir a quien la escribió y volver a escucharse muchos años después, acompañando nuevas luchas, nuevas inquietudes y nuevas generaciones.

✍️ Fina López y una familia unida por la poesía

La poetisa durqueña Fina López tuvo una presencia destacada. Su obra se encuentra profundamente ligada a Dúrcal, al paisaje, a la memoria, a las causas sociales y a la defensa del agua en el Valle de Lecrín.

Fina cuenta con una amplia producción literaria, en la que aparecen títulos como Pasiones, Plegarias, Un paseo por Dúrcal y su historia, Entre azahares, Tiempos de recuerdos y varias obras de poesía infantil. Su trayectoria ha recibido diferentes reconocimientos, entre ellos el Premio Conde Hubrite por Pasiones, además de premios obtenidos en certámenes de poesía amorosa. Durante años también colaboró con poemas y artículos en el periódico El Valle de Lecrín.

Junto a ella participaron varios miembros de su familia. Su nieta Rocío Padial intervino con su propia lectura y su hija Susana Esturillo, aunque no se considera poeta, compuso expresamente un poema sobre el agua para compartirlo durante el encuentro.

El último participante de la noche fue Jonathan, otro nieto de Fina López. Tampoco se dedica habitualmente a la poesía, pero se esforzó en escribir una composición para esta ocasión, demostrando que la poesía no pertenece exclusivamente a quienes publican libros: pertenece también a quien siente la necesidad de decir algo verdadero.

📝 Numerosas voces alrededor del agua

La tarde fue reuniendo una variada representación de autores y participantes del Valle de Lecrín.

La albuñuelense Marisol Durán leyó uno de sus poemas, llevando al micrófono la voz de una mujer profundamente vinculada a su pueblo. Manuel Soto presentó un soneto dedicado al agua, recuperando una de las formas clásicas más exigentes de nuestra tradición poética.

También intervino Manuela Padial Sánchez, reconocida escritora natural de Dúrcal, quien leyó su poema titulado «Agua». Manuela posee una amplia trayectoria en certámenes literarios: ha ganado en varias ocasiones el Certamen Literario «8 de marzo» de Porcuna, con relatos como La puerta y El mar, y obtuvo igualmente el Premio de Relatos Victoria Kent con El coleccionista, además de otros reconocimientos en poesía y narrativa.

El músico Jesi acompañó algunos momentos poéticos con el sonido de su instrumento de viento, aportando una atmósfera diferente a las lecturas.

Antonio Castro Delgado, presidente de la Fundación Omnia, explicó que no se consideraba poeta, pero quiso participar con una silva dedicada a Albuñuelas. Su composición rindió homenaje al pueblo, a sus paisajes y a sus gentes mediante una forma poética de versos heptasílabos y endecasílabos.

También intervino Ángel Martínez, vecino de Dúrcal, sociólogo, poeta y persona con una amplia experiencia en el mundo cultural. Durante una etapa de su trayectoria estuvo vinculado a la dirección de varias revistas culturales en el extranjero, y su lectura aportó al acto una mirada reflexiva y experimentada.

Manuel Puerta Molina tomó igualmente la palabra para recitar y expresar su agradecimiento a José Díaz Alcántara, “Pepe Díaz”, alcalde de Albuñuelas, por el apoyo prestado a este certamen y a otras iniciativas culturales que se desarrollan en el municipio. José Díaz continúa ejerciendo como alcalde-presidente del Ayuntamiento de Albuñuelas en 2026.

Otro momento singular llegó con Ronal, vecino de origen neerlandés, quien recitó una composición primero en holandés y después en español. Su intervención puso de manifiesto que el agua y la poesía hablan un idioma capaz de atravesar fronteras.

Más tarde, Marta e Isabel protagonizaron un delicado momento poético, con sus palabras acompañadas por el sonido del violín.

