04 junio 2026

Bernabé de Baeza morisco de Melegís

Bernabé de Baeza morisco 

 🧓 BERNABÉ DE BAEZA: EL MORISCO QUE ENSEÑÓ EL PUEBLO A LOS NUEVOS POBLADORES

La historia extraordinaria del anciano de ochenta años que fue la memoria viva de Melegís cuando todo lo demás había ardido

Cuando el licenciado Jusepe Machuca llegó a Melegís el 10 de febrero de 1572 con su comisión real y su escribano y su tintero, lo primero que hizo fue buscar a tres personas.

Necesitaba a alguien que le explicara el lugar. Que le dijera qué era de quién. Que identificara cada haça, cada olivo, cada acequia, cada lindero. Que recordara compraventas de veinte años atrás, herencias, censos, tratos de palabra, promesas.

Eligió al beneficiado Martín Pinedo —el cura párroco, el hombre de las escrituras eclesiásticas—. Eligió a Juan López —el cristiano viejo más antiguo del lugar—. Y eligió a Bernabé de Baeza.

Un morisco de ochenta años. El último que quedaba. El que lo sabía todo. 🗝️

👤 QUIÉN ERA BERNABÉ DE BAEZA

El Libro de Apeo lo presenta con una fórmula que se repite en cada uno de sus más de veinte testimonios: «Bernabé de Baeça, morisco, natural e hacendado del dicho lugar, de biejo e anciano, de hedad de çerca de ochenta años».

Cuatro datos. Cuatro certezas.

Morisco: es decir, descendiente de musulmanes convertidos por la fuerza al cristianismo tras la conquista castellana de Granada en 1492. No había elegido bautizarse. Su familia lo había bautizado antes de que él naciera, o él mismo fue bautizado siendo niño, como casi todos los moriscos del Valle de Lecrín. Llevaba toda su vida siendo, en los papeles, cristiano. Y en su memoria, en su lengua, en su conocimiento del territorio: hijo de una cultura que los Reyes Católicos habían declarado ilegal.

Natural del dicho lugar: nacido en Melegís. No había venido de fuera. No era un morisco trasladado de otra comarca. Era de allí, como lo habían sido su padre y probablemente su abuelo. Conocía cada piedra de ese término porque había crecido entre ellas.

Hacendado: tenía tierras propias. No era un jornalero sin nada. El Apeo lo menciona como lindero en al menos una haça —«haça de Bernabé de Baeça»— en el Pago del Fondón. Un hombre con propiedades. Un vecino con peso.

De edad de ochenta años: en el siglo XVI, llegar a ochenta años era una excepción biológica. Significaba haber sobrevivido a las pestes, a los inviernos, a las hambres, al trabajo duro, a la guerra. Significaba haber visto pasar el mundo y seguir ahí, con la memoria intacta, capaz de prestar juramento y declarar.

Bernabé de Baeza llevaba ochenta años en Melegís cuando llegó el juez Machuca. Había nacido hacia 1492, el año mismo de la conquista de Granada. Era literalmente coetáneo del fin del mundo nazarí. Había vivido toda su vida en ese Valle que era morisco y que en 1572 estaba dejando de serlo. 🌍

📜 EL JURAMENTO — Lo que prometió decir

Cada vez que el Libro de Apeo llama a Bernabé de Baeza como testigo —y lo llama más de veinte veces, en procesos distintos, a lo largo de varios meses— el escribano anota la misma fórmula:

«Del qual fue requerido juramento, en forma de derecho, so cargo del qual prometio de dezir verdad.»

Juró. En forma de derecho. Sobre los Evangelios, probablemente —el juramento legal del siglo XVI—. Y prometió decir verdad.

Un morisco de ochenta años que juraba sobre los Evangelios del dios en cuyo nombre habían expulsado a su gente.

No hay ironía más densa en todo el Libro de Apeo. 📖

🗣️ LO QUE SABÍA — La enciclopedia viva de Melegís

Lo que el juez Machuca necesitaba de Bernabé de Baeza no era una opinión ni un juicio. Era información. Datos. Hechos. La memoria de un hombre que había vivido en Melegís durante ochenta años y que guardaba en su cabeza el catastro completo del lugar.

