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| Fotografía histórica recreada de María de Herbas |
María de Herbas: la viuda fuerte de Melegís
En la historia de los pueblos, no todas las mujeres pueden ser presentadas como figuras limpias, silenciosas y obedientes. Algunas aparecen en los documentos con otra fuerza. No como víctimas puras ni como santas domésticas, sino como mujeres capaces de moverse en medio del conflicto, defender una casa, administrar bienes, tomar decisiones y ocupar un espacio que, en principio, parecía reservado a los hombres.
María de Herbas fue una de esas mujeres.
El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal la menciona como viuda de Francisco de Valles, uno de los cristianos viejos más importantes de Melegís. Esa condición ya dice mucho. No era una mujer cualquiera dentro del pueblo. Había estado casada con un hombre de considerable patrimonio, vinculado a tierras, hornos, huertas, olivos y negocios compartidos con moriscos principales del lugar. Cuando Francisco de Valles murió, María no quedó simplemente como una sombra familiar. Apareció ante el juez y los testigos como una viuda con bienes que declarar, frutos que había recogido, tierras que había sembrado y derechos que pretendía conservar.
En el Melegís de 1572, eso no era poca cosa.
Aquel año, el licenciado Jusepe Machuca llegó al pueblo para tomar posesión de los bienes de los moriscos expulsados. Lo que encontró fue un lugar herido: la población reducida, la iglesia quemada, las casas deterioradas, los morales y olivos mal atendidos, las acequias necesitadas de reparación y muchas propiedades envueltas en dudas. Había que distinguir qué era de Su Majestad, qué pertenecía a la Iglesia, qué correspondía a los cristianos viejos y qué bienes habían sido de los moriscos rebeldes. En ese escenario confuso, quienes conocían el terreno, quienes tenían escrituras, quienes habían comprado antes de la expulsión o quienes habían ocupado primero, tenían ventaja.
María de Herbas se movió en ese mundo con decisión.
Su marido, Francisco de Valles, había estado ligado a uno de los personajes moriscos más importantes de Melegís: Alonso el Madrabi. Ambos compartieron una hacienda importante comprada al racionero Martín Romero, con hornos, huerta y bienes de valor. La mitad correspondía a Valles y la otra mitad al Madrabi. Aquel acuerdo muestra una realidad compleja: antes del alzamiento, cristianos viejos y moriscos no vivían en mundos completamente separados. Hacían negocios, compartían intereses, compraban juntos y explotaban propiedades comunes. Pero después de la rebelión y la expulsión, esas relaciones quedaron rotas. Lo que había sido compartido se convirtió en campo de disputa.
Ahí aparece María.
El Apeo la muestra vinculada a varios hechos conflictivos. Se dice que sembró eras del Concejo. También aparece relacionada con la recogida de frutos de naranjos y olivos que se discutían como bienes de Su Majestad o de moriscos expulsados. Asimismo, figura en torno a los hornos que habían pertenecido al entramado patrimonial de Valles y el Madrabi. No es una presencia pasiva. Es una mujer actuando, entrando en tierras, aprovechando frutos, gestionando espacios productivos y defendiendo una posición económica.
Por eso hay que tratarla con matices.
Si se la presenta solo como mujer trabajadora y honesta, se empobrece su verdad. Si se la presenta únicamente como usurpadora, también se la falsea. María de Herbas fue una viuda fuerte en un tiempo de desorden. Y esa fortaleza podía tener dos rostros: el de la supervivencia y el del aprovechamiento.
Viuda en el siglo XVI significaba muchas veces quedar expuesta. Sin marido, una mujer podía perder autoridad, protección y capacidad de defensa. Pero también podía adquirir una posición nueva, especialmente si heredaba o administraba bienes. La viudez no siempre era silencio. En algunos casos, como el de María, fue una etapa de mando. Ella no esperó a que otros decidieran por ella. Actuó.
Lo hizo en un pueblo donde todo estaba siendo revisado. Los jueces preguntaban, los testigos recordaban, los vecinos murmuraban y los escribanos anotaban. Cada olivo, cada moral, cada horno y cada haza podían convertirse en pleito. Lo que antes se sabía de palabra había que probarlo ahora con escrituras. Lo que antes se toleraba por costumbre podía ser denunciado como abuso. Lo que una familia había usado durante años podía ser reclamado por la Corona si se demostraba que procedía de bienes moriscos.
María de Herbas quedó atrapada en esa frontera.
Por una parte, pertenecía al grupo de cristianos viejos que habían vivido en Melegís antes del alzamiento. Eso le daba memoria, arraigo y conocimiento. No era una repobladora recién llegada que necesitara que le explicaran los linderos. Ella sabía qué tierras habían sido de su casa, qué frutos se recogían, qué hornos funcionaban, qué pagos eran fértiles y qué relaciones había tenido su marido con los moriscos del lugar. Esa memoria práctica valía mucho.