💦 Mi participación con «El agua sabe el camino»

Yo también tuve la oportunidad de acercarme al micrófono para recitar mi poema «El agua sabe el camino», escrito especialmente para este certamen y dedicado al agua de Albuñuelas y del Valle de Lecrín.

En él quise recordar el recorrido del agua desde la nieve de Sierra Nevada hasta las acequias, barrancos y huertas de nuestros pueblos. También quise hablar de los antiguos regantes, de las albercas, de los niños que jugaban junto a los cauces y de esa música casi secreta que acompaña al agua mientras atraviesa la tierra.

Agua clara de esta tierra,
memoria que nunca olvida,
llevas la nieve en el origen
y el azahar en la orilla.

No eres solamente agua
que corre, fecunda y brilla:
eres la voz del paisaje
cuando el paisaje respira.

Al finalizar mi lectura entregué el poema a Manuel Puerta para que pueda formar parte de ese futuro libro colectivo. También recibí uno de los obsequios preparados para los participantes: un regalo aportado por Calzados y Moda La Pitica, establecimiento situado en la calle Pérez Carrillo de Dúrcal.

🎶 Sairama: los elementos de la naturaleza convertidos en música

Una de las actuaciones musicales más esperadas fue la del grupo Sairama, formado para esta ocasión por Monse, Iñaki y Fernando.

Sairama es un proyecto granadino relacionado con la música ancestral y las llamadas world music. Sus composiciones combinan voz, guitarra, teclados, percusión y diferentes instrumentos de raíz étnica. El grupo se define por una música concebida para la relajación, la meditación, el movimiento y la conexión simbólica con la naturaleza. Su presencia pública se ha relacionado especialmente con Caparacena, Granada y distintos encuentros culturales y de bienestar.

Durante el certamen interpretaron tres canciones, entre ellas «Tierra, agua, aire y fuego», una composición especialmente adecuada para una noche que tenía al agua y a la naturaleza como protagonistas.

Sus sonidos crearon una atmósfera envolvente bajo el gran árbol de la plaza. La guitarra, el teclado, la percusión, la voz y los instrumentos de viento parecían dialogar con los cuatro elementos y con las palabras que se habían ido pronunciando durante toda la tarde.

Entre los integrantes se encontraba Fernando Pérez Morales, vecino de Padul y responsable de Paravisa, empresa local vinculada a las telecomunicaciones y a la televisión de proximidad. Paravisa posee una larga trayectoria en Padul y ha contribuido durante décadas a conservar y difundir acontecimientos sociales, religiosos y culturales de la localidad. Fernando Pérez Morales figura públicamente como responsable ejecutivo de la empresa.

🎁 Un regalo y un poema para conservar la memoria

La entrega de un detalle después de cada lectura proporcionó al acto un carácter cercano y agradecido. No importaba la edad, la experiencia literaria o la extensión del poema: todos los participantes recibieron el reconocimiento de haber aportado su voz.

Pero quizá el regalo más importante sea el libro que Manuel Puerta desea preparar con los textos de las distintas ediciones. Ese proyecto permitirá observar cómo niños y adultos han pensado, sentido y defendido el agua a lo largo de los años.

Será un testimonio colectivo de una comarca que conoce bien el valor de cada nacimiento, cada acequia y cada alberca.

🌊 Defender el agua también es contar su historia

El IV Certamen Defensores del Agua concluyó después de varias horas de poesía, música y convivencia. Cuando Jonathan terminó su lectura y se cerró el acto, la plaza ya estaba iluminada y la noche había sustituido completamente a la tarde.

Quedaban las sillas, los instrumentos, los poemas entregados y el recuerdo de muchas voces diferentes unidas por una misma palabra: agua.

Defender el agua significa exigir su conservación y su reparto responsable, pero también conocer su historia, mantener limpias las acequias, respetar los cauces, proteger los nacimientos y transmitir a los jóvenes el patrimonio recibido.

