🕊️ Restábal después de los moriscos: del Libro de Habices a la pila bautismal.
09 julio 2026
Del libro de Habices y Apeo de Restábal a la pila bautismal
🕊️ Restábal después de los moriscos: del Libro de Habices a la pila bautismal.
26 junio 2026
El Pozo y el aljibe de Melegís
💧 EL POZO Y EL ALJIBE DE MELEGÍS: DOS INFRAESTRUCTURAS QUE EL APEO NO VIO PERO QUE EXISTIERON
Lo que el Libro de Habices de 1502 guarda y el Libro de Apeo de 1572 no menciona: la memoria del agua almacenada en la alquería morisca
Hay documentos que se complementan como las dos caras de una moneda.
El Libro de Habices de Melegís de 1502 y el Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís de 1572 describen el mismo pueblo con setenta años de diferencia. Pero no describen lo mismo. El primero mira hacia adentro: los bienes que la comunidad musulmana había consagrado a sus necesidades colectivas. El segundo mira hacia afuera: lo que la Corona iba a confiscar y repartir.
Por eso el Apeo habla de tierras, árboles y molinos, y el Libro de Habices habla de pozos y aljibes.
Dos infraestructuras del agua que el catastro de 1572 ignoró porque no podían confiscarse ni tasarse —el agua de un pozo no tiene dueño individual, no puede ponerse en una escritura de compraventa— pero que habían sido, durante generaciones, tan esenciales para Melegís como sus morales o sus acequias. 🔍
📜 LO QUE EL LIBRO DE HABICES REVELA — Dos puntos de agua distintos
El Libro de Habices de Melegís, redactado en 1502 por el alguacil Hernando Achraz ante el escribano Francisco Ortiz, contiene algo que no aparece en ningún otro documento anterior sobre esta alquería del Valle de Lecrín: la enumeración de bienes piadosos destinados específicamente a dos puntos de agua diferenciados.
No uno. Dos.
El documento los separa con absoluta claridad:
«Habices del Pozo» — con sus propiedades en el Pago de Fandac y en el Pago del Fondón, más dos aceitunos en el Pago del Nudar y dos morales en el Pago del Orda.
«Habices del Aljibe» — con una tierra de un marjal en el Pago del Diar, con dos aceitunos y un moral plantados en ella, lindando con un osario —un cementerio islámico—.
Pozo y aljibe. Dos palabras. Dos infraestructuras. Dos sistemas de agua con lógicas completamente distintas. Y dos conjuntos de bienes piadosos destinados a mantenerlos por separado.
Este detalle es fundamental: en la sociedad islámica medieval, los bienes habices se destinaban a necesidades reales y específicas. No se donaba una tierra genéricamente «para el agua»: se donaba para el pozo, o para el aljibe. Si hay habices del pozo y habices del aljibe, es porque ambos existían, funcionaban, y tenían necesidades de mantenimiento propias y diferenciadas. 🏺
🏺 EL POZO — El agua viva, profunda y cotidiana
En árabe, el pozo se llama بئر (bi'r). Y el Libro de Habices de Melegís de 1502 lo identifica con ese mismo término arabizado en el nombre de un personaje que aparece como lindero en las tierras del alfaquí: «el Bir». Un vecino cuyo apodo era literalmente el Pozo, o que vivía junto a él, o que lo cuidaba. Un hombre cuya identidad quedó soldada a ese punto de agua hasta el punto de que ya no se sabía si él tenía nombre propio. Era el Bir. El del pozo.
¿Dónde estaba ese pozo?
El Libro de Habices lo sitúa indirectamente a través de los pagos donde tenían tierras sus habices. Las propiedades destinadas a su mantenimiento se encontraban en el Pago de Fandac —término arabizado que significa literalmente foso o zanja, del árabe al-jandaq (الخندق)— y en el Pago del Fondón. También en el Pago del Nudar y en el Pago del Orda.
El Pago del Handac o Fandac, el del foso, aparece también en el Apeo de 1572 con ese mismo nombre. Era uno de los pagos de riego de Melegís, situado probablemente en la zona media del término, entre el casco urbano y el Río Torrente. Un pago con nombre árabe que describía su topografía: un terreno con una depresión, un canal, quizás el borde de una acequia importante. Y en ese pago, o junto a él, estaba el pozo.
¿Qué tipo de pozo? En las alquerías nazaríes del Valle de Lecrín, los pozos no eran simples excavaciones en la tierra. Eran obras de mampostería cuidadosamente construidas, con brocal de piedra o de ladrillo, impermeabilizadas con cal hidráulica en sus paredes interiores para evitar la filtración de aguas superficiales y garantizar la pureza del agua. Tenían profundidad suficiente para alcanzar el nivel freático —el agua subterránea— y debían mantenerse limpios y en buen estado para que no se contaminaran.
Y en Melegís, ese mantenimiento tenía precio. Por eso había bienes habices destinados a pagarlo. 🪨
🏛️ EL ALJIBE — El agua guardada, reservada, estratégica
Si el pozo extraía el agua de abajo, el aljibe la guardaba desde arriba.
El aljibe —del árabe al-jubb (الجُبّ) o al-jibs (الجِبس)— era una cisterna de captación y almacenamiento de agua de lluvia o de manantial. En las alquerías islámicas del reino de Granada, el aljibe tenía una función estratégica precisa: garantizar el suministro de agua en las épocas de escasez, cuando los manantiales bajaban a un hilo o cuando la sequía amenazaba con dejar el pueblo sin agua de bebida.
No era un lujo. Era una necesidad de supervivencia.
El Libro de Habices de Melegís sitúa el aljibe en el Pago del Diar —del árabe diyār (ديار), que significa casas, moradas, barrio—. Un pago cuyo nombre indica que era el sector más habitado del casco urbano, o el barrio más antiguo, o el que estaba junto a las casas principales. Y lindando con él: un osario islámico. Un cementerio.
La imagen que compone el Libro de Habices es tan precisa como sugerente: el aljibe del agua, las dos aceitunos y el moral plantados junto a él, y al lado el cementerio de la comunidad. El agua que da vida y la tierra que guarda a los muertos, separados apenas por una pared o un camino. Una topografía de lo sagrado y lo cotidiano perfectamente entrelazada.
¿Cómo era ese aljibe? Probablemente una bóveda de cañón de mampostería sobre una cisterna impermeabilizada con cal hidráulica, similar al aljibe del Castillo de Restábal que el propio Libro de Apeo ilustra con fotografías y que ha llegado hasta nuestros días. La tecnología constructiva era la misma: bóveda de ladrillo, paredes de cal, sistema de captación de aguas pluviales a través de los tejados cercanos o de una conducción específica.
El Libro de Habices le asigna bienes propios —una tierra de un marjal con dos aceitunos y un moral— para sufragar su mantenimiento. Un marjal es poco más de quinientos metros cuadrados. La renta de esa pequeña parcela bastaba para pagar al que limpiaba el aljibe una vez al año, reparaba las grietas de la cal hidráulica, mantenía cubierta la boca para evitar la evaporación y la contaminación. 🌿
🔍 LO QUE EL APEO DE 1572 NO DICE — Y POR QUÉ
El Libro de Apeo de Melegís, redactado en febrero de 1572, no menciona el pozo. No menciona el aljibe. Ni una sola vez.
