02 junio 2026

El Apellido Freire en Restábal

Los Freire de Restábal

🌿 LOS FREIRE DE RESTÁBAL

Familias que cruzan los siglos: cómo seguir un apellido desde 1600 hasta 1900.

Hay apellidos que no son solamente una palabra escrita detrás de un nombre. Hay apellidos que son caminos. Caminos de bautismo, de boda, de entierro, de duelo, de continuidad y de memoria. Apellidos que pasan de una generación a otra como una pequeña antorcha familiar, humilde pero encendida, atravesando siglos enteros sin hacer ruido.

Uno de esos apellidos en Restábal es Freire.

Al abrir los libros antiguos del pueblo —bautismos, matrimonios, confirmaciones y defunciones— el apellido Freire aparece como una hebra que se va extendiendo por la historia local. No aparece aislado. Aparece unido a otros apellidos del Valle: Ruiz, Lozano, Durán, Vallejo, Urquizar, Vázquez, Sánchez, Martín, Palma, Del Castillo, Pérez, Ortega, Maroto, González Sotelo, Sotelo, Morillas, Muñoz, Sabina, De la Iglesia, Roldán, Molina, Molino y Márquez.

Eso significa algo muy importante: los Freire no fueron una familia cerrada sobre sí misma, sino una familia entrelazada con otras casas de Restábal y de su entorno. Cada matrimonio abrió una rama. Cada hijo bautizado añadió una hoja nueva al árbol. Cada defunción cerró una vida, pero no necesariamente una memoria.

📜 En la transcripción genealógica consultada, el apellido Freire como primer apellido aparece con fuerza desde mediados del siglo XVIII. No significa que antes no pudiera existir alguna presencia familiar, pero en los datos localizados el primer núcleo claro se sitúa en torno a Manuel Freire, que aparece vinculado primero a Josefa Vázquez y después a Jacinta Ruiz Martos.

A partir de ahí empieza a crecer el árbol.

🌳 El tronco antiguo: Manuel Freire, Josefa Vázquez y Jacinta Ruiz Martos

El primer rastro fuerte nos lleva a Manuel Freire. En 1744 aparece ya una criatura con primer apellido Freire y segundo Vázquez, hija de Manuel Freire y Josefa Vázquez. Poco después, el 18 de octubre de 1745, Manuel Freire contrae matrimonio con Jacinta Ruiz Martos, figurando él como viudo de Josefa Vázquez.

Este dato es esencial, porque permite ver dos momentos familiares:

Primero, la rama Freire Vázquez, nacida del vínculo con Josefa Vázquez.

Después, la gran rama Freire Ruiz, nacida del matrimonio de Manuel Freire con Jacinta Ruiz Martos.

De Manuel Freire y Jacinta Ruiz Martos proceden varios nombres que aparecen después en matrimonios y defunciones, entre ellos:

Tomasa Freire Ruiz, casada el 25 de octubre de 1782 con Matías Márquez Montosa.
Manuela Freire Ruiz, casada el 2 de enero de 1785 con Félix de Tapia Maroto.
José Freire Ruiz, casado el 9 de mayo de 1786 con Ana María Vallejo Gaona.
Manuel Freire Ruiz, casado el 25 de enero de 1787 con María Bárbara Andrés Durán Viauri y después, el 28 de enero de 1794, con Rosa María Vázquez Alechaga.
Atanasio Freire Ruiz, casado el 29 de septiembre de 1794 con Jacinta de Urquizar Rodríguez, después de haber estado vinculado a Francisca Lozano.

Aquí empieza la verdadera expansión del apellido Freire en Restábal.

🌿 La rama Freire Vallejo

Una de las ramas más claras nace de José Freire Ruiz y Ana María Vallejo Gaona, que en algunos registros aparece también como María Vallejo.

De esta unión proceden varios bautizados con el apellido Freire Vallejo:

Feliciana Lázara Freire Vallejo, bautizada el 17 de diciembre de 1789.
Feliciana María de los Dolores Freire Vallejo, bautizada el 8 de marzo de 1792.
Manuel Justo Freire Vallejo, bautizado el 29 de mayo de 1795.
María de las Angustias Úrsula Freire Vallejo, bautizada el 24 de febrero de 1798.
Bernabé María Freire Vallejo, bautizado el 3 de febrero de 1801.
José Antonio Freire Vallejo, bautizado el 22 de julio de 1804.
Juana María Freire Vallejo, bautizada el 12 de noviembre de 1807.

Esta rama fue muy importante porque de ella salieron nuevas ramificaciones. Juan Manuel Freire Vallejo casó con Rosa María Sánchez Palomino el 26 de diciembre de 1808, dando lugar a la rama Freire Sánchez.
Manuel Freire Vallejo casó con Juana de Palma Bautista el 6 de abril de 1817, dando lugar a la gran rama Freire Palma.
María Freire Vallejo aparece casada con José Lozano Aranda y, más tarde, como viuda, con José Fernández Sánchez.
Bernabé Freire Vallejo aparece unido primero a Juana Molina y después a Rita Pérez Fuentes, abriendo las ramas Freire Molina y Freire Pérez.

📌 Esta es una de las ramas centrales para quien hoy quiera buscar ascendencia Freire en Restábal.

🌿 La rama Freire Durán y Freire Vázquez

Otra línea procede de Manuel Freire Ruiz. Primero aparece unido a María Bárbara Andrés Durán Viauri, de donde salen los Freire Durán:

Isidro Ramón Vicente Freire Durán, bautizado el 15 de abril de 1789.
Isidro Luis Feliciano Freire Durán, bautizado el 25 de noviembre de 1791.
Juana María Roperta Freire Durán, bautizada el 27 de marzo de 1793.

Después, Manuel Freire Ruiz aparece casado con Rosa María Vázquez Alechaga, de donde salen los Freire Vázquez:

Matías Nicolás José Freire Vázquez, bautizado el 5 de diciembre de 1794.
Francisco Silverio Isidro Freire Vázquez, bautizado el 21 de junio de 1798.
Manuel José Freire Vázquez, bautizado el 30 de abril de 1801.
Rosa Antonia Dorotea Freire Vázquez, bautizada el 7 de febrero de 1803.

En los libros de defunciones aparecen también varios niños de estas ramas. Eso nos recuerda algo duro, pero necesario: muchas familias antiguas tuvieron hijos que apenas vivieron unos meses o unos años. La genealogía no es solo una lista de apellidos; también es una historia de fragilidad, pérdida y resistencia.

🌿 La rama Freire Lozano y Freire Urquizar

Otra rama nace de Atanasio Freire Ruiz.

Con Francisca Lozano aparece:

María Josefa Freire Lozano, bautizada el 6 de enero de 1789.

Después, Atanasio Freire Ruiz aparece casado con Jacinta de Urquizar Rodríguez, dando lugar a la rama Freire Urquizar:

Margarita Joaquina Freire Urquizar, bautizada el 3 de septiembre de 1795.
Antonia Mariana Freire Urquizar, bautizada el 3 de marzo de 1797.
Francisca de Paula Freire Urquizar, bautizada el 19 de abril de 1799.
María Freire Urquizar, bautizada el 4 de junio de 1801.
Francisca Freire Urquizar, bautizada también el 4 de junio de 1801.
Francisca de Paula Freire Urquizar, bautizada el 31 de octubre de 1803.
José Antonio Juan Nepomuceno Freire Urquizar, bautizado el 17 de mayo de 1805.
Isidora Francisca Freire Urquizar, bautizada el 15 de mayo de 1808.

Esta rama aparece muy marcada por las defunciones infantiles. Varios de esos nombres regresan después en los libros de entierro como párvulos o párvulas. Pero también aparece Antonia Freire Urquizar, fallecida como adulta el 29 de mayo de 1839.

🌿 La rama Freire Sánchez

La rama Freire Sánchez procede de Juan Freire o Juan Manuel Freire Vallejo y Rosa Sánchez / Rosalía Sánchez.

Aparecen:

Juan Antonio Freire Sánchez, bautizado el 4 de diciembre de 1809.
José Antonio Freire Sánchez, bautizado el 21 de septiembre de 1812.
Rosa María Freire Sánchez, bautizada el 23 de septiembre de 1815.
Juana de la Cruz Margarita Catalina Freire Sánchez, bautizada el 25 de noviembre de 1820.
Manuel María Freire Sánchez, bautizado el 3 de septiembre de 1857, hijo de Manuel Freire y María Ramona Sánchez.

Aquí se ve cómo un segundo apellido puede reaparecer en distintas generaciones y no siempre por la misma pareja. Por eso, cuando alguien busca su descendencia, no basta con mirar solo el apellido: hay que mirar padres, madres, fechas y matrimonios.

🌿 La rama Freire Martín

Procede de Juan Freire y Margarita Martín.

Aparecen:

José Eusebio Casimiro Freire Martín, bautizado el 5 de marzo de 1815.
Josefa María Francisca Freire Martín, bautizada el 10 de marzo de 1817.
Manuel Antonio Abad Pedro de Santa Prisca Freire Martín, bautizado el 19 de enero de 1820.

En matrimonios aparecen también:

Josefa Freire Martín, casada el 7 de febrero de 1836 con Juan de Ortega Muñoz.
José Freire Martín, casado el 27 de febrero de 1836 con Antonia de Ortega Muñoz.

Dos hermanos, o al menos dos personas de la misma rama familiar, enlazando con la familia Ortega Muñoz en el mismo año.

🌿 La gran rama Freire Palma

Una de las ramas más fecundas fue la de Manuel Freire Vallejo y Juana de Palma Bautista.

Sus hijos localizados fueron:

Francisca Antonia Ramona Freire Palma, bautizada el 19 de mayo de 1821.
Juan Antonio Freire Palma, bautizado el 2 de agosto de 1823.
Josefa María de los Dolores Freire Palma, bautizada el 19 de marzo de 1826.
José María de Santa Catalina de Sena Freire Palma, bautizado el 1 de mayo de 1828.
José Manuel Tomás Freire Palma, bautizado el 30 de diciembre de 1830.
Gregorio Agustín María Freire Palma, bautizado el 30 de abril de 1835.

De esta rama salieron después otras dos líneas muy visibles:

La de Juan Freire Palma, casado primero con Antonia Maroto Lozano y después con Andrea Morillas López.

Y la de Gregorio Freire Palma, casado con María Palma Ruiz.

De Gregorio Freire Palma y María Palma Ruiz aparecen:

Josefa Ramona Freire Palma, bautizada el 6 de diciembre de 1857.
Margarita de la Paz Freire Palma, bautizada el 28 de enero de 1860.
Francisca Isidora Freire Palma, bautizada el 7 de abril de 1862.
Francisco Policarpo Freire Palma, bautizado el 28 de enero de 1866.
María de la Ascensión Juliana Freire Palma, bautizada el 10 de marzo de 1867.
Rosario Mónica Freire Palma, bautizada el 7 de mayo de 1868.
María de la Ascensión Antonia Freire Palma, bautizada el 18 de enero de 1871.
Juan Jacinto José Freire Palma, bautizado el 13 de septiembre de 1874.
Manuel Laureano Freire Palma, bautizado el 6 de julio de 1877.