En el Valle de Lecrín, el agua no pasa simplemente por el paisaje: lo crea, lo alimenta y lo recuerda. Corre por las huertas, se oculta bajo la tierra, reaparece en las fuentes y continúa su viaje llevando consigo la historia de nuestros pueblos.

Y mientras siga encontrando su camino, el Valle conservará, como dice mi poema, una canción bajo tierra.

✍️ Miguel Ángel Molina Palma

#DefensoresDelAgua #Albuñuelas #ValleDeLecrín #Agua #Poesía #Música #Cultura #PatrimonioHidráulico #Acequias #DefensaDelAgua #Literatura #Granada


Regalos para los
participantes 



Antonio Castro Delgado 

Fina López 


Ángel Martín 



Marisol Durán 


Manuel Puerta Molina 

Grupo Sairama compuesto por Monse, 
Iñaki y Fernando 



16 abril 2026

La Memoria del Agua en el Valle de Lecrín

María Gracia Aguado Molina 


 📚💧 LA MEMORIA DEL AGUA… Y QUIEN LA ESCUCHA EN EL VALLE DE LECRÍN 🌿🏞️

Hay libros que se leen…

y hay libros que se sienten como un susurro antiguo.

“La memoria del agua en el Valle de Lecrín” no es solo una obra de estudio.

Es una puerta abierta a lo que fuimos… y a lo que aún somos.

Y detrás de esa puerta está una mujer que ha sabido escuchar lo que muchos pasan por alto:

el murmullo del agua entre las acequias, la voz callada de la tierra, la memoria de los pueblos.

👩‍🏫 María Gracia Aguado Molina es una investigadora que ha puesto su mirada —y su sensibilidad— sobre uno de los elementos más esenciales del Valle: el agua.

No como simple recurso…

sino como alma que vertebra la vida, la historia y el paisaje.

💧 Porque en el Valle de Lecrín, el agua no corre…

cuenta historias.

Historias de manos que cavaron acequias

de generaciones que aprendieron a repartirla con justicia

de huertas que nacieron del esfuerzo

y de pueblos que crecieron al ritmo de su latido

📖 Su obra es un trabajo riguroso, sí…

pero también es un acto de respeto.

Un homenaje silencioso a quienes supieron convivir con la tierra sin romper su equilibrio.

🌿 Leer este libro es comprender que:

el agua no solo riega…

construye identidad

que las acequias no son solo canales…

son caminos de memoria

y que el Valle no se entiende sin ese hilo invisible que lo atraviesa desde siglos atrás

📍 Por eso, la presentación de este libro no es un acto más

es un encuentro con nuestras raíces.

📅 Sábado 18 de abril

🕖 19:00 h.

📍 Centro Cultural Alauxa.

📌 Pinos del Valle.

Un momento para escuchar, aprender…

y, sobre todo, recordar quiénes somos 💙

Porque quizás, después de este libro, cuando oigamos correr el agua…

ya no será solo agua

será historia

será vida

será Valle 💧🌄


📚 Bibliografía 

01. Aguado Molina, María Gracia; Sáez Pérez, María Paz.

La memoria del agua en el Valle de Lecrín. Historia, evolución y caracterización del patrimonio hidráulico.

Editorial Círculo Rojo.

02. Malpica Cuello, Antonio.

Estudios sobre el regadío andalusí y organización del territorio en el Reino de Granada.

#ValleDeLecrín 💧

#MemoriaDelAgua 🌿

#PatrimonioHidráulico

#CulturaRural

#Acequias

#HistoriaViva

#PinosDelValle

#Alauxa

#Granada

#ElValleLate 💙


22 marzo 2026

Cuando el agua habla en el Valle de Lecrín


 💧 Cuando el agua habla en el Valle de Lecrín

(Día Mundial del Agua en el Valle de Lecrín)

Cada 22 de marzo, impulsado por las Naciones Unidas, el mundo recuerda que el agua es vida. Pero en el Valle de Lecrín, no hace falta que lo recuerden desde fuera: aquí se sabe… y se siente.