¿Habían desaparecido en los setenta años entre 1502 y 1572? No necesariamente. La razón de su ausencia en el Apeo es más simple y más reveladora: el licenciado Machuca venía a confiscar y repartir propiedades privadas. Un pozo comunal, un aljibe colectivo, no tenía dueño individual. No podía confiscarse. No podía repartirse en una suerte. No cabía en una escritura de propiedad.
El Apeo registra lo que tiene precio de mercado. El agua de un pozo comunitario no lo tiene: pertenece a todos y a ninguno, como las acequias o las eras del concejo. Por eso desaparece del documento.
Pero hay una pista extraordinaria que el Apeo sí conserva, casi sin querer. Entre los bienes de la iglesia de Melegís, en el listado de habices reconvertidos en patrimonio eclesiástico, aparece una viña con un censo perpetuo de la iglesia que el Apeo localiza en el «Camino de Ayn Alçohon».
Ayn Al-Çohon. Del árabe عين الصحون —o variante similar—. Ayn significa en árabe ojo de agua, manantial, fuente. Es el mismo término que da nombre a la ciudad andaluza de Fuengirola —Funtayna Sahl, fuente de la llanura— o al topónimo Ainsa en Aragón. Cuando el Apeo dice Camino de Ayn Alçohon, está diciendo literalmente Camino del Ojo de Agua del Çohon.
La misma fuente que en otro lugar del Apeo se llama «Fuente el Çohón» —la que movía el molino de los Campaneros—. El mismo punto de agua, nombrado en árabe cuando el escribano toma nota de la viña junto al camino, y en castellano cuando describe el molino que la fuente alimentaba.
Ayn Al-Çohon era la Fuente el Çohón. Y su nombre árabe, preservado en el Camino que llevaba hacia ella, confirma que era la referencia hídrica más importante del término: el manantial del que bebía todo el pueblo, el que movía el molino, el que articulaba la toponimia del lugar. 🌊
🗺️ ¿DÓNDE ESTABAN? — Una reconstrucción posible
Con los datos de los dos documentos cruzados, podemos intentar una reconstrucción aproximada de los puntos de agua de la alquería de Melegís:
💧 La Fuente el Çohón / Ayn Al-Çohon: el manantial principal. El que «nacía dentro del Río del Torrente» según el Apeo. El que bebía todo el pueblo. El que movía el molino de los Campaneros. Su nombre árabe —Ayn al-Çohon— era el más antiguo y el que el pueblo seguía usando en 1572, setenta años después de la conquista castellana. Probablemente en las márgenes del Río Torrente, en el extremo occidental del casco urbano.
🏺 El Pozo (Habices del Bir): situado probablemente en el Pago del Handac —el pago del foso— o en sus inmediaciones. Un pozo de extracción de agua subterránea, complementario a la fuente: para cuando la fuente bajaba poco en verano, para las abluciones religiosas, para el uso doméstico del barrio más cercano. Cuidado por habices específicos destinados a su mantenimiento desde época nazarí.
🏛️ El Aljibe (Habices del Pago del Diar): situado en el Pago del Diar, el barrio de las casas. Probablemente integrado en el conjunto de la mezquita mayor o en sus proximidades, junto al cementerio islámico que el Libro de Habices menciona como su lindero. Una cisterna de almacenamiento de agua de lluvia o de manantial, para garantizar el suministro en épocas de escasez. La reserva estratégica de la alquería.
💧 Los Albercones del Torrente: no mencionados en el Libro de Habices de 1502 —quizás por ser infraestructuras de riego más que de abastecimiento doméstico— pero bien documentados en el Apeo de 1572. Los depósitos de acumulación nocturna que permitían regar seis marjales de tierra al día. La solución técnica al problema del caudal escaso en verano.
Cuatro puntos de agua distintos. Cuatro funciones distintas. Un sistema de gestión hídrica perfectamente articulado que la alquería morisca de Melegís había desarrollado y perfeccionado durante siglos, y que el Apeo de 1572 solo captó en parte porque buscaba propiedades, no infraestructuras. 💧
⏳ LO QUE QUEDÓ — El topónimo como memoria
El pozo y el aljibe de Melegís desaparecieron de los documentos en 1572. No porque dejaran de existir necesariamente, sino porque el Apeo no tenía por qué registrarlos.
Pero el nombre sobrevivió.
El Camino de Ayn Alçohon aparece en el Apeo de 1572 como referencia topográfica en el deslinde de una viña. Setenta años después de que los Reyes Católicos conquistaran Granada, setenta años después de la conversión forzosa de los moriscos, el escribano castellano seguía anotando ese nombre árabe porque era el que todo el mundo conocía. El que los vecinos pronunciaban al hablar del camino que llevaba a la fuente.
Y hoy, en Melegís, la Fuente de la Alcuilla y el Lavadero de los Tres Caños ocupan probablemente el espacio hídrico que el Libro de Habices llamó Ayn al-Çohon. El nombre cambió —Alcuilla, también arabismo, del árabe al-quwayya, pequeño canal— pero el agua siguió naciendo en el mismo lugar.
Porque el agua no tiene historia. Tiene memoria. 🌿
🔚 EPÍLOGO: LO QUE DOS DOCUMENTOS NO PUEDEN DECIR SOLOS
Juntos, el Libro de Habices de 1502 y el Libro de Apeo de 1572 nos dan una imagen más completa de Melegís de lo que ninguno de los dos puede dar por separado.
El Libro de Habices dice: aquí había un pozo, aquí había un aljibe, y la comunidad los cuidaba con bienes propios porque eran necesarios para vivir y para rezar.
El Libro de Apeo dice: el pueblo bebe de unas fuentes que nacen dentro del Río del Torrente, y en verano traen muy poca agua, y por eso la recogen en albercones.
Los dos documentos hablan del mismo problema —el agua escasa del verano en el Valle de Lecrín— y de las mismas soluciones: almacenar, reservar, distribuir. Pero cada uno lo ve desde su propio ángulo.
Y entre los dos, separados por setenta años de historia y por la catástrofe de la expulsión morisca, queda el espacio de todo lo que se perdió y no se escribió: el nombre del hombre que limpiaba el aljibe, la familia que cuidaba el pozo, el turno que tenía cada vecino para usar el agua almacenada, el sonido del cubo bajando por la soga hasta el nivel freático en las mañanas de agosto.
El Bir. El aljibe del Diar. La Fuente el Çohón.
Tres nombres. Tres puntos de agua. Una alquería que los necesitaba todos para seguir siendo un lugar donde vivir. 💧
Fuentes: Manuel Espinar Moreno. «Habices de la alquería de Melegís del valle de Lecrín (Granada) en 1502». Homenaje al Dr. Jaafar Ben El Haj Soulami. Tetuán, 2015, pp. 206-224. M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006 / Digibug 2022.
