19 junio 2026

Las mujeres de Dúrcal en el Libro de Apeo


 Las mujeres de Dúrcal en el Libro de Apeo .

En los libros antiguos, las mujeres no siempre aparecen donde estuvieron. Muchas veces sostuvieron la vida sin ocupar el centro de la escritura. Trabajaron la casa, cuidaron los huertos, atendieron los animales, criaron a los hijos, ayudaron en las labores del campo, vigilaron la seda, la ropa, el pan, el agua y la economía doméstica; pero el escribano, cuando tomó la pluma, solía mirar primero hacia los hombres. Ellos eran los vecinos reconocidos, los cabezas de casa, los que juraban, declaraban, recibían suertes o discutían linderos ante la autoridad.

Y, sin embargo, cuando uno lee despacio el Libro de Apeo y Repartimiento de Dúrcal, descubre que ellas estaban allí.

Aparecen de manera intermitente, a veces apenas nombradas, otras veces protegidas tras la figura de un marido, un hermano, un yerno o un padre. Pero aparecen. Y cuando lo hacen, no son simples sombras familiares. Son viudas que reclaman bienes. Herederas que conservan patrimonios. Madres que transmiten tierras a sus hijas. Propietarias que figuran en el reparto de suertes. Mujeres que, por la muerte del esposo o por la herencia recibida, tuvieron que entrar en el lenguaje duro de la propiedad: casas, hazas, viñas, censos, marjales, morales, olivos, escrituras y linderos.

El Apeo de Dúrcal fue redactado en un tiempo de ruptura. Tras el levantamiento morisco y la expulsión de la población vencida, el territorio quedó sometido a una nueva medición. Había que saber qué tierras pertenecieron a los moriscos, qué bienes eran de cristianos viejos, qué propiedades debían respetarse y cuáles podían repartirse entre los nuevos pobladores. Dúrcal no era un lugar menor. Era una alquería importante del Valle de Lecrín, articulada en barrios, vegas, acequias, caminos, huertos, viñas, morales, albercas, hornos, molinos y espacios comunales.

En ese mundo, la economía local no se entendía solo desde las grandes parcelas. También dependía de lo pequeño y constante: una haza bien regada, una viña con algunos olivos, una alberca para cocer lino, un moral para la seda, una casa con corral, un pedazo de huerto, una suerte recibida en el reparto, una dote de casamiento que pasaba de madre a hija. Ahí es donde las mujeres empiezan a ser visibles.

Una de las figuras más significativas es Damiana de Soto, viuda de Rodrigo de Zaragoza. Su caso muestra muy bien cómo una mujer podía comparecer en la documentación no como acompañante de nadie, sino como heredera y defensora de una memoria patrimonial. Damiana reclamó bienes que habían pertenecido a su marido antes del levantamiento morisco. Entre esas posesiones se mencionan antiguos macaberes, es decir, espacios de enterramiento islámico, algunos transformados o vinculados ya a viñas, olivos, morales y otros árboles.

Su presencia en el Apeo es muy reveladora. No estamos ante una mujer encerrada en el silencio de la casa, sino ante una viuda que conserva papeles, derechos y memoria de propiedad. La viudedad, que podía significar fragilidad social, también abría en ciertos casos una puerta jurídica. Muerto el marido, la mujer aparecía ante el juez como depositaria de los bienes familiares. Lo que antes quizá administraba desde dentro, ahora tenía que defenderlo hacia fuera.

Damiana de Soto no representa solo a una persona concreta. Representa a muchas mujeres que, al enviudar, se convirtieron en guardianas de escrituras. En un tiempo en que el territorio estaba siendo revisado, confiscado y repartido, tener memoria de los títulos era casi una forma de supervivencia. Saber de quién había sido una viña, qué censo pesaba sobre una tierra, qué escritura se había otorgado antes de la guerra o qué lindero separaba una posesión de otra podía decidir el futuro económico de una familia.


También destacan Isabel de Leonis y Francisca de Leonis, hermanas de Diego de Leonis, clérigo y racionero de la Iglesia de Granada. En su caso, no son ellas quienes comparecen directamente ante el juez, sino su hermano, que actúa por poder. Esto no debe llevarnos a pensar que carecían de importancia. Al contrario. El hecho de que el documento recoja sus bienes indica que ambas disfrutaban de un patrimonio considerable heredado de otro hermano, el maestro Leonis, clérigo.

