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| Julia González Chávez de Ízbor |
🕊️ La sombra de la guerra y un padre ausente.
La vida de Julia comenzó con una herida profunda. Apenas tenía un año y medio cuando la Guerra Civil le arrebató a su padre; "se lo quitaron", dice con la sencillez de quien ha convivido con el vacío toda una vida.
Se crió en un hogar de mujeres —su madre, su tía y su abuela—, siendo una niña "mimadilla" entre tanta precariedad, protegida por el cariño de unos tíos que no tenían hijos propios.
El destino la obligó a conocer el exilio siendo casi un bebé. A las tres de la tarde de un día cualquiera, su familia y otras del pueblo fueron expulsadas, emprendiendo un penoso camino río abajo hacia Vélez, Málaga y Órgiva.
Al regresar, las "calamidades" y el hambre las esperaban. Julia recuerda con ternura cómo su tía guardaba un turroncito de azúcar para repartirlo entre los niños día tras día, o cómo ella misma iba a pedir "una mica de harina" a los vecinos para que su madre hiciera unas gachas o migas con las que engañar al estómago.
🏪 La niña de la tienda y la maestra generosa.
Julia no tuvo una infancia de juegos, sino de responsabilidad. Su madre montó una pequeña tienda con apenas lo básico: un kilo de arroz y otro de azúcar.
Con menos de ocho años, Julia ya se ponía tras el mostrador para vender mientras su madre salía a buscar suministros.
Su educación fue un acto de rebeldía contra la ignorancia. Como tenía que trabajar en la tienda, la maestra del pueblo la llamaba fuera de horas: "Julia, cuando venga tu madre, vente que yo te daré la lección". Así, entre pesas y medidas, Julia aprendió lo necesario para su "apaño" en la vida.
🌿 Las mujeres de Ízbor: Esencia de romero y tierra.
El relato de Julia es también el de todas las mujeres de Ízbor, un pueblo que entonces carecía de luz, agua o servicios.
Ellas eran el motor de una economía de supervivencia:
Trabajos extenuantes: Trabajaban en la aceituna, la almendra, arrancando esparto y segando lino o garbanzos.
La rebusca y el monte: Iban hasta las Albuñuelas para "rebuscar" almendras o subían a los secanares a por romero.
Oficios olvidados: Julia describe cómo las mujeres traían el romero en sus faldas ("fardas") para cocerlo en grandes calderas y extraer la esencia, un trabajo invisible que perfumaba la miseria del valle.
🏔️ Un legado de voluntad.
Julia mira hoy las calles de su pueblo y las ve como la "Gran Vía de Granada" comparado con la dureza de su niñez.
Su madre, una mujer que trabajó "mucho trabajo", le dejó la mejor herencia: la capacidad de resistir.
Julia es el eco de un Ízbor que sobrevivió gracias a la unión de sus vecinas y a esa "voluntad" que, como dicen sus versos, a veces es lo único que nos pertenece.
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HOMENAJE A JULIA GONZÁLEZ CHÁVEZ:
🌿 Julia González Chávez: La Esencia que el Viento de Ízbor no podrá Borrar 🏔️.
Julia fue, ante todo, la guardiana de una memoria que comenzó con el silencio de un padre ausente y el fragor de una guerra que la empujó al exilio siendo casi un bebé.
Su historia no se escribió con lujos, sino con el peso de la responsabilidad de una niña que, con apenas ocho años, ya custodiaba una tienda de un kilo de arroz y otro de azúcar mientras su madre se entregaba al duro trabajo del campo.
La dulzura en tiempos de "calamidad".
Recordaremos siempre su relato sobre aquel turroncito de azúcar que su tía guardaba como un tesoro para repartir entre los niños, o la humildad con la que pedía "una mica de harina" a los vecinos para que en su casa no faltaran unas gachas.
Julia fue la alumna aventajada de una maestra generosa que la esperaba fuera de horas para que el trabajo no le robara el derecho al saber.
El perfume de la resistencia Ella puso voz a las mujeres de Ízbor, aquellas que recolectaban romero en los secanares y lo cocían en grandes calderas para extraer una esencia que hoy se confunde con su propio legado.
Julia nos enseñó que, aunque no hubiera luz ni agua corriente en las calles, la verdadera claridad nacía de la unión vecinal y de una voluntad que, como ella misma recitaba, es lo único que nos pertenece de verdad cuando todo lo demás se va.
Un adiós que es semilla.
Si hoy Julia ya descansa, lo hace bajo el mismo cielo que la vio resistir, dejando tras de sí el ejemplo de una mujer que supo transformar la "miseria" en una lección de dignidad.
Sus palabras y su rostro, surcados por el tiempo pero iluminados por su fuerza, quedan registrados para la posteridad como el alma misma del Valle de Lecrín.
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