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| Rita Ropero de Cozvíjar |
🌾 La Semilla del Esfuerzo: Rita Ropero y el Alma de Cozvíjar
Bajo la luz dorada que baña los campos de Cozvíjar, la memoria de Rita Ropero florece para contarnos una época donde el calendario no lo marcaban los relojes, sino las cosechas. Rita pertenece a esa estirpe de mujeres que, desde niñas, aprendieron que el pan se ganaba con el sudor de la frente y la fuerza de los riñones, pero también con la alegría de la copla compartida.
La Escuela del Campo y la "Vez" del Agua
Para Rita, la infancia terminó pronto para dar paso a la "escuela de la tierra". En Cozvíjar, las mujeres eran fundamentales en el ciclo de la aceituna. Rita recuerda las jornadas interminables agachada bajo los olivos, recogiendo el fruto del suelo tras el vareo de los hombres. Sus manos, a menudo entumecidas por el frío del invierno granadino, se movían con una agilidad mecánica para llenar las espuertas. Pero no todo era aceituna; cuando llegaba el tiempo de la almendra, la tarea se trasladaba a las puertas de las casas, donde al caer la tarde se escuchaba el rítmico martilleo de las mujeres cascando el fruto, convirtiendo el trabajo en una tertulia improvisada bajo la luz de los faroles.
El Lavadero: El Confesionario de Cozvíjar
Uno de los recuerdos más nítidos en el relato de las mujeres de esta zona es el del lavadero público. Rita evoca esas mañanas de invierno donde el agua salía del nacimiento con una calidez casi mágica, permitiendo que el jabón casero hiciera espuma entre las sábanas de hilo. Allí, arrodilladas sobre las piedras gastadas, las mujeres de Cozvíjar no solo lavaban la ropa; lavaban las penas y compartían las alegrías. Se cantaba a coro, se pedía "la vez" con respeto y se tejían redes de solidaridad que hoy parecen olvidadas. Era un espacio sagrado de sororidad donde el esfuerzo físico se aliviaba con la risa y el chisme inocente.
La Economía de la Hormiga
Rita describe una vida de absoluta autosuficiencia. En Cozvíjar, como en el resto del Valle, el hombre se encargaba de las labores de fuerza —arar con las bestias, sembrar el cereal o realizar las podas más duras— mientras la mujer gestionaba la economía del hogar. Rita recuerda cómo se criaban los animales en el corral: las gallinas para los huevos, los conejos y, por supuesto, el cerdo para la matanza. Cada recurso era aprovechado al máximo; nada se tiraba, todo se transformaba. La mujer era la encargada de hacer que las cinco pesetas del jornal cundieran como si fueran cincuenta, demostrando una maestría en la administración que permitió a muchas familias construir sus casas ladrillo a ladrillo.
Un Legado de Humildad
Al mirar hacia atrás, Rita no recuerda su vida con amargura, sino con la satisfacción del deber cumplido. Su relato es un homenaje a la unión vecinal. En aquella Cozvíjar de posguerra, si a alguien le faltaba un pedazo de pan o un poco de aceite, siempre había una vecina dispuesta a compartirlo. Esa hermandad, forjada en la dureza del trabajo diario y en las fiestas del "gasto" al finalizar la cosecha, es lo que Rita más añora de su juventud.
Hoy, la voz de Rita Ropero nos recuerda que el Valle de Lecrín no solo se construyó con piedra y agua, sino con el coraje de mujeres que, como ella, supieron mantener viva la llama de la esperanza entre surcos de olivos y aromas de azahar.
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