22 julio 2026

Las Mujeres de Nigüelas


 

LAS MUJERES DE NIGÜELAS

Trabajo, cuidados y memoria en la historia cotidiana de un pueblo

Por Miguel Ángel Molina Palma

La historia de un pueblo no se conserva únicamente en sus documentos, en las piedras de sus edificios o en los nombres de quienes ejercieron cargos públicos. Existe otra historia más silenciosa, construida en el interior de las casas, en los caminos recorridos antes del amanecer, en las escuelas, en los campos, en los comercios y junto a las camas donde se nacía o se moría.

Esa historia tiene, en gran medida, rostro de mujer.

Durante generaciones, las mujeres de Nigüelas sostuvieron la vida cotidiana del municipio mediante trabajos que pocas veces fueron reconocidos como verdaderos oficios. Criaron hijos, cuidaron ancianos, atendieron partos, recogieron cosechas, bordaron para completar los ingresos familiares, llevaron mercancías hasta Granada, enseñaron a leer, mantuvieron pequeños negocios y abrieron sus casas a quienes necesitaban ayuda.

Sus nombres rara vez aparecieron en las actas municipales o en las crónicas oficiales. Sin embargo, sin ellas no podría comprenderse la historia social de Nigüelas durante buena parte de los siglos XIX y XX.

La exposición titulada «Las huellas de las mujeres de Nigüelas», surgida dentro del Proyecto HUellas para la recuperación de la memoria de las mujeres de la provincia de Granada, permitió rescatar algunas de estas vidas. A través de fotografías familiares, testimonios orales y paneles biográficos, fueron recuperadas las historias de dieciocho mujeres que representan a muchas otras.

No fueron mujeres célebres en el sentido convencional del término. Su grandeza perteneció al ámbito de lo cotidiano. Su legado quedó en la memoria de las familias, en los recuerdos de las antiguas alumnas, en los relatos transmitidos por las hijas y nietas y en la gratitud de quienes recibieron alguna vez su ayuda.

El delantal como símbolo

Uno de los elementos centrales de aquella recuperación de la memoria fue el delantal.

Durante mucho tiempo, el delantal fue considerado una simple prenda doméstica. Sin embargo, para muchas mujeres rurales constituía una verdadera herramienta de trabajo. Protegía la ropa durante las faenas de la casa, el campo, la matanza o la cocina. Sus bolsillos guardaban llaves, botones, tijeras, pañuelos, monedas, caramelos, semillas o pequeños objetos recogidos a lo largo del día.

El delantal acompañaba a la mujer desde la mañana hasta la noche. Con él se avivaba la lumbre, se secaban las manos, se recogían huevos, se transportaban frutos o se cubría el rostro en un momento de dolor.

En torno a esta prenda se construyó una parte importante de la memoria femenina de Nigüelas. No era únicamente una tela. Era un testigo silencioso de trabajos repetidos, preocupaciones familiares, pobreza, cuidados y afectos.

Una de las piezas de la exposición resumía el universo de relaciones que aquellas mujeres representaban:

«Abuela, bisabuela, madre, hermana, hija, nieta, sobrina, vecina, comadre, tía. Portadoras de memoria».

La expresión resulta especialmente acertada. Las mujeres fueron, en muchos casos, las principales transmisoras de la memoria familiar. Conservaron nombres, parentescos, motes, recetas, canciones, oraciones, remedios, historias de la guerra, anécdotas de las cosechas y recuerdos de quienes habían muerto.

A través de ellas, el pasado continuó viviendo dentro de las casas.

Las recoveras y el camino hacia Granada

Entre las figuras más representativas de la economía tradicional de Nigüelas se encontraban las recoveras.

Estas mujeres compraban, transportaban y vendían huevos, frutas, verduras, dulces y otros productos. Su trabajo conectaba la producción doméstica y agrícola del pueblo con los mercados de Dúrcal y Granada. Para ejercerlo necesitaban resistencia física, habilidad comercial y una extensa red de relaciones personales.

