31 mayo 2026

Saleres en 1502


 🌿 SALERES EN 1502: EL PUEBLO NAZARÍ ESCONDIDO ENTRE ACEQUIAS, HORNOS Y MORALES 

Hay pueblos que no solo se leen en sus calles actuales, sino también en los documentos antiguos.

Saleres es uno de ellos.

Hoy lo vemos como un pequeño y hermoso pueblo blanco del Valle de Lecrín, recogido entre bancales, acequias, naranjos, silencio y memoria. Pero si retrocedemos más de quinientos años, hasta comienzos del siglo XVI, descubrimos otro Saleres: una alquería nazarí viva, agrícola, organizada, llena de nombres árabes, pagos de riego, hornos, mezquitas, rábitas, huertas, viñas, olivos, morales, higueras, albaricoques y caminos.

Un Saleres que casi había quedado escondido bajo la historia.

Y, sin embargo, en 1502, poco después de la conquista cristiana y de la conversión forzosa de los mudéjares, alguien dejó escrita una relación de sus bienes habices. Gracias a ese documento podemos asomarnos a una imagen preciosa: la de un pueblo nazarí que todavía respiraba por sus acequias, por sus hornos y por sus árboles. 📜🌿


🕌 ¿Qué eran los bienes habices? 

Para entender aquel Saleres de 1502 hay que comprender primero qué eran los habices.

Los habices —del árabe waqf— eran bienes piadosos de la sociedad musulmana. No eran simples propiedades particulares. Eran tierras, casas, hornos, árboles, aguas, tiendas o edificios destinados a sostener fines religiosos y sociales.

Con ellos se mantenían mezquitas, rábitas, alfaquíes, escuelas, lámparas de culto, pobres, viajeros, estudiantes, fuentes, aljibes, caminos, puentes y otras necesidades de la comunidad.

Es decir: la fe no estaba encerrada solamente dentro de una mezquita. La fe también podía estar en una haza de riego, en un moral, en un olivo, en una viña, en una higuera, en una acequia o en el horno donde el pueblo cocía su pan.

Por eso, cuando leemos los habices de Saleres, no estamos leyendo solo una lista de propiedades. Estamos leyendo la vida cotidiana de una comunidad.

Estamos viendo cómo se organizaba el pueblo.

Estamos viendo de qué vivía.

Estamos viendo quién rezaba, quién enseñaba, quién regaba, quién amasaba, quién cultivaba y quién recordaba.


🏡 Saleres dentro de la taha de Alaclín .

En época nazarí, Saleres formaba parte del mundo histórico del Valle de Lecrín, integrado en la antigua taha de Alaclín, en el camino hacia la Alpujarra, en una zona estratégica entre Granada, la costa, Sierra Nevada y las tierras alpujarreñas.

El documento nos recuerda que el Valle de Lecrín aparece mencionado en diversas fuentes medievales, aunque durante mucho tiempo las noticias sobre sus pueblos fueron escasas y fragmentarias. Por eso, la relación de bienes habices de 1502 tiene tanto valor: porque permite reconstruir detalles concretos de lugares pequeños, de esos pueblos que casi nunca aparecen en las grandes crónicas de reyes, guerras y cortes.

Saleres no era una capital.

No era una ciudad importante.

No era un castillo famoso.

Pero era vida.

Era una alquería con casas, caminos, agua, hornos, tierras, árboles y memoria.

Y precisamente por eso su historia nos conmueve más.


🕌 La mezquita de Saleres y sus bienes.

En el centro espiritual de aquel Saleres estaba la mezquita.

Tras la conquista y la conversión de los mudéjares, muchas mezquitas fueron transformadas en iglesias o quedaron integradas dentro del nuevo sistema religioso cristiano. Pero antes de ese cambio, la mezquita de Saleres había sido el corazón religioso de la alquería.

A ella estaban vinculados bienes destinados a sostener el culto: tierras de riego, olivos, árboles y otros recursos que producían rentas o alimentos.

No hay que imaginar aquella mezquita como un edificio aislado de la vida del pueblo. Todo lo contrario. La mezquita estaba unida al paisaje.

Sus bienes estaban en los pagos.

Sus olivos daban aceite para las lámparas.

Sus hazas producían alimento o renta.

Sus árboles formaban parte de la economía espiritual del lugar.

En aquel mundo, una lámpara encendida en la mezquita podía depender del aceite de un olivo plantado en una haza concreta. Una oración podía estar sostenida por una viña. Una escuela por una renta. Una obra piadosa por una higuera.

Ese es el gran valor de los habices: nos enseñan que la vida religiosa, económica y social formaba una sola red.


👳 El alfaquí: maestro, guía y administrador .

El documento habla también de los bienes del alfaquí de la mezquita de Saleres.

