02 junio 2026

María de Chaves

María de Chaves 

 MARÍA DE CHAVES

La viuda que perdió a su hijo en Tablate y volvió a levantar su casa

El 12 de febrero de 1572, el escribano Antonio Pérez de Badajoz encontró a María de Chaves en Saleres.

No estaba en su casa de Melegís. Estaba en Saleres, el pueblo vecino, donde se había refugiado cuando los moriscos se alzaron tres años antes. El juez Machuca necesitaba su declaración, y alguien le dijo que la buscara allí. Allí estaba. Esperando, quizás, o simplemente viviendo el día a día de quien no sabe bien si ya puede volver.

El escribano tomó nota de lo que le dijo. Lo tituló sin adornos: «Memorial de los bienes raíces de María de Chaves, cristiana vieja, viuda, mujer que fue de Lorenzo Hernández, hecho en Saleres doce días del mes de Febrero de mil e quinientos e setenta e dos años».

Un memorial de bienes raíces. Un inventario. Una lista de lo poco que tenía y de lo mucho que había perdido.

Esta es la historia que ese memorial guarda.

Sobre su marido, Lorenzo Hernández, el Apeo no dice nada más que su nombre. No sabemos de dónde era, ni cuándo murió, ni cómo. Solo que María lo sobrevivió, y que cuando el escribano la encontró en Saleres, hacía tiempo que era viuda. Había salido adelante sola. Había labrado sus casas sola. Había arrendado su pequeño huerto a un morisco del lugar llamado Juan el Herrero, que pagaba sesenta maravedíes al año, y con ese dinero y lo que producían sus bancales había ido pasando los años.

Tenía más de cuarenta años cuando declaró. En el siglo XVI, más de cuarenta años para una mujer que trabajaba la tierra y vivía a censo de la iglesia era una edad considerable. Una mujer de experiencia. Una mujer que había visto cosas.

Lo que tenía no era mucho. El Libro de Apeo lo enumera en cinco capítulos y en cada uno de ellos el margen izquierdo del folio lleva la misma anotación, escrita con tinta algo más oscura: «No hay título».

Dos casas en el lugar de Melegís, juntas la una de la otra, lindando con casas de la Iglesia y con el Camino que va al Chite. Las había labrado ella misma, con sus manos y con su dinero, sobre un suelo tomado a censo perpetuo de la Iglesia, pagando cinco reales y medio al año. Llevaba veinticuatro años en ellas, poco más o menos. Eran suyas en el sentido más real de la palabra: porque ella las había construido, porque ella las habitaba, porque ella pagaba por ellas cada año sin falta.

Pero las escrituras las había perdido en el alzamiento.

Un huerto pequeño a las espaldas de la casa, con tres limoneros y un cerezo. Tomado a censo de la misma Iglesia, de la misma manera que las casas. Lo había arrendado a Juan el Herrero durante doce años, sin escritura de arrendamiento, con la confianza de vecinos que se conocen de toda la vida. El morisco pagaba sus sesenta maravedíes y cuidaba los árboles. Un trato sencillo, de palabra, que había funcionado durante más de una década.

Cuando María volvió de su huida, los vecinos se habían metido en el huerto. No Juan el Herrero, que había desaparecido con el alzamiento. Otros. Los nuevos. Los que llegaron a ocupar las casas vacías y tomaron también lo que encontraron a mano.

Cinco pedazos de haças, pequeños, que eran bancalejos en el Pago de Hamida, Camino de Concha, con diecinueve olivos pequeños y otros árboles, todo ello en unos cuatro marjales. Un pedazo de haça de medio marjal en el Pago del Fontil, con dos albaricoques, unos membrillos y un peral. Cuatro olivos con su tierra en ese mismo Pago del Fontil, lindando con la haça de Agustín el Madrabi y con el Torrente.

Estos últimos no los había tenido siempre. Los había heredado de su hijo.

Alonso Yáñez se llamaba. Era el hijo de María de Chaves y de Lorenzo Hernández. Estaba casado, aunque sin hijos. Tenía sus propias tierras: los cinco bancalejos del Pago de Hamida, el medio marjal del Fontil, los cuatro olivos junto al Torrente. Las tierras que llegarían a María cuando él muriera.

Murió en Tablate.

El documento lo dice con la misma frialdad con que dice todo lo demás: «mataron los moros al tiempo del alzamiento en Tablate». Una frase subordinada, encajada entre la descripción de unos bancalejos y la mención de que los títulos se habían perdido. El escribano no se detiene. No hay espacio en un memorial de bienes para la muerte de un hijo.