Isabel y Francisca aparecen como mujeres ausentes, pero propietarias. Esa ausencia física no equivale a inexistencia histórica. Su hacienda estaba en Dúrcal, sus derechos debían ser reconocidos y sus bienes tenían suficiente entidad como para ser declarados formalmente. Eran mujeres situadas en una red familiar eclesiástica, probablemente de cierto nivel social, y su patrimonio se gestionaba a través de representantes masculinos, como era habitual en aquella época.

En ellas se ve una realidad importante: no todas las mujeres del Apeo pertenecían al mismo mundo. Algunas eran viudas de pobladores modestos; otras estaban vinculadas a familias con clérigos, capellanías, censos y propiedades repartidas por distintos lugares del Valle. La historia femenina no fue uniforme. Había mujeres pobres, mujeres trabajadoras, mujeres propietarias, mujeres con escaso margen de decisión y otras que, aun dentro de los límites de su tiempo, poseyeron bienes de peso.


Otro nombre esencial es María Hernández, viuda y vecina de Dúrcal. Recibió una suerte de población. La fórmula parece sencilla, pero encierra mucho. Una suerte no era una simple parcela. Era el conjunto de bienes que permitía a una familia asentarse: tierras, casa, árboles, quizá derechos de agua, obligaciones de cultivo y pago de censos. Recibir una suerte significaba quedar incorporada al nuevo orden repoblador.

María Hernández representa a la viuda pobladora, una figura especialmente interesante. La Corona prefería pobladores casados, con casa habitada, mujer e hijos, porque el objetivo no era solo repartir tierras, sino reconstruir pueblos. Pero la realidad fue más compleja. Hubo maridos que murieron antes del reparto definitivo, familias quebradas por la pobreza, mujeres que quedaron al frente de hijos menores y viudas que tuvieron que responder por la hacienda. En ese contexto, algunas fueron aceptadas como titulares o beneficiarias de suertes.

La suerte de María Hernández nos habla de una mujer que no podía desaparecer sin más del registro económico. Si había tierra que cultivar, censo que pagar y casa que mantener, alguien debía hacerse cargo. Y muchas veces ese alguien fue una mujer.


El caso de Elvira Ruiz permite entrar en otro aspecto fundamental: la transmisión familiar de la propiedad. Elvira aparece vinculada a Francisco de Guzmán, su segundo marido, y a una media suerte compartida. Pero la noticia documental va más allá. La otra media suerte se había entregado como dote de casamiento a Juan Martínez, marido de Mari González, hija de Elvira.

Aquí se abre una escena doméstica y económica de enorme valor. Elvira Ruiz había tenido una vida familiar anterior. Tenía una hija de su primer matrimonio. Después volvió a casarse. La propiedad se reorganizó alrededor de esa nueva situación. Una parte quedó con ella y su segundo esposo; otra pasó al marido de su hija como dote matrimonial.

La dote no era un simple regalo. Era una herramienta de alianza, una forma de asegurar la posición de una hija, de ordenar herencias y de insertar a una nueva pareja dentro del sistema de bienes. A través de Elvira Ruiz vemos cómo las mujeres no solo heredaban o recibían tierras, sino que también podían ser el eje por el que una hacienda se dividía, se transmitía o se reordenaba.


Mari González, la hija, aparece porque su matrimonio tiene consecuencias patrimoniales. Su nombre nos recuerda que muchas mujeres jóvenes entraban en la documentación a través del casamiento. No se las describía por sus sentimientos, su trabajo o su biografía, sino por la tierra que pasaba con ellas, por la dote que las acompañaba o por el marido que recibía parte de una suerte. Pero detrás de esa fórmula fría hubo una vida concreta: una muchacha de Dúrcal situada en el cruce entre la herencia materna, el matrimonio y el nuevo mundo repoblador.

Muy parecido, aunque con matices propios, es el caso de María Hurtada, viuda pobladora de Dúrcal. Ella dio media suerte a su yerno Jerónimo de Zaragoza, casado con su hija Mari Hurtada. De nuevo encontramos la misma lógica familiar: una madre viuda, una hija casada, un yerno que entra en la estructura de la propiedad y una suerte que se parte para asegurar continuidad.

María Hurtada aparece como mujer con capacidad para disponer de una parte de su patrimonio. No sabemos cuánto hubo en esa decisión de voluntad propia y cuánto de obligación social, pero el resultado documental es claro: la madre interviene en el destino económico de la hija. No es una figura pasiva. Administra, reparte, vincula, entrega, sostiene.