El alfaquí era una figura esencial en la comunidad musulmana. No era solamente un hombre de religión. También podía enseñar a los niños, interpretar la ley religiosa, dirigir el culto, aconsejar a los vecinos y conocer perfectamente las propiedades, las aguas, las lindes y los usos del pueblo.

En el caso de Saleres no sabemos con seguridad el nombre exacto del alfaquí que servía la mezquita, aunque aparecen relacionados con estos bienes nombres como Aluzeraq o Alazeraque.

Los bienes asignados al alfaquí incluían una casa con huerta, tierras de riego, viñas, secanos, olivos, higueras, albaricoques, un limonero, morales y hasta un horno.

Es un dato precioso.

Porque nos muestra que aquel hombre no vivía separado del pueblo. Vivía en medio de él. Su casa tenía huerta. Su huerta tenía árboles. Sus rentas dependían del campo. Su papel espiritual estaba unido a la economía diaria de Saleres.

El alfaquí rezaba, enseñaba y administraba.

Pero también sabía dónde estaba cada haza, cada acequia, cada moral, cada olivo y cada camino.


🔥 El horno donde Saleres amasaba su vida .

Uno de los datos más hermosos del documento es la existencia de un horno vinculado a los habices del alfaquí.

El horno era una de las pequeñas industrias más importantes de las alquerías nazaríes. Allí se cocía el pan diario, pero también podían prepararse otros alimentos y dulces. Era un lugar práctico, económico y social.

El horno no era solo fuego.

Era olor a pan.

Era conversación.

Era vecindad.

Era espera.

Era mujeres llevando la masa.

Era niños mirando las brasas.

Era sustento.

Era pueblo.

En aquel Saleres de 1502, el horno formaba parte de la economía religiosa, porque estaba vinculado a los bienes de la mezquita y del alfaquí. Pero, al mismo tiempo, formaba parte de la vida más cotidiana. Pocas cosas hay tan humanas como un horno de pan.

Por eso podemos imaginar aquel punto caliente del pueblo como uno de los lugares donde la comunidad se encontraba sin necesidad de grandes ceremonias.

Allí Saleres amasaba su vida. 🔥🥖


💧 Acequias, pagos y nombres perdidos .

El documento de 1502 conserva nombres de antiguos pagos de Saleres: Hauc Adar, Daya, Cadah, Biniar, Guazta, Gued, Roay, Haytodoquir, Puhad, Quichar, Cana, Belin, Meuz Alguaxar y otros.

Muchos de esos nombres nos llegan deformados por la escritura castellana de la época, transcritos desde el árabe o desde la memoria oral de los conocedores del lugar. Pero siguen teniendo una fuerza enorme.

Son nombres de agua.

Nombres de bancales.

Nombres de caminos.

Nombres de familias.

Nombres de un paisaje que hablaba en árabe antes de hablar en castellano.

También se mencionan acequias, como la del Pago de Gued y otra que pasaba junto al horno. Esto nos recuerda algo fundamental: Saleres, como tantos pueblos del Valle de Lecrín, no se entiende sin el agua.

El agua era la que ordenaba la tierra.

El agua decidía el valor de una haza.

El agua sostenía los morales, las viñas, las huertas, los olivos y los frutales.

El agua hacía posible la vida.

Cada acequia era una línea de civilización.

Cada turno de riego era una forma de justicia.

Cada bancal regado era una pequeña victoria contra la sequedad.


🌳 Morales, seda y memoria vegetal .

Entre los árboles citados en los bienes del alfaquí aparecen varios morales.

Este detalle es muy importante.

El moral no era un árbol cualquiera. En el mundo nazarí y morisco, los morales estaban unidos a la cría del gusano de seda. Sus hojas alimentaban a los gusanos, y de aquellos capullos salía una de las riquezas más delicadas y valiosas del Reino de Granada: la seda.

Por eso, cuando el documento nos habla de morales en Saleres, nos está dando una pista económica de primer orden.

Nos dice que Saleres formaba parte de aquel paisaje sedero del Valle de Lecrín.

No era solo un pueblo de olivos y viñas.

También era un pueblo de hojas de moral.

Un pueblo donde la primavera traía trabajo minucioso, donde las casas podían llenarse de zarzos, donde las mujeres y las familias participaban en una economía doméstica y delicada, donde cada hoja tenía valor.

El moral era, en cierto modo, un árbol de dinero.

Pero también era un árbol de memoria.

Quizás algunos de los viejos morales que sobrevivieron durante siglos en el Valle fueron descendientes de aquel mundo. Árboles que ya no hablaban, pero que seguían guardando en su sombra la historia de la seda.


🫒 Olivos para el aceite y para la luz .