Y Bernabé lo sabía todo. El Apeo lo demuestra caso a caso:

🏠 Sabía el origen de cada propiedad

Cuando Juan López presentó su memorial de bienes y necesitaba testigos que confirmaran sus compras, el primero en hablar fue Bernabé. Y lo que dijo era exacto y detallado: «tiene notiçia e sabe la casa contenida en este capitulo [...] e save e es çierto que la mitad della la ubo e conpro de Alonso el Madrabi, morisco, podia aber el dicho tienpo cuya hera antes, e esto lo sabe porquel mismo Madrabi le dixo a este testigo un día».

El Madrabi se lo había dicho. Una conversación entre vecinos, años antes. Un dato guardado en la memoria de un anciano que ahora valía más que cualquier escritura perdida en el incendio. 🧠

🌾 Sabía la historia de las eras del concejo

La disputa más compleja del Apeo de Melegís —las eras que María de Herbas había sembrado de trigo, que todo el mundo decía que eran del Concejo— la explicó Bernabé con una precisión histórica asombrosa.

Recordó que las eras habían sido macaber —cementerio islámico— «donde los moros se enterraban». Que el beneficiado Domingo Vizcaíno las había adquirido a la muerte de su predecesor. Que el arzobispo de Granada las vendió al cristiano viejo Valles cuando no apareció ningún heredero del clérigo. Que Valles cedió la mitad al Madrabi. Que el Madrabi las dio al Concejo para que sirvieran de eras comunes. Que el Concejo pagaba el censo descontándoselo de la farda que el Madrabi debía al rey.

Una cadena de transmisiones que cubría décadas. Un árbol genealógico de una propiedad que Bernabé reconstruyó de memoria, sin un papel delante. «Abra seis o siete años hasta agora sienpre fueron heras de Conçejo hasta queste año las senbró e aro la dicha de Valles».

Seis o siete años. Los había contado. Los recordaba. 📅

🫒 Sabía qué era de los habices de la iglesia

En junio de 1572, el juez Machuca le encargó la tarea más delicada de todo el Apeo: identificar cuáles de las propiedades de Melegís pertenecían a los habices —los bienes que la antigua mezquita había legado a la iglesia al convertirse el lugar—. Nadie más podía saberlo. Las escrituras habían ardido con el escribano Pilado. El beneficiado Pinedo tenía el apeamiento eclesiástico pero estaba incompleto.

Solo Bernabé recordaba qué moriscos tenían qué tierras a censo de la iglesia, y cuánto pagaban, y desde cuándo.

Recorrió el término. Paseó cada pago. Identificó una a una las parcelas: la huerta del Guadixi en el lugar, los dos olivos junto a la Cruz en el Camino de Restábal, la huerta en el Frontil, los tres olivos en haça de Francisco de Aranda, el moral en el Camino de Murchas, el olivo junto al Torrente...

Dieciséis propiedades eclesiásticas identificadas de memoria. Y al final de su declaración añadió la cautela de un hombre honesto: «al presente no se acuerda de otros bienes algunos de la dicha yglesya, mas de los suso dichos, aunque a muchos dias que a recorrido su memoria, e a andado, e paseado el termino del dicho lugar para hazer esta declaraçion».

Había caminado el término entero. Había andado cada pago, cada vereda, cada lindero. Un anciano de ochenta años paseando el término de Melegís durante días, recorriendo su memoria con los pies, para no olvidarse de nada. 🚶

🍇 Sabía quién había tenido los parrales de uva antes que nadie

En el pleito de los parrales de Gregorio de Urquiza, los testigos declaran lo que saben por haberlo oído de Bernabé. El repoblador Gil Hernández: «yendo con este Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de la hazienda del dicho lugar, y llegando a las dichas parras que tiene el dicho Gregorio de Urquiza, le oyo dezir al dicho Bernabé de Baeça como las dichas parras eran de Francisco Valles».

El repoblador Juan Muñoz: «este testigo oyo dezir a Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de las haziendas del dicho lugar, como los dichos parrales que tiene el dicho Gregorio de Urquiza eran de Alonso el Madrabi».