Porque el agua no es solo paisaje.

Es historia. Es sustento. Es identidad.

Baja por las acequias como bajaban hace siglos, trazando caminos invisibles que unen generaciones. Nace en manantiales que han sido testigos del paso del tiempo, y riega los campos donde el esfuerzo humano se mezcla con la generosidad de la tierra.


Pero hoy, el agua también está en peligro.

No por falta de amor hacia ella, sino por decisiones que muchas veces se toman lejos de aquí. Por un modelo que olvida que el agua no es un negocio, sino un bien común. Por la sobreexplotación de acuíferos, por la presión sobre los manantiales, por el silencio impuesto a los pequeños territorios.

En el Valle de Lecrín, defender el agua es defender la vida rural.

Es alzar la voz por las fuentes que se apagan.

Por los manantiales que pierden fuerza.

Por las acequias que ya no cantan como antes.

Es entender que cada gota cuenta, pero también que cada decisión importa.

Aquí, la defensa del agua no es una consigna. Es una forma de estar en el mundo. Es la dignidad de quienes trabajan la tierra. Es la memoria de los mayores que enseñaron a repartirla con justicia. Es la responsabilidad de quienes saben que el futuro depende de lo que hagamos hoy.

Porque el agua no pertenece a nadie…

pero sin ella, no somos nada.

Hoy, más que nunca, el Valle de Lecrín no solo celebra el agua.

La protege. La reclama. La defiende.

💧🌿

#DefensaDelAgua #ValleDeLecrín #AguaEsVida #NoALaSobreexplotación #AguaPública #GranadaRural #CulturaDelAgua #AcequiasVivas #Sostenibilidad


31 marzo 2025

El agua no se vende, se defiende



El Valle de Lecrín: donde el agua no se vende, se defiende


En el corazón de Granada, el Valle de Lecrín ha vivido durante siglos abrazado al agua.

Sus pueblos nacieron junto a ríos, fuentes, manantiales y acequias que aún hoy siguen latiendo como venas abiertas entre naranjos, huertas, albercas y bancales.


Pero ese equilibrio, ese modo de vida ancestral, está hoy en peligro real.


Desde abril de 2023, los vecinos del valle —junto con la Plataforma para la Defensa del Agua— se enfrentan a un proyecto que amenaza con secar no sólo sus fuentes, sino su alma: la empresa Aguas Bellavista SL ha solicitado una nueva concesión para embotellar agua en el término de Villamena, bajo el nombre “Aguas del Manar”, con un caudal previsto de 8 litros por segundo. Y esto, en una comarca donde ya existe otra planta embotelladora activa, con una concesión vigente de hasta 31 litros por segundo, que extrae del mismo acuífero.


El problema no es solo técnico, es ético y vital.


Las aguas subterráneas que alimentan estas plantas no se renuevan al ritmo que se extraen.

Su sobreexplotación, unida a años de sequía, ya está teniendo consecuencias visibles: la Fuente del Mono y el manantial de la Mina, en Dúrcal, se han secado o debilitado considerablemente.

Y no por culpa del río, que sigue trayendo buen caudal, sino por lo que ocurre debajo de nuestros pies.


¿Quién se queda sin agua? Los pueblos.

¿Quién se enriquece? Las embotelladoras.


El proyecto además pone en riesgo directo uno de los espacios naturales más valiosos de la provincia: el humedal y turberas de Padul, parte del Parque Natural de Sierra Nevada, protegido por el Convenio Ramsar y la Red Natura 2000, hogar de más de 170 especies de aves y otras muchas especies vegetales y animales. A apenas 300 metros, se encuentra la Fuente del Mal Nombre, otro manantial amenazado.


Pero más allá del impacto ambiental, está el impacto humano.


El Valle de Lecrín vive del agua.

Su historia agrícola, sus acequias milenarias, sus costumbres, su economía local y su identidad cultural están todas regadas, literalmente, por el agua que hoy quieren privatizar para venderla embotellada, envuelta en plástico, con campañas de marketing que ignoran las raíces de la tierra.


