![]() |
| Fotografía histórica recreada de Juliana López |
Juliana López: una mujer con escrituras propias en el Restábal del siglo XVI.
En los documentos antiguos, muchas mujeres aparecen apenas como una sombra detrás de un hombre. Se las nombra como hijas, esposas o viudas. Su identidad queda atada a una relación familiar, como si la vida propia no bastara para merecer renglón independiente. Pero a veces, entre la letra apretada de los escribanos, surge una mujer que rompe esa costumbre sin levantar la voz. No necesita proclamar nada. Le basta con aparecer rodeada de casas, viñas, morales, compras, censos y escrituras.
Una de esas mujeres fue Juliana López, vecina de Restábal en el siglo XVI.
El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal la menciona con una fórmula habitual de la época: mujer que fue de Antón de Pliego y después esposa de Alonso de Perpiñán. Es decir, viuda primero y casada de nuevo después. Pero Juliana no aparece únicamente como prolongación de sus maridos. Aparece como propietaria. Como heredera. Como mujer con bienes propios. Como alguien cuya memoria económica estaba escrita en pergaminos, ventas, trueques y posesiones repartidas por Restábal, Melegís y Lojuela.
En un tiempo en que muchas mujeres quedaban ocultas bajo el apellido del padre o del marido, Juliana López dejó huella documental porque tuvo tierra. Y tener tierra en el siglo XVI significaba tener voz, aunque esa voz llegara hasta nosotros a través de escribanos, testigos y fórmulas jurídicas.
Restábal, antes del alzamiento morisco, era un pueblo mayoritariamente morisco. Sus casas, sus hornos, su molino de aceite, sus acequias, sus viñas y sus morales pertenecían en gran parte a familias moriscas que llevaban generaciones trabajando aquellas laderas. Entre ellos vivía una minoría de cristianos viejos que compraba, vendía, heredaba y hacía negocios con sus vecinos. Juliana López pertenecía a ese pequeño grupo que supo moverse con habilidad en el mundo de las escrituras.
Su primer marido, Antón de Pliego, había formado con ella un patrimonio considerable. Tras enviudar, Juliana volvió a casarse con Alonso de Perpiñán, uno de los hombres más influyentes de Restábal: propietario, negociante y mediador entre los vecinos y el Consejo de Hacienda de Granada. Pero lo importante es que Juliana no desapareció dentro del patrimonio de Perpiñán. El Apeo conserva la memoria de bienes que eran suyos, procedentes de compras anteriores, de su primer matrimonio y de operaciones realizadas con moriscos del lugar.
Entre esos bienes aparecen casas, viñas viejas, morales, tierras de riego y secano, propiedades en distintos pagos y derechos cuidadosamente defendidos. El documento recoge, por ejemplo, una casa comprada a Pedro Barbarroxa y su mujer; una casa con dos palomares adquirida a Bartolomé Mejía y su esposa; viñas en pagos como Cormacaxila, Bealmi o Racalayn; morales comprados a distintos vecinos moriscos; tierras en Melegís; y un pedazo de tierra en el arroyo llamado Almalen, comprado a Hernando de Luna Hazuz.
Cada una de esas posesiones era mucho más que una finca. Era una prueba. Una garantía. Una seguridad frente a un mundo inestable.
Porque la tierra, en aquel Restábal de mediados del siglo XVI, no era solo medio de vida. Era protección. Una viña podía alimentar a una familia. Un moral podía sostener la cría del gusano de seda. Una casa podía asegurar la permanencia de una mujer viuda. Una escritura podía marcar la diferencia entre conservar lo propio o perderlo ante un juez.
Juliana López entendió esa lógica. O, al menos, la vivió con suficiente firmeza como para que sus bienes quedaran descritos con detalle cuando llegó el momento de probar qué era suyo y qué no.
Uno de los episodios más humanos relacionados con ella tiene como protagonista un moral.
En el Apeo se cuenta que Juliana poseía un moral en tierra de Lorenço Zulan. Para demostrar que aquel árbol era suyo, un testigo recordó una escena ocurrida años atrás: Antón de Pliego, primer marido de Juliana, había discutido con Lorenço Zulan porque este le había cogido la hoja del moral. Una riña de vecinos por unas hojas de morera terminó convertida, diez años después, en prueba de propiedad.
Ese detalle es extraordinario.
Nos muestra un mundo donde la memoria oral podía valer tanto como una escritura. Donde una discusión al pie de un árbol quedaba guardada en la conciencia del pueblo. Donde la hoja de un moral no era una cosa menor, sino un bien económico de primer orden, porque alimentaba a los gusanos de seda y sostenía una industria entera.