El viaje comenzaba muchas veces antes del amanecer. Las mujeres caminaban desde Nigüelas hasta Dúrcal cargadas con cestos de mimbre. Allí tomaban el tranvía que las conducía a Granada. Vendían sus productos casa por casa o en lugares establecidos y regresaban con encargos realizados por las vecinas: alimentos, tejidos, semillas, medicinas o utensilios difíciles de encontrar en el pueblo.

Pastora Ortega Berrio fue una de aquellas recoveras. Había quedado sin madre siendo niña y perdió también a su padre poco tiempo después. Se casó joven, enviudó y tuvo que sacar adelante a cinco hijas.

Comenzó a trabajar como recovera en 1939. Cada mañana caminaba hasta Dúrcal para tomar el tranvía de las siete. En ocasiones, sus hijas pequeñas la acompañaban durante la noche para ayudarla a guardar el sitio y después regresaban solas a Nigüelas.

Pastora vendía huevos por las calles de Granada y recogía los encargos que le hacían las mujeres del pueblo. Realizó aquel trabajo sin saber leer ni escribir, guiándose por su memoria, su experiencia y su conocimiento de las personas.

Había conocido la guerra, el hambre y la necesidad. De aquella experiencia surgió una de las frases que transmitió a su familia: «Ojalá nunca veáis una guerra».

También Carmen Solier Gutiérrez tuvo que recurrir al oficio de recovera para sostener a sus hijos. Había quedado viuda con apenas veintiséis años y cuatro criaturas a su cargo. Transportaba huevos hasta Granada y regresaba con diferentes encargos.

Caminaba hasta Dúrcal acompañada por Maclina, otra mujer del pueblo. Ambas llevaban grandes cestos y se ayudaban durante el trayecto. Cuando escuchaban un ruido o se cruzaban con algún desconocido, se animaban mutuamente, intentando ocultar el miedo mediante bromas y conversaciones.

Carmen no se limitó a la recova. Trabajó en el campo, participó en las matanzas y realizó cualquier tarea que pudiera garantizar la alimentación de su familia. Murió el 1 de mayo de 1980, Día del Trabajo, una coincidencia que parece resumir la vida de una mujer marcada por el esfuerzo constante.

Elisa Morales Padial fue conocida como «Elisa la de los Pasteles». También llevaba huevos a Granada, pero su recuerdo quedó especialmente unido a los dulces que traía de regreso.

En su puesto de la plaza del Mercado podían encontrarse roscos de anís, naranjas dulces, caramelos, chupeticos, bastones de azúcar, brazos gitanos, pasteles y pipas. Los niños asociaban su presencia con las fiestas y con aquellos pequeños placeres que rompían la austeridad de la vida cotidiana.

Elisa había quedado viuda con treinta y dos años y cuatro hijos. Comenzó a trabajar en los años cuarenta y continuó hasta la década de 1970. El pueblo la recordaba como una mujer alegre y de carácter abierto. Su oficio no consistía solamente en vender. Llevaba hasta Nigüelas una parte del mundo exterior y proporcionaba a los niños sabores que quedarían unidos para siempre a sus recuerdos de infancia.

Teresa Lizancos Picazo, conocida como «Teresa la de Desposorio», ejerció igualmente como recovera. Pero su vida no puede resumirse en un solo oficio. Fue costurera, trabajadora del campo y maestra de la denominada Escuela de la Peseta.

Su marido murió en el frente de Madrid durante la Guerra Civil. Teresa quedó viuda con treinta y dos años y tres hijos pequeños. A partir de entonces tuvo que multiplicar sus trabajos para mantenerlos.

Había vestido de luto desde los ocho años, tras la muerte de una hermana de dieciocho. Aquel color oscuro la acompañó durante toda su existencia, como una señal visible de las pérdidas acumuladas a lo largo del tiempo.

Las historias de Pastora, Carmen, Elisa y Teresa muestran que la recova fue algo más que una actividad comercial. Constituyó una estrategia femenina de supervivencia y un medio para sostener hogares amenazados por la viudedad, la guerra o la pobreza.