Tablate era el paso. El puente sobre el río, en la garganta que comunica el Valle de Lecrín con la Alpujarra. Cuando se alzaron los moriscos en enero de 1569, los rebeldes del Valle intentaron abrirse paso hacia Granada o defenderse de las tropas que venían. En Tablate hubo un encuentro. Murió gente. Entre ella, Alonso Yáñez.

No sabemos si fue en los primeros días del alzamiento o en alguno de los combates posteriores. No sabemos si murió con las armas en la mano o simplemente se encontró en el lugar equivocado en el momento equivocado. No sabemos si María lo supo enseguida o si tardó semanas en enterarse, mientras huía.

Lo que sí sabemos es que Alonso no dejó hijos. Y que por esa razón María fue su heredera. «Cuya heredera ella fue como su madre, aunque el dicho su hijo era casado por no dejar hijos algunos». La herencia pasó a ella. Las tierras de Alonso pasaron a ser las tierras de María. Un patrimonio ensamblado a golpe de pérdidas.

La huida de María de Chaves en enero de 1569 no fue una decisión. Fue un instinto. Los moriscos del lugar de Nígueles habían entrado en el Valle, y la noticia de lo que hacían corría de boca en boca más rápido que las propias tropas. Los vecinos cristianos viejos de Melegís salieron de sus casas y se fueron. No pusieron en cobro lo que tenían. No recogieron sus papeles. No cerraron bien las puertas. Simplemente corrieron porque los moros no los matasen.

El testigo Juan de Castro, que tenía cuarenta años cuando declaró ante el juez Machuca, lo recordaba con precisión: «al tiempo del alzamiento del dicho Valle, la dicha María de Chaves se fue huyendo de su casa y la desamparó porque los moros no la matasen». Y el viejo morisco Bernabé de Baeza, que tenía ochenta años y lo había visto todo con sus propios ojos: «vio este testigo al tiempo del alzamiento de los moros del dicho Valle, que la dicha María de Chaves desamparó su casa, e dejó su hazienda, e se fue huyendo por temor de los moros, no sabe donde».

No sabe donde. Bernabé no supo adónde fue María. Tal vez ella misma no sabía bien adónde iba cuando echó a correr. Solo sabía que tenía que alejarse de Melegís.

Acabó en Saleres. El pueblo siguiente, cuesta arriba, donde también había vecinos que corrían.

Y allí se quedó los tres años que duró la guerra, mientras Melegís quedaba vacío y los moriscos del Valle eran expulsados hacia Córdoba y sus casas pasaban a manos de la Corona de Felipe II.

Cuando volvió, el huerto estaba ocupado.

El tercer testigo que presentó en su probanza fue Francisco González, labrador, vecino del lugar, de veinticinco años. Su declaración sobre el huerto es la más reveladora de todo el proceso: «ahora después que se pobló el dicho lugar de christianos viejos, en su suerte que le cupo a este testigo le cupo el dicho huerto, e teniéndolo ansí, la dicha María de Chaves se le entró en él».

La lectura cuidadosa de esa frase cambia todo. No fueron los repobladores los que le ocuparon el huerto a María. Fue María la que entró en el huerto de un repoblador. En el reparto de suertes que el arrendamiento provisional hizo entre los nuevos vecinos, el huerto que había sido de María cayó en la suerte de Francisco González. Y María, que tenía razones para creer que ese huerto era suyo, se metió en él.

No era un acto de debilidad. Era un acto de reivindicación. Una mujer de más de cuarenta años que había vivido en ese huerto durante décadas, que lo había arrendado a un morisco durante doce años, que lo había recuperado al volver, no iba a ceder sin más porque un folio de reparto dijera que le correspondía a un vecino recién llegado.

Pero tampoco tenía títulos. Sus escrituras habían ardido con el escribano Pilado.

El juez Machuca le dio dos días para presentar títulos o probar que los había tenido y los había perdido en el alzamiento.

En esos dos días, María de Chaves buscó testigos. Tres encontró: Juan de Castro, Bernabé de Baeza y Francisco González. El primero era un repoblador de cuarenta años. El segundo era el morisco de ochenta que llevaba toda su vida en el lugar y era la memoria viva de quién había tenido qué. El tercero era el mismo repoblador a quien se le había asignado el huerto.

Los tres declararon lo que sabían y lo que no sabían. Juan de Castro dijo que había visto a María habitar sus casas desde hacía quince o dieciséis años, pero que del huerto no tenía memoria. Bernabé de Baeza dijo que había visto a María y a su hijo poseer los bancalejos del Pago de Hamida durante más de quince años, que él mismo los había arado algún año a jornal de María, y que era público en el lugar que esas tierras las había heredado del hijo. Del huerto dijo que lo había visto poseer a Juan el Herrero, el morisco, y que creía que era el suelo de la iglesia. Francisco González dijo lo que quedó dicho: que el huerto le había caído en su suerte, y que María se había metido en él.