Aquel moral de Juliana no era solo un árbol. Era renta. Era trabajo. Era seda. Era derecho.
La historia de Juliana López nos permite además mirar de otra forma a las mujeres del Valle de Lecrín en el siglo XVI. No todas aparecen como sujetos pasivos. Algunas compran. Otras venden. Otras heredan. Otras administran bienes después de enviudar. Otras defienden sus derechos ante la justicia. Muchas lo hacen dentro de los límites que les imponía una sociedad profundamente desigual, pero eso no significa que no actuaran.
Juliana actuó.
Lo hizo desde la posición que le permitía su tiempo: como viuda, como esposa, como propietaria, como mujer de casa y de escrituras. No fue una figura pública como Alonso de Perpiñán, ni un cargo eclesiástico como Pedro de Aragón, ni un testigo habitual como Bartolomé de Alfaro. Pero su presencia en el Apeo demuestra que el patrimonio familiar no se construía solo desde los hombres. También había mujeres que sostenían, conservaban y transmitían.
La viudez, en su caso, no fue desaparición. Fue continuidad.
Al morir Antón de Pliego, Juliana no quedó borrada. Su patrimonio siguió teniendo nombre. Su nuevo matrimonio con Alonso de Perpiñán no anuló lo anterior. Al contrario, el Apeo permite ver una biografía económica compuesta por etapas: lo adquirido con su primer marido, lo conservado tras enviudar, lo integrado después en una nueva casa, lo declarado ante el juez cuando el territorio entero fue revisado tras la expulsión morisca.
Esa continuidad resulta especialmente valiosa en un pueblo como Restábal, donde el alzamiento de 1568-1570 rompió el mundo conocido. Las familias moriscas fueron expulsadas, las casas cambiaron de manos, las tierras se repartieron, las acequias quedaron dañadas y muchos nombres desaparecieron para siempre de la vida del pueblo. En medio de ese quiebre, las escrituras de Juliana López funcionaron como un hilo de permanencia.
Ella pertenecía al grupo que pudo quedarse.
Y eso obliga a leer su historia con matiz. Juliana fue una mujer fuerte, capaz y propietaria, pero también formó parte de una minoría cristiano-vieja que compró bienes a moriscos en un contexto de desigualdad legal y presión fiscal. Sus propiedades hablan de trabajo y previsión, pero también de un sistema que favorecía a unos y debilitaba a otros. La grandeza de su figura no está en convertirla en heroína sin sombras, sino en verla entera: mujer de su tiempo, hábil en su mundo, consciente del valor de la tierra, capaz de conservar lo suyo cuando tantos lo perdieron todo.
En esa complejidad está precisamente su fuerza.
Juliana López representa a muchas mujeres que no fundaron capellanías, no ocuparon cargos, no firmaron grandes documentos públicos y, sin embargo, sostuvieron el patrimonio de sus casas. Mujeres que sabían dónde estaba cada viña, qué moral pertenecía a la familia, qué tierra tenía censo, qué escritura había que guardar, qué lindero no debía olvidarse. Mujeres que quizá no escribían los documentos, pero sabían muy bien lo que contenían.
La historia local suele recordar los nombres de los alcaldes, regidores, beneficiados, escribanos y propietarios principales. Pero debajo de esos nombres hubo mujeres como Juliana, cuya labor consistió en guardar la continuidad. Y guardar la continuidad, en tiempos de guerra, expulsión y repoblación, era una forma profunda de fortaleza.
En Restábal, la memoria de Juliana López quedó unida a casas, viñas, morales y escrituras. No sabemos cómo fue su rostro. No conocemos su voz. No sabemos si caminaba despacio por la Calle Real, si supervisaba sus tierras desde la puerta de su casa, si recordaba con tristeza a Antón de Pliego o si encontró en Alonso de Perpiñán una segunda estabilidad. Pero sabemos algo esencial: tuvo bienes propios y supo conservarlos.
Eso basta para devolverle un lugar en la memoria.
Porque en el siglo XVI, en un Valle de Lecrín quebrado por la historia, una mujer con escrituras propias era mucho más que una propietaria. Era una raíz.
Y Juliana López fue una de esas raíces silenciosas que ayudaron a sostener Restábal cuando todo cambiaba.
Fuente principal:
M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez e I. C. Gómez Noguera, El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, Granada, 2006 / Digibug 2022.

No hay comentarios:
Publicar un comentario