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El Lavadero de la Calle La Fuente, con sus Tres Caños, no debe entenderse como una obra medieval conservada íntegra, sino como el resultado de una larga continuidad hidráulica. El punto de agua hunde sus raíces en la organización morisca de Melegís, documentada ya en los habices de 1502 —donde aparecen bienes destinados al pozo y al aljibe— y en el Apeo de 1572, que afirma que el pueblo bebía de fuentes nacidas en el Río Torrente. Sin embargo, la fábrica visible actual del lavadero —pilones, piedras de lavar, dosel, cubierta y ornamentos— corresponde a reformas posteriores. Según memoria local, hasta la elevación de las piedras se lavaba de rodillas, y esa reforma se habría realizado en tiempos de la II República. Por eso, más que decir que el lavadero actual es medieval, conviene afirmar que es heredero de una cultura medieval del agua, transformada y reformada a lo largo de los siglos.
Esa es, para mí, la forma más sólida: origen hidráulico antiguo, raíz morisca, documentación desde 1502-1572, pero fábrica actual reformada en época moderna y contemporánea
LA ALCUILLA:
El nombre Alcuilla parece una forma local o popular relacionada con “alcubilla”, término de raíz andalusí que designa un arca, depósito o pequeña infraestructura de agua. El nombre, por sí solo, conserva una memoria hidráulica muy antigua.
07 junio 2026
Como era una casa morisca en Melegís y Restábal
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| Casa morisca |
🏡 CÓMO ERA UNA CASA MORISCA EN MELEGÍS Y RESTÁBAL
Paredes encaladas, naranjos en el patio, palomares en el tejado y el olor del pan en el horno del barrio bajo: arquitectura cotidiana del Valle de Lecrín en el siglo XVI
Cuando el licenciado Jusepe Machuca entró en Melegís el 10 de febrero de 1572 y comenzó a tomar posesión de las casas moriscas en nombre del rey, lo que encontró no era una ciudad en ruinas ni un poblado de chozas. Era un conjunto de viviendas de piedra y adobe, con sus patios y sus huertos, sus corrales y sus hornos, construidas a lo largo de generaciones en las laderas del Valle de Lecrín.
Algunas estaban en buen estado. Otras necesitaban reparos. Las de más allá, directamente inhabitables.
Pero todas guardaban, en sus paredes, en sus árboles, en la disposición de sus habitaciones, el rastro de una manera de vivir que había durado siglos y que en 1572 acababa de desaparecer de golpe.
El Libro de Apeo y Repartimiento las describió una a una. Esto es lo que encontró. 🔑
🏘️ EL PUEBLO — Dos barrios, una Calle Real y tres mesones
Lo primero que hay que entender es que tanto Melegís como Restábal no eran pueblos planos. Eran pueblos de ladera, construidos en pendiente, adaptados al terreno como lo estaban sus acequias y sus bancales.
Melegís tenía en tiempos de los moriscos 123 hogares —unas 500-600 personas— distribuidos en un casco urbano apretado en torno a su iglesia —levantada sobre o junto a la antigua mezquita—, con calles estrechas y empinadas que bajaban hacia el río. El Apeo menciona una Calle Real que atravesaba el lugar de norte a sur, conectándolo con el camino de Granada a Motril. Por ella pasaba «mucha gente de día e de noche», y junto a ella había tres mesones activos en tiempos de moriscos. No era un lugar aislado: era un punto de paso en una ruta comercial importante.
Restábal tenía 65 hogares —unas 260-325 personas— y el Repartimiento lo divide con claridad en dos zonas: el Barrio Alto y el Barrio Bajo. No es una división social arbitraria: es topografía. El Barrio Alto estaba literalmente más arriba en la ladera, con la Acequia Alta pasando por encima. El Barrio Bajo se extendía hacia el río, con la Calle Real que iba a la Venta del Río. Entre los dos barrios, una fuente —«por vajo de la Fuente» es referencia constante en los linderos— y el molino viejo de aceite abandonado. 🏔️
🏠 LA CASA — Cuerpos, portales y accesorias
La unidad básica de la vivienda morisca en el Valle de Lecrín no era una habitación sino un cuerpo —o querpo, en la grafía del siglo XVI—. Cada cuerpo era una sala o estancia de planta rectangular, construida de mampostería de piedra con mortero de cal, con techo de madera y teja árabe.
Una casa modesta tenía uno o dos cuerpos. Una casa media, tres o cuatro. Las más ricas del lugar —la del Madrabi, la del Alconada— tenían varias dependencias articuladas en torno a un espacio central.
La visita de casas de Restábal de 1622 —el único documento que describe el estado interior de las viviendas con cierto detalle— da pistas precisas sobre las partes de una casa:
🪟 El portal: la entrada cubierta, el primer espacio al entrar. La casa de Pedro Sánchez tenía «un querpo ques el portal por cubrir» —es decir, la entrada descubierta, sin techo todavía—.
🏠 Los aposentos o quartos: las habitaciones interiores. La casa de Fernán Ruiz necesitaba «abrir un aposento» —derribar una pared para ganar espacio—. La de Baleriano Machuca tenía «un quarto por cubrir»: una habitación sin techo terminado.
🧱 Los cimientos: la base sobre la que todo descansaba. La casa de Diego de Aragón tenía «un querpo en alverca y necesidad de reparar los cimientos». Alverca: en argamasa cruda, sin terminar.
🏗️ La accesoria: una dependencia lateral anexa a la casa principal, que podía ser almacén, establo o cuarto de servicio. Las suertes del Repartimiento de Restábal mencionan una y otra vez «una cassa con su accesoria»: la casa principal más su anejo. Algunas tienen «su accesoria al lado», otras «su accesoria detrás». Era parte estándar de la vivienda morisca. 📦
🌿 EL PATIO Y EL HUERTO — El corazón verde de la casa
Lo que más sorprende al leer las descripciones del Repartimiento de Restábal es la cantidad de árboles que vivían dentro y junto a las casas. No eran viviendas cerradas al exterior. Eran viviendas abiertas a sus árboles, con la vegetación formando parte del espacio doméstico.
La primera suerte del Repartimiento de Restábal la describe así: «Primeramente una cassa en el Barrio Alto con un naranjo dentro y un guerto a las espaldas con dos naranjos y ocho pies de limones y un cidro y un granado y un moral y un olivo».
Un naranjo dentro de la casa. No junto a la casa ni en el bancal de al lado: dentro. En el patio interior, seguramente, o en el pequeño espacio entre las dependencias. La casa morisca era permeable a la naturaleza. El árbol entraba en la vivienda. 🍊
Otra suerte: «una cassa en el Barrio Alto con una parra a la puerta y un limón». Una parra en la puerta. La vid trepando por la fachada, dando sombra a la entrada, filtrando la luz del verano mediterráneo. El Barrio Alto de Restábal debía de ser, en tiempos de los moriscos, un conjunto de paredes blancas con parras en las puertas, naranjos asomando por encima de las tapias y el olor del limón flotando en el aire caliente del Valle.
El huerto a las espaldas era la extensión natural de la casa: el espacio entre la pared trasera y el bancal siguiente, donde se cultivaban los árboles frutales de consumo doméstico. Limones, naranjos, cidros, granados, duraznos, peras, membrillos, cerezos. La casa de María de Chaves en Melegís tenía «un huerto pequeño a las espaldas de la dicha casa, con tres limoneros y un cerezo». Un huerto modesto, de uso familiar, que ella misma arrendaba al morisco Juan el Herrero por sesenta maravedíes al año. 🍋
🕊️ LOS PALOMARES — El lujo del barrio
Entre todas las dependencias de las casas moriscas, los palomares son la que más asombra por su frecuencia en el Repartimiento de Restábal.