¿A cambio de qué?

Más residuos, más camiones de gran tonelaje, más lucro para unos pocos… y menos agua para todos.


Los vecinos lo tienen claro: el agua no es mercancía, es vida.

Y no se vende, se defiende.


Por eso se alzan voces, se presentan alegaciones, se organizan acciones.

No es solo una lucha por el caudal, sino por el futuro.


Porque cuando se agota el agua, no sólo se seca la fuente:

se mueren las huertas, se apagan los lavaderos, se rompe la memoria.


Y eso, en el Valle de Lecrín, no lo vamos a permitir.

27 marzo 2025

Defensa del Agua del Valle de Lecrín

 


La voz del agua

Por Miguel Ángel Molina Palma

(Cuento para defender el agua del Valle de Lecrín)

 

Había una vez un valle donde el agua hablaba.

No con palabras, sino con canto.

Cantaba en las fuentes que nacían entre los juncos, en los manantiales que brotaban del alma de la piedra, y en las acequias antiguas que corrían como venas por los campos.

Ese valle era Lecrín.

Allí, el agua no era un recurso, era una madre.

Daba de beber, regaba los limoneros, refrescaba a los niños y traía el sonido del tiempo viejo a los huertos.

Y aunque nadie la veía, todos sabían que una guardiana vivía en lo hondo del acuífero.

Le decían Nazar, nombre que venía de los moriscos, de las nubes, del barro, del alma.

Ella velaba por las fuentes del Valle: la Fuente del Mono, el manantial de la Mina, la Fuente del Mal Nombre, los nacimientos y acequias de Padul, Dúrcal, Albuñuelas y Villamena.

Pero un día, algo cambió.

Primero, Nazar sintió una vibración extraña, como un zumbido que venía de las entrañas del suelo.

Luego, el agua empezó a tensarse.

Ya no fluía alegre.

Se sentía absorbida, exprimida, empujada hacia caños oscuros que no llevaban a la tierra… sino a tanques industriales.

Había llegado una sed sin rostro.

Una sed que no bebía, solo guardaba.

Una sed que no curaba, solo vendía.

Una embotelladora había abierto sus bocas en el corazón del acuífero.

Y más allá, otra más, con papeles sin firma ambiental, sedienta de 31 litros por segundo.

Nazar corrió por dentro del agua a alertar a sus hijas.

La Fuente del Mono tembló, y su canto se apagó.

El manantial de la Mina susurró por última vez.

Y la Fuente del Mal Nombre se encogió, viendo cómo las raíces sedientas de plástico se acercaban a menos de trescientos pasos.

En las turberas de Padul, las aves callaron.

Y el Arroyo del Alcázar bajó con menos fuerza.

Los hombres del Valle empezaron a notarlo.

Y cuando preguntaron, el agua no respondió.

Solo lloró.

Pero un día, algo ocurrió.

Un grupo de personas se reunieron al pie de la acequia. No eran técnicos ni políticos, eran vecinos.

Tenían en las manos pancartas, y en el pecho fuego.

Uno de ellos —una niña— se agachó, tocó el agua que aún quedaba, y dijo:

—“No queremos que te vayas.”

Y Nazar, desde lo hondo, lo oyó.

Fue solo una palabra. Pero fue la primera que venía no a dominar el agua, sino a defenderla.

Y entonces el agua habló.

No con palabras.

Con fuerza.

Los regantes cerraron compuertas.

Los pueblos se unieron en voz.

Las aves levantaron el vuelo como señal.

Y las fuentes…

volvieron a latir.

Porque el agua no se vende.

El agua no necesita marca,

ni plástico,

ni trenes de reparto.

El agua necesita tierra,

necesita gente,

y necesita respeto.

Y desde ese día, en el Valle de Lecrín, cuando alguien se agacha a beber,

puede oír un susurro antiguo, que viene de las raíces y dice:

“Gracias por quedarte

conmigo".