Por otra parte, ese mismo conocimiento podía servir para ocupar espacios dudosos. En un mundo donde muchos moriscos habían sido expulsados, donde otros habían muerto o desaparecido, y donde las escrituras podían haberse perdido, quienes permanecieron tenían la oportunidad de ampliar, defender o reinterpretar sus derechos.
María no fue la única. Otros hombres del Apeo aparecen denunciados por situaciones parecidas: regidores, yernos de propietarios, cristianos viejos, arrendadores y vecinos que tomaron tierras, recogieron frutos o alegaron escrituras. La diferencia es que María era mujer, y su actuación destaca con más fuerza precisamente porque rompe el molde esperado.
No la vemos recluida ni dependiente. La vemos administrando.
Eso la convierte en un personaje fascinante para la historia de las mujeres del Valle. María de Herbas no representa solo la dulzura doméstica ni el sacrificio silencioso. Representa una forma más incómoda de poder femenino: el poder de una viuda que conoce el valor de lo que tiene, que no se aparta cuando llegan los hombres del rey, que defiende la herencia de su casa y que, si puede, aprovecha la ocasión.
Esa incomodidad es precisamente lo que la hace humana.
Porque las mujeres reales de la historia no siempre encajan en modelos ejemplares. Fueron madres, esposas, viudas, trabajadoras, propietarias, administradoras, deudoras, pleiteantes, víctimas y también beneficiarias de sistemas injustos. Algunas cuidaron. Otras resistieron. Otras negociaron. Otras ocuparon espacios que el mundo no les concedía fácilmente.
María de Herbas pertenece a esa última categoría.
Su fuerza no nace de una imagen idealizada, sino de su presencia concreta en el documento. Sembró, recogió, gestionó, declaró y fue señalada. En el Melegís quebrado por la expulsión morisca, supo que la tierra no esperaba. La tierra había que trabajarla, defenderla o tomarla antes de que otro lo hiciera. Los hornos daban renta. Los olivos daban aceite. Los naranjos daban fruto. Las eras servían para el pan. Todo tenía valor. Todo podía perderse.
En ese contexto, María actuó como cabeza de casa.
El hecho de que fuera denunciada no debe ocultarse. Al contrario, debe formar parte de su retrato. El Apeo nos permite verla desde fuera, a través de voces que la observan, la cuestionan o la acusan. Pero incluso esas acusaciones revelan su importancia. Nadie denuncia a quien no tiene capacidad de intervenir. Nadie murmura contra una mujer invisible. María de Herbas fue nombrada porque estaba en el centro de bienes disputados.
Y estar en el centro, para una mujer del siglo XVI, ya era excepcional.
También es importante recordar que ella no vivía en un mundo de normas claras y propiedades pacíficas. Melegís había sufrido un terremoto social. La expulsión de los moriscos dejó vacíos materiales y morales. Los bienes cambiaron de dueño, las relaciones antiguas se rompieron y la Corona intentó convertir en inventario lo que durante siglos había sido vida compartida. En ese proceso, muchos actuaron deprisa. Unos para sobrevivir. Otros para enriquecerse. Otros para no perder lo suyo. A veces, las tres cosas al mismo tiempo.
María de Herbas pudo participar de todas esas tensiones.
Por eso su historia debe contarse sin absolverla del todo y sin condenarla con ligereza. Fue una mujer fuerte en un mundo duro. Una viuda que no se resignó a desaparecer. Una administradora de patrimonio en un momento de crisis. Una figura discutida, sí, pero también imprescindible para entender cómo las mujeres podían ejercer autoridad cuando la muerte del marido las colocaba al frente de una casa.
Su nombre nos ayuda a romper una idea demasiado simple: que las mujeres del pasado solo fueron pacientes, obedientes y calladas. Algunas lo fueron porque no les dejaron otra salida. Pero otras, como María de Herbas, tuvieron que hablar con hechos. Y sus hechos quedaron escritos entre eras sembradas, frutos recogidos, hornos disputados y denuncias elevadas ante la autoridad.
No sabemos si fue querida o temida. No sabemos si sus vecinos la consideraban justa, ambiciosa o simplemente firme. No conocemos sus palabras directas, ni su rostro, ni el tono con que defendía lo suyo. Pero el Apeo deja claro que no fue una figura secundaria.
En la memoria de Melegís, María de Herbas debe ocupar un lugar propio: no como modelo perfecto, sino como mujer de carácter. Como viuda que sostuvo una casa poderosa en medio de una crisis. Como alguien que entendió que la historia no perdona a quienes se apartan demasiado pronto.
Su vida nos recuerda que la fortaleza femenina no siempre aparece vestida de humildad. A veces aparece con papeles, con tierras, con hornos, con decisiones difíciles y con conflictos abiertos.
María de Herbas fue una mujer de ese tipo.
Y precisamente por eso merece ser recordada.
Fuente principal:
M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez e I. C. Gómez Noguera, El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal, Granada, 2006 / Digibug 2022.

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