En estas mujeres se cruzan varias realidades. La primera es la viudedad. Muchas aparecen cuando han perdido al marido, porque solo entonces la documentación las mira de frente. Mientras el esposo vive, la mujer queda detrás del nombre masculino. Cuando él falta, ella debe dar la cara ante los jueces, los repartidores, los censos y los vecinos.

La segunda realidad es la herencia. Isabel y Francisca de Leonis heredan bienes de su hermano. Elvira Ruiz transmite parte de su suerte a través de su hija. María Hurtada entrega media suerte a su yerno. Damiana de Soto conserva derechos procedentes de su marido. La propiedad, en Dúrcal, no viajaba solo por líneas masculinas. También pasaba por manos femeninas, aunque muchas veces el documento intentara encajar esa circulación dentro de fórmulas patriarcales.

La tercera es la economía cotidiana. Las mujeres no fueron únicamente titulares legales de bienes. Vivían en casas donde había que amasar pan, guardar grano, cuidar aves, atender animales pequeños, hilar, lavar, criar niños, preparar comida, recoger productos del huerto y participar en las labores estacionales. En un lugar como Dúrcal, con vegas regadas, morales, viñas, olivares, lino, cañaverales y acequias, la vida agrícola necesitaba muchas manos. Las de las mujeres estaban presentes aunque rara vez fueran contabilizadas.

Es probable que participaran en el cuidado de los huertos cercanos a las casas, en la recogida de hoja de moral para la cría de seda, en el hilado, en la preparación de productos domésticos, en la gestión de alimentos y en tareas auxiliares del campo. También pudieron intervenir en pequeñas economías vinculadas a ventas, mesones, hornos o labores textiles, aunque los documentos suelan atribuir la titularidad pública de esos negocios a hombres.

La economía local no era solo la que se veía en los repartimientos. También era la economía que no se escribía: el trabajo continuo que hacía posible que una suerte no se arruinara, que una casa siguiera poblada, que una viña se mantuviera limpia, que un moral diera hoja, que un niño comiera, que una familia pagara el censo y no abandonara el lugar.

En este sentido, las mujeres de Dúrcal fueron parte esencial de la repoblación. La Corona quería vecinos útiles, pero entendía por vecino útil una casa entera. No bastaba un hombre con tierra. Hacía falta una familia que permaneciera. Por eso la mujer no era un adorno dentro del proyecto repoblador. Era una pieza necesaria para que el asentamiento funcionara.

El Libro de Apeo no lo dice con palabras modernas. No habla de igualdad, ni de derechos femeninos, ni de trabajo invisible. Pero si se lee con atención, deja ver una verdad profunda: Dúrcal no se reconstruyó solo con hombres que recibieron tierras. Se sostuvo también con viudas, esposas, hijas, herederas y madres que administraron lo que pudieron, defendieron lo que les correspondía y transmitieron lo que había de pasar a la siguiente generación.

Damiana de Soto, Isabel de Leonis, Francisca de Leonis, María Hernández, Elvira Ruiz, Mari González, María Hurtada y Mari Hurtada son nombres que abren una ventana. No podemos reconstruir sus rostros ni conocer sus voces. Pero sí podemos comprender el lugar que ocuparon. Algunas estaban ligadas a viñas y macaberes; otras, a suertes de población; otras, a dotes, herencias y matrimonios. Todas aparecen porque la tierra, de un modo u otro, pasó por ellas.

Y esa es la gran enseñanza del Apeo de Dúrcal: cuando el escribano intentaba ordenar la propiedad del pueblo, sin querer conservó también fragmentos de vida femenina. En medio de un documento nacido para medir, repartir y cobrar, quedaron anotadas las mujeres que sostuvieron casas, familias y haciendas en uno de los momentos más difíciles de la historia del Valle de Lecrín.

No fueron protagonistas en el lenguaje oficial de su tiempo. Pero sin ellas, la repoblación habría sido una estructura vacía. La historia local necesita devolverles su sitio, no inventándoles una grandeza que no podamos probar, sino leyendo con justicia lo que el documento permite ver.

Porque a veces una viuda que reclama una viña, una madre que entrega media suerte a su hija o dos hermanas que heredan bienes en Dúrcal dicen más sobre la vida real de un pueblo que muchas páginas de nombres masculinos repetidos.

Ellas estaban allí.

Y el Apeo, aunque no escribiera para recordarlas, terminó guardando su memoria.




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