La pequeña economía de las mujeres

El trabajo femenino en Nigüelas no siempre adoptó la forma de un empleo estable. Con frecuencia se desarrollaba mediante pequeñas actividades complementarias: vender frutas, criar animales, bordar por encargo, realizar matanzas, coser ropa, recoger aceituna o cuidar niños.

Estas tareas podían parecer aisladas, pero en conjunto formaban una economía indispensable para la comunidad.

Paulina Solier Ortega tuvo un puesto de frutas y verduras en la plaza del pueblo. Los domingos vendía también carne de pollo, que ella misma preparaba. Al principio transportaba la mercancía desde Dúrcal en un burro prestado por un vecino, hasta que consiguió comprar uno propio.

Paulina había aprendido a leer y escribir observando las clases que recibían los niños de las casas donde sirvió durante su juventud. Aquella capacidad de aprender por sí misma revela una inteligencia práctica y una voluntad poco comunes.

Era generosa con quienes no podían pagar. Fiaba alimentos e incluso los regalaba cuando comprendía que una familia atravesaba dificultades. Más adelante trabajó limpiando espacios públicos, preparó la comida del sacerdote, colaboró en una carnicería y distribuyó tul entre las mujeres que lo bordaban.

Su vida estuvo marcada por una herida profunda. Su madre fue fusilada en 1936 y durante muchos años la familia desconoció el lugar donde había sido enterrada. Cuando finalmente apareció el cuerpo, la democracia ya había regresado a España.

Paulina dejó como legado una enseñanza nacida del sufrimiento: vivir sin rencor, aunque no fuera posible vivir sin dolor.

María Robles López, conocida como «María la de Germán», desarrolló junto a su marido un pequeño negocio vinculado a las matanzas caseras y al intercambio de aceituna por aceite.

Entre 1954 y 1965 preparaban carne que después llevaban a las tiendas de Granada. María dominaba las tareas de la matanza y la calidad de sus productos era reconocida por los compradores.

La vida cotidiana de aquella época exigía un esfuerzo difícil de imaginar desde el presente. El agua se transportaba desde la fuente, la leña se recogía en la sierra, los haces debían cortarse y cargarse, y cada tarea dependía directamente de la fuerza humana.

María fue también nodriza. Amamantó a otros niños del pueblo, compartiendo su leche con aquellos cuyas madres no podían alimentarlos. Esta forma de solidaridad femenina, frecuente en el mundo rural, creó vínculos afectivos que a veces se prolongaron durante toda la vida.

Carmen Rodríguez Robles nació en una familia humilde dedicada al campo. Desde joven trabajó en las faenas agrícolas y sirvió en casas de Granada.

Su marido, Antonio Ortega Gutiérrez, fue llamado a filas poco después de casarse. Regresó enfermo de la guerra y ambos abrieron una pequeña taberna y tienda conocida como El Palo.

Al enviudar, Carmen mantuvo el negocio y sostuvo a su familia. En una época marcada por la escasez, una tienda no era únicamente un lugar de compraventa. Era también un espacio donde se fiaban alimentos, se intercambiaban noticias y se ayudaba discretamente a quienes atravesaban dificultades.

Carmen cosía durante muchas horas y utilizaba sus recursos para auxiliar a los más necesitados. Su autoridad procedía de la experiencia, del carácter y de la confianza que había sabido ganarse entre los vecinos.

Las mujeres que comunicaron Nigüelas

En 1960, cuando Nigüelas todavía carecía de un servicio telefónico moderno, las hermanas María Teresa, Dolores y Encarna Collantes Belmonte instalaron en su domicilio la primera central telefónica manual del municipio.

La mayor, María Teresa, figuraba como titular, pero las tres participaron en el funcionamiento del servicio. Tenían que atender las llamadas a cualquier hora y llevar personalmente los avisos hasta las casas de las familias.