 

 

Verso–manifiesto: El agua no se vende

(Inspirado en la historia de Nazar)

 

Agua del Valle bendita,

madre de naranjos fiel,

que corre por las acequias

desde antes de Isabel.

Agua que en piedra descansa,

y en la alfalfa se desliza,

no fuiste hecha para envase,

ni para etiqueta lisa.

Te quieren meter en tubos,

en camiones, en cristal,

pero tú vienes del cielo

para dar vida… no sal.

El Mono ya no susurra,

la Mina llora en su voz,

y la fuente del Mal Nombre

mira al plástico feroz.

Pero hay manos que resisten,

y gargantas que han cantao:

“El agua no es mercancía,

ni derecho privatizao.”

La embotellan los de fuera

con papeles y ambición,

pero el Valle tiene nombre,

memoria, y rebelión.

No nos quitéis los manantiales,

ni el aliento de la flor.

Que el agua del Valle es madre,

no es negocio ni favor.

Si la fuente se nos calla,

si la acequia se nos muere,

se nos seca la garganta

aunque el río nos espere.

Defender el agua es canto,

es memoria, es corazón.

Y por eso hoy el Valle

se convierte en su bastión.

 

 

 

Mateo y la voz que volvió a brotar

 

Tercera parte de la historia del pastor y la acequia (Valle de Lecrín)

Los años pasaron, y Mateo ya no era niño.

Tenía manos curtidas, barba fina y una forma de caminar que recordaba a su abuelo.

Pero algo era distinto:

él ya no escuchaba solo.

Ahora también hablaba.

Mientras algunos se marchaban del Valle buscando otras aguas,

Mateo se quedó.

Volvió a limpiar acequias con el bastón de Antonio colgado a la espalda.

Volvió a visitar la piedra donde escuchó el primer lamento.

Y un día, al mirar cómo el agua apenas goteaba, dijo:

—“Basta de escuchar en silencio.

Ahora toca hablar.

Toca defender.”

Ese invierno organizó una reunión en el salón del pueblo.

No trajo pancartas.

Trajo historias.

Contó lo que oyó de pequeño.

Contó lo que no suena en los caños secos.

Y sobre todo, contó lo que siente el agua cuando se queda sola.

La gente, al principio, no decía mucho.

Pero después, uno a uno, empezaron a recordar.

Una vecina mayor habló de cuando lavaban en la acequia.

Un agricultor contó cómo la fuente bajaba con fuerza antes de que la fábrica empezara a chuparla desde debajo.

Una niña se levantó y dijo:

—“Yo he oído al agua…

cuando calla.

Y eso duele.”

Entonces comprendieron que la lucha no era técnica.

Era emocional.

Era sagrada.

Mateo fundó un grupo.

Le llamaron “Los que escuchan al agua.”

Y no solo defendían el caudal:

defendían la memoria.

Limpiaban ramales olvidados.

Enseñaban a los niños a regar como sus abuelos.

Iban a los plenos.

Escribían cartas a los dormidos.

Y cada año, en la fecha del último paseo de Antonio,

bajaban todos a la acequia,

y guardaban un minuto de silencio…

para oír si la voz del agua quería decir algo.

Dicen que en el último encuentro,

la acequia sonó más clara.

Más firme.

Más viva.

Y alguien murmuró:

—“Ha vuelto a hablar.

Y esta vez…

no está sola.”

Ilustración:

Mateo junto a la acequia restaurada, hablando con los vecinos mientras el agua fluye de nuevo por el corazón del Valle. Una imagen de esperanza, memoria y comunidad despierta.

 

 

 

Por la Defensa del Agua en el Valle de Lecrín

RELATO:

El pastor que oyó llorar la acequia

(Valle de Lecrín)

 

Su nombre era Antonio, y lo conocían en todos los pueblos del valle por su andar despacio y su zurrón lleno de pan y preguntas.