Juliana López tenía «una casa con dos palomares en el dicho lugar de Restábal», comprada en 1542. La casa de una de las suertes del Repartimiento tiene su palomar incorporado. El palomar aparece en al menos tres propiedades distintas del lugar.
¿Por qué palomares? Los palomares no eran ornamentales. Eran parte de la economía doméstica: las palomas proporcionaban carne fresca, huevos y —fundamentalmente— estiércol de paloma, el abono más rico y apreciado para los cultivos de regadío. Un palomar activo era una pequeña fábrica de fertilizante que enriquecía los bancales colindantes.
En el urbanismo morisco del Valle de Lecrín, el palomar era también una señal de estatus: quien tenía palomar en su casa era alguien con terrenos suficientes para aprovechar el abono y con recursos para mantener las aves. Las casas con dos palomares —como la de Juliana López— eran propiedades de cierta envergadura. 🕊️
🔥 LOS HORNOS — El corazón productivo del barrio
Cada pueblo morisco tenía sus hornos de cocer pan, y Melegís y Restábal no eran excepción. Pero lo que el Apeo revela sobre estos hornos va mucho más allá de la simple panadería.
En Melegís: dos hornos, propiedad de la Iglesia, arrendados en censo perpetuo. La mitad los tenía la familia Madrabi-Valles. No eran solo hornos de pan: eran también los hornos donde se quemaba la leña para el aceite y donde los vecinos cocían sus tinajas. Los tenían arrendados Martín de Loxa y Bernabé de Málaga, moriscos, que pagaban veinte ducados al año. Una renta importante que indica cuánto movían estos hornos.
En Restábal: también dos hornos, también de la Iglesia, también arrendados en censo perpetuo. El Barrio tenía su horno en el Barrio Bajo —«el que está sano», describe el Apeo—, junto al camino principal. El otro estaba en el Barrio Alto, pero en 1572 «está quemado»: los moriscos rebeldes o los propios vecinos que huían lo habían incendiado.
El horno del Barrio Bajo lo tenía Martín de Loxa, morisco. El del Barrio Alto, Zacarías el Moclín y Miguel el Forax.
La lógica de la ubicación es clara: un horno por barrio. Los vecinos del Barrio Alto no bajaban al Barrio Bajo a cocer su pan —las cuestas del Valle de Lecrín no lo invitaban—. Cada barrio tenía su propio horno, su propio calor, su propio olor matinal de pan recién cocido subiendo por las calles estrechas. 🍞
La poya —el pago en especie por usar el horno— era parte fundamental del negocio: cada vecino que cocía dejaba una parte de su masa al hornero como precio del servicio. En tiempos del Madrabi y Valles, «se partían las harmas e poyas hasta la ceniza»: se repartían los ingresos del horno literalmente hasta el último centavo, incluyendo la venta de la ceniza como subproducto.
⚙️ EL MOLINO — La gran infraestructura colectiva
Melegís tenía un molino de pan en la Fuente el Çohón. No era de un particular: era de los moriscos llamados los Campaneros, una familia entera identificada por ese apodo —posiblemente por vivir cerca de la torre y sus campanas—. En 1572 «al presente y muchos días ha no muele, y está muy mal reparado». El abandono del alzamiento lo había dejado parado.
Restábal tenía un molino de aceite —propiedad real tras la confiscación— que en 1572 estaba «caído y quemado», sin más que el solar. Y también un molino de pan que en el Repartimiento aparece como referencia topográfica constante: «detrás del Molino del pan deste lugar», «junto al Molino Viejo de aceite». Dos molinos en un pueblo de sesenta y cinco casas. La molienda era el corazón industrial de la vida morisca. 🏭
🕌 LA TORRE Y LA CALAHORRA — Los vértices del espacio urbano.
En Restábal, la topografía urbana giraba en torno a dos puntos fijos: la torre de la iglesia y la Calahorra.
La torre —probablemente el minarete de la antigua mezquita reconvertida en campanario— aparece como lindero fundamental en las casas del Barrio Bajo: la casa del padre Pedro de Aragón lindaba con «la torre del dicho lugar». La torre era el eje visual y simbólico del casco urbano. Se veía desde todos los bancales del término.
La Calahorra —término árabe para torre defensiva, al-qal'a— aparece en los linderos de la casa que Juan de Alconada compró para su capellanía: lindaba «de la Calahorra, la casa torre de Alonso de la Torre, alguacil». Una casa-torre. Un edificio con función defensiva que pertenecía al alguacil del lugar. El poder y la seguridad encarnados en un edificio. 🏰
🌙 EL MACABER Y LA RÁBITA — La huella del pasado islámico
El Apeo de Restábal registra dos elementos del urbanismo islámico que los moriscos habían preservado y que en 1572 quedaban como huellas de lo que había sido:
🪦 Un macaber por abrir: el cementerio islámico fuera del casco urbano, en el Pago de Almoxar. «Un macaber, por abrir, e solar de rábita». Macaber: del árabe maqbara, cementerio. Por abrir: no excavado, todavía intacto. Las tumbas de los antepasados, que nadie había perturbado todavía.
🕌 El solar de la rábita: la pequeña mezquita rural —del árabe ribāṭ, puesto de frontera o ermita— que había existido en ese pago antes de la conversión forzosa. En 1572 solo quedaba el solar. El edificio había desaparecido décadas antes, convertido en tierra de cultivo o en ruina.
En Melegís, el Apeo registra varias propiedades que habían sido macaberes —cementerios islámicos— y que los cristianos viejos habían transformado en viñas o huertas: Francisco de Valles tenía «una horteçilla [...] que fue macaber donde los moros se enterraban», con perales y albaricoques. Juan de Alconada tenía «una huerta que hadido honsario de moros junto a la iglesia» dotada con siete olivos. Los muertos de generaciones de moriscos, cultivados por quienes llegaron después. 🌱
🌆 EL ESTADO EN 1572 — El antes y el después
El contraste entre lo que fue y lo que encontró el juez Machuca es uno de los datos más impactantes del Libro de Apeo:
Melegís antes del alzamiento: 123 hogares —500-600 personas—, tres mesones activos, dos hornos funcionando, un molino, la iglesia en uso, los huertos cuidados, los árboles podados y regados.
Melegís en febrero de 1572: «40 viviendas pueden habitarse pues son buenas y están en perfecto estado; otras 40 necesitan reparos medianos; y otras 40 están inhabitables y en muy mal estado». La iglesia, «quemada, solamente las paredes están enhiestas». Los árboles frutales, «se han secado por falta de riego». El molino, parado.
Restábal antes del alzamiento: 65 hogares —260-325 personas—, dos hornos, molino de aceite, acequias en funcionamiento, Barrio Alto y Barrio Bajo habitados, casas con palomares y naranjos en los patios.
Restábal en 1572: «todas las casas del dicho lugar están parte dellas caídas, e casi todas, e quemadas, e destruidas, e no hay ninguna que se pueda habitar sino es reparándola». El molino de aceite, «caído e quemado, no tiene más que el solar». Las acequias, rotas, con ciento cincuenta ducados de reparación pendientes.
Y sin embargo: las paredes seguían en pie. Los cimientos aguantaban. Los naranjos dentro de los patios, abandonados durante dos años, seguían vivos. Los limoneros junto a las puertas seguían dando limones aunque nadie los recogiera.