📌 La rama Freire Palma es una de las más importantes para seguir el apellido en el siglo XIX.

🌿 La rama Freire Del Castillo

Otra rama muy extensa nace de Juan Freire Vázquez y Josefa del Castillo.

Aparecen:

Rosa María de la Aurora Freire del Castillo, bautizada el 14 de noviembre de 1823.
Juan Francisco Alejo Freire del Castillo, bautizado el 17 de julio de 1825.
María de la Concepción Jacoba Freire del Castillo, bautizada el 26 de mayo de 1828.
Manuel Pedro Freire del Castillo, bautizado el 28 de abril de 1830.
Manuela María de la Concepción Freire del Castillo, bautizada el 21 de septiembre de 1831.
Antonio Ramón Freire del Castillo, bautizado el 19 de enero de 1834.
José María de la O Freire del Castillo, bautizado el 19 de diciembre de 1835.
María de los Dolores Josefa Freire del Castillo, bautizada el 29 de abril de 1837.
María de la Concepción Leovigilda Freire del Castillo, bautizada el 27 de agosto de 1838.
Trinidad Amalia Juana Freire del Castillo, bautizada el 30 de agosto de 1840.
María Encarnación Carlota Freire del Castillo, bautizada el 6 de noviembre de 1842.
Francisco de Paula Bernardino Freire del Castillo, bautizado el 22 de mayo de 1844.
Francisco de Paula Freire del Castillo, bautizado el 23 de septiembre de 1846.
José María Freire del Castillo, bautizado el 30 de enero de 1848.

Esta rama enlazó después con los González Sotelo, gracias al matrimonio de Juan Francisco Freire del Castillo con Francisca González Sotelo Salinas, celebrado el 23 de junio de 1847.

🌿 La rama Freire González Sotelo y Freire Sotelo

De Juan Francisco Freire del Castillo y Francisca González Sotelo Salinas proceden:

Josefa Magdalena María Freire González Sotelo, bautizada el 1 de abril de 1849.
Dolores María Rita Freire Sotelo, bautizada el 2 de marzo de 1851.
María Piedad Freire Sotelo, bautizada el 22 de diciembre de 1852.
Trinidad Juana Freire Sotelo, bautizada el 31 de diciembre de 1854.
María Encarnación Freire Sotelo, bautizada el 28 de noviembre de 1857.
José María Elías Freire González Sotelo, bautizado el 21 de julio de 1859.
Juan Francisco Romualdo Freire González, bautizado el 9 de febrero de 1862.
Rosario María Magdalena Juana Freire González Sotelo, bautizada el 28 de mayo de 1865.
Joaquín María Justo Freire González Sotelo, bautizado el 7 de agosto de 1868.

Esta es una rama muy documentada y muy útil para quien busque descendencia por la línea Freire del Castillo – González Sotelo.

🌿 La rama Freire Maroto

Procede de Juan Freire Palma y Antonia Maroto Lozano.

Aparecen:

Manuel José Freire Maroto, bautizado el 3 de octubre de 1847.
Ana María Freire Maroto, bautizada el 22 de marzo de 1851.
José Antonio Freire Maroto, bautizado el 3 de agosto de 1854.

En las defunciones aparecen también José Freire Maroto y Manuel Freire Maroto como párvulos, lo que indica nuevamente la dureza de la mortalidad infantil.

🌿 La rama Freire Morillas

Después, Juan Freire Palma, ya viudo de Antonia Maroto, aparece casado con Andrea Morillas López.

De este vínculo nacen los Freire Morillas:

Francisca Antonia Freire Morillas, bautizada el 8 de noviembre de 1857.
Leonor de los Ángeles Trifona Freire Morillas, bautizada el 4 de julio de 1860.
Manuel José Freire Morillas, bautizado el 14 de abril de 1862.
Juan Pedro Freire Morillas, bautizado el 1 de julio de 1864.
Guadalupe Marcelina Freire Morillas, bautizada el 4 de junio de 1867.
Juan Francisco Freire Morillas, bautizado el 10 de marzo de 1869.

También aquí los libros de defunciones muestran niños que murieron pronto: Francisca Antonia Freire Morillas, Juan Freire Morillas y otros registros infantiles de la misma rama.

🌿 Otras ramas localizadas

Además de las grandes ramas anteriores, los libros recogen otros Freire de primer apellido que conviene anotar:

Manuel José María Freire Almendros, hijo de Manuel Freire y Josefa de Almendros, bautizado el 30 de julio de 1792.

Juan Nepomuceno Francisco María José Marcos Freire Blafa, hijo de Manuel Freire Ruiz y Rosa Blasa Vázquez, bautizado el 25 de abril de 1796. La grafía “Blafa” debe revisarse en la partida original, porque podría tratarse de una lectura dudosa o variante del nombre Blasa.

Manuel Blas Bernabé Freire Molina, hijo de Bernabé Freire y Juana Molina, bautizado el 3 de febrero de 1825.

Margarita de Jesús Saturnina Freire Pérez, hija de Matías Freire y María Pérez, bautizada el 12 de febrero de 1825.

Luisa María Freire Pérez, Josefa Antonia Freire Pérez y Francisca Catalina Freire Pérez, hijas de Bernabé Freire y Rita Pérez.

Juan José Rosendo Freire Ortega y Josefa María Antonia Martina Freire Ortega, hijos de José Freire y Antonia Ortega.

José María Andrés Freire López, hijo de Antonio Freire y María Josefa López, bautizado el 2 de diciembre de 1858.

José María Víctor Freire Muñoz, hijo de José Freire y Josefa Muñoz, bautizado el 30 de julio de 1886.

Juan Francisco Onofre Freire, hijo de Manuel Freire y Sabina Inocencia, bautizado el 13 de junio de 1890.

Carmen Polonia Freire Sabina, hija de Manuel Freire y Laurencia Sabina, bautizada el 12 de febrero de 1892.

Josefa Freire de la Iglesia, hija de Manuel Freire e Inocencia de la Iglesia, bautizada el 23 de junio de 1895.

🕯️ Los Freire en los libros de defunciones

Los libros de defunciones son la parte más dolorosa de esta historia. Allí aparecen los Freire que no llegaron a edad adulta, los casados, las viudas, los viudos y los ancianos.

Entre los adultos fallecidos aparecen:

Manuel Freire, casado con Jacinta Ruiz, enterrado el 18 de diciembre de 1772.
Josefa Freire, casada con Alonso Ruiz Maroto, enterrada el 2 de agosto de 1779.
Manuel Freire, casado con Josefa Almendros, enterrado el 21 de agosto de 1794.
Francisca Freire, casada con Francisco Maroto, enterrada el 24 de enero de 1800.
Manuela Freire, casada con Félix de Tapia, enterrada el 21 de febrero de 1803.
Atanasio Freire, casado con Jacinta Urquiza, enterrado el 10 de diciembre de 1816.
José Freire, casado con María Palomino, enterrado el 26 de octubre de 1825.
Tomasa Freire, viuda de Matías Márquez, enterrada el 13 de noviembre de 1829.
Antonia Freire Urquiza, adulta, enterrada el 29 de mayo de 1839.
Josefa Freire, casada con Juan Ortega, enterrada el 4 de septiembre de 1842.
Manuel Freire, casado con Rosa Vázquez, enterrado el 10 de marzo de 1846.
Juan Freire Vázquez, viudo de Josefa del Castillo, enterrado el 6 de noviembre de 1861.
Manuel Freire, viudo de Juana de Palma, enterrado el 3 de noviembre de 1862.
Juan Freire Palma, casado con Andrea Morillas, enterrado el 25 de mayo de 1870.
Ana Freire, casada con José Conde, enterrada el 24 de noviembre de 1872.
José Freire, casado con Antonia Ortega, enterrado el 5 de junio de 1872.
María Encarnación Freire, casada con Manuel Maroto, enterrada el 18 de mayo de 1873.
Juan Francisco Freire del Castillo, viudo de Francisca González Sotelo, enterrado el 20 de agosto de 1897.
Gregorio Freire Palma, viudo de María Palma Ruiz, enterrado el 27 de marzo de 1905.
Josefa Freire Ortega, casada con José Palma Ruiz, enterrada el 11 de julio de 1906.
Rosario Freire González, casada con Luis Ruiz Márquez, enterrada el 13 de noviembre de 1911.

Y junto a ellos, muchos párvulos: criaturas Freire Ruiz, Freire Durán, Freire Urquizar, Freire Vázquez, Freire Palma, Freire Maroto, Freire Morillas, Freire Expósito… pequeños nombres, a veces sin nombre de pila, que recuerdan la fragilidad de la vida antigua.

💍 Los Freire en los matrimonios

Los matrimonios muestran cómo el apellido fue enlazando con otras casas del pueblo:

Tomasa Freire Ruiz con Matías Márquez Montosa.
Manuela Freire Ruiz con Félix de Tapia Maroto.
José Freire Ruiz con Ana María Vallejo Gaona.
Manuel Freire Ruiz con María Bárbara Andrés Durán Viauri.
Manuel Freire Ruiz con Rosa María Vázquez Alechaga.
Atanasio Freire Ruiz con Jacinta de Urquizar Rodríguez.
Josefa María Freire Lozano con José Mariano Muñoz Guerrero.
María Josefa Freire Lozano con Juan Crisóstomo Gallego Calero.
Juan Manuel Freire Vallejo con Rosa María Sánchez Palomino.
José Freire con María Palomino Zarco.
Manuel Freire Vallejo con Juana de Palma Bautista.
María Freire Vallejo con José Lozano Aranda.
Bernabé Freire Vallejo con Rita Pérez Fuentes.
Josefa Freire Martín con Juan de Ortega Muñoz.
José Freire Martín con Antonia de Ortega Muñoz.
María Freire Vallejo con José Fernández Sánchez.
Ana Freire Palma con José Conde Maroto.
Juan Freire Palma con Antonia Maroto Lozano.
Juan Francisco Freire del Castillo con Francisca González Sotelo Salinas.
Juan Freire Palma con Andrea Morillas López.

Ya en el siglo XX aparecen también Juan Freire Roldán, José Freire Vallejo, y después ramas como Freire Molina, Freire Molino y Freire Márquez. Estos datos son importantes para la continuidad familiar.

📌 Relación de ramas Freire localizadas

En conjunto, el apellido Freire aparece ramificado en Restábal en estas líneas principales:

Freire Vázquez
Freire Ruiz
Freire Lozano
Freire Durán
Freire Vallejo
Freire Almendros
Freire Urquizar
Freire Sánchez
Freire Martín
Freire Palma
Freire del Castillo
Freire Molina
Freire Pérez
Freire Ortega
Freire Maroto
Freire González Sotelo
Freire Sotelo
Freire Morillas
Freire López
Freire González
Freire Muñoz
Freire Sabina
Freire de la Iglesia
Freire Roldán
Freire Molino
Freire Márquez

Cada una de estas ramas puede llevar a descendientes actuales. Algunas ramas se apagaron pronto por muerte infantil. Otras continuaron por hijas que llevaron el apellido Freire como primer apellido hasta el matrimonio. Otras siguieron por hijos varones, manteniendo el apellido en generaciones posteriores.