Cada mañana subía con sus cabras por las veredas entre Dúrcal, Albuñuelas y Villamena.

No llevaba reloj. Solo miraba el cielo y oía la tierra.

Y a veces, oía más.

Una mañana seca de abril, al pasar junto a una acequia antigua que bajaba medio dormida, Antonio se detuvo.

Las cabras bebían de un charquito, pero él no les quitaba ojo a las piedras.

—“Esto no suena bien,” murmuró.

Porque la acequia…

estaba llorando.

No era un goteo cualquiera.

Era un lamento, como el de una criatura que pide ayuda sin hacer alboroto.

Como si el agua que quedaba no quisiera seguir bajando.

Antonio se agachó, tocó la pared de la acequia, y apoyó la oreja.

Y lo oyó:

—“Nos están vaciando por debajo,” dijo la voz del agua.

—“Ya no lluevo, ya no broto… ya no sirvo para sembrar.”

Antonio no era un sabio, pero sí tenía algo que muchos habían perdido:

la costumbre de escuchar.

Esa misma tarde bajó al pueblo.

No hizo discursos.

No sacó papeles.

Solo se sentó en la plaza y, mientras comía una naranja, fue diciendo, sin gritar:

—“La acequia llora.

Y si no la oís… es que estáis muy lejos del campo.

O muy cerca de los que se beben lo que no les toca.”

Desde ese día, cuando alguien le preguntaba por el tiempo, no miraba al cielo.

Miraba al agua.

Y si bajaba contenta, sonreía.

Si bajaba muda, se callaba.

Dicen que antes de morir, dejó una carta escondida en una alforja de esparto.

Decía:

“El día que dejéis de oír las acequias,

no será porque estén secas.

Será porque os habéis olvidado de escucharlas.”

Ilustración:

Antonio, el pastor, escuchando el lamento de la acequia en el Valle de Lecrín. Un momento íntimo y silencioso que simboliza su conexión con la tierra y el agua.

 

 

 

 

La niña que buscaba el agua escondida (Valle de Lecrín)

 

En un tiempo no muy lejano, hubo una niña llamada Candela, que vivía en un pueblo del Valle donde ya no quedaban fuentes abiertas.

Los grifos aún funcionaban, sí…

pero el agua ya no sabía igual.

Ni a piedra, ni a sierra, ni a acequia.

Sabía a nada.

Candela, que era curiosa, le preguntó una tarde a su abuelo:

—“¿Dónde está el agua buena, la de antes?”

El abuelo bajó la voz y le dijo:

—“Se ha escondido. Como los pájaros cuando huele a tormenta.”

—“¿Y por qué se ha escondido?”

—“Porque la querían encerrar en botellas.”

Aquella noche, Candela soñó que caminaba entre bancales secos y cañaverales doblados.

Y que una gota de agua, pequeñita, la seguía.

No hablaba, pero cada vez que Candela se detenía, la gota se movía hacia una dirección.

Así descubrió que el agua escondida había hecho cuevas.

Había bajado a lo más profundo de la tierra, huyendo de las máquinas y los contratos.

Pero no se había ido por miedo.

Se había ido para pensar.

Para ver si alguien la echaba de menos.

Candela despertó y supo lo que tenía que hacer.

No cogió una pala.

Ni hizo ruido.

Solo se fue al lugar donde una fuente ya no manaba…

se sentó frente a la piedra seca,

y empezó a hablarle.

No rezaba.

No exigía.

Solo le decía:

—“Cuando quieras volver… yo estaré aquí.”

Lo hizo cada día.

Y una tarde, al apoyar la mano en la piedra, sintió una humedad nueva.

Como una lágrima que vuelve a casa.

Desde entonces, la gente del pueblo dice que, si escuchas con paciencia,

puedes oír una gota que cae,

luego otra,

y luego un hilo pequeño,

que suena como una promesa recién nacida.

