07 junio 2026

Libro: Lecciones de Cosas


 📘 El viejo “Lecciones de cosas”: el libro que enseñó a mirar el mundo a nuestros padres.

Hubo un tiempo en que la escuela cabía en un pupitre de madera, en una pizarra, en un tintero, en una cartera de cartón y en unos libros que hoy parecen pequeños tesoros rescatados del olvido.

Uno de aquellos libros fue Lecciones de cosas, ese manual escolar que muchos padres y abuelos del Valle de Lecrín pudieron tener entre las manos cuando eran niños. No era un libro cualquiera. Era una ventana abierta al mundo. Una pequeña enciclopedia de la vida cotidiana, escrita para enseñar no solo a leer, sino también a mirar.

Porque eso era, en el fondo, Lecciones de cosas: un libro para aprender observando. 👀✨

En sus páginas no se hablaba de grandes teorías difíciles, sino de lo que el niño podía ver, tocar, o imaginar desde su vida diaria: las piedras del camino, los metales de las herramientas, el agua que corría por las acequias, el aire que movía las hojas, los alimentos de la mesa, el fuego del hogar, la ropa que vestía el cuerpo, las plantas del campo, los animales útiles y también aquellos considerados enemigos del hombre.

El ejemplar más recordado fue Lecciones de cosas en 650 grabados, de G. Colomb, publicado por Editorial Gustavo Gili, en Barcelona. Su propio título ya nos dice mucho de su contenido: piedras, metales, el agua y el aire, materias alimenticias, alumbrado y calefacción, vestidos, vegetales, los enemigos y los aliados del hombre, y conocimientos astronómicos.

Era, por tanto, un libro de ciencias naturales, de vida práctica, de observación y de curiosidad. Pero también era un libro de asombro. 🌿🔍

Imaginemos por un momento a un niño de Melegís, Restábal, Saleres, Béznar, Chite, Talará, Padul, Dúrcal, Nigüelas o Albuñuelas abriendo aquel libro en la escuela. Tal vez venía de ayudar en el campo, de llevar agua, de cuidar animales, de recoger aceituna, de ver a su madre encender la lumbre o a su padre afilar una herramienta. Y de pronto, en el libro, aquellas cosas humildes aparecían explicadas y dibujadas.

La piedra ya no era solo una piedra. Podía ser caliza, granito, mármol o mineral.

El hierro ya no era solo la reja del arado. Era un metal que se extraía, se fundía, se trabajaba y servía para fabricar herramientas.

El agua no era solo la que bajaba por las acequias del Valle. Era lluvia, vapor, hielo, río, fuente, vida.

El aire, invisible y necesario, dejaba de ser un misterio para convertirse en algo que se podía comprender.

Y el pan, el aceite, la leche, el azúcar, la sal, el carbón, la lana, el algodón o la madera dejaban de ser simples objetos cotidianos para transformarse en pequeñas lecciones sobre el mundo. 🥖🫒🌾

Aquellos 650 grabados eran esenciales. En una época en la que no había televisión, ni internet, ni móviles, ni vídeos educativos, los dibujos del libro eran casi una pantalla abierta ante los ojos del niño. Allí podía ver animales que quizá nunca había visto, máquinas desconocidas, procesos industriales, herramientas, plantas, astros, alimentos y objetos lejanos.

El libro enseñaba con imágenes, porque entendía algo muy sencillo y muy profundo: el niño aprende primero por los ojos.

No era una enseñanza de memorizar sin sentido. Era una enseñanza de mirar, comparar, preguntar y comprender. El maestro podía señalar el dibujo y preguntar:

—¿Para qué sirve esto?

—¿De dónde viene?

—¿Cómo se transforma?

—¿En qué se parece a lo que tenemos en casa?

—¿Dónde lo habéis visto?

Y así la clase se convertía en conversación. La escuela no estaba separada de la vida. La vida entraba en la escuela por las páginas del libro. 🏫📖

En el Valle de Lecrín, este tipo de enseñanza debía tener una fuerza especial. Porque aquí los niños conocían bien muchas de aquellas “cosas”: el agua de las acequias, los bancales, los olivos, los almendros, los animales domésticos, la leña, el fuego, las herramientas del campo, la cal de las paredes, las telas remendadas, los alimentos sencillos, las fuentes y los caminos.

Para un niño del Valle, leer sobre el agua no era una abstracción. Era pensar en la fuente del pueblo, en la acequia que regaba la haza, en el lavadero, en la alberca, en el cántaro que se llevaba a casa.

Leer sobre los vegetales era mirar de otra manera el olivo, el moral, la vid, el trigo, la higuera, el granado o el naranjo.

Leer sobre los animales aliados del hombre era recordar la mula, el burro, la cabra, la gallina, el perro, las abejas y tantos animales que formaban parte de la economía humilde de las familias.

Y leer sobre el alumbrado y la calefacción era comprender mejor la luz del candil, la lumbre de la cocina, el brasero, el carbón, la leña y aquellos inviernos en los que el calor era un lujo compartido. 🔥🕯️

Por eso Lecciones de cosas no fue solo un libro escolar. Fue también un puente entre la infancia y el conocimiento.

A nuestros padres y abuelos les enseñó que el mundo estaba lleno de explicaciones. Que cada objeto tenía una historia. Que cada alimento venía de un trabajo. Que cada herramienta escondía una inteligencia. Que cada planta y cada animal cumplían una función. Que la naturaleza, incluso en lo más pequeño, merecía atención.

Hoy, al ver aquellas portadas gastadas, con sus lomos vencidos, sus esquinas rotas y sus dibujos antiguos, sentimos algo más que nostalgia. Sentimos respeto.

Respeto por aquellos niños que aprendieron con poco.

Respeto por aquellos maestros que enseñaron con paciencia.

Respeto por aquellas escuelas humildes donde la cultura entraba despacio, página a página.

Respeto por una generación que quizá no tuvo muchos libros, pero supo valorar cada uno como si fuera un tesoro.

Porque aquel libro enseñaba ciencias, sí. Pero también enseñaba una lección más profunda: que las cosas sencillas importan.

Una piedra, una espiga, una gota de agua, una herramienta, una abeja, una estrella, una llama, una hoja de árbol… todo podía ser motivo de aprendizaje.

Y quizá por eso, muchos años después, cuando alguien vuelve a ver la portada de Lecciones de cosas, no está viendo solamente un libro antiguo. Está viendo una escuela. Está viendo una infancia. Está viendo a nuestros padres sentados en un pupitre, con los ojos abiertos, aprendiendo a descifrar el mundo.

📘 Porque antes de que existieran las pantallas, hubo libros que iluminaron la vida.

🌿 Porque antes de buscar en internet, los niños buscaban respuestas en los grabados de una página.

🕯️ Porque aquel viejo Lecciones de cosas fue, para muchos niños del Valle de Lecrín, una primera enciclopedia del mundo.

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📘 El viejo “Lecciones de cosas”: el libro que enseñó a mirar el mundo a nuestros padres


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