🧬 Cómo puede buscar hoy su descendencia una persona Freire

Quien hoy lleve el apellido Freire o tenga una abuela, bisabuela o tatarabuela Freire de Restábal, debe empezar por tres preguntas:

Primero: ¿cuál era el segundo apellido?
No es lo mismo Freire Palma que Freire del Castillo, Freire Morillas o Freire González Sotelo.

Segundo: ¿quiénes fueron sus padres?
Los nombres del padre y de la madre son la llave para no confundir ramas.

Tercero: ¿en qué fecha aproximada nació, se casó o murió?
Con una fecha, aunque sea aproximada, se puede saltar de un libro a otro: bautismo, matrimonio, defunción y, a veces, confirmación.

Por ejemplo, quien proceda de los Freire Palma debe mirar hacia Manuel Freire Vallejo y Juana de Palma Bautista, o hacia Gregorio Freire Palma y María Palma Ruiz.
Quien proceda de los Freire del Castillo debe mirar hacia Juan Freire Vázquez y Josefa del Castillo.
Quien proceda de los Freire González Sotelo debe mirar hacia Juan Francisco Freire del Castillo y Francisca González Sotelo Salinas.
Quien proceda de los Freire Morillas debe mirar hacia Juan Freire Palma y Andrea Morillas López.
Quien proceda de los Freire Urquizar debe mirar hacia Atanasio Freire Ruiz y Jacinta de Urquizar Rodríguez.

Así se reconstruye un apellido: no de golpe, sino peldaño a peldaño.

✨ Un apellido como memoria de Restábal

Los Freire de Restábal no son solo una familia. Son una parte del tejido histórico del pueblo.

Aparecen en la pila bautismal, cuando el cura escribía el nombre de un niño recién nacido.
Aparecen en los matrimonios, cuando una casa se unía a otra.
Aparecen en las defunciones, cuando el pueblo acompañaba a sus muertos.
Aparecen en las confirmaciones, cuando los niños recibían un sacramento y quedaban anotados para siempre en los libros.

El apellido Freire cruzó los siglos unido a nombres sencillos: Manuel, José, Juan, Atanasio, Bernabé, Gregorio, María, Josefa, Francisca, Antonia, Tomasa, Manuela, Rosario, Trinidad, Encarnación, Dolores.

Nombres de un Restábal antiguo.
Nombres de casas encaladas, de calles estrechas, de iglesia, de cementerio, de familias numerosas, de niños que no siempre llegaron a crecer, de mujeres que enlazaron apellidos, de hombres que trabajaron la tierra, de generaciones que pasaron sin imaginar que algún día alguien volvería a leer sus nombres.

Hoy, al escribirlos, no hacemos solo genealogía.

Hacemos justicia a la memoria.

Porque cada apellido guarda una historia.
Y cada historia, cuando se nombra, vuelve un poco a la vida.

📚 Fuentes:

Archivo genealógico en formato Excel: Restábal. Defunciones, bautismos y matrimonios a 20-10-2025, transcripción de registros sacramentales de Restábal, archivo facilitado por Nina Sánchez. Incluye hojas de bautismos, confirmaciones, matrimonios y defunciones.

Nota metodológica: los datos procedentes de transcripciones genealógicas deben contrastarse con la partida original antes de cerrar una línea familiar definitiva. En especial, deben revisarse las grafías dudosas, los segundos apellidos, las viudedades, los matrimonios repetidos y las ramas del siglo XX.

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Los Freire de Restábal


 

Las Mujeres que sostuvieron Restábal


 

LAS MUJERES QUE SOSTUVIERON RESTÁBAL

Madres, viudas y novias en los libros antiguos

Hay pueblos que no se levantan solo con piedra, cal, madera y agua. Hay pueblos que se levantan con nombres. Con nombres escritos en libros antiguos, en márgenes gastados, en hojas parroquiales donde una vida entera podía quedar reducida a una línea: nació, fue bautizada, contrajo matrimonio, enviudó, murió, fue enterrada.

Restábal es uno de esos pueblos que todavía respira en sus libros. En ellos no solo aparecen alcaldes, propietarios, repobladores, curas o testigos. Aparecen, sobre todo, las mujeres que sostuvieron la vida cotidiana: las madres que llevaron a sus hijos a la pila bautismal, las novias que unieron familias y pueblos, las viudas que siguieron adelante cuando la muerte entró en sus casas, las niñas que apenas tuvieron tiempo de crecer y las ancianas que cerraron los ojos después de haber visto pasar generaciones enteras por las calles del lugar.

Los libros parroquiales no fueron escritos para hacer justicia poética. No fueron redactados para ensalzar a nadie. Eran registros. Documentos fríos, ordenados, repetitivos. Pero precisamente por eso tienen una fuerza inmensa. Porque, sin proponérselo, conservaron lo que muchas veces la historia oficial olvidó: el nombre de las mujeres.

En los bautismos de Restábal, desde comienzos del siglo XVII, cada criatura aparece acompañada por una madre. A veces con apellidos completos; otras veces con grafías antiguas, variantes o vacíos propios de la documentación. Pero ahí están. En 1607 aparece Ana María Ortiz Ruiz, hija de Simón Ortiz e Isabela Ruiz. Pocos días después, María García González, hija de Diego García y Ana González. Luego Marcos Machuca Cortés, hijo de Valeriano Machuca y Marina Cortés. Estefana Gómez Moles, hija de Alonso Gómez e Isabel Moles. Isabel Moles Vizcaína, hija de Miguel Moles y María Vizcaína.

Cada partida parece una simple anotación. Pero, si se lee despacio, se convierte en una escena. Una madre caminando hacia la iglesia. Un padre a su lado. Una criatura envuelta en mantillas. El agua de la pila. El cura escribiendo. Los padrinos mirando. Y fuera, el pueblo pequeño, todavía marcado por las heridas de la expulsión morisca y por la lenta reconstrucción de sus familias.

Porque aquellos bautismos no eran solo ceremonias religiosas. Eran una forma de decir: el pueblo sigue vivo. Cada niño inscrito era una señal de continuidad. Y detrás de cada niño estaba una mujer que había dado a luz, que había resistido el miedo del parto, que había cuidado, amamantado, velado y sostenido la casa.

La genealogía antigua suele ordenar el mundo por apellidos. Se habla de los Ruiz, los Márquez, los Palomino, los Molina, los Contreras, los Ortega, los Maroto, los Santalla o Santaella, los Salazar, los Ramos, los González. Pero esos apellidos no viajaron solos. Se transmitieron por la carne y por la memoria de mujeres concretas. Madres llamadas María, Ana, Isabel, Francisca, Juana, Josefa, Antonia, Mariana, Luisa, Teresa, Manuela, Rosa, Encarnación, Dolores o Rosario.

En la transcripción genealógica de Restábal, los nombres femeninos se repiten con la insistencia de una letanía. María aparece una y otra vez. No como un nombre cualquiera, sino como una presencia casi total: María madre, María novia, María viuda, María difunta, María niña, María abuela. A su lado aparecen Francisca, Josefa, Ana, Isabel, Antonia, Juana, Luisa, Mariana, Rosa, Manuela, Teresa. Son nombres humildes y enormes a la vez. Nombres de mujeres que no escribieron tratados, ni firmaron grandes escrituras, ni ocuparon cargos públicos, pero sin las cuales no habría pueblo que contar.

Los matrimonios abren otra ventana. En ellos Restábal se nos muestra como un lugar conectado con otros pueblos del Valle y de fuera del Valle. Las novias aparecen junto a sus padres y madres, junto a su lugar de origen, junto al hombre con quien iban a iniciar una nueva casa. En 1618 encontramos a Isabel Fernández casándose con Juan Liñán. Ese mismo año aparece María Ruiz López, hija de Cristóbal Ruiz y Eugenia López, unida en matrimonio con Luis Camacho Morales. También Juana Heredia, hija de Esteban Camilo Heredia y Bernarda Lucía, que contrajo matrimonio con Manuel Ávila Sáez.

No eran solo bodas. Eran alianzas familiares, económicas, afectivas y sociales. En una sociedad rural como la de Restábal, casarse significaba entrar en una red de obligaciones: trabajar, criar hijos, administrar la pobreza o la abundancia, cuidar mayores, sostener la honra de la casa, participar en las faenas, responder ante la enfermedad, la muerte y la incertidumbre.

Muchas de aquellas muchachas llegaron al matrimonio muy jóvenes. Algunas venían de Restábal; otras de Saleres, Melegís, Pinos del Valle, Dúrcal, Mondújar, Granada o de otros lugares. Cada una traía consigo una historia familiar. Y, al entrar en la casa nueva, se convertía en puente entre linajes. Por eso los libros de matrimonios no son solamente documentos religiosos. Son mapas de relaciones humanas.

En ellos se ve cómo Restábal no vivía encerrado en sí mismo. El pueblo se casaba con otros pueblos. Sus familias se mezclaban, sus apellidos circulaban, sus mujeres llevaban memoria de una casa a otra. Una novia no era solo “la hija de” ni “la mujer de”. Era la portadora de una herencia invisible: formas de hablar, recetas, rezos, costumbres, canciones, modos de criar, maneras de trabajar y recordar.

Y después están las viudas.

La palabra viuda aparece en los libros con una sobriedad que conmueve. A veces junto al nombre del marido fallecido. A veces como estado civil en una partida de defunción. A veces en el momento de un nuevo matrimonio. Detrás de esa palabra había mucho más que una condición legal. Había una mujer que había visto morir a su esposo y que quedaba, muchas veces, al frente de hijos, deudas, tierras, animales, casas, huertos o simples necesidades diarias.

En la hoja de matrimonios del archivo aparecen mujeres que vuelven a casarse después de haber enviudado. Catalina Ruiz, viuda de Sebastián Ruiz, figura en un matrimonio de 1628. María Ortega, de Saleres, viuda de Miguel Romero, aparece en 1632. Francisca de Alfaro, viuda de Miguel Díaz, aparece en 1638. Mariana Muñoz, viuda de Blas García, aparece en 1649.

Estos datos, tan escuetos, dicen muchísimo. Nos hablan de mujeres que no desaparecían socialmente al quedar viudas. Seguían estando en el centro de la vida familiar. Podían rehacer su casa, integrarse en otra familia, proteger a sus hijos, asegurar un porvenir o simplemente buscar compañía y sustento en un mundo donde la soledad femenina era difícil y peligrosa.

En las defunciones, las viudas vuelven a aparecer al final del camino. Magdalena de Quesada, viuda de Juan Fernández, figura en 1632. Luisa López, viuda de Francisco de Ortega, en 1633. María Cabañas, viuda de Francisco Navarro, en 1634. Micaela Rodríguez, viuda de Cristóbal Martín, en 1635. Ana Moya, viuda de Juan Ruiz de la Muela, en 1637. Cada nombre abre una puerta. Cada puerta da a una casa. Y en cada casa hubo duelos, silencios, entierros, rezos, ropa negra, hijos mirando, vecinas entrando y saliendo, el pueblo acompañando.