Bernabé decía lo que sabía y los nuevos repobladores lo escuchaban y luego lo repetían ante el juez como si fuera propio. Porque no tenían otra fuente. Porque Bernabé era la única enciclopedia disponible. 📚

💧 Sabía que Juan López había destruido una acequia

En el pleito contra Juan López el Viejo, el testigo Pedro González declaró que había oído decir a Bernabé, «conocedor de las haziendas del dicho lugar», que una acequia antigua que Juan López había plantado de árboles era de un morisco expulsado y pertenecía al rey.

No era solo memoria de propiedades. Era también vigilancia. Bernabé sabía qué había habido antes en cada rincón del término. Y cuando algo cambiaba sin permiso, lo decía. 🌊

🌐 EL INTÉRPRETE — La barrera del idioma

Hay un detalle en el Apeo que dice más sobre Bernabé de Baeza que cualquier elogio: el beneficiado Pinedo actuó repetidamente como intérprete entre Bernabé y el escribano.

«A lo qual estubo presente el maestro Pinedo, benefiçiado del dicho lugar, por cuya lengua en algunas cosas el dicho Bernabé de Baeça, morisco, lo declaro, el qual lo firmo. El liçençiado Pinedo (rúbrica).»

Y en otro lugar: «todo lo qual declaro por lengua, e ynterpretaçion de Hernando de Cordoba, veçino del dicho lugar, questubo presente a la dicha declaraçion.»

Bernabé hablaba árabe. O al menos, cuando necesitaba ser preciso —cuando el término técnico, el nombre del pago, la descripción exacta de un lindero requería exactitud—, lo decía en árabe y alguien lo traducía.

Ochenta años de vida en un pueblo cristiano. Bautizado desde siempre. Y aun así, el idioma de sus antepasados era el que salía cuando quería ser exacto. La lengua de la precisión era el árabe. El castellano era la lengua de los documentos, de los jueces, de los que llegaban con sus comisiones reales a inventariar lo que había pertenecido a su gente.

Y el beneficiado Pinedo, el cura del lugar, firmaba al pie de la declaración del morisco de ochenta años porque era el que entendía las dos lenguas. Un cristiano viejo prestando su voz a un morisco viejo para que el rey supiera lo que era suyo. La Historia en su versión más irónica y más humana. 🗣️

🏛️ EL CARGO — «Conocedor de las haziendas del dicho lugar»

El título que el Apeo le da en los documentos de 1577 —cinco años después de la primera llegada de Machuca— es el más revelador de todos:

«Bernabé de Baeça, morisco, conocedor de las haziendas del dicho lugar.»

Conocedor. Ese era su cargo. No oficial, no pagado por la Corona, no designado por ningún decreto. Pero real y funcionalmente necesario: el hombre al que todo el mundo acudía para saber qué había sido de quién.

Un cargo que no existía en ningún reglamento de la repoblación. Que nadie había previsto. Que surgió porque sin él era imposible repartir lo que se había confiscado sin convertirlo todo en un desastre aún mayor del que ya era.

Y Bernabé lo ejerció. A sus ochenta años, caminando el término con los repobladores, señalando «esta haça era del Madrabi», «estos olivos los tenía Guadixi a censo de la iglesia», «esta acequia era de un morisco que ya no está».

Enseñando el pueblo a los nuevos pobladores.

No porque se lo hubieran pedido. No porque tuviera otra opción. Sino porque era su pueblo. Porque conocía cada piedra. Porque si él no lo decía, nadie lo iba a saber. Y si nadie lo sabía, los que se habían ido perderían hasta el rastro de haber existido. 💙

💔 LO QUE CALLÓ

Bernabé de Baeza declaró veintitantas veces ante el juez Machuca y los escribanos posteriores. Dijo verdad en todo lo que le preguntaron. No mintió nunca, que se sepa.

Pero el Apeo no recoge lo que no le preguntaron.

No le preguntaron qué sentía al ver cómo se repartían las casas de sus vecinos entre gente llegada de fuera. No le preguntaron si conocía a los moriscos que habían marchado hacia Córdoba, si eran su familia, sus amigos, sus parientes. No le preguntaron qué pensaba cuando el juez tomaba posesión de una haça «en nombre de Su Majestad» y él estaba ahí presente, señalando los mojones, identificando los linderos, haciendo posible esa posesión.