La casa morisca del Valle de Lecrín estaba construida para durar. Y duró. 🏡
🔚 EPÍLOGO: LAS PAREDES QUE QUEDARON
En enero de 1622 —cincuenta años después del Apeo de Machuca—, el Concejo de Restábal nombró al albañil Agustín Aguilera y a Pedro Ruiz como veedores para hacer la visita de casas del lugar. Recorrieron el pueblo una a una y anotaron lo que encontraron:
La casa de Fernán Ruiz: «tiene necesidad de reparo y abrir un aposento y aderezar el tejado».
La casa de Pedro Sánchez: «tiene un querpo ques el portal por cubrir».
La casa de Baleriano Machuca: «tiene un quarto por cubrir».
La casa de Diego de Aragón: «tiene un querpo en alverca y necesidad de reparar los cimientos».
La casa de Francisco Ruiz: «tiene dos querpos por levantar».
La parte de casa de Diego Cobo: «está toda caída y tiene necesidad de levantalla».
Cincuenta años después del alzamiento, las casas que habían sido moriscas seguían siendo las mismas casas. Con sus cuerpos, sus portales, sus accesorias. Los nuevos dueños vivían entre las paredes que otros habían levantado, dormían bajo los tejados que otros habían techado, recogían la fruta de los naranjos que otros habían plantado.
Las casas moriscas de Melegís y Restábal no desaparecieron con sus dueños. Cambiaron de nombre en los registros. Y siguieron en pie. 🌿
Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006.
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🕌 LOS CEMENTERIOS ISLÁMICOS CONVERTIDOS EN HUERTAS Y VIÑAS 🌿
Macaber, honsarios y antiguos espacios sagrados transformados en propiedad agrícola tras la conquista
Hay lugares donde la tierra guarda memoria aunque nadie la nombre.
En Melegís y Restábal, bajo algunas huertas, viñas, eras y olivares del siglo XVI, hubo antes espacios sagrados. Lugares donde los musulmanes del Valle de Lecrín enterraron a sus muertos durante generaciones. Cementerios humildes, cercanos a las alquerías, vinculados a mezquitas, rábitas, caminos y barrios. Espacios de silencio.
El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, redactado en 1572 tras la expulsión de los moriscos, los menciona con palabras antiguas: macaber, honsario, onsario.
Y esas palabras abren una puerta estremecedora.
Porque el Apeo no solo nos habla de casas, acequias, morales, olivos o viñas. También nos muestra cómo antiguos lugares de enterramiento islámico fueron convertidos, después de la conquista cristiana, en bienes agrícolas: huertas con frutales, viñas, olivares, tierras de iglesia, tierras de capellanías o espacios del concejo.
Donde hubo tumbas, crecieron árboles.
Donde hubo oración, hubo escrituras.
Donde hubo memoria, llegó el catastro. 📜
🕯️ ¿QUÉ ERA UN MACABER?
La palabra macaber procede del árabe maqbara, que significa cementerio o lugar de sepultura.
En la documentación cristiana del Reino de Granada aparece escrita de muchas formas: macaber, macáber, onsario, honsario, honsarios de moros. Todas remiten a una misma realidad: antiguos cementerios islámicos.
Tras la conquista y la conversión forzosa de los mudéjares, muchos de esos espacios dejaron de tener función funeraria. Algunos pasaron a manos de la Iglesia, otros quedaron dentro de bienes de habices, otros fueron vendidos, dados a censo o transformados en huertas, viñas y olivares.
El cambio no fue solo económico. Fue simbólico.
El territorio sagrado de una comunidad vencida se convirtió en tierra productiva dentro del nuevo orden cristiano. 🌙➡️✝️
🌾 LAS ERAS DE MELEGÍS: UN CEMENTERIO CONVERTIDO EN ESPACIO DEL CONCEJO
Uno de los casos más claros y conmovedores aparece en Melegís.
El morisco Bernabé de Baeza, anciano de ochenta años y memoria viva del pueblo, declaró ante el juez Machuca que unas eras situadas junto a las casas del lugar habían sido antiguamente macaber, es decir, lugar donde los moros se enterraban.
Aquel antiguo cementerio había dejado de ser cementerio. Con el tiempo, pasó por varias manos y acabó convertido en eras del Concejo, el lugar donde los vecinos trillaban sus panes.
El camino documental es revelador:
Primero, aquellas eras habían pertenecido a Domingo Vizcaíno, beneficiado que fue de Melegís. Después, al no aparecer herederos durante un tiempo, se dijo que el arzobispo de Granada vendió aquella hacienda. Más tarde, parte de esos bienes acabaron en manos de Francisco de Valles, cristiano viejo de Melegís, y de Alonso el Madrabi, poderoso morisco del lugar.
El propio Bernabé de Baeza explicó que el Madrabi cedió aquellas eras al Concejo porque el pueblo las necesitaba para su utilidad común. Allí trillaban los vecinos, cada uno con su suerte reconocida y amojonada.
Pero en 1572 el juez descubrió que María de Herbas, viuda de Francisco de Valles, las había sembrado de trigo.
La escena es poderosa:
Un antiguo cementerio islámico.
Convertido en eras comunales.
Sembrado luego por una viuda poderosa.
Reclamado finalmente por la Corona y el Concejo.
La tierra había pasado de los muertos a los vivos, de lo sagrado a lo agrícola, de la comunidad morisca al nuevo orden cristiano. 🌾
🌿 FRANCISCO DE VALLES Y LOS ANTIGUOS CEMENTERIOS DE MELEGÍS
El caso de Francisco de Valles, cristiano viejo y gran propietario de Melegís, permite ver con claridad cómo esos antiguos espacios funerarios se integraron en el patrimonio agrario.
Entre los bienes que su viuda María de Herbas declaró en 1572 aparecían propiedades que habían sido antiguos espacios islámicos.
Uno de los más llamativos era una horteçilla con perales y albaricoques en el Pago de Guachalhafa. Aquella horteçilla había sido antes macaber, cementerio de moros. La familia Valles la poseía desde hacía décadas. Donde antes hubo enterramientos, en el siglo XVI crecían perales, albaricoques y árboles frutales. 🍐🌸
También se menciona una viña en el Pago de la Nagva, vinculada igualmente a antiguos espacios funerarios o bienes de raíz islámica, transformados ya en propiedad útil, sujeta a censos y escrituras.
Estos datos son importantísimos porque nos enseñan que la transformación no fue inmediata ni improvisada en 1572. Venía de atrás. Desde décadas antes, los cristianos viejos de Melegís estaban comprando, tomando a censo o explotando tierras que habían pertenecido al sistema religioso y comunitario musulmán.
No era solo un cambio de dueño.
Era un cambio de sentido. 🌿
✝️ JUAN DE ALCONADA: CEMENTERIOS ISLÁMICOS DENTRO DE UNA FUNDACIÓN CRISTIANA
El caso más simbólico aparece en Restábal, con el bachiller Juan de Alconada, primer beneficiado de Restábal, vicario y visitador del Valle de Lecrín.
Cuando fundó sus capellanías en 1540, dotó la primera de ellas con un extenso patrimonio de casas, tierras, viñas, olivares, morales, huertas, molino y mesón. Entre esos bienes había propiedades que procedían de antiguos honsarios de moros.