También aparecen las casadas. Catalina de la Chica, casada con Juan Fernández de Espinar, enterrada en 1632. Cecilia Jiménez, mujer de Antón López, en 1633. Francisca Fernández, Catalina García, Luisa Latorre y tantas otras. La partida dice “casada”, pero la vida decía mucho más: mujer de casa, madre probable, trabajadora invisible, cuidadora, vecina, cristiana de su tiempo, testigo de alegrías y desgracias.

Y están las niñas. Las párvulas. Tal vez las más silenciosas de todas.

En los libros de defunciones antiguos se repite con dolorosa frecuencia la palabra “párvula”. Paula Ruiz Díaz, enterrada en 1633. Antonia Palomares Ruiz, en 1634. María Machuca Jiménez, también en 1634. Otras aparecen sin nombre completo, anotadas solo como “párvula”, hija de tal padre y tal madre. La mortalidad infantil fue una de las grandes heridas de aquellos siglos. Muchas madres llevaron hijos a la pila bautismal y, poco después, al cementerio.

Esa es quizá una de las partes más duras de leer. Porque los libros parroquiales no lloran, pero quien los lee sí puede sentir el temblor de esas ausencias. Cada niña muerta era una cuna vacía, una madre rota, un padre callado, una abuela rezando, unas vecinas entrando con caldo, pan o consuelo. El pueblo aprendía a vivir con la muerte demasiado cerca.

Por eso, cuando hablamos de las mujeres que sostuvieron Restábal, no hablamos solo de mujeres fuertes en un sentido romántico. Hablamos de mujeres sometidas a una vida difícil. Mujeres que parían sin médicos modernos, que criaban sin comodidades, que trabajaban en casas humildes, que conocían el peso del agua, del fuego, del pan, del luto, de la enfermedad y de la incertidumbre. Mujeres que muchas veces no sabían escribir su nombre, pero sabían sostener una familia.

Su fuerza no estaba en discursos ni en cargos. Estaba en levantarse cada mañana. En preparar la comida. En lavar. En cuidar. En acompañar partos. En vestir difuntos. En acudir a bautizos. En negociar silenciosamente dentro de la casa. En mantener unidos a los hijos. En transmitir la memoria. En recordar quién era hijo de quién, de dónde venía cada familia, qué desgracia había ocurrido, qué boda había unido dos casas, qué niño murió pequeño, qué mujer se quedó viuda, qué abuela había llegado de otro pueblo.

Los libros antiguos de Restábal permiten reconstruir esa red femenina. No de manera completa, porque la documentación siempre es parcial, pero sí con suficiente claridad para afirmar algo esencial: la historia del pueblo no puede contarse solo desde los hombres. Sin las mujeres, Restábal no se entiende.

Después de la expulsión morisca y de la repoblación, el pueblo tuvo que rehacerse. Primero fueron los repartimientos, las obligaciones, las suertes, los censos, las casas pobladas. Pero después vino lo más difícil: convertir la repoblación en vida. Y eso no lo hicieron solo los documentos de la Corona ni los acuerdos del concejo. Lo hicieron las familias. Y dentro de las familias, las mujeres fueron columna.

Ellas fueron las que dieron continuidad al pueblo desde la intimidad. No aparecen levantando actas, pero aparecen dando hijos. No aparecen trazando linderos, pero aparecen uniendo apellidos. No aparecen ocupando cargos, pero aparecen sosteniendo linajes. No aparecen como protagonistas de la historia oficial, pero sin ellas no habría historia posible.

Restábal, leído desde sus libros parroquiales, es un largo árbol. Sus raíces bajan hacia los repobladores del siglo XVI y hacia la memoria anterior del lugar. Sus ramas se extienden por los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Pero la savia de ese árbol pasa por los nombres de las mujeres. Por Isabela Ruiz, Ana González, Marina Cortés, Isabel Moles, María Vizcaína, Águeda Nieva, Jerónima Fernández, Juana Cobo, Catalina Pirusa, Mariana Ruiz. Por Isabel Fernández, María Ruiz López, Juana Heredia, María Espinosa, Ana Martín, María de Aragón, Isabel Blanca. Por Magdalena de Quesada, Luisa López, María Cabañas, Micaela Rodríguez, Ana Moya. Por las que conocemos y por las que quedaron apenas insinuadas.

Ellas sostuvieron Restábal con una forma de grandeza que casi nunca se escribe en letras grandes. Una grandeza doméstica, silenciosa, cotidiana. La grandeza de hacer que la vida continuara.

Hoy, al leer sus nombres, no las devolvemos del todo. No sabemos el tono de su voz, ni la forma exacta de sus manos, ni cómo miraban a sus hijos, ni qué miedo guardaban en secreto, ni qué canciones cantaban mientras trabajaban. Pero sí podemos hacer algo: no dejarlas otra vez en la sombra.

Nombrarlas es una forma de justicia.

Porque en cada partida de bautismo hubo una madre.

En cada matrimonio, una mujer que cruzó una puerta hacia otra vida.

En cada defunción, una historia que se cerraba.

En cada viudedad, una resistencia.

En cada niña muerta, una memoria que merece ternura.

Y en todas ellas, juntas, late la verdad más profunda: Restábal no fue sostenido solo por sus casas, sus tierras, sus acequias o sus apellidos. Restábal fue sostenido por sus mujeres.

Bibliografía:

Archivo genealógico en formato Excel: Restábal. Defunciones, bautismos y matrimonios a 20-10-2025, transcripción de registros sacramentales de Restábal, archivo facilitado por Nina Sánchez. Incluye hojas de bautismos, confirmaciones, matrimonios y defunciones.



María de Chaves

María de Chaves 

 MARÍA DE CHAVES

La viuda que perdió a su hijo en Tablate y volvió a levantar su casa

El 12 de febrero de 1572, el escribano Antonio Pérez de Badajoz encontró a María de Chaves en Saleres.

No estaba en su casa de Melegís. Estaba en Saleres, el pueblo vecino, donde se había refugiado cuando los moriscos se alzaron tres años antes. El juez Machuca necesitaba su declaración, y alguien le dijo que la buscara allí. Allí estaba. Esperando, quizás, o simplemente viviendo el día a día de quien no sabe bien si ya puede volver.

El escribano tomó nota de lo que le dijo. Lo tituló sin adornos: «Memorial de los bienes raíces de María de Chaves, cristiana vieja, viuda, mujer que fue de Lorenzo Hernández, hecho en Saleres doce días del mes de Febrero de mil e quinientos e setenta e dos años».

Un memorial de bienes raíces. Un inventario. Una lista de lo poco que tenía y de lo mucho que había perdido.

Esta es la historia que ese memorial guarda.

Sobre su marido, Lorenzo Hernández, el Apeo no dice nada más que su nombre. No sabemos de dónde era, ni cuándo murió, ni cómo. Solo que María lo sobrevivió, y que cuando el escribano la encontró en Saleres, hacía tiempo que era viuda. Había salido adelante sola. Había labrado sus casas sola. Había arrendado su pequeño huerto a un morisco del lugar llamado Juan el Herrero, que pagaba sesenta maravedíes al año, y con ese dinero y lo que producían sus bancales había ido pasando los años.

Tenía más de cuarenta años cuando declaró. En el siglo XVI, más de cuarenta años para una mujer que trabajaba la tierra y vivía a censo de la iglesia era una edad considerable. Una mujer de experiencia. Una mujer que había visto cosas.

Lo que tenía no era mucho. El Libro de Apeo lo enumera en cinco capítulos y en cada uno de ellos el margen izquierdo del folio lleva la misma anotación, escrita con tinta algo más oscura: «No hay título».

Dos casas en el lugar de Melegís, juntas la una de la otra, lindando con casas de la Iglesia y con el Camino que va al Chite. Las había labrado ella misma, con sus manos y con su dinero, sobre un suelo tomado a censo perpetuo de la Iglesia, pagando cinco reales y medio al año. Llevaba veinticuatro años en ellas, poco más o menos. Eran suyas en el sentido más real de la palabra: porque ella las había construido, porque ella las habitaba, porque ella pagaba por ellas cada año sin falta.

Pero las escrituras las había perdido en el alzamiento.

Un huerto pequeño a las espaldas de la casa, con tres limoneros y un cerezo. Tomado a censo de la misma Iglesia, de la misma manera que las casas. Lo había arrendado a Juan el Herrero durante doce años, sin escritura de arrendamiento, con la confianza de vecinos que se conocen de toda la vida. El morisco pagaba sus sesenta maravedíes y cuidaba los árboles. Un trato sencillo, de palabra, que había funcionado durante más de una década.

Cuando María volvió de su huida, los vecinos se habían metido en el huerto. No Juan el Herrero, que había desaparecido con el alzamiento. Otros. Los nuevos. Los que llegaron a ocupar las casas vacías y tomaron también lo que encontraron a mano.

Cinco pedazos de haças, pequeños, que eran bancalejos en el Pago de Hamida, Camino de Concha, con diecinueve olivos pequeños y otros árboles, todo ello en unos cuatro marjales. Un pedazo de haça de medio marjal en el Pago del Fontil, con dos albaricoques, unos membrillos y un peral. Cuatro olivos con su tierra en ese mismo Pago del Fontil, lindando con la haça de Agustín el Madrabi y con el Torrente.

Estos últimos no los había tenido siempre. Los había heredado de su hijo.

Alonso Yáñez se llamaba. Era el hijo de María de Chaves y de Lorenzo Hernández. Estaba casado, aunque sin hijos. Tenía sus propias tierras: los cinco bancalejos del Pago de Hamida, el medio marjal del Fontil, los cuatro olivos junto al Torrente. Las tierras que llegarían a María cuando él muriera.

Murió en Tablate.

El documento lo dice con la misma frialdad con que dice todo lo demás: «mataron los moros al tiempo del alzamiento en Tablate». Una frase subordinada, encajada entre la descripción de unos bancalejos y la mención de que los títulos se habían perdido. El escribano no se detiene. No hay espacio en un memorial de bienes para la muerte de un hijo.

Tablate era el paso. El puente sobre el río, en la garganta que comunica el Valle de Lecrín con la Alpujarra. Cuando se alzaron los moriscos en enero de 1569, los rebeldes del Valle intentaron abrirse paso hacia Granada o defenderse de las tropas que venían. En Tablate hubo un encuentro. Murió gente. Entre ella, Alonso Yáñez.

No sabemos si fue en los primeros días del alzamiento o en alguno de los combates posteriores. No sabemos si murió con las armas en la mano o simplemente se encontró en el lugar equivocado en el momento equivocado. No sabemos si María lo supo enseguida o si tardó semanas en enterarse, mientras huía.

Lo que sí sabemos es que Alonso no dejó hijos. Y que por esa razón María fue su heredera. «Cuya heredera ella fue como su madre, aunque el dicho su hijo era casado por no dejar hijos algunos». La herencia pasó a ella. Las tierras de Alonso pasaron a ser las tierras de María. Un patrimonio ensamblado a golpe de pérdidas.

