💧 La Fuente de la Alcuilla en tiempos moriscos
Relato ambientado en el siglo XVI
Mucho antes de que el silencio de la tarde cubriera las calles de Melegís, cuando aún resonaban en el valle las lenguas y costumbres de Al-Ándalus, el agua era el verdadero tesoro de la tierra.
Desde las laderas del Valle de Lecrín, las acequias bajaban serpenteando entre huertos de naranjos, higueras y morales. El agua viajaba lentamente por canales de tierra y piedra, guiada por manos sabias que sabían cuándo abrir una compuerta y cuándo cerrarla.
Al llegar al corazón del pequeño pueblo, el agua encontraba reposo en una fuente humilde: la Fuente de la Alcuilla.
Aquel lugar era más que una simple fuente. Era un punto de vida.
Al amanecer, cuando el sol apenas tocaba las cumbres de Sierra Nevada, las mujeres moriscas bajaban con sus cántaros de barro. Sus vestidos largos rozaban el suelo mientras el murmullo del agua llenaba el aire fresco de la mañana.
—El agua viene buena hoy —decía una anciana, probándola con la palma de la mano.
Los niños jugaban alrededor de la pila, chapoteando sin miedo a las regañinas. Cerca, un campesino detenía su burro para que bebiera antes de subir a los bancales.
El agua que brotaba de la Alcuilla no solo calmaba la sed. Sostenía la vida del pueblo.
De ella dependían los huertos que cubrían el valle, los pequeños campos de trigo, los árboles frutales que perfumaban el aire en primavera.
Los hombres del lugar cuidaban las acequias con respeto. Sabían que el agua era un regalo frágil. Cada gota que llegaba a la fuente había recorrido un largo camino por la montaña.
Al caer la tarde, cuando el cielo del valle se teñía de oro y violeta, la fuente volvía a quedar en silencio. Solo el sonido del agua seguía cayendo, constante, eterno.
Quizá por eso el lugar recibió aquel nombre antiguo, Alcuilla, palabra heredada del árabe que evocaba depósitos y pequeños refugios de agua.
Los siglos pasaron. Cambiaron las gentes, cambiaron las casas, cambiaron las costumbres.
Pero el agua siguió brotando en aquel rincón del pueblo.
Como si la tierra recordara todavía las manos moriscas que un día guiaron su camino hasta la fuente. 💧
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