09 julio 2026

La última parra xatagoíl de Melegís


 🍇 LA ÚLTIMA PARRA XATAGOÍL DE MELEGÍS

Leyenda inspirada en el Libro de Apeo de Melegís.


Dicen los viejos papeles que en Melegís hubo una uva cuyo nombre parece venir de otro mundo: xatagoíl.

No sabemos ya si era blanca, negra, dorada o morada. No sabemos si servía para vino, para mesa o para pasas. El Libro de Apeo solo dejó escrita su sombra: unas parras xataguíes, unos parrales disputados, unas cepas que pasaron de mano en mano después de que los moriscos fueran expulsados.

Pero en Melegís se contaba otra cosa.

Se decía que la uva xatagoíl no era una uva cualquiera. Brotaba tarde, maduraba despacio y solo daba fruto bueno cuando el agua de la acequia llegaba limpia desde el Torrente y el sol de septiembre caía sobre los bancales con suavidad. Sus racimos no eran grandes, pero cada grano guardaba un dulzor antiguo, una mezcla de miel, tierra mojada y memoria. 🍇🌿

Antes del alzamiento, aquellas parras pertenecían a una familia morisca que vivía cerca del pago donde los morales daban hoja para la seda. El padre cuidaba la viña. La madre guardaba las uvas mejores para secarlas al sol. Los niños robaban algunos granos cuando nadie miraba. Y cada otoño, al vendimiar, la casa olía a mosto, a caña, a esparto y a pan recién cocido.

Luego vino la guerra.

Vinieron las órdenes del rey.

Vinieron los pregones.

Vinieron los caminos hacia Córdoba.

Y muchas casas quedaron cerradas con una llave que nadie volvió a usar. 🕯️


La familia de la parra xatagoíl tuvo que marcharse como las demás. Pero la noche antes de salir de Melegís, la mujer de la casa bajó sola hasta la viña. Llevaba un pañuelo oscuro y una pequeña azada. No lloró en voz alta, porque los soldados dormían cerca y el miedo ya había aprendido a caminar sin hacer ruido.


Se acercó a la cepa más vieja, la que su abuelo decía que venía de tiempos de los abuelos de sus abuelos, y enterró al pie de la parra una bolsita de tela con tres cosas: un puñado de tierra de la puerta de su casa, una hebra de seda devanada por sus manos y una semilla de uva.


Después apoyó la frente en el tronco retorcido y dijo:

—Mientras tú vivas, alguien recordará que estuvimos aquí.

A la mañana siguiente, la familia salió del pueblo.

La parra quedó sola. 🍂


Pasaron los años. Llegaron nuevos vecinos. El juez Machuca tomó posesión de los bienes. Los escribanos midieron las tierras. Los repobladores preguntaron qué era de quién. Bernabé de Baeza, viejo morisco conocedor de Melegís, explicó linderos, acequias, hazas, olivares y parrales. Y en los papeles quedó escrito aquel nombre extraño: uva xatagoíl.

Pero nadie supo ya cuidarla como antes.

Un repoblador la tuvo en su suerte durante un tiempo. Otro dijo que pertenecía al rey. Otro la reclamó como parte del arrendamiento. Alguien cortó sarmientos sin saber cuándo debía hacerlo. Otro regó demasiado tarde. Otro recogió las uvas verdes.

La parra resistió.

Cada septiembre daba unos pocos racimos, siempre en la parte más alta, como si quisiera esconderlos. Los granos tenían una piel fina y un sabor que no se parecía al de ninguna otra uva del Valle. Quien los probaba decía que, por un instante, oía agua correr por una acequia que no veía. Algunos aseguraban escuchar voces en una lengua que ya nadie hablaba. Otros decían que les venía a la memoria una casa que nunca habían conocido.


Por eso empezaron a temerla.


—Esa parra no es buena —decían unos.

—Tiene memoria de moros —murmuraban otros.

—Da uvas que hacen soñar lo que no se ha vivido.