El Apeo registra que «para que se conozca, presente el dicho Bernabé de Baeça, morisco, que declaró cuál era la parte de el dicho Alonso el Madrabi, morisco». Bernabé señalando con el dedo la parte de la hacienda de su vecino, el morisco más rico del pueblo, que el juez iba a confiscar para el rey.

«E hizo otros autos de posesion, en todas las dichas posesiones, las quales el dicho señor Juez dixo que tomaba e tomo como mas convenga al serbiçio de su Magestad [...] e syn que al tienpo del tomalla ubiese contradiçion de persona alguna, a lo qual fueron testigos los dichos Bernabé de Baeça, e Alonso Ramos, e Hernando de Cordoba, veçinos del dicho lugar.»

Testigo de la confiscación. El último morisco del pueblo, testigo de cómo se repartía lo que había pertenecido a los suyos.

El Apeo no pregunta. El Apeo anota. Y en ese silencio entre lo que se preguntó y lo que se calló está la historia más profunda de Bernabé de Baeza. 🕯️

❓ LO QUE NO SABEMOS — El final de Bernabé

La última vez que Bernabé de Baeza aparece en el Apeo de Melegís es en los documentos de mayo de 1577. Cinco años después de la llegada de Machuca. Diez años después del alzamiento.

Para entonces tendría alrededor de ochenta y cinco años. Quizás más. El propio Apeo ya no es seguro: en la declaración de junio de 1572 dice «hombre de hedad de mas de setenta años» y en febrero del mismo año había dicho «ochenta años, poco más o menos». La edad de un hombre muy viejo es, en el siglo XVI, una estimación.

No hay testamento de Bernabé de Baeza. No hay partida de defunción —el registro parroquial de Melegís de esa época no se conserva—. No hay mención posterior en ningún lindero, en ningún pleito, en ningún documento.

Simplemente desaparece de los folios.

Lo más probable es que muriera en Melegís entre 1577 y 1580. Solo. Sin familia morisca —todos habían sido expulsados—. Rodeado de los repobladores a quienes había enseñado el pueblo, que seguían viviendo en las casas que él había identificado y trabajando las tierras cuyos linderos él había señalado.

¿Tuvo quién lo enterrara? ¿Rezó alguien sobre su tumba? ¿En qué idioma?

El Apeo no lo sabe. El Apeo ya no lo necesitaba. 🌿

🔚 EPÍLOGO: LA DEUDA QUE NADIE PAGÓ

El Libro de Apeo y Repartimiento de Melegís es, entre otras muchas cosas, un monumento involuntario a la memoria de Bernabé de Baeza.

Sin él, el juez Machuca habría tenido que inventar un reparto. Sin las declaraciones del anciano morisco, la mitad de las propiedades del lugar habrían quedado sin identidad conocida, y la otra mitad con identidades equivocadas. Sin su conocimiento de los habices de la iglesia, los censos perpetuos, las compraventas entre moriscos de veinte años atrás, las disputas de linderos, el origen de las eras del concejo... el proceso repoblador de Melegís habría sido aún más caótico de lo que fue.

Los repobladores lo usaron. El juez lo usó. Los vecinos lo usaron. Todos citaban a Bernabé —«oyó dezir a Bernabé de Baeça, conocedor de las haziendas del dicho lugar»— como quien cita una enciclopedia.

Y cuando su conocimiento ya no fue necesario, cuando los nuevos pobladores aprendieron a reconocer sus propias haças y a identificar sus propios linderos, Bernabé desapareció de los documentos.

La Historia no le debe ningún monumento. No tenía título oficial. No cobró por su trabajo. No firmó los documentos porque no sabía escribir.

Pero cada folio del Apeo de Melegís lleva, invisible entre las líneas, la huella de un anciano de ochenta años que recorrió a pie su pueblo para que nadie olvidara a quién había pertenecido. 🧓

Fuente: M. Espinar Moreno, C. González Martín, A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006.

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