Por Miguel
Ángel Molina Palma
(Cuento para defender el agua del Valle de Lecrín)
Había una vez un valle donde el
agua hablaba.
No con palabras, sino con canto.
Cantaba en las fuentes que nacían
entre los juncos, en los manantiales que brotaban del alma de la piedra, y en
las acequias antiguas que corrían como venas por los campos.
Ese valle era Lecrín.
Allí, el agua no era un recurso,
era una madre.
Daba de beber, regaba los
limoneros, refrescaba a los niños y traía el sonido del tiempo viejo a los
huertos.
Y aunque nadie la veía, todos
sabían que una guardiana vivía en lo hondo del acuífero.
Le decían Nazar, nombre que venía
de los moriscos, de las nubes, del barro, del alma.
Ella velaba por las fuentes del
Valle: la Fuente del Mono, el manantial de la Mina, la Fuente del Mal Nombre,
los nacimientos y acequias de Padul, Dúrcal, Albuñuelas y Villamena.
Pero un día, algo cambió.
Primero, Nazar sintió una
vibración extraña, como un zumbido que venía de las entrañas del suelo.
Luego, el agua empezó a tensarse.
Ya no fluía alegre.
Se sentía absorbida, exprimida,
empujada hacia caños oscuros que no llevaban a la tierra… sino a tanques
industriales.
Había llegado una sed sin rostro.
Una sed que no bebía, solo
guardaba.
Una sed que no curaba, solo
vendía.
Una embotelladora había abierto
sus bocas en el corazón del acuífero.
Y más allá, otra más, con papeles
sin firma ambiental, sedienta de 31 litros por segundo.
Nazar corrió por dentro del agua
a alertar a sus hijas.
La Fuente del Mono tembló, y su
canto se apagó.
El manantial de la Mina susurró
por última vez.
Y la Fuente del Mal Nombre se
encogió, viendo cómo las raíces sedientas de plástico se acercaban a menos de
trescientos pasos.
En las turberas de Padul, las
aves callaron.
Y el Arroyo del Alcázar bajó con
menos fuerza.
Los hombres del Valle empezaron a
notarlo.
Y cuando preguntaron, el agua no
respondió.
Solo lloró.
Pero un día, algo ocurrió.
Un grupo de personas se reunieron
al pie de la acequia. No eran técnicos ni políticos, eran vecinos.
Tenían en las manos pancartas, y
en el pecho fuego.
Uno de ellos —una niña— se
agachó, tocó el agua que aún quedaba, y dijo:
—“No queremos que te vayas.”
Y Nazar, desde lo hondo, lo oyó.
Fue solo una palabra. Pero fue la
primera que venía no a dominar el agua, sino a defenderla.
Y entonces el agua habló.
No con palabras.
Con fuerza.
Los regantes cerraron compuertas.
Los pueblos se unieron en voz.
Las aves levantaron el vuelo como
señal.
Y las fuentes…
volvieron a latir.
Porque el agua no se vende.
El agua no necesita marca,
ni plástico,
ni trenes de reparto.
El agua necesita tierra,
necesita gente,
y necesita respeto.
Y desde ese día, en el Valle de
Lecrín, cuando alguien se agacha a beber,
puede oír un susurro antiguo, que
viene de las raíces y dice:
“Gracias por quedarte
conmigo".
Verso–manifiesto: El agua no se vende
(Inspirado en la historia de Nazar)
Agua del Valle bendita,
madre de naranjos fiel,
que corre por las acequias
desde antes de Isabel.
Agua que en piedra descansa,
y en la alfalfa se desliza,
no fuiste hecha para envase,
ni para etiqueta lisa.
Te quieren meter en tubos,
en camiones, en cristal,
pero tú vienes del cielo
para dar vida… no sal.
El Mono ya no susurra,
la Mina llora en su voz,
y la fuente del Mal Nombre
mira al plástico feroz.
Pero hay manos que resisten,
y gargantas que han cantao:
“El agua no es mercancía,
ni derecho privatizao.”
La embotellan los de fuera
con papeles y ambición,
pero el Valle tiene nombre,
memoria, y rebelión.
No nos quitéis los manantiales,
ni el aliento de la flor.
Que el agua del Valle es madre,
no es negocio ni favor.
Si la fuente se nos calla,
si la acequia se nos muere,
se nos seca la garganta
aunque el río nos espere.
Defender el agua es canto,
es memoria, es corazón.
Y por eso hoy el Valle
se convierte en su bastión.
Mateo y la voz que volvió a brotar
Tercera parte de la historia del
pastor y la acequia (Valle de Lecrín)
Los años pasaron, y Mateo ya no era
niño.
Tenía manos curtidas, barba fina
y una forma de caminar que recordaba a su abuelo.
Pero algo era distinto:
él ya no escuchaba solo.
Ahora también hablaba.
Mientras algunos se marchaban del
Valle buscando otras aguas,
Mateo se quedó.
Volvió a limpiar acequias con el
bastón de Antonio colgado a la espalda.
Volvió a visitar la piedra donde
escuchó el primer lamento.