La huida de María de Chaves en enero de 1569 no fue una decisión. Fue un instinto. Los moriscos del lugar de Nígueles habían entrado en el Valle, y la noticia de lo que hacían corría de boca en boca más rápido que las propias tropas. Los vecinos cristianos viejos de Melegís salieron de sus casas y se fueron. No pusieron en cobro lo que tenían. No recogieron sus papeles. No cerraron bien las puertas. Simplemente corrieron porque los moros no los matasen.

El testigo Juan de Castro, que tenía cuarenta años cuando declaró ante el juez Machuca, lo recordaba con precisión: «al tiempo del alzamiento del dicho Valle, la dicha María de Chaves se fue huyendo de su casa y la desamparó porque los moros no la matasen». Y el viejo morisco Bernabé de Baeza, que tenía ochenta años y lo había visto todo con sus propios ojos: «vio este testigo al tiempo del alzamiento de los moros del dicho Valle, que la dicha María de Chaves desamparó su casa, e dejó su hazienda, e se fue huyendo por temor de los moros, no sabe donde».

No sabe donde. Bernabé no supo adónde fue María. Tal vez ella misma no sabía bien adónde iba cuando echó a correr. Solo sabía que tenía que alejarse de Melegís.

Acabó en Saleres. El pueblo siguiente, cuesta arriba, donde también había vecinos que corrían.

Y allí se quedó los tres años que duró la guerra, mientras Melegís quedaba vacío y los moriscos del Valle eran expulsados hacia Córdoba y sus casas pasaban a manos de la Corona de Felipe II.

Cuando volvió, el huerto estaba ocupado.

El tercer testigo que presentó en su probanza fue Francisco González, labrador, vecino del lugar, de veinticinco años. Su declaración sobre el huerto es la más reveladora de todo el proceso: «ahora después que se pobló el dicho lugar de christianos viejos, en su suerte que le cupo a este testigo le cupo el dicho huerto, e teniéndolo ansí, la dicha María de Chaves se le entró en él».

La lectura cuidadosa de esa frase cambia todo. No fueron los repobladores los que le ocuparon el huerto a María. Fue María la que entró en el huerto de un repoblador. En el reparto de suertes que el arrendamiento provisional hizo entre los nuevos vecinos, el huerto que había sido de María cayó en la suerte de Francisco González. Y María, que tenía razones para creer que ese huerto era suyo, se metió en él.

No era un acto de debilidad. Era un acto de reivindicación. Una mujer de más de cuarenta años que había vivido en ese huerto durante décadas, que lo había arrendado a un morisco durante doce años, que lo había recuperado al volver, no iba a ceder sin más porque un folio de reparto dijera que le correspondía a un vecino recién llegado.

Pero tampoco tenía títulos. Sus escrituras habían ardido con el escribano Pilado.

El juez Machuca le dio dos días para presentar títulos o probar que los había tenido y los había perdido en el alzamiento.

En esos dos días, María de Chaves buscó testigos. Tres encontró: Juan de Castro, Bernabé de Baeza y Francisco González. El primero era un repoblador de cuarenta años. El segundo era el morisco de ochenta que llevaba toda su vida en el lugar y era la memoria viva de quién había tenido qué. El tercero era el mismo repoblador a quien se le había asignado el huerto.

Los tres declararon lo que sabían y lo que no sabían. Juan de Castro dijo que había visto a María habitar sus casas desde hacía quince o dieciséis años, pero que del huerto no tenía memoria. Bernabé de Baeza dijo que había visto a María y a su hijo poseer los bancalejos del Pago de Hamida durante más de quince años, que él mismo los había arado algún año a jornal de María, y que era público en el lugar que esas tierras las había heredado del hijo. Del huerto dijo que lo había visto poseer a Juan el Herrero, el morisco, y que creía que era el suelo de la iglesia. Francisco González dijo lo que quedó dicho: que el huerto le había caído en su suerte, y que María se había metido en él.

Luego compareció Juan López, el cristiano viejo más influyente del lugar, de más de cincuenta años, y dijo que las dos casas eran propias de María, que las había visto tener y poseer durante veinte años, y que era público y notorio que pagaba cinco reales y medio de censo a la Iglesia. De los bancalejos y los olivos dijo que también los había visto en manos de María y de Alonso Yáñez durante quince años, labrándolos y cogiéndoles el fruto como cosa propia. De los títulos no sabía nada, pero sí sabía que al tiempo del alzamiento todos los cristianos viejos habían salido corriendo sin poner en cobro lo que tenían, y que bien podía ser que las escrituras se hubieran perdido o quemado en ese momento.

El 22 de febrero de 1572, el licenciado Machuca dictó su resolución.

Le quitó el huerto. Y uno de los albaricoques del Pago del Fontil. Declaró que ambos habían pertenecido a moriscos hasta el alzamiento y que eran, por tanto, patrimonio del rey. Ordenó a María que no se entrara en ellos bajo pena de cincuenta mil maravedíes para la cámara de Su Majestad.

En cuanto a todo lo demás —las dos casas, los cinco bancalejos, el medio marjal del Fontil, los cuatro olivos— el juez dijo que, atenta la probanza que María había hecho, no alteraba ni innovaba en cosa alguna y mandaba que se le estuviera en el mejor derecho que tenía a esos bienes como antes, sin perjudicar el derecho del rey.

No le devolvió los títulos. No podía: los títulos habían ardido con Pilado. Pero tampoco le quitó lo que era suyo. En la práctica, la dejó en posesión de casi todo lo que había declarado, con la única excepción del huerto y el albaricoque del rey.

Al día siguiente, el 23 de febrero, el escribano Antonio Pérez fue a notificarle la resolución. La encontró en persona. Firmó los testigos. Y lo dejó anotado.

En el Apeo no hay más noticias de María de Chaves. Después del 23 de febrero de 1572, su nombre desaparece de los folios. No aparece en los pleitos de 1577. No se menciona en ningún lindero posterior. No hay testamento, ni herencia, ni sucesor documentado.

Vivió, o murió, sin que el libro volviera a necesitarla.

Pero lo que el libro guarda de ella es suficiente para reconstruir lo esencial. Una mujer que durante veinticuatro años pagó el censo de sus casas sin falta, que arrendó su huerto con un trato de palabra que funcionó durante doce años, que trabajó los bancalejos que heredó de su hijo muerto, que huyó cuando tuvo que huir y volvió cuando pudo volver, que se presentó ante el juez sin abogado ni padrino, que buscó sus testigos uno a uno en el plazo de dos días, que perdió el huerto y el albaricoque pero conservó las casas y la tierra.

No tenía títulos. No tenía escrituras. Solo tenía testigos que decían la verdad, y la verdad era que llevaba décadas en ese lugar y que nadie en el pueblo había puesto en duda que aquello era suyo.

El morisco Bernabé de Baeza, que tenía ochenta años y la conocía desde antes de que llegara su marido, lo dijo con la sencillez de quien no necesita adornar las cosas: «algunos años lo ha arado por jornal que la dicha María de Chaves le daba». Un hombre de ochenta años que en su juventud había arado los bancalejos de María como jornalero. Que la recordaba joven, con su marido vivo, con su hijo Alonso todavía niño, labrando aquella tierra en el Pago de Hamida.

No sabemos si María de Chaves había nacido en Melegís o si había llegado de fuera con su marido. No sabemos si tenía otros hijos además de Alonso. No sabemos si el huerto que le quitaron le dolió mucho o poco, si volvió a plantarlo en otro sitio, si tuvo alguien que la ayudara en los últimos años.

Sabemos que construyó dos casas con sus manos. Que arrendó un huerto con un trato de palabra. Que perdió a su hijo en un puente y heredó sus tierras. Que huyó al monte para no morir. Que cuando volvió encontró el pueblo cambiado y parte de lo suyo en manos de otro. Que se presentó ante un juez sin títulos y se fue con casi todo lo que había pedido.

Y que cinco reales y medio de censo perpetuo a la Iglesia, pagados cada año desde hacía veinticuatro, eran la única prueba de propiedad que nadie le podía quitar.

Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006 / Digibug 2022. Documento original: Memorial de los bienes raíces de María de Chaves, con su probanza y auto del licenciado Jusepe Machuca, folios 43r-48v del Libro de Apeo de Melegís, febrero de 1572.



Las tres viudas de Restábal

Las 3 viudas de Restábal 

 ⚖️ LAS TRES VIUDAS DE RESTÁBAL: MUJERES QUE FIRMARON CONTRA LA LEY PARA LEVANTAR UN PUEBLO

María López, Lucía Rodríguez y Mariana de Moya: la historia de tres viudas que renunciaron a todo su amparo jurídico para repoblar un pueblo fantasma

El miércoles 28 de octubre de 1579, en la iglesia de Restábal, un escribano llamado Diego Guerra de Céspedes leyó en voz alta un documento.

Lo leyó despacio, con la solemnidad que el momento requería. Había nombres. Había números. Había cláusulas en latín jurídico que la mayoría de los presentes no entendía pero que firmaban igualmente porque el escribano les decía que lo firmaran.

Y luego, llegado el momento, el escribano se giró hacia tres mujeres que estaban en la iglesia. Tres viudas. Tres repobladoras. Tres mujeres que habían llegado solas a un pueblo arrasado a empezar de cero.

Y les leyó, específicamente a ellas, las leyes que el derecho castellano e imperial romano les otorgaba para protegerlas. Las leyes que decían que ninguna mujer podía ser obligada a responder por deudas ajenas. Las leyes que existían precisamente para que nadie las obligara a firmar lo que estaban a punto de firmar.

«Fueron avisadas y apercibidas», dice el documento.

Y las tres renunciaron.

«Como sabidoras las renunciamos».

Esta es su historia. 👁️

📜 EL DOCUMENTO — Tres líneas que cambian todo

El texto original del Libro de Apeo y Repartimiento de Restábal, conservado en el folio 103 vuelto y 104 recto, dice exactamente esto:

«E nos las dichas Maria Lopez e Luçia Rodriguez e Mariana de Moya renunçiamos las leyes de los emperadores Justeniano e Veliano e la nueva constituçion e leyes de Toro e Partida del efecto de las quales fuymos avisadas e aperçividas por el presente escrivano en presençia de los testigos desta carta e como sabidoras las renunçiamos.»

Cuatro cuerpos legales. Cuatro escudos jurídicos. Renunciados uno a uno.

Para entender por qué esas tres líneas son extraordinarias hay que entender qué decía cada uno de esos cuerpos legales y por qué existían. ⚖️

🏛️ LAS LEYES QUE RENUNCIARON — Dos mil años de protección a la mujer

I. El Senadoconsulto Veleyano — La ley más antigua

El Senadoconsulto Veleyano fue aprobado por el Senado de Roma en torno al año 46 d.C., bajo el emperador Claudio. Lleva el nombre del cónsul Veleyo, que lo propuso.

Su contenido era simple y rotundo: el Senadoconsulto Veleyano prohibió a las mujeres obligarse por otro. Ninguna mujer podía ser fiadora, avalista ni garante de las deudas de otra persona. No podía comprometer sus bienes para respaldar obligaciones ajenas. No podía obligarse en mancomunidad con otros.

