13 mayo 2026

La Vida de Natividad Vílchez

Natividad Vílchez 

 🏠 El Latido de la Solana: La Vida de Natividad Vílchez.

En el Cortijo de la Solana, perteneciente al término de Dúrcal, la vida no se medía en horas, sino en ciclos de siembra, siega y crianza. Nati, encarna la esencia de la mujer que hizo del cortijo un mundo entero, donde cada mano —fuese de niño, hombre o mujer— era necesaria para la supervivencia.

​El Ciclo de la Tierra y el Sudor:

La infancia y juventud de Nati estuvieron ligadas al ritmo del campo. En las tierras de secano del cortijo, la labor era dura y manual: arrancar lentejas, garbanzos y yeros, o segar el trigo bajo el sol inclemente. En la vega, el trabajo cambiaba de color pero no de intensidad: sembrar y recoger patatas, habas, maíz y habichuelas que luego debían limpiar y preparar meticulosamente para la venta o el sustento de la casa. Nati recuerda incluso ir a la era a ayudar a su hermano con la trilla, una estampa de la España rural que hoy parece sacada de un cuadro antiguo.

​El Ritual de la Matanza: Una Fiesta de Familia:

Uno de los momentos más vivos en su memoria es la matanza del marrano. No era solo una tarea de provisión, era un evento social que unía a toda la familia durante días de trabajo compartido.

​Primer día: Se cocía la cebolla y se preparaban los avíos.

​Segundo día: Tras la matanza, se lavaban los interiores y, al caer la tarde, se hacían las morcillas. Nati aún recuerda el sabor de esas morcillas recién hechas y fritas, compartidas en una gran mesa con ensalada.

​Tercer día: Era el turno de despiezar y distinguir las carnes para salchichones, longanizas y chicharrones. El aroma de los chicharrones haciéndose por la tarde marcaba el fin de la jornada, seguido de un gran arroz para toda la familia.

​Final: Todo terminaba con el riguroso fregado de calderas y máquinas, dejándolas engrasadas y listas para el año siguiente.

​El Aroma del Pan Semanal:

En el cortijo, el pan no se compraba a diario. Nati relata cómo bajaban al pueblo una vez por semana para comprar una arroba de harina. Con ella, amasaban doce grandes panes que debían durar siete días. Para conservarlos frescos, su madre los guardaba en una gran orza, envueltos en paños y bien tapados, manteniendo así el alimento básico de la familia.

​Fiestas y Nostalgia:

El mundo de Nati se limitaba casi exclusivamente al cortijo, excepto por las festividades de San Ramón o San Blas, cuando su padre la traía a Dúrcal para ver la procesión y el castillo de fuegos artificiales antes de regresar al aislamiento de la sierra. Hoy, aquel cortijo familiar se ha transformado en un alojamiento rural regentado por una inglesa, pero para Nati, cada vez que mira hacia la montaña, sigue viendo el lugar donde su hermano subía a las higueras y donde ella aprendió que la vida se construye con esfuerzo y unión.

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