Uno de los bienes más llamativos era una huerta de árboles junto a la iglesia, que había sido honsario de moros, con:
🌳 siete olivos
🌿 dos higueras
🌳 dos morales
Es decir: junto a la iglesia cristiana de Restábal había un antiguo espacio de enterramiento islámico transformado en huerta de árboles y agregado a una fundación religiosa cristiana.
El símbolo es fortísimo.
La antigua memoria funeraria musulmana quedaba absorbida por una capellanía cristiana destinada a decir misas perpetuas por el alma de Juan de Alconada y su familia.
También incluyó en su fundación un olivar en dos pedazos, situado en antiguos cementerios islámicos del Pago de la Mahala, con:
🫒 cuarenta y seis olivos
🌳 quince morales
🛤️ junto al camino de Motril
Aquello ya no era visto por el documento como un cementerio vivo, sino como un bien productivo: olivos, morales, tierra, renta, censo, patrimonio.
Pero el nombre antiguo seguía allí: honsario de moros.
El papel cristiano no pudo borrar del todo la memoria musulmana. 📜
🏚️ FRANCISCO LÓPEZ DE ARIZA Y LOS BIENES DE MACABER Y RÁBITA
En Restábal aparece también Francisco López de Ariza, yerno y heredero del sacristán Francisco Nieto, uno de los grandes propietarios cristianos viejos documentados en el Apeo.
Entre los bienes de su amplio patrimonio figuraban espacios que habían tenido función religiosa islámica: tierras de macaber, de onsario y de rábita.
Uno de los casos más significativos es el de un macaber y solar de rábita en el Pago de Almoxar. Una rábita era un pequeño oratorio o edificio religioso musulmán, muchas veces vinculado a caminos, devoción popular o comunidades rurales.
Con el paso del tiempo, aquel espacio quedó convertido en bien patrimonial, registrado, medido y poseído dentro del nuevo sistema de propiedad.
Es decir:
🕌 una rábita dejó de ser lugar de oración
⚰️ el macaber dejó de ser lugar de enterramiento
📜 ambos pasaron a ser bienes escritos, tasados y defendidos por títulos
Pocos ejemplos resumen mejor la transformación profunda del Valle tras la conquista.
🌙 ¿QUÉ NOS DICEN ESTOS DATOS?
Estos antiguos cementerios convertidos en huertas y viñas nos dicen varias cosas fundamentales.
La primera: Melegís y Restábal fueron pueblos profundamente islámicos antes de la conquista y la expulsión morisca. No eran simples lugares con población morisca; eran comunidades completas, con mezquitas, rábitas, cementerios, acequias, hornos, huertas y espacios sagrados propios.
La segunda: la cristianización del territorio no fue solo religiosa, sino también material. No bastó con convertir mezquitas en iglesias. También se transformaron los espacios de memoria: cementerios en huertas, honsarios en olivares, rábitas en solares, bienes habices en propiedades eclesiásticas.
La tercera: la tierra conservó los nombres antiguos más tiempo que las personas. Los moriscos fueron expulsados. Sus casas cambiaron de dueño. Sus árboles pasaron a otros propietarios. Pero palabras como macaber, honsario o rábita quedaron escritas en los documentos.
La cuarta: el Apeo fue un instrumento de despojo, pero también un archivo involuntario de memoria. El escribano no quería hacer poesía ni arqueología. Quería saber qué era de quién. Pero al hacerlo, nos dejó constancia de que bajo algunas huertas y viñas del Valle hubo antes muertos, rezos y memoria islámica.
🧭 LUGARES CONCRETOS QUE DEBEMOS RECORDAR
📍 Melegís
Las eras del Concejo, que antiguamente habían sido macaber, donde los moros se enterraban.
La horteçilla con frutales del Pago de Guachalhafa, vinculada a antiguo macaber.
La viña del Pago de la Nagva, relacionada con antiguos espacios de raíz islámica y censos eclesiásticos.
📍 Restábal
La huerta junto a la iglesia, antiguo honsario de moros, incluida en la Capellanía de Juan de Alconada.
El olivar del Pago de la Mahala, en antiguos honsarios, con cuarenta y seis olivos y quince morales.
El macaber y solar de rábita del Pago de Almoxar, dentro del patrimonio relacionado con Francisco López de Ariza.
Estos no son solo topónimos ni datos agrarios. Son fragmentos de una geografía espiritual desaparecida.
🔚 EPÍLOGO: DONDE DUERMEN LOS NOMBRES
Hoy caminamos por huertas, bancales, olivares y caminos sin saber qué hubo debajo.
Vemos un olivo viejo y pensamos en aceite.
Vemos una viña perdida y pensamos en uva.
Vemos una huerta y pensamos en agua.
Pero el Libro de Apeo nos enseña a mirar más hondo.
Bajo algunas de esas tierras hubo cementerios islámicos. Hubo familias que enterraron allí a sus padres, a sus hijos, a sus abuelos. Hubo mujeres que lloraron ante una sepultura. Hubo hombres que volvieron al atardecer a rezar por sus muertos. Hubo una comunidad que pensó que aquellos lugares serían sagrados para siempre.
Luego llegó otro tiempo.
Otra ley.
Otra fe.
Otra escritura.
Y sobre los cementerios crecieron perales, albaricoques, olivos, morales y viñas.
Pero la tierra recuerda.
Y el Apeo, sin quererlo, también. 🌙🌿
📚 Fuente principal:
M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez e I. C. Gómez Noguera, El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, Granada, 2006.
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04 junio 2026
Bernabé de Baeza morisco de Melegís
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| Bernabé de Baeza morisco |
🧓 BERNABÉ DE BAEZA: EL MORISCO QUE ENSEÑÓ EL PUEBLO A LOS NUEVOS POBLADORES
La historia extraordinaria del anciano de ochenta años que fue la memoria viva de Melegís cuando todo lo demás había ardido
Cuando el licenciado Jusepe Machuca llegó a Melegís el 10 de febrero de 1572 con su comisión real y su escribano y su tintero, lo primero que hizo fue buscar a tres personas.
Necesitaba a alguien que le explicara el lugar. Que le dijera qué era de quién. Que identificara cada haça, cada olivo, cada acequia, cada lindero. Que recordara compraventas de veinte años atrás, herencias, censos, tratos de palabra, promesas.
Eligió al beneficiado Martín Pinedo —el cura párroco, el hombre de las escrituras eclesiásticas—. Eligió a Juan López —el cristiano viejo más antiguo del lugar—. Y eligió a Bernabé de Baeza.
Un morisco de ochenta años. El último que quedaba. El que lo sabía todo. 🗝️
👤 QUIÉN ERA BERNABÉ DE BAEZA
El Libro de Apeo lo presenta con una fórmula que se repite en cada uno de sus más de veinte testimonios: «Bernabé de Baeça, morisco, natural e hacendado del dicho lugar, de biejo e anciano, de hedad de çerca de ochenta años».
Cuatro datos. Cuatro certezas.