Una conferencia telefónica podía anunciar el nacimiento de un nieto, la llegada de un emigrante, una enfermedad, una muerte o cualquier asunto urgente. Las hermanas se convirtieron así en mediadoras de noticias que afectaban profundamente a la vida de los vecinos.

El servicio exigía una disponibilidad permanente. Dormían cerca de la central por si una llamada llegaba durante la madrugada. En los momentos de calma bordaban tul, recogían aceituna o trabajaban en la almendra para completar unos ingresos modestos.

Durante más de veinte años, su casa fue uno de los principales puntos de comunicación entre Nigüelas y el exterior. El trabajo continuó hasta 1981, cuando la automatización telefónica hizo desaparecer las antiguas centrales manuales.

La historia de las hermanas Collantes muestra cómo un avance tecnológico podía depender durante décadas de la responsabilidad y la entrega personal de tres mujeres.

Las maestras y la educación de las niñas

La escuela fue otro de los espacios donde las mujeres dejaron una huella profunda.

Carmen Laguna de Haro, conocida como doña Carmen, ejerció como maestra en una época en la que una sola aula podía reunir a más de sesenta niñas de edades diferentes. Como no había electricidad, la puerta permanecía abierta para aprovechar la luz del día.

Doña Carmen enseñaba lectura, escritura, historia de España, historia sagrada, geografía y las tablas de multiplicar. Sus alumnas aprendían los nombres de los poetas del Siglo de Oro y recitaban versos, mientras realizaban labores de bordado en sus bastidores.

La educación femenina combinaba entonces la instrucción académica con los conocimientos considerados propios de una futura esposa y madre. Las niñas aprendían a leer y a escribir, pero también a coser, bordar y preparar un ajuar.

Doña Carmen introdujo además el trabajo del tul en Nigüelas. Aquella labor permitió que muchas mujeres obtuvieran ingresos desde sus propias casas.

Sus alumnas la recordaban por su cultura, su exigencia y su carácter. La severidad formaba parte del modelo educativo de la época, pero también permaneció el recuerdo de su interés por la literatura y de su esfuerzo por ampliar los horizontes de las niñas.

Julia Pérez Serrano, doña Julia, llegó a Nigüelas en 1957 y permaneció en el pueblo hasta 1972.

Había estudiado Magisterio en el Colegio El Carmelo de Granada. La Guerra Civil interrumpió su formación, pero permaneció en el centro hasta aprobar las oposiciones y comenzar a ejercer.

Doña Julia no se limitó a impartir las materias escolares. Ayudaba a las jóvenes a preparar sus ajuares, escribía pequeñas obras de teatro adaptadas a las alumnas y componía letras para canciones que después se interpretaban en fiestas y excursiones.

Su figura representa a aquellas maestras rurales que no solo transmitieron conocimientos, sino que participaron activamente en la vida cultural y social de los pueblos donde fueron destinadas.

María Pérez Martín, la comadrona

Antes de que los partos se trasladaran de manera generalizada a los hospitales, muchas mujeres daban a luz en sus propios hogares. En aquellos momentos, la comadrona era una figura esencial.

María Pérez Martín, conocida como María Híguez por el apellido de su marido, ejerció como partera en Nigüelas durante más de veinte años, aproximadamente entre las décadas de 1950 y 1970.

No había asistido a la escuela y no sabía leer ni escribir. Sus conocimientos procedían de su madre, que también había atendido partos. Se trataba de un saber transmitido de mujer a mujer mediante la observación, la experiencia y la práctica.

María conocía los tiempos del parto, las señales de peligro y las formas de acompañar a la madre. Su presencia aportaba seguridad en momentos en los que los recursos médicos eran limitados y el traslado a Granada podía resultar difícil.

Fue respetada por las mujeres a las que asistió. Algunas de ellas conservaron durante toda su vida el recuerdo de sus palabras, sus manos y su serenidad.

La comadrona ocupaba un lugar situado entre el conocimiento tradicional, la asistencia sanitaria y el cuidado emocional. Su trabajo permitía que la vida comenzara en medio de una red de confianza femenina.

