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| Corpus Christi en Albuñuelas |
🌿✨ EL CORPUS CHRISTI EN ALBUÑUELAS Y SU EVOLUCIÓN A TRAVÉS DE LOS AÑOS
De las velas de los años 50 a los altares floridos de 2024
Hay fiestas que no pasan.
Cambian de ropa, cambian de fecha, cambian de cámara, cambian de voces, pero no pasan. Permanecen.
El Corpus Christi en Albuñuelas es una de esas celebraciones que han ido atravesando las décadas como una procesión lenta por la memoria del pueblo. No es solo una fiesta religiosa. Es una forma de reconocerse. Es la calle convertida en templo, la fachada encalada como ofrenda, la colcha bordada tendida al balcón, la planta aromática extendida sobre el suelo, el altar levantado por manos vecinas y la custodia avanzando despacio entre silencio, devoción y belleza popular.
La fotografía de los años 50, conservada por José Durán, es una joya de memoria. En ella vemos la procesión saliendo de la iglesia, con el palio al fondo, la custodia, los monaguillos, los vecinos formando dos hileras y muchas mujeres vestidas de oscuro, algunas con velo o pañuelo, sosteniendo cirios en las manos. La calle empedrada, la sombra de la iglesia, los rostros serios y la solemnidad del momento hablan de otra época. Era un Corpus más austero, más recogido, más marcado por la religiosidad tradicional y por una sociedad donde la fiesta se vivía con respeto profundo, casi con temor sagrado.
Décadas después, la referencia de 1970 nos describe ya una celebración perfectamente asentada en la vida de Albuñuelas. El Corpus se celebraba sesenta días después del Domingo de Resurrección. Tradicionalmente era el jueves, día festivo en el pueblo, aunque más tarde el Ayuntamiento lo trasladó al domingo para facilitar la asistencia de los vecinos. Ese dato es muy importante, porque marca una evolución: la fiesta se adapta a los tiempos, pero no pierde su esencia.
En aquella descripción aparecen los preparativos que dan identidad al Corpus albuñolense: los vecinos encalaban las fachadas, oreaban las colchas bordadas que colgarían de balcones y ventanas, salían al campo a recoger tomillo, romero, pinico, gallombas y mastranzo, y durante la víspera montaban los altares en las calles. Incluso se menciona una costumbre entrañable: los buñuelos con chocolate para aliviar el cansancio de quienes pasaban la noche preparando el recorrido.
Las fotografías y vídeos de 1990 muestran otro momento de la evolución. Ya aparece el color, la imagen grabada, el recuerdo más cercano. El Corpus sigue lleno de vida: niños vestidos de blanco, niñas con trajes de flamenca, vecinos acompañando la custodia, altares levantados en las calles, ramas verdes cubriendo el recorrido y el palio avanzando entre casas blancas. Es un Corpus todavía muy popular, muy familiar, muy de pueblo. La tradición no se había roto. Seguía pasando de padres a hijos, de abuelas a nietas, de vecinos mayores a niños que caminaban delante de la procesión sin saber quizá que también ellos estaban entrando en la memoria.
Y llegamos a 2024. Las imágenes actuales muestran una celebración más luminosa, más cuidada visualmente, más fotografiada, pero con el mismo corazón. La custodia sigue saliendo bajo palio dorado. El sacerdote se detiene ante los altares. Los niños de comunión acompañan el cortejo. Las calles se adornan con ramas y plantas. Los vecinos siguen preparando mesas cubiertas con manteles blancos, flores, velas, jarrones, objetos antiguos, piezas de cobre, espejos, pan, uvas y pequeños símbolos religiosos. En cada altar hay fe, pero también gusto, memoria doméstica y trabajo compartido.
Lo más hermoso de esta evolución es que el Corpus de Albuñuelas no ha dejado de ser vecinal. No parece una fiesta hecha para mirar desde fuera, sino para hacerla desde dentro. Cada generación ha añadido algo suyo. Los años 50 aportan la imagen solemne de la fe antigua. Los años 70 nos dejan la descripción de las costumbres y los preparativos. 1990 nos muestra la fuerza popular de la tradición transmitida. 2024 confirma que, aunque el mundo haya cambiado, Albuñuelas sigue sabiendo convertir sus calles en altar.
Antes predominaban los cirios, los velos oscuros, el empedrado y la solemnidad. Después llegaron las cámaras domésticas, los trajes de flamenca, las familias completas acompañando la procesión. Hoy aparecen los móviles, las fotografías digitales y los altares más elaborados. Pero hay algo que no cambia: la custodia avanzando lentamente por el pueblo y los vecinos preparando el camino con flores, plantas, colchas, macetas y cariño.
El Corpus Christi en Albuñuelas es, por tanto, una fiesta de continuidad. Una celebración donde la fe se mezcla con la estética popular, donde el campo entra en el pueblo convertido en alfombra, donde las casas se abren hacia la calle y donde cada altar parece decir: “aquí seguimos”.
Porque al final eso es el Corpus: memoria viva.
Una procesión que no solo recorre calles.
Recorre generaciones.
🌿⛪✨ Albuñuelas, en cada Corpus, vuelve a ser pueblo, altar y recuerdo.
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📷 Fotos: José Durán







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