Morisco: es decir, descendiente de musulmanes convertidos por la fuerza al cristianismo tras la conquista castellana de Granada en 1492. No había elegido bautizarse. Su familia lo había bautizado antes de que él naciera, o él mismo fue bautizado siendo niño, como casi todos los moriscos del Valle de Lecrín. Llevaba toda su vida siendo, en los papeles, cristiano. Y en su memoria, en su lengua, en su conocimiento del territorio: hijo de una cultura que los Reyes Católicos habían declarado ilegal.
Natural del dicho lugar: nacido en Melegís. No había venido de fuera. No era un morisco trasladado de otra comarca. Era de allí, como lo habían sido su padre y probablemente su abuelo. Conocía cada piedra de ese término porque había crecido entre ellas.
Hacendado: tenía tierras propias. No era un jornalero sin nada. El Apeo lo menciona como lindero en al menos una haça —«haça de Bernabé de Baeça»— en el Pago del Fondón. Un hombre con propiedades. Un vecino con peso.
De edad de ochenta años: en el siglo XVI, llegar a ochenta años era una excepción biológica. Significaba haber sobrevivido a las pestes, a los inviernos, a las hambres, al trabajo duro, a la guerra. Significaba haber visto pasar el mundo y seguir ahí, con la memoria intacta, capaz de prestar juramento y declarar.
Bernabé de Baeza llevaba ochenta años en Melegís cuando llegó el juez Machuca. Había nacido hacia 1492, el año mismo de la conquista de Granada. Era literalmente coetáneo del fin del mundo nazarí. Había vivido toda su vida en ese Valle que era morisco y que en 1572 estaba dejando de serlo. 🌍
📜 EL JURAMENTO — Lo que prometió decir
Cada vez que el Libro de Apeo llama a Bernabé de Baeza como testigo —y lo llama más de veinte veces, en procesos distintos, a lo largo de varios meses— el escribano anota la misma fórmula:
«Del qual fue requerido juramento, en forma de derecho, so cargo del qual prometio de dezir verdad.»
Juró. En forma de derecho. Sobre los Evangelios, probablemente —el juramento legal del siglo XVI—. Y prometió decir verdad.
Un morisco de ochenta años que juraba sobre los Evangelios del dios en cuyo nombre habían expulsado a su gente.
No hay ironía más densa en todo el Libro de Apeo. 📖
🗣️ LO QUE SABÍA — La enciclopedia viva de Melegís
Lo que el juez Machuca necesitaba de Bernabé de Baeza no era una opinión ni un juicio. Era información. Datos. Hechos. La memoria de un hombre que había vivido en Melegís durante ochenta años y que guardaba en su cabeza el catastro completo del lugar.
Y Bernabé lo sabía todo. El Apeo lo demuestra caso a caso:
🏠 Sabía el origen de cada propiedad
Cuando Juan López presentó su memorial de bienes y necesitaba testigos que confirmaran sus compras, el primero en hablar fue Bernabé. Y lo que dijo era exacto y detallado: «tiene notiçia e sabe la casa contenida en este capitulo [...] e save e es çierto que la mitad della la ubo e conpro de Alonso el Madrabi, morisco, podia aber el dicho tienpo cuya hera antes, e esto lo sabe porquel mismo Madrabi le dixo a este testigo un día».
El Madrabi se lo había dicho. Una conversación entre vecinos, años antes. Un dato guardado en la memoria de un anciano que ahora valía más que cualquier escritura perdida en el incendio. 🧠
🌾 Sabía la historia de las eras del concejo
La disputa más compleja del Apeo de Melegís —las eras que María de Herbas había sembrado de trigo, que todo el mundo decía que eran del Concejo— la explicó Bernabé con una precisión histórica asombrosa.
Recordó que las eras habían sido macaber —cementerio islámico— «donde los moros se enterraban». Que el beneficiado Domingo Vizcaíno las había adquirido a la muerte de su predecesor. Que el arzobispo de Granada las vendió al cristiano viejo Valles cuando no apareció ningún heredero del clérigo. Que Valles cedió la mitad al Madrabi. Que el Madrabi las dio al Concejo para que sirvieran de eras comunes. Que el Concejo pagaba el censo descontándoselo de la farda que el Madrabi debía al rey.
Una cadena de transmisiones que cubría décadas. Un árbol genealógico de una propiedad que Bernabé reconstruyó de memoria, sin un papel delante. «Abra seis o siete años hasta agora sienpre fueron heras de Conçejo hasta queste año las senbró e aro la dicha de Valles».
Seis o siete años. Los había contado. Los recordaba. 📅
🫒 Sabía qué era de los habices de la iglesia
En junio de 1572, el juez Machuca le encargó la tarea más delicada de todo el Apeo: identificar cuáles de las propiedades de Melegís pertenecían a los habices —los bienes que la antigua mezquita había legado a la iglesia al convertirse el lugar—. Nadie más podía saberlo. Las escrituras habían ardido con el escribano Pilado. El beneficiado Pinedo tenía el apeamiento eclesiástico pero estaba incompleto.
Solo Bernabé recordaba qué moriscos tenían qué tierras a censo de la iglesia, y cuánto pagaban, y desde cuándo.
Recorrió el término. Paseó cada pago. Identificó una a una las parcelas: la huerta del Guadixi en el lugar, los dos olivos junto a la Cruz en el Camino de Restábal, la huerta en el Frontil, los tres olivos en haça de Francisco de Aranda, el moral en el Camino de Murchas, el olivo junto al Torrente...
Dieciséis propiedades eclesiásticas identificadas de memoria. Y al final de su declaración añadió la cautela de un hombre honesto: «al presente no se acuerda de otros bienes algunos de la dicha yglesya, mas de los suso dichos, aunque a muchos dias que a recorrido su memoria, e a andado, e paseado el termino del dicho lugar para hazer esta declaraçion».
Había caminado el término entero. Había andado cada pago, cada vereda, cada lindero. Un anciano de ochenta años paseando el término de Melegís durante días, recorriendo su memoria con los pies, para no olvidarse de nada. 🚶
🍇 Sabía quién había tenido los parrales de uva antes que nadie
En el pleito de los parrales de Gregorio de Urquiza, los testigos declaran lo que saben por haberlo oído de Bernabé. El repoblador Gil Hernández: «yendo con este Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de la hazienda del dicho lugar, y llegando a las dichas parras que tiene el dicho Gregorio de Urquiza, le oyo dezir al dicho Bernabé de Baeça como las dichas parras eran de Francisco Valles».
El repoblador Juan Muñoz: «este testigo oyo dezir a Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de las haziendas del dicho lugar, como los dichos parrales que tiene el dicho Gregorio de Urquiza eran de Alonso el Madrabi».
Bernabé decía lo que sabía y los nuevos repobladores lo escuchaban y luego lo repetían ante el juez como si fuera propio. Porque no tenían otra fuente. Porque Bernabé era la única enciclopedia disponible. 📚
💧 Sabía que Juan López había destruido una acequia
En el pleito contra Juan López el Viejo, el testigo Pedro González declaró que había oído decir a Bernabé, «conocedor de las haziendas del dicho lugar», que una acequia antigua que Juan López había plantado de árboles era de un morisco expulsado y pertenecía al rey.
No era solo memoria de propiedades. Era también vigilancia. Bernabé sabía qué había habido antes en cada rincón del término. Y cuando algo cambiaba sin permiso, lo decía. 🌊
🌐 EL INTÉRPRETE — La barrera del idioma
Hay un detalle en el Apeo que dice más sobre Bernabé de Baeza que cualquier elogio: el beneficiado Pinedo actuó repetidamente como intérprete entre Bernabé y el escribano.