¿Por qué existía esta ley? Se les prohibieron los actos contrarios a la reserva que conviene a su sexo y se colocó en esta categoría toda inmixtion en negocios ajenos. En el lenguaje jurídico romano —y medieval, y renacentista— la razón era la infirmitas sexus: la supuesta debilidad femenina para los negocios. Las mujeres, se argumentaba, eran fácilmente engañadas, demasiado generosas, incapaces de calibrar el riesgo. Había que protegerlas de sí mismas.

Mil quinientos años después de ser aprobado, ese senadoconsulto romano seguía vigente en la España de Felipe II. Y el escribano de Restábal lo recitó en voz alta en una iglesia del Valle de Lecrín ante tres viudas andaluzas. 🏛️

II. La Nova Constitutio de Justiniano

El emperador Justiniano I, que gobernó el Imperio Bizantino en el siglo VI d.C. y compiló el derecho romano en el Corpus Iuris Civilis, reforzó las protecciones del Veleyano con una nueva constitución que ampliaba y actualizaba las restricciones a la capacidad de las mujeres para obligarse en negocios ajenos.

La cita del documento —«las leyes de los emperadores Justeniano e Veliano»— agrupa ambas normas como si fueran un cuerpo unitario, que en la práctica jurídica medieval española lo eran: dos emperadores romanos, separados por cinco siglos, que coincidieron en proteger —o limitar, según se mire— la capacidad jurídica de las mujeres.

Un milenio de derecho romano aplicado en la iglesia de un pueblo de Granada en 1579. ⚖️

III. Las Leyes de Toro (1505)

Las Leyes de Toro de 1505 son el resultado de la actividad legislativa de los Reyes Católicos, fijada tras la muerte de la reina Isabel con ocasión de la reunión de las Cortes en la ciudad de Toro en 1505, en un conjunto de 83 leyes promulgadas el 7 de marzo de ese mismo año en nombre de la reina Juana I de Castilla.

El siglo XVI basa sus normas para las mujeres en las Leyes de Toro del año 1505, que tienen como base las Partidas de Alfonso X. Estas sientan la condición inferior de la mujer. La formulación medieval era explícita y sin rodeos: «otrosí, de mejor condición es el varón que la mujer en muchas cosas, e en muchas maneras».

Las Leyes de Toro recogían y actualizaban el Veleyano en el derecho castellano moderno. Entre sus disposiciones estaba precisamente la protección de las mujeres frente a las obligaciones mancomunadas —aquellas en que todos los firmantes responden solidariamente de la deuda total—. Una mujer viuda, sin marido que respondiera por ella, tenía en las Leyes de Toro un escudo legal específico.

María López, Lucía Rodríguez y Mariana de Moya lo renunciaron. 📜

IV. Las Partidas de Alfonso X

Las Siete Partidas —redactadas entre 1256 y 1265 por Alfonso X el Sabio— eran el gran cuerpo legislativo medieval castellano. Fuente del derecho en toda la Corona de Castilla desde el siglo XIII, las Partidas recogían el derecho romano justinianeo adaptado al contexto medieval hispánico y contenían disposiciones específicas sobre la capacidad jurídica de las mujeres, la tutela, la herencia y las obligaciones.

Junto al Veleyano, Justiniano y las Leyes de Toro, formaban el cuádruple escudo jurídico que el derecho castellano del siglo XVI otorgaba a las mujeres. El escudo que esas tres viudas tiraron al suelo en la iglesia de Restábal el miércoles 28 de octubre de 1579. 🛡️

👤 LAS TRES MUJERES — Quiénes eran

El documento las presenta con la misma fórmula para las tres: «viuda, mujer de [nombre del difunto], natural de [lugar]». Son definidas por lo que ya no tienen: el marido. Y por lo que traen: una procedencia, una voluntad, y la decisión de firmar.

🌹 MARÍA LÓPEZ — Viuda de Juan Curado. Natural de Córdoba.

María López venía de Córdoba —la ciudad, no un pueblo—. Era la viuda de Juan Curado, uno de los tres vecinos que habían negociado originalmente con el Consejo real de Granada la repoblación de Restábal: «Alonso de Perpiñán, Juan Curado y Gonzalo de Salazar, vecinos de este dicho lugar, con nuestro poder que para ello les dimos trataron con los señores del Consejo de Su Majestad».

Es decir: María López era la viuda del hombre que había negociado el trato. Juan Curado fue uno de los artífices de la repoblación. Y murió antes de firmar definitivamente —o murió durante el proceso—, dejando a María sola con lo que él había negociado.

María no heredó solo la suerte: heredó la obligación. Y la firmó.

En 1596, cuando se revisan las suertes, la suya «fue reconocida el día 1 de Octubre de 1596 ante los alcaldes y el conocedor estando presente Jerónimo Márquez, regidor, como sucesor en ella porque Juan Curado era su suegro». Jerónimo Márquez era el yerno de María López. La suerte pasó al marido de su hija. La familia continuó en Restábal. Lo que María firmó en 1579 echó raíces. 🌹

🌸 LUCÍA RODRÍGUEZ — Viuda de Juan García Peinado. Natural de Alcalá la Real.

Lucía Rodríguez venía de Alcalá la Real, la ciudad fortaleza jiennense en la frontera histórica con el reino de Granada. Una ciudad con larga tradición de relación con el reino nazarí, de donde venían muchos de los que conocían la tierra.

Era la viuda de Juan García Peinado. No sabemos nada más de este hombre: no aparece entre los que negociaron la repoblación, no figura como primero en la lista. Era un repoblador más que murió, dejando a Lucía con una suerte que gestionar y un censo perpetuo que pagar.

Alcalá la Real estaba a tres leguas de Jaén. Lucía había venido desde allí, probablemente con su marido, a este pueblo del Valle de Lecrín que ninguno de los dos conocía. Su marido murió. Y Lucía se quedó. 🌸

🌺 MARIANA DE MOYA — Viuda de Luis Hernández de Pemenez. Natural de Valdepeñas.

Mariana de Moya venía de Valdepeñas, la ciudad manchega del vino, en lo que hoy es Ciudad Real. Era la que había venido desde más lejos de las tres: Valdepeñas está a más de trescientos kilómetros de Restábal en línea recta.

Era la viuda de Luis Hernández de Pemenez —y no es coincidencia que uno de los testigos del documento se llamara Antón Hernández Pemenez: probablemente un familiar del difunto marido de Mariana, que también vivía en Restábal como repoblador—. La misma familia, presente en el mismo momento.

Mariana firmó la renuncia a sus protecciones jurídicas con un pariente de su marido muerto como testigo. La soledad y la red familiar simultáneamente. 🌺

🎭 EL MOMENTO — La iglesia, el escribano y el aviso

«Fueron avisadas y apercibidas por el presente escribano en presencia de los testigos.»

Esta frase es la más importante del documento. No es un tecnicismo. Es una garantía procesal: el escribano estaba obligado a explicarles las leyes antes de que las renunciaran. No podía simplemente decirles «firma aquí». Tenía que decirles: estas leyes existen. Os protegen. Si las renunciáis, quedáis obligadas exactamente igual que los hombres. ¿Lo entendéis? ¿Renunciáis de todas formas?

Y las tres dijeron que sí.

«Como sabidoras las renunciamos.»

Sabidoras. Conocedoras. Conscientes. No eran mujeres engañadas ni presionadas —al menos no en el sentido legal del término—. Eran mujeres que entendieron lo que firmaban y lo firmaron igualmente.

¿Por qué? La respuesta no está en el documento. Está en las circunstancias.

Porque habían venido desde Córdoba, desde Alcalá la Real, desde Valdepeñas, a un pueblo que estaba medio en ruinas. Porque sus maridos habían muerto y con ellos la obligación que habían asumido. Porque alguien —el Concejo, Gonzalo de Salazar, la presión del grupo— las necesitaba para completar los treinta vecinos que el rey exigía. Porque sin treinta vecinos no había repoblación. Sin repoblación no había suerte. Sin suerte no había nada.

Firmaron porque era lo que tenían. 🖋️

⚖️ LO QUE RENUNCIARON — El peso real de la obligación

Al renunciar a esas cuatro protecciones jurídicas, las tres viudas quedaron sujetas exactamente a las mismas condiciones que los veinticuatro hombres que firmaron con ellas. Y esas condiciones eran durísimas:

💸 180 ducados de censo perpetuo al año — pagados entre todos los vecinos, mancomunadamente. Si alguno no podía pagar, los demás respondían por él. Y sin el escudo del Veleyano, las tres viudas respondían también.

🏠 Residencia obligatoria de 25 años — con casa poblada, mujer e hijos. Una viuda sola tenía que mantener la casa habitada como condición de posesión de su suerte.

🌾 Obligación de labrar y mejorar — sin excusas. Ni incendios, ni heladas, ni plagas, ni robos. La suerte tenía que estar trabajada.

🚫 No podían vender durante 25 años sin permiso del Concejo abierto.

⚡ Si no pagaban, llegaba un ejecutor con 500 maravedíes de salario al día cargados al moroso.

Una viuda del siglo XVI, sin marido, sin red de seguridad, con una suerte de tierra en un pueblo ajeno y un censo real que pagar: eso era lo que María, Lucía y Mariana asumieron al renunciar a sus protecciones legales. 💸

🌿 LO QUE GANARON — La tierra, el futuro

Y sin embargo.

Sin embargo, la suerte de María López pasó a su yerno Jerónimo Márquez en 1596, diecisiete años después. Eso significa que María se quedó en Restábal. Que la suerte se trabajó. Que la familia echó raíces.

Sin embargo, el apellido Pemenez aparece en los testigos del documento fundacional de 1579 —Antón Hernández Pemenez, vecino del lugar—. Eso significa que la familia de Mariana de Moya también estaba presente, también arraigó, también formó parte del tejido del pueblo.

Sin embargo, Alcalá la Real no volvió a ver a Lucía Rodríguez. Restábal la tuvo.

Lo que renunciaron fue un escudo de papel —un escudo que protegía sobre el papel pero que en la práctica de un pueblo despoblado y sin recursos no habría servido de mucho—. Lo que ganaron fue una parcela de tierra en el Valle de Lecrín, bajo el sol de Granada, con acequias que llevaban siglos corriendo y olivos que llevaban siglos dando fruto.

Ganaron un lugar en el mundo. 🌿

🔚 EPÍLOGO: EL ESCRIBANO QUE LAS LEYÓ Y EL SIGLO QUE NO LAS VIO

Diego Guerra de Céspedes, escribano de Su Majestad, vecino de Granada, redactó el documento. Lo leyó. Les advirtió. Tomó nota de la renuncia. Y lo dio por bueno.

No sabemos si pensó algo sobre lo que estaba haciendo. Probablemente no. Era su trabajo: aplicar el derecho, no juzgarlo.

Pero quinientos años después, ese folio 103 vuelto del Libro de Apeo y Repartimiento de Restábal guarda algo que ningún himno ni ningún monumento recoge: el momento exacto en que tres mujeres viudas —llegadas de Córdoba, de Alcalá la Real y de Valdepeñas— tiraron al suelo dos mil años de protecciones jurídicas y dijeron:

Sabemos lo que renunciamos. Y lo renunciamos igualmente. Porque queremos quedarnos.