El bordado y el trabajo dentro de la casa

El bordado en tul y otras labores textiles desempeñaron un papel importante en la economía doméstica de Nigüelas.

A primera vista, aquellas mujeres parecían limitarse a coser junto a una ventana o en torno a una mesa. Sin embargo, su trabajo generaba ingresos imprescindibles para muchas familias.

Encarnación López Gómez, conocida como «Encarna la de Amador», fue una de las mujeres que impulsaron esta actividad. Trabajó en el campo y en las matanzas, pero destacó especialmente por la distribución y comercialización de los bordados.

Durante los años sesenta entregaba tul a las mujeres del pueblo para que lo perforaran y bordaran en sus casas. Después recogía las piezas terminadas. Este sistema permitía obtener algún dinero sin abandonar el cuidado de los hijos, los mayores y el hogar.

En aquellos años muchos hombres habían emigrado temporalmente al extranjero en busca de trabajo. Los ingresos enviados desde Alemania, Francia, Suiza u otros destinos podían tardar en llegar o resultar insuficientes. El bordado se convirtió entonces en una ayuda fundamental.

Encarnación decidió viajar a Madrid para vender directamente los trabajos, evitando intermediarios y procurando obtener un precio más justo. Transmitió el oficio a sus hijas, que continuaron elaborando tul y encajes granadinos.

El bordado fue una actividad económica, pero también un lenguaje femenino. Mientras las manos trabajaban, las mujeres conversaban, intercambiaban noticias, compartían preocupaciones y transmitían conocimientos. Cada pieza contenía horas de trabajo invisible.

Peluquería, administración y nuevos espacios profesionales

Durante el siglo XX algunas mujeres comenzaron a ocupar espacios laborales que anteriormente les habían estado vedados.

Ángeles Molina Jiménez trabajó primero como sustituta de maestra. En 1942, con treinta y cuatro años, obtuvo mediante oposición una plaza en el Ayuntamiento de Nigüelas, donde ejerció como secretaria y administrativa hasta su jubilación en 1977.

En una época en la que pocas mujeres desempeñaban funciones administrativas de responsabilidad, Ángeles se convirtió en una presencia habitual para quienes acudían al Ayuntamiento a resolver trámites.

Su trabajo no consistía únicamente en cumplimentar documentos. Escuchaba las dificultades de los vecinos, explicaba procedimientos y trataba de humanizar una burocracia que muchas personas encontraban incomprensible.

Había nacido en Santiago de Cuba en 1912 y residió durante gran parte de su vida en Nigüelas. Quedó viuda joven y tuvo que criar sola a su hija.

Carmen Morales Ortega abrió la primera peluquería femenina que se recuerda en el pueblo.

Al comenzar la Guerra Civil tenía dieciocho años y trabajó en una fábrica de pólvora en El Fargue. Terminada la contienda, aprendió peluquería en una academia de Granada y regresó a Nigüelas para abrir su establecimiento en la calle Federico García Lorca.

En su local calentaba las tenacillas en una pequeña caja semejante a un hornillo, rizaba el cabello y realizaba también cortes de pelo a los hombres. Vendía, además, petróleo para las cocinas domésticas.

La peluquería se convirtió en un espacio de sociabilidad femenina. Allí circulaban noticias, encargos y conversaciones. Como su marido disponía de un taxi, Carmen realizaba también gestiones en Granada para muchas familias: compraba semillas, fertilizantes, ropa, material escolar o acudía a oficinas, gestorías y despachos.

Su negocio fue, por tanto, mucho más que una peluquería. Funcionó como un pequeño centro de servicios para el pueblo.

Las cuidadoras de la comunidad

Algunas mujeres desarrollaron trabajos difíciles de clasificar porque estaban presentes en casi todos los ámbitos de la vida colectiva.

Gracia Gutiérrez Berrio fundó la llamada Escuela de la Peseta, un lugar donde las madres dejaban a los niños pequeños mientras acudían a las labores del