«A lo qual estubo presente el maestro Pinedo, benefiçiado del dicho lugar, por cuya lengua en algunas cosas el dicho Bernabé de Baeça, morisco, lo declaro, el qual lo firmo. El liçençiado Pinedo (rúbrica).»
Y en otro lugar: «todo lo qual declaro por lengua, e ynterpretaçion de Hernando de Cordoba, veçino del dicho lugar, questubo presente a la dicha declaraçion.»
Bernabé hablaba árabe. O al menos, cuando necesitaba ser preciso —cuando el término técnico, el nombre del pago, la descripción exacta de un lindero requería exactitud—, lo decía en árabe y alguien lo traducía.
Ochenta años de vida en un pueblo cristiano. Bautizado desde siempre. Y aun así, el idioma de sus antepasados era el que salía cuando quería ser exacto. La lengua de la precisión era el árabe. El castellano era la lengua de los documentos, de los jueces, de los que llegaban con sus comisiones reales a inventariar lo que había pertenecido a su gente.
Y el beneficiado Pinedo, el cura del lugar, firmaba al pie de la declaración del morisco de ochenta años porque era el que entendía las dos lenguas. Un cristiano viejo prestando su voz a un morisco viejo para que el rey supiera lo que era suyo. La Historia en su versión más irónica y más humana. 🗣️
🏛️ EL CARGO — «Conocedor de las haziendas del dicho lugar»
El título que el Apeo le da en los documentos de 1577 —cinco años después de la primera llegada de Machuca— es el más revelador de todos:
«Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de las haziendas del dicho lugar.»
Conocedor. Ese era su cargo. No oficial, no pagado por la Corona, no designado por ningún decreto. Pero real y funcionalmente necesario: el hombre al que todo el mundo acudía para saber qué había sido de quién.
Un cargo que no existía en ningún reglamento de la repoblación. Que nadie había previsto. Que surgió porque sin él era imposible repartir lo que se había confiscado sin convertirlo todo en un desastre aún mayor del que ya era.
Y Bernabé lo ejerció. A sus ochenta años, caminando el término con los repobladores, señalando «esta haça era del Madrabi», «estos olivos los tenía Guadixi a censo de la iglesia», «esta acequia era de un morisco que ya no está».
Enseñando el pueblo a los nuevos pobladores.
No porque se lo hubieran pedido. No porque tuviera otra opción. Sino porque era su pueblo. Porque conocía cada piedra. Porque si él no lo decía, nadie lo iba a saber. Y si nadie lo sabía, los que se habían ido perderían hasta el rastro de haber existido. 💙
💔 LO QUE CALLÓ
Bernabé de Baeza declaró veintitantas veces ante el juez Machuca y los escribanos posteriores. Dijo verdad en todo lo que le preguntaron. No mintió nunca, que se sepa.
Pero el Apeo no recoge lo que no le preguntaron.
No le preguntaron qué sentía al ver cómo se repartían las casas de sus vecinos entre gente llegada de fuera. No le preguntaron si conocía a los moriscos que habían marchado hacia Córdoba, si eran su familia, sus amigos, sus parientes. No le preguntaron qué pensaba cuando el juez tomaba posesión de una haça «en nombre de Su Majestad» y él estaba ahí presente, señalando los mojones, identificando los linderos, haciendo posible esa posesión.
El Apeo registra que «para que se conozca, presente el dicho Bernabé de Baeça, morisco, que declaró cuál era la parte de el dicho Alonso el Madrabi, morisco». Bernabé señalando con el dedo la parte de la hacienda de su vecino, el morisco más rico del pueblo, que el juez iba a confiscar para el rey.
«E hizo otros autos de posesion, en todas las dichas posesiones, las quales el dicho señor Juez dixo que tomaba e tomo como mas convenga al serbiçio de su Magestad [...] e syn que al tienpo del tomalla ubiese contradiçion de persona alguna, a lo qual fueron testigos los dichos Bernabé de Baeça, e Alonso Ramos, e Hernando de Cordoba, veçinos del dicho lugar.»
Testigo de la confiscación. El último morisco del pueblo, testigo de cómo se repartía lo que había pertenecido a los suyos.
El Apeo no pregunta. El Apeo anota. Y en ese silencio entre lo que se preguntó y lo que se calló está la historia más profunda de Bernabé de Baeza. 🕯️
❓ LO QUE NO SABEMOS — El final de Bernabé
La última vez que Bernabé de Baeza aparece en el Apeo de Melegís es en los documentos de mayo de 1577. Cinco años después de la llegada de Machuca. Diez años después del alzamiento.
Para entonces tendría alrededor de ochenta y cinco años. Quizás más. El propio Apeo ya no es seguro: en la declaración de junio de 1572 dice «hombre de hedad de mas de setenta años» y en febrero del mismo año había dicho «ochenta años, poco más o menos». La edad de un hombre muy viejo es, en el siglo XVI, una estimación.
No hay testamento de Bernabé de Baeza. No hay partida de defunción —el registro parroquial de Melegís de esa época no se conserva—. No hay mención posterior en ningún lindero, en ningún pleito, en ningún documento.
Simplemente desaparece de los folios.
Lo más probable es que muriera en Melegís entre 1577 y 1580. Solo. Sin familia morisca —todos habían sido expulsados—. Rodeado de los repobladores a quienes había enseñado el pueblo, que seguían viviendo en las casas que él había identificado y trabajando las tierras cuyos linderos él había señalado.
¿Tuvo quién lo enterrara? ¿Rezó alguien sobre su tumba? ¿En qué idioma?
El Apeo no lo sabe. El Apeo ya no lo necesitaba. 🌿
🔚 EPÍLOGO: LA DEUDA QUE NADIE PAGÓ
El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís es, entre otras muchas cosas, un monumento involuntario a la memoria de Bernabé de Baeza.
Sin él, el juez Machuca habría tenido que inventar un reparto. Sin las declaraciones del anciano morisco, la mitad de las propiedades del lugar habrían quedado sin identidad conocida, y la otra mitad con identidades equivocadas. Sin su conocimiento de los habices de la iglesia, los censos perpetuos, las compraventas entre moriscos de veinte años atrás, las disputas de linderos, el origen de las eras del concejo... el proceso repoblador de Melegís habría sido aún más caótico de lo que fue.
Los repobladores lo usaron. El juez lo usó. Los vecinos lo usaron. Todos citaban a Bernabé —«oyó dezir a Bernabé de Baeça, conocedor de las haziendas del dicho lugar»— como quien cita una enciclopedia.
Y cuando su conocimiento ya no fue necesario, cuando los nuevos pobladores aprendieron a reconocer sus propias haças y a identificar sus propios linderos, Bernabé desapareció de los documentos.
La Historia no le debe ningún monumento. No tenía título oficial. No cobró por su trabajo. No firmó los documentos porque no sabía escribir.
Pero cada folio del Apeo de Melegís lleva, invisible entre las líneas, la huella de un anciano de ochenta años que recorrió a pie su pueblo para que nadie olvidara a quién había pertenecido. 🧓
Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006.
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