Luego compareció Juan López, el cristiano viejo más influyente del lugar, de más de cincuenta años, y dijo que las dos casas eran propias de María, que las había visto tener y poseer durante veinte años, y que era público y notorio que pagaba cinco reales y medio de censo a la Iglesia. De los bancalejos y los olivos dijo que también los había visto en manos de María y de Alonso Yáñez durante quince años, labrándolos y cogiéndoles el fruto como cosa propia. De los títulos no sabía nada, pero sí sabía que al tiempo del alzamiento todos los cristianos viejos habían salido corriendo sin poner en cobro lo que tenían, y que bien podía ser que las escrituras se hubieran perdido o quemado en ese momento.

El 22 de febrero de 1572, el licenciado Machuca dictó su resolución.

Le quitó el huerto. Y uno de los albaricoques del Pago del Fontil. Declaró que ambos habían pertenecido a moriscos hasta el alzamiento y que eran, por tanto, patrimonio del rey. Ordenó a María que no se entrara en ellos bajo pena de cincuenta mil maravedíes para la cámara de Su Majestad.

En cuanto a todo lo demás —las dos casas, los cinco bancalejos, el medio marjal del Fontil, los cuatro olivos— el juez dijo que, atenta la probanza que María había hecho, no alteraba ni innovaba en cosa alguna y mandaba que se le estuviera en el mejor derecho que tenía a esos bienes como antes, sin perjudicar el derecho del rey.

No le devolvió los títulos. No podía: los títulos habían ardido con Pilado. Pero tampoco le quitó lo que era suyo. En la práctica, la dejó en posesión de casi todo lo que había declarado, con la única excepción del huerto y el albaricoque del rey.

Al día siguiente, el 23 de febrero, el escribano Antonio Pérez fue a notificarle la resolución. La encontró en persona. Firmó los testigos. Y lo dejó anotado.

En el Apeo no hay más noticias de María de Chaves. Después del 23 de febrero de 1572, su nombre desaparece de los folios. No aparece en los pleitos de 1577. No se menciona en ningún lindero posterior. No hay testamento, ni herencia, ni sucesor documentado.

Vivió, o murió, sin que el libro volviera a necesitarla.

Pero lo que el libro guarda de ella es suficiente para reconstruir lo esencial. Una mujer que durante veinticuatro años pagó el censo de sus casas sin falta, que arrendó su huerto con un trato de palabra que funcionó durante doce años, que trabajó los bancalejos que heredó de su hijo muerto, que huyó cuando tuvo que huir y volvió cuando pudo volver, que se presentó ante el juez sin abogado ni padrino, que buscó sus testigos uno a uno en el plazo de dos días, que perdió el huerto y el albaricoque pero conservó las casas y la tierra.

No tenía títulos. No tenía escrituras. Solo tenía testigos que decían la verdad, y la verdad era que llevaba décadas en ese lugar y que nadie en el pueblo había puesto en duda que aquello era suyo.

El morisco Bernabé de Baeza, que tenía ochenta años y la conocía desde antes de que llegara su marido, lo dijo con la sencillez de quien no necesita adornar las cosas: «algunos años lo ha arado por jornal que la dicha María de Chaves le daba». Un hombre de ochenta años que en su juventud había arado los bancalejos de María como jornalero. Que la recordaba joven, con su marido vivo, con su hijo Alonso todavía niño, labrando aquella tierra en el Pago de Hamida.

No sabemos si María de Chaves había nacido en Melegís o si había llegado de fuera con su marido. No sabemos si tenía otros hijos además de Alonso. No sabemos si el huerto que le quitaron le dolió mucho o poco, si volvió a plantarlo en otro sitio, si tuvo alguien que la ayudara en los últimos años.

Sabemos que construyó dos casas con sus manos. Que arrendó un huerto con un trato de palabra. Que perdió a su hijo en un puente y heredó sus tierras. Que huyó al monte para no morir. Que cuando volvió encontró el pueblo cambiado y parte de lo suyo en manos de otro. Que se presentó ante un juez sin títulos y se fue con casi todo lo que había pedido.

Y que cinco reales y medio de censo perpetuo a la Iglesia, pagados cada año desde hacía veinticuatro, eran la única prueba de propiedad que nadie le podía quitar.

Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006 / Digibug 2022. Documento original: Memorial de los bienes raíces de María de Chaves, con su probanza y auto del licenciado Jusepe Machuca, folios 43r-48v del Libro de Apeo de Melegís, febrero de 1572.



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