Ilustración:

Candela junto a la fuente seca, justo en el momento en que el agua empieza a volver. Un instante de esperanza y conexión con la tierra.

 

 

 

La mujer del cántaro (Valle de Lecrín)

 

Se decía que en cada pueblo del Valle —Dúrcal, Padul, Albuñuelas, Villamena—

Había, sin que nadie lo supiera, una mujer que bajaba a por agua antes del alba.

No eran siempre las mismas, ni del mismo rostro.

A veces eran mayores.

Otras, jovencitas.

Pero todas llevaban un cántaro.

Y todas caminaban en silencio.

Cuando el cántaro tocaba el agua, las fuentes seguían vivas un año más.

Pero un año, en abril, una de ellas bajó…

y el manantial no respondió.

La piedra estaba seca.

El eco sonaba hueco.

Y el cántaro… vacío.

Se miraron entre ellas en la siguiente reunión secreta —bajo un moral, junto a una acequia aún viva— y comprendieron la señal:

Alguien estaba robando lo invisible.

Alguien se estaba llevando el alma del agua.

No hicieron ruido.

No gritaron.

Pero desde aquel día, todas salieron juntas.

Y todos los cántaros brillaban.

Algunas empezaron a hablar en los plenos.

Otras pintaron mensajes en los muros.

Y otras enseñaron a los niños que beber del grifo también es cuidar del mundo.

Hoy, nadie sabe quiénes son.

Pero si una mañana ves a una mujer con un cántaro al hombro bajando por una vereda…

no la detengas.

Está recordando al agua que no está sola.

Imagen:

La ilustración para el relato “La mujer del cántaro”, ambientada en el Valle de Lecrín al amanecer. Representa la fuerza silenciosa de quienes protegen el agua y la memoria.

 

 

El niño que entendió al agua (Valle de Lecrín)

Segunda parte de “El pastor que oyó llorar la acequia”

 

Antonio, el pastor, ya no subía al monte.

Sus cabras andaban en manos de otro, y su zurrón colgaba en la pared de la cocina como un recuerdo torcido.

Pero su bastón de olivo, gastado por los años, lo guardaba su nieto, un niño de mirada tranquila que se llamaba Mateo.

Mateo lo escuchaba todo.

No hablaba mucho, pero tenía buen oído.

Cuando su abuelo murió, encontró en una alforja vieja una carta doblada, y en ella, solo una frase:

“Si quieres entender el agua…

no la mires.

Escúchala.”

No entendió nada al principio.

Pero algo dentro de él le pedía que probara.

Así que una tarde de abril, con los almendros en flor, bajó solo a la acequia donde su abuelo se agachaba a escuchar.

El agua bajaba floja, pero aún estaba viva.

Mateo se sentó.

Dejó el bastón a un lado.

Y apoyó su oreja, igual que había hecho Antonio.

No oyó palabras.

Pero sí un ritmo.

Un temblor.

Un quejido suave, como cuando alguien quiere hablar, pero no se atreve.

Y entonces lo comprendió.

La acequia no solo daba agua.

Daba aviso.

Daba historia.

Daba verdad.

Volvió al día siguiente.

Y al otro.

Y al otro.

Un día bajó con su clase del colegio y les dijo, sin levantar la voz:

—“Aquí escuchaba mi abuelo. No con los oídos, sino con el alma.”

Los niños rieron al principio.

Pero una de ellas, llamada Luna, se agachó, tocó el agua… y se quedó callada.

Y poco a poco, los demás también.

Desde ese día, cada cierto tiempo, un grupo de niños baja a esa acequia, no a hacer fotos,

sino a escuchar.

Y el agua, aunque venga poca, fluye con más fuerza.

Porque sabe que alguien la ha entendido.

Y eso basta.

Ilustración:

Mateo con los niños junto a la acequia, en el instante mágico en que aprenden a escuchar el alma del agua. El bastón de su abuelo, la luz suave, la presencia de Luna… todo respira respeto y esperanza.