Esta es una carta que bien podría haber sido escrita en 1574, tres años después de la llegada de los primeros colonos. Imagina a un hombre llamado Juan, que dejó su Jaén natal para asentarse en las tierras de Melegís, intentando dar esperanza a su familia mientras relata la cruda realidad del Valle.
✉️ Carta desde el Valle de la Alegría
Lugar: Alquería de Melegís, Reino de Granada.
Fecha: 12 de octubre del Año del Señor de 1574.
A mis muy queridos padres y hermanos en las tierras de Martos,
Espero que al recibo de esta os encontréis con salud, que es el único tesoro que no nos pueden quitar ni los impuestos ni las guerras. Yo, por la gracia de Dios, sigo en pie, aunque con el cuerpo más curtido por este sol de Granada y las manos callosas de pelear con una tierra que, aunque hermosa, parece llorar todavía por sus antiguos dueños.
Sabed que por fin nos han dado la escritura de nuestra "suerte". Nos han correspondido una casa de muros gruesos y frescos, cerca de la acequia, y tres fanegas de tierra. Pero no creáis que esto ha sido un regalo del Rey, nuestro señor. La casa estaba sin techumbre y con las paredes renegridas por los fuegos de la rebelión. He tenido que levantarla yo mismo, piedra a piedra, mientras vigilaba de reojo los montes, pues dicen que todavía quedan algunos monfíes escondidos en las cumbres de la Sierra, bajando de noche a robar lo poco que tenemos.
Lo más difícil, padre, es el agua. Aquí el agua no viene del cielo como allá, sino por unos canales que llaman acequias. Es un laberinto de hilos de agua que los moriscos dejaron tejido. Si no sabes cuándo abrir la compuerta o cómo limpiar el barro, el vecino se queda con todo y tu huerto se muere en un día. He tenido que hacerme amigo de un viejo que se quedó, uno de los pocos autorizados, para que me enseñe los secretos de los naranjos y las moreras.
¡Si vieseis qué frutos dan estas tierras! Son tan dulces que parecen miel, pero requieren más mimos que un recién nacido.
El hambre nos rondó el primer invierno. Los censos que nos pide la Corona son pesados y el diezmo de la Iglesia no perdona. Muchos de los que vinieron conmigo de Córdoba ya se han vuelto, dejando las tierras baldías, pues no aguantan la soledad de estos pueblos.
Éramos cien y ahora apenas somos treinta vecinos. Pero yo no me rindo. He plantado algo de trigo en el secano y espero que los olivos nos den aceite suficiente para pagar las deudas este año.
Extraño las plazas abiertas y las calles anchas de nuestra Jaén. Aquí todo es angosto, las calles parecen trincheras y el silencio de la tarde, cuando el viento baja de la nieve, a veces hiela el alma. Pero tengo fe en que este "Valle de la Alegría", como lo llamaban ellos, haga honor a su nombre para mis hijos.
No dejéis de escribirme con el primer arriero que suba hacia Granada. Decidle a mi madre que guardo su crucifijo sobre el dintel de la puerta para que bendiga esta casa que ahora es nuestra.
Con todo mi amor y respeto, vuestro hijo que os echa de menos,
Juan López

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