Una tarde, un muchacho recién llegado de fuera comió tres granos de xatagoíl y volvió al pueblo diciendo que había visto Melegís lleno de luces: ciento veintitrés casas encendidas, hornos echando humo, mujeres cogiendo hoja de moral, hombres limpiando acequias y niños corriendo hacia el río.

Los vecinos se santiguaron.

Porque en aquel tiempo Melegís ya no tenía ciento veintitrés hogares. Tenía muchos menos. Las demás casas estaban vacías, caídas o habitadas por silencios. 🏚️

Desde entonces, nadie quiso vendimiar aquella cepa.

Pero tampoco nadie se atrevió a arrancarla.

Pasaron generaciones. Los nombres cambiaron. Los hijos de los repobladores ya fueron del pueblo. La seda fue perdiendo fuerza. Las viñas cedieron terreno. Los naranjos llegaron después. Y la vieja parra xatagoíl quedó arrinconada junto a un balate, medio cubierta de hierbas, agarrada a la tierra con raíces profundas.

Una noche de tormenta, cuando el agua bajaba fuerte por los barrancos, un rayo cayó cerca del pago. A la mañana siguiente, la parra apareció partida por la mitad. Los vecinos pensaron que había muerto.

Pero al primavera siguiente brotó un sarmiento nuevo.

Solo uno.

Un sarmiento delgado, verde, casi transparente.

Dicen que fue una niña quien lo vio primero. Había ido con su madre a recoger hierbas y encontró el brote saliendo del tronco quemado. La niña no sabía leer. No sabía quién había sido Alonso el Madrabi, ni Bernabé de Baeza, ni Rodrigo Alonso, ni Miguel de Angulo. No sabía nada de apeos, censos ni repartimientos.

Pero tocó la hoja nueva y dijo:

—Esta planta tiene pena.

La madre la apartó con cuidado.

—No digas eso. Las plantas no tienen pena.

Y la niña respondió:

—Esta sí.

Desde entonces, cada año, la parra daba un solo racimo. Uno nada más. Ni grande ni hermoso. Pero quien lo veía decía que parecía encendido por dentro al caer la tarde.

El último racimo apareció, según cuentan, un septiembre de mucho calor. Nadie quiso cortarlo. Lo dejaron madurar hasta que los granos empezaron a arrugarse en la cepa. Entonces llegó una mujer anciana, descendiente de aquellos nuevos pobladores que habían llenado el vacío, y cortó el racimo con una navaja pequeña.

No se lo comió.

Lo llevó hasta la acequia y dejó caer los granos uno a uno en el agua.

—Para que vuelva a quien lo sembró —dijo.

El agua se llevó las uvas hacia abajo, entre hojas secas, barro y reflejos de cielo. Y aquella noche, según la leyenda, la acequia sonó distinta. No como agua corriente, sino como una conversación muy antigua. 💧

Al día siguiente, la parra amaneció seca.

Seca del todo.

Pero durante muchos años, en Melegís, hubo quien aseguró que algunas noches de septiembre, cuando el aire olía a mosto y a tierra húmeda, se veía junto a los bancales una sombra de mujer inclinada sobre una cepa invisible.

No lloraba.

No rezaba.

Solo tocaba la tierra.

Y si alguien pasaba cerca, podía escuchar una frase muy baja, casi mezclada con el agua:

—Mientras alguien recuerde, no nos habremos ido del todo.


Por eso, cuando el Libro de Apeo menciona aquellas parras xataguíes, no está nombrando solo una variedad perdida.

Está nombrando una memoria.

La de una uva que ya no sabemos identificar.

La de un pueblo que fue arrancado de sus casas.

La de una tierra que cambió de dueño, pero no de alma.

Y quizá, quién sabe, en algún rincón viejo de Melegís, entre una acequia antigua y un balate cubierto de hierba, quede todavía una raíz dormida esperando que alguien vuelva a pronunciar su nombre:

xatagoíl. 🍇🌿


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