El documento menciona numerosos aceitunos vinculados a la mezquita y al alfaquí.

El olivo era alimento, renta y luz.

Daba aceite para comer, pero también aceite para iluminar. Y en el caso de los bienes religiosos, muchos olivos estaban destinados precisamente a sostener las lámparas de la mezquita.

Esto tiene una belleza especial.

La oración dependía del campo.

La luz sagrada dependía del aceite.

El aceite dependía del olivo.

El olivo dependía del agua, de la tierra y de las manos que lo cuidaban.

Así, un árbol plantado en un pago de Saleres podía acabar iluminando la noche de la mezquita.

Cada aceituna tenía una dimensión económica, pero también espiritual.


🍇 Viñas, higueras, albaricoques y limoneros .

Saleres también aparece como una alquería de viñas.

El documento habla de diversas viñas en distintos pagos. Aparecen también higueras, albaricoques, limoneros, almeces y parras.

Todo ello nos permite imaginar un paisaje agrícola muy diverso.

No era una tierra monocorde.

Era un mosaico.

Había hazas de riego, tierras de secano, viñas, frutales, olivos y morales. Un pequeño universo agrícola perfectamente adaptado al relieve, al agua y al clima del Valle.

La higuera daba dulzura de verano.

El limonero perfumaba la huerta.

El albaricoque anunciaba la fruta temprana.

La parra ofrecía sombra y racimos.

El olivo daba aceite.

El moral alimentaba la seda.

La viña daba fruto, trabajo y memoria.

Así era el Saleres nazarí: un pueblo pequeño, sí, pero lleno de vida productiva.


🪦 El Honsario del Pago del Guazta .

Entre los datos más emotivos aparece la mención de un lugar de enterramiento o macaber: el Honsario situado en el Pago del Guazta.

Este detalle cambia nuestra mirada.

Porque ya no hablamos solo de fincas, acequias, hornos y árboles. Hablamos también de los muertos.

Hablamos de generaciones de salereños andalusíes que vivieron allí, trabajaron aquellas tierras, rezaron en su mezquita, llevaron pan al horno, regaron sus huertas, recogieron hojas de moral y fueron enterrados en aquel paisaje.

El Honsario del Guazta nos recuerda que bajo los nombres antiguos no hay solo topónimos.

Hay personas.

Hay familias.

Hay memoria.

Hay una comunidad que desapareció como tal, pero que dejó huellas en el papel, en el agua, en la tierra y quizás también en algunos rincones invisibles del paisaje.


📜 Saleres como anejo de Restábal .

Tras la reorganización cristiana del territorio, Saleres aparece vinculado a Restábal como anejo dentro de la nueva estructura eclesiástica.

Esto nos ayuda a entender la relación histórica entre los pueblos del actual municipio de El Valle: Restábal, Melegís y Saleres compartieron durante siglos caminos, aguas, iglesias, familias, tierras y memoria.

Pero en 1502 Saleres todavía conservaba, al menos en el documento, la huella de su antigua organización nazarí.

La nueva época ya había comenzado.

Las mezquitas empezaban a quedar atrás.

Los bienes habices pasaban poco a poco a otro sistema.

Los nombres árabes iban siendo escritos por manos castellanas.

Pero la alquería antigua seguía latiendo.

Y ese latido es el que hoy podemos recuperar.


🌿 El pueblo escondido bajo los árboles .

Saleres en 1502 era mucho más que un pequeño núcleo rural.

Era una alquería nazarí con una estructura compleja, con bienes religiosos, economía agrícola, acequias, pagos, horno, mezquita, alfaquí, morales, viñas, olivos, frutales y lugares de enterramiento.

Era un pueblo donde todo estaba conectado.

El agua con la tierra.

La tierra con los árboles.

Los árboles con la seda, el aceite, el pan y la luz.

La mezquita con los campos.

El horno con las casas.

Los vivos con sus muertos.

Por eso, cuando hoy paseamos por Saleres, no deberíamos ver solamente sus calles blancas y su paisaje sereno. Deberíamos imaginar también aquel otro pueblo escondido bajo la memoria: el Saleres de los habices, de las acequias, de los hornos, de los morales y de los nombres antiguos.

Porque la historia no siempre desaparece.

A veces se queda dormida en un documento.

A veces espera quinientos años.

Y un día vuelve a hablar. 🌿📜


📚 Bibliografía:


ESPINAR MORENO, Manuel. “Bienes habices de la alquería de Saleres en 1502. Noticias sobre la economía del Reino Nazarí”, en De Al-Andalus a Tetuán. Actas del Homenaje al profesor Mhammad M. Benaboud. Coordinador: Mohamed Cherif. Publicaciones de la Asociación Marroquí para los Estudios Andalusíes, Tetuán, 2013.



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