Y un día, al mirar cómo el agua
apenas goteaba, dijo:
—“Basta de escuchar en silencio.
Ahora toca hablar.
Toca defender.”
Ese invierno organizó una reunión
en el salón del pueblo.
No trajo pancartas.
Trajo historias.
Contó lo que oyó de pequeño.
Contó lo que no suena en los
caños secos.
Y sobre todo, contó lo que siente
el agua cuando se queda sola.
La gente, al principio, no decía
mucho.
Pero después, uno a uno,
empezaron a recordar.
Una vecina mayor habló de cuando
lavaban en la acequia.
Un agricultor contó cómo la
fuente bajaba con fuerza antes de que la fábrica empezara a chuparla desde
debajo.
Una niña se levantó y dijo:
—“Yo he oído al agua…
cuando calla.
Y eso duele.”
Entonces comprendieron que la
lucha no era técnica.
Era emocional.
Era sagrada.
Mateo fundó un grupo.
Le llamaron “Los que escuchan al
agua.”
Y no solo defendían el caudal:
defendían la memoria.
Limpiaban ramales olvidados.
Enseñaban a los niños a regar
como sus abuelos.
Iban a los plenos.
Escribían cartas a los dormidos.
Y cada año, en la fecha del
último paseo de Antonio,
bajaban todos a la acequia,
y guardaban un minuto de
silencio…
para oír si la voz del agua
quería decir algo.
Dicen que en el último encuentro,
la acequia sonó más clara.
Más firme.
Más viva.
Y alguien murmuró:
—“Ha vuelto a hablar.
Y esta vez…
no está sola.”
Ilustración:
Mateo junto a la acequia
restaurada, hablando con los vecinos mientras el agua fluye de nuevo por el
corazón del Valle. Una imagen de esperanza, memoria y comunidad despierta.
Por la Defensa del Agua en el Valle de Lecrín
RELATO:
El pastor que oyó llorar la acequia
(Valle de Lecrín)
Su nombre era Antonio, y lo
conocían en todos los pueblos del valle por su andar despacio y su zurrón lleno
de pan y preguntas.
Cada mañana subía con sus cabras
por las veredas entre Dúrcal, Albuñuelas y Villamena.
No llevaba reloj. Solo miraba el
cielo y oía la tierra.
Y a veces, oía más.
Una mañana seca de abril, al
pasar junto a una acequia antigua que bajaba medio dormida, Antonio se detuvo.
Las cabras bebían de un
charquito, pero él no les quitaba ojo a las piedras.
—“Esto no suena bien,” murmuró.
Porque la acequia…
estaba llorando.
No era un goteo cualquiera.
Era un lamento, como el de una
criatura que pide ayuda sin hacer alboroto.
Como si el agua que quedaba no
quisiera seguir bajando.
Antonio se agachó, tocó la pared
de la acequia, y apoyó la oreja.
Y lo oyó:
—“Nos están vaciando por debajo,”
dijo la voz del agua.
—“Ya no lluevo, ya no broto… ya
no sirvo para sembrar.”
Antonio no era un sabio, pero sí
tenía algo que muchos habían perdido:
la costumbre de escuchar.
Esa misma tarde bajó al pueblo.
No hizo discursos.
No sacó papeles.
Solo se sentó en la plaza y,
mientras comía una naranja, fue diciendo, sin gritar:
—“La acequia llora.
Y si no la oís… es que estáis muy
lejos del campo.
O muy cerca de los que se beben
lo que no les toca.”
Desde ese día, cuando alguien le
preguntaba por el tiempo, no miraba al cielo.
Miraba al agua.
Y si bajaba contenta, sonreía.
Si bajaba muda, se callaba.
Dicen que antes de morir, dejó
una carta escondida en una alforja de esparto.
Decía:
“El día que dejéis de oír las
acequias,
no será porque estén secas.
Será porque os habéis olvidado de
escucharlas.”
Ilustración:
Antonio, el pastor, escuchando el
lamento de la acequia en el Valle de Lecrín. Un momento íntimo y silencioso que
simboliza su conexión con la tierra y el agua.
La niña que buscaba el agua escondida (Valle de Lecrín)
En un tiempo no muy lejano, hubo
una niña llamada Candela, que vivía en un pueblo del Valle donde ya no quedaban
fuentes abiertas.
Los grifos aún funcionaban, sí…
pero el agua ya no sabía igual.
Ni a piedra, ni a sierra, ni a
acequia.
Sabía a nada.
Candela, que era curiosa, le
preguntó una tarde a su abuelo:
—“¿Dónde está el agua buena, la
de antes?”
El abuelo bajó la voz y le dijo:
—“Se ha escondido. Como los
pájaros cuando huele a tormenta.”
—“¿Y por qué se ha escondido?”
—“Porque la querían encerrar en
botellas.”
Aquella noche, Candela soñó que
caminaba entre bancales secos y cañaverales doblados.
Y que una gota de agua,
pequeñita, la seguía.
No hablaba, pero cada vez que
Candela se detenía, la gota se movía hacia una dirección.
Así descubrió que el agua
escondida había hecho cuevas.
Había bajado a lo más profundo de
la tierra, huyendo de las máquinas y los contratos.
Pero no se había ido por miedo.
Se había ido para pensar.
Para ver si alguien la echaba de
menos.
Candela despertó y supo lo que tenía
que hacer.
No cogió una pala.
Ni hizo ruido.
Solo se fue al lugar donde una
fuente ya no manaba…
se sentó frente a la piedra seca,
y empezó a hablarle.
No rezaba.
No exigía.
Solo le decía:
—“Cuando quieras volver… yo
estaré aquí.”
Lo hizo cada día.
Y una tarde, al apoyar la mano en
la piedra, sintió una humedad nueva.
Como una lágrima que vuelve a
casa.
Desde entonces, la gente del
pueblo dice que, si escuchas con paciencia,
puedes oír una gota que cae,
luego otra,
y luego un hilo pequeño,
que suena como una promesa recién
nacida.
Ilustración:
Candela junto a la fuente seca,
justo en el momento en que el agua empieza a volver. Un instante de esperanza y
conexión con la tierra.
La mujer del cántaro (Valle de Lecrín)
Se decía que en cada pueblo del Valle
—Dúrcal, Padul, Albuñuelas, Villamena—
Había, sin que nadie lo supiera,
una mujer que bajaba a por agua antes del alba.
No eran siempre las mismas, ni
del mismo rostro.
A veces eran mayores.
Otras, jovencitas.
Pero todas llevaban un cántaro.
Y todas caminaban en silencio.
Cuando el cántaro tocaba el agua,
las fuentes seguían vivas un año más.
Pero un año, en abril, una de
ellas bajó…
y el manantial no respondió.
La piedra estaba seca.
El eco sonaba hueco.
Y el cántaro… vacío.
Se miraron entre ellas en la
siguiente reunión secreta —bajo un moral, junto a una acequia aún viva— y
comprendieron la señal:
Alguien estaba robando lo
invisible.
Alguien se estaba llevando el
alma del agua.
No hicieron ruido.
No gritaron.
Pero desde aquel día, todas
salieron juntas.
Y todos los cántaros brillaban.
Algunas empezaron a hablar en los
plenos.
Otras pintaron mensajes en los
muros.
Y otras enseñaron a los niños que
beber del grifo también es cuidar del mundo.
Hoy, nadie sabe quiénes son.
Pero si una mañana ves a una mujer
con un cántaro al hombro bajando por una vereda…
no la detengas.
Está recordando al agua que no
está sola.
Imagen:
La ilustración para el relato “La
mujer del cántaro”, ambientada en el Valle de Lecrín al amanecer. Representa la
fuerza silenciosa de quienes protegen el agua y la memoria.
El niño que entendió al agua (Valle de Lecrín)
Segunda parte de “El pastor que oyó llorar la acequia”
Antonio, el pastor, ya no subía
al monte.
Sus cabras andaban en manos de
otro, y su zurrón colgaba en la pared de la cocina como un recuerdo torcido.
Pero su bastón de olivo, gastado
por los años, lo guardaba su nieto, un niño de mirada tranquila que se llamaba
Mateo.
Mateo lo escuchaba todo.
No hablaba mucho, pero tenía buen
oído.
Cuando su abuelo murió, encontró
en una alforja vieja una carta doblada, y en ella, solo una frase:
“Si quieres entender el agua…
no la mires.
Escúchala.”
No entendió nada al principio.
Pero algo dentro de él le pedía
que probara.
Así que una tarde de abril, con
los almendros en flor, bajó solo a la acequia donde su abuelo se agachaba a
escuchar.
El agua bajaba floja, pero aún
estaba viva.
Mateo se sentó.
Dejó el bastón a un lado.
Y apoyó su oreja, igual que había
hecho Antonio.
No oyó palabras.
Pero sí un ritmo.
Un temblor.
Un quejido suave, como cuando
alguien quiere hablar, pero no se atreve.
Y entonces lo comprendió.
La acequia no solo daba agua.
Daba aviso.
Daba historia.
Daba verdad.
Volvió al día siguiente.
Y al otro.
Y al otro.
Un día bajó con su clase del
colegio y les dijo, sin levantar la voz:
—“Aquí escuchaba mi abuelo. No
con los oídos, sino con el alma.”
Los niños rieron al principio.
Pero una de ellas, llamada Luna,
se agachó, tocó el agua… y se quedó callada.
Y poco a poco, los demás también.
Desde ese día, cada cierto
tiempo, un grupo de niños baja a esa acequia, no a hacer fotos,
sino a escuchar.
Y el agua, aunque venga poca,
fluye con más fuerza.
Porque sabe que alguien la ha
entendido.
Y eso basta.
Ilustración:
Mateo con los niños junto a la
acequia, en el instante mágico en que aprenden a escuchar el alma del agua. El
bastón de su abuelo, la luz suave, la presencia de Luna… todo respira respeto y
esperanza.