María López. Lucía Rodríguez. Mariana de Moya.

Sus nombres están en el folio. Sus apellidos no siguieron en los registros —el mundo pasó a sus yernos, a sus hijos, a los hombres que vinieron después—. Pero ellas estuvieron. Firmaron. Y Restábal, sin saberlo, les debe parte de lo que fue. 🕯️

Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006 / Digibug 2022. Documento original: Carta de poder de los vecinos de Restábal a Gonzalo de Salazar, otorgada en la iglesia del lugar el miércoles 28 de octubre de 1579, ante Diego Guerra de Céspedes, escribano de Su Majestad, vecino de Granada. Fuentes complementarias: Leyes de Toro, 1505; Senadoconsulto Veleyano, c. 46 d.C.; Corpus Iuris Civilis de Justiniano, s. VI d.C.

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Las Acequias de Melegís y Restábal


 

💧 LAS ACEQUIAS DE MELEGÍS Y RESTÁBAL: EL AGUA QUE LO HIZO TODO

Del Río Dúrcal a los bancales de naranjos: la ingeniería hidráulica nazarí que el Libro de Apeo dejó escrita para siempre — y que quinientos años después sigue viva

Antes de que hubiera aceitunas, antes de que hubiera morales, antes de que hubiera seda ni harina ni pan, hubo una decisión. Alguien —hace quizás mil años, quizás más— miró el Río Dúrcal corriendo encajonado por el barranco y dijo: esa agua puede subir.

Y la subió.

Con pico, con pala, con piedra seca y argamasa de cal. Trazando canales a lo largo de kilómetros de ladera, sorteando torrentes, perforando lomas, cruzando barrancos sobre arcos de mampostería. Creando de la nada un sistema que convirtió las laderas áridas del Valle de Lecrín en un vergel de huertos, viñas, olivares y morales.

El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, redactado en 1572, llegó a esas tierras cuando el sistema ya llevaba siglos funcionando. Y lo que encontró el escribano Antonio Pérez de Badajoz fue un mapa de agua de una complejidad y una precisión que hoy, casi quinientos años después, asombra.

Y lo más extraordinario: muchas de esas acequias siguen activas. Con sus nombres. Con sus aguas. Con sus comunidades de regantes. 🌊

🌍 EL MARCO — Tres ríos y dos pueblos en la confluencia del Valle

El Valle de Lecrín tiene tres arterias principales de agua. El Río Dúrcal —llamado en el Apeo el Río Grande que viene de Concha— corre de norte a sur por el flanco occidental. El Río Torrente discurre más al este. Y el Río que viene de Buñuelas —pequeño, intermitente— alimenta las laderas de Restábal por el norte.

Los tres convergen aguas abajo, en el término de Melegís, para formar el Río de Ízbor, que desemboca hoy en el Embalse de Béznar —construido en 1985, con todo lo que eso significó para la hidrología del valle—.

Melegís se abastecía del Río Torrente y del Río Grande (Dúrcal). Restábal combinaba el Río Grande con el río de Buñuelas y con pequeños sistemas de alberca propia.

Y toda esa agua —antes del embalse, antes del siglo XX, antes de las tuberías— llegaba a los campos exclusivamente por acequia. 💧

🏞️ LAS ACEQUIAS DE MELEGÍS — El inventario de 1572

El Apeo dedica un epígrafe específico a las «Fuentes e acequias de agua para beber e regar, y la manera que se tiene en el riego». Los tres testigos principales —el beneficiado Pinedo, Juan López cristiano viejo, y Bernabé de Baeza morisco— llevan más de cuarenta años bebiendo de esas aguas. Lo que dicen es exacto.

💧 ACEQUIA 1 — La Acequia del Lugar (Principal del Torrente).

Origen: manantiales que nacen «dentro del Río del Torrente, dentro del término del dicho lugar».

La más vital. No solo regaba: era el suministro de agua potable de todo Melegís —«de la dicha acequia e agua de suso declarada bebe todo el dicho lugar»—.

Su problema crónico: en verano traía «muy poca cantidad de agua». Para compensar, los vecinos la recogían en albercones y con esa reserva podían regar «en un día seis marjales de tierra, poco más o menos».

Seis marjales al día. Menos de media hectárea. Para un término de ciento veintitrés casas. El Apeo lo resume con una frase que lo dice todo: «la tierra del dicho término recibe perjuicio, que es tierra flaca e acostumbrada a riego». Sin agua, la tierra era flaca. Con agua, producía morales de seda, olivos, naranjos, huertas. 🌿

💧 ACEQUIA 2 — La Acequia de Façalquería (Acequia de Murchas).

Origen: «una fontecilla que nace dentro del término del lugar de Mulchas».

No nacía en término de Melegís. Se tomaba en Murchas, venía regando primero parte de sus heredades, y luego llegaba al pequeño Pago de Façalquería. Era tan escasa que se recogía en alberca: entre noche y día se regaban «cuatro marjales de tierra, poco más o menos».

Un sistema compartido entre dos pueblos. Un acuerdo de agua de siglos, registrado en el Apeo como algo obvio: «viene regando con el agua parte de las heredades del lugar de Mulchas, y luego riega el dicho Pago de Façalquería». 🤝

💧 ACEQUIA 3 — La Acequia del Marjen (del Río Grande/Dúrcal).

Origen: «se saca del Río de Concha [Dúrcal], en el Pago que está abajo de los Arcos de Canteron en dicho río».

La más importante en extensión de regadío. Tomada en término de Lojuela, irrigaba:

El Pago del Marjen: turno diario «desde hora de vísperas hasta puesto el sol».

El Pago del Fontil: «desde el jueves a vísperas hasta el viernes siguiente a hora de vísperas cada semana».

Y hay algo extraordinario: «pasa por el Río del Torrente y va a este Pago». Cruzaba el Río Torrente —acueducto o conducción soterrada— para llegar al Fontil. El paso del agua de un río sobre otro. Siglos antes de que hubiera ingeniería moderna. 🏛️

💧 ACEQUIA 4 — La Acequia de los Arcos ⭐ VIVA HOY.

Origen: presa de derivación en el Río Dúrcal, en los «Arcos de Canteron».

La más presente en todo el Apeo. Aparece en la mojonera del término, en los linderos de decenas de propiedades, en los pleitos, en el índice de ilustraciones del libro.

Su trazado: tomaba el agua del Río Dúrcal mediante presa de derivación, la conducía por la ladera sur, irrigaba el Pago del Fondón —el más productivo de Melegís— y continuaba en dirección a Restábal.

Sigue existiendo hoy con ese nombre exacto. La Acequia de los Arcos riega la vega de Melegís y su gestión corresponde a una comunidad de regantes activa. Quinientos años después, la misma acequia, la misma presa, la misma función. Es la joya del sistema hidráulico histórico del Valle. 🏆

💧 ACEQUIA 5 — La Acequia del Burgo ⭐ VIVA HOY.

Mencionada en la mojonera y en el Repartimiento de Restábal como «la Acequia Principal del Burgo». Discurría más alta en la ladera que la Acequia de los Arcos, irrigando los pagos superiores del término.

Su nombre —del burgo, del pueblo— sugiere que llegaba hasta el casco urbano o sus pagos colindantes. El libro de ilustraciones del Apeo incluye una fotografía con el epígrafe «Acequia del Burgo, Melegís»: un canal de mampostería en la ladera entre olivares.

Viva hoy: la Comunidad de Regantes de Restábal que abarca Saleres, Melegís y Murchas gestiona actualmente una acequia llamada El Burgo —mismo nombre, mismo trazado, misma función quinientos años después—. 🪨

💧 ACEQUIA 6 — La Acequia que pasaba por medio del lugar.

La que «pasaba por medio del lugar», tomada en el Torrente. Era la acequia madre del casco urbano: entraba en el pueblo, pasaba por sus calles, llegaba a los huertos de las casas.

El Apeo dedica un párrafo extraordinario a describir el sistema morisco de distribución del agua:

«Cada vecino morisco tenía tanta cantidad de agua como la hacienda que tenía, e cada posesión, e haça tenía cierta cantidad de agua.»

El agua era un bien vinculado a la tierra. Pero los moriscos empezaron a vender tierras y derechos de agua por separado —unos se quedaban la tierra sin agua, otros el agua sin tierra—. Un mercado de derechos hidráulicos avant la lettre. Tras la expulsión, Machuca simplificó: seis vecinos por día, todos iguales, turnos rotativos. El agua democratizada por el caos. 💹

💧 ACEQUIA 7 — La Acequia del Chite.

Mencionada en la mojonera: «junto a una Acequia de agua que va del Chite al Río Grande». Pasaba por el límite norte entre Melegís y El Chite, marcando el confín del término.

💧 ACEQUIA 8 — La Acequia Antigua (destruida por Juan López el Viejo).

Sin nombre propio. Pero con historia negra.

Era una acequia antigua junto a una huerta del cristiano viejo Juan López el Viejo. Antes de que llegara el juez Machuca, López la había destruido plantando árboles en su cauce: «rompido una acequia antigua [...] puso unos árboles en ella, metiéndola hacia la parte de su hacienda».

Su excusa: «la dicha acequia era de un morisco, y este la dejó porque se trajese por allí el agua de los Arcos, y como perpetuamente no venía agua por ella, puso unos árboles en ella por ser de ningún provecho».

El juez tomó posesión en nombre del rey. Un canal de temporada eliminado por codicia. Desaparecida. 🌳

🏞️ LAS ACEQUIAS DE RESTÁBAL — Cinco principales y dos de alberca.

«Ay en el dicho lugar e su término çinco açequias prinçipales, con que se riegan las dichas heredades.»

Cinco acequias principales. Más dos pequeñas de alberca. Un total de siete sistemas de agua en un pueblo de sesenta y cinco casas. 💧

💧 ACEQUIAS 1 y 2 — Las dos del Río Grande (Dúrcal).

«Las dos de ellas se toman del Río Grande, que viene de Concha, e pasa por bajo de Restábal, y estas se toman en el término del lugar de Lojuela.»

Dos tomas distintas del mismo Río Dúrcal, ambas en término ajeno —Lojuela—. Que Restábal dependiera del buen entendimiento con Lojuela para tener agua es un dato crucial: el alzamiento de 1568 rompió ese equilibrio porque Lojuela también quedó despoblada.

En el Repartimiento aparecen como Acequia de los Mesones y Acequia Alta —los dos grandes canales transversales del término—.

Vivas hoy bajo distintos nombres en la Comunidad de Regantes de Restábal. 🌊

💧 ACEQUIAS 3, 4 y 5 — Las tres del Río de Buñuelas.

«Las otras tres se toman de un río pequeño, que viene de Buñuelas, el cual algunas veces no trae agua en verano.»

Tres tomas del río serrano de Buñuelas. El problema fundamental: en años de sequía ese río se secaba y tres de las cinco acequias principales de Restábal se quedaban sin caudal.

Y tras el alzamiento, el Apeo añade su evaluación económica sin rodeos: «es muy costoso el reparo dellas, que heran menester çiento e çincuenta ducados, poco más o menos». Cuatro años de guerra habían destrozado las infraestructuras. Los moriscos que las mantenían estaban en Castilla. Y los repobladores aún no habían llegado. 🔨

💧 ACEQUIA 6 — La Acequia de los Mesones ⭐.

La más citada en todo el Repartimiento de Restábal. Decenas de suertes la usan como lindero. Su nombre —de los Mesones— evoca una posada junto al camino real que conectaba Restábal con Saleres y el camino de Motril.

Era la espina dorsal del riego de Restábal: la que más pagos irrigaba, la que más moriscos habían tenido a ambos lados. 🌊.

💧 ACEQUIA 7 — La Acequia Alta (que viene de Saleres) ⭐ VIVA HOY.

«El Pago Porçima del Açequia Alta que biene de Saleres».

Discurría por la parte más alta del término, irrigando viñas, olivares y morales de ladera. Venía desde el término de Saleres.

Viva hoy: la Comunidad de Regantes de Restábal gestiona actualmente una acequia llamada La Baja —que corresponde al canal inferior— y otra denominada Nuevos Regadíos que amplió el sistema histórico. La Acequia Alta del Apeo sobrevive en la red actual. ⭐.

💧 ACEQUIA 8 — La Acequia del Manil.

«La Açequia del Manil». Irrigaba específicamente el Pago del Manil, uno de los más productivos de Restábal, con haças de olivar, morales e higueras.

💧 ACEQUIA 9 — La Acequia del Torrente (Restábal).

«La Acequia del Torrente y de Baleriano Machuca». Discurría junto al Río Torrente, irrigando los pagos más bajos y orientales del término, en la zona colindante con Melegís.

💧 ACEQUIA 10 — La Acequia que viene de Barrancos.

«El Açequia que biene de Barrancos». Venía de un barranco serrano, irrigaba el extremo sur del término de Restábal.

💧 ACEQUIA 11 — La Acequia de las Cañadas ⭐ VIVA HOY.

Aparece en el Repartimiento de Restábal de forma explícita: «cara de la Venta del Rio dos pies de morales con un bancal de tierra linde con Ysavel Marquez y el Açequia de las Cañadas».

El Pago de las Cañadas y su acequia son una constante en el Repartimiento: docenas de suertes tienen haças en ese pago, con sus morales, olivos e higueras. La acequia que lo regaba era suficientemente importante como para dar nombre al pago entero.

Viva hoy con ese mismo nombre: la Comunidad de Regantes de Restábal gestiona actualmente la acequia Las Cañadas como una de sus históricas. Un nombre que el escribano anotó en 1572 y que los regantes de Restábal siguen pronunciando hoy. 🌿.

💧 ACEQUIA 12 — La Acequia Cara La Venta ⭐ VIVA HOY.

En el Repartimiento de Restábal aparece repetidamente la expresión «de cara de la Venta» o «frontero de la Venta del Río» para identificar tierras situadas frente a la Venta del Río —una posada o punto de referencia junto al Río Grande, en el camino a Melegís—.

Hay haças «de cara de la Venta con un pedazo de tierra con un álamo linde con el Río Grande y el camino que va a Melegís». Hay morales «cara de la Venta del Rio». Hay olivares «en el Pago de la Venta». La Venta del Río era el punto de referencia del extremo sur del término de Restábal.

La acequia que regaba ese paraje conserva hoy su nombre histórico exacto: la Comunidad de Regantes de Restábal gestiona actualmente la Acequia Cara La Venta —el mismo nombre que usaba el escribano en 1572, quinientos años de continuidad nominal perfecta—. 🎯

💧 ACEQUIA 13 — La Acequia de la Lauda / Pago de la Lauda ⭐ VIVA HOY.

El Pago de la Lauda —«el Trançe de la Lauda» en el Repartimiento— es otro de los pagos más mencionados en las suertes de Restábal, con abundantes olivos, morales, viñas y tierras de secano y riego.

Vivo hoy: la Comunidad de Regantes de Restábal gestiona actualmente el sistema de riego del Pago de Alos con nombre explícito, y la propia comunidad incluye entre sus acequias históricas La Lauda —mismo nombre que el Apeo registra en 1572—. 🌾

💧 ACEQUIAS 14 y 15 — Las dos Albercas (Pago de Alos y Pago de Arnilas).

«Hay otras dos açequias pequeñas en el Pago de Alos y en el Pago de Arnilas, son de poca agua, e por esta causa se recoge el agua de ellas en dos albercas [...] e algunos años no tienen ninguna agua.»

Cada alberca con sus propietarios y derechos de agua específicos: «cada uno tenía en ellas su noche o día de agua conocida». En años de sequía, ni eso.

El Pago de Alos vive hoy: la Comunidad de Regantes gestiona el sistema de riego de Alos con ese nombre exacto, uno de los más antiguos y mejor conservados del término. 💧

⏰ LA MANERA DE REGAR — Un sistema de inteligencia colectiva

El Apeo no solo enumera las acequias. Compara el sistema morisco con el post-expulsión, y la diferencia es brutal:

En tiempos de moriscos (Restábal): turno por demanda libre. Cada vecino tomaba cuando quería, regaba hasta acabar, avisaba al siguiente. Flexible, basado en el conocimiento mutuo.

En tiempos de moriscos (Melegís): más sofisticado. Cada finca tenía vinculada una cantidad de agua vendible separadamente de la tierra. Rotación día/noche semanal. Los viernes reservados para quienes tuvieran título escrito.

Tras la expulsión (Melegís, 1572): el sistema colapsó. Machuca simplificó: seis vecinos por día, todos iguales, rotativos. El agua democratizada por el caos.

El problema irresoluto (Restábal, 1572): «al presente no tienen orden en el regar». Las acequias rotas. Ciento cincuenta ducados para repararlas. Sin moriscos que las mantuvieran. El sistema hidráulico al borde del colapso. ⚖️

🛁 LA ACEQUIA QUE VA AL BAÑO — El dato más íntimo.

Entre todos los linderos del Repartimiento de Restábal aparece una acequia con el nombre más sorprendente:

«El Açequia que ba al Baño.»

El canal que alimentaba un hammam —un baño público islámico— en Restábal. Los baños eran infraestructuras comunitarias fundamentales: higiene y ritual de purificación. El Apeo menciona su acequia como algo obvio. El baño ya no existía —los hammam fueron destruidos tras la conquista castellana—, pero su acequia seguía ahí, marcando en el paisaje el lugar donde hubo una civilización.

Una dirección a un edificio demolido. Un GPS del siglo XVI apuntando a la ruina de un mundo. 🕌.

🚰 LA CONTINUIDAD VIVA — Lo que nos revela el siglo XXI.

Y aquí llega lo más asombroso de todo.

En 2026, en Restábal, existe la Comunidad de Regantes Pozo de la Sierra, presidida por Juan Antonio Palomino desde su fundación en 1982. Su logro: conseguir que todo el término municipal de El Valle —Restábal, Melegís y Saleres— sea zona de regadío, alcanzando un 90% de riego localizado por goteo en 2015.

Y el mismo Juan Antonio Palomino ejerce como Vicepresidente de la Comunidad de Regantes de Restábal, que gestiona las acequias históricas del término abarcando los pueblos de Saleres, Melegís y Murchas.

Las acequias que gestiona esa comunidad son:

Acequia actual y

Referencia en el Apeo de 1572.

El Burgo:

«Acequia Principal del Burgo» — mojonera de Melegís.

Las Cañadas:

«Açequia de las Cañadas» — Repartimiento de Restábal.

Alos:

«Pago de Alos con su alberca» — Apeo de Restábal.

La Lauda:

«Trançe de la Lauda» — Repartimiento de Restábal.

La Baja:

Acequia inferior del sistema del Río Grande.

Nuevos Regadíos:

Ampliación moderna del sistema histórico.

Acequia Cara La Venta:

«de cara de la Venta del Río» — Repartimiento de Restábal.

Cinco de siete acequias actuales tienen nombre idéntico o directamente derivado del que aparece en el Apeo de 1572. El escribano que tomó nota en marzo de 1572 estaba anotando nombres que seguimos pronunciando hoy. 📜


🔍 BALANCE FINAL — Las que viven y las que se perdieron:

✅ Acequia de los Arcos — VIVA. Comunidad de regantes activa. Presa en el Río Dúrcal funcionando. Nombre histórico intacto.

✅ Acequia del Burgo — VIVA. Gestionada por la Comunidad de Regantes de Restábal con ese nombre exacto.

✅ Las Cañadas — VIVA. Nombre idéntico al del Apeo de 1572.

✅ Alos — VIVO. Sistema de riego con alberca, nombre idéntico al del Apeo.

✅ La Lauda — VIVA. Nombre idéntico al del Repartimiento.

✅ Acequia Cara La Venta — VIVA. Quinientos años de continuidad nominal perfecta.

✅ La Baja / Nuevos Regadíos — VIVAS. Acequias activas del sistema del Río Grande.

⚠️ Acequia del Manil, Acequia del Torrente — INCIERTAS. Probablemente activas bajo denominación distinta.

❌ Acequia de Façalquería — DESAPARECIDA. La fuente de Murchas fue incorporada al suministro municipal.

❌ Acequia que va al Baño — DESAPARECIDA. El hammam fue destruido siglos atrás.

❌ Acequia Antigua (destruida por Juan López el Viejo) — DESAPARECIDA desde el siglo XVI.

🔴 El gran impacto moderno: el Embalse de Béznar (1985) alteró la hidrología del bajo Valle de Lecrín. Y paradójicamente, desde 1982 la gestión moderna del riego por goteo ha extendido el regadío a zonas que en el siglo XVI eran de secano —los «Nuevos Regadíos»—. El agua nazarí se modernizó sin perderse. 🏗️


🔚 EPÍLOGO: EL AGUA ES MUY FRÍA... PERO A VECES PUEDE SER MUY CALIENTE

«El agua constituye un recurso valioso e irrenunciable para las poblaciones del Valle, su jurisdicción y uso están muy bien definidos, pues como los labradores dicen: 'el agua es muy fría, pero a veces puede ser muy caliente'.»

El refrán lo dice todo.

Y los que construyeron las acequias —los nazaríes, los andalusíes, los beréberes que llegaron siglos antes— lo sabían mejor que nadie. Porque ellos fueron los que miraron el Río Dúrcal desde la ladera y dijeron: esa agua puede subir.

Y la subieron. Y algunos de sus canales siguen llevando el agua hoy, quinientos años después de que el escribano Antonio Pérez de Badajoz los describiese folio a folio.

Y hoy Juan Antonio Palomino, presidente de la Comunidad de Regantes Pozo de la Sierra, gestiona esas mismas aguas. El hilo no se ha roto. 💧🌿

Fuente histórica: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006 / Digibug 2022. 

Fuente contemporánea: Artículo sobre Juan Antonio Palomino, Comunidad de Regantes Pozo de la Sierra de Restábal y Comunidad de Regantes de Restábal, Saleres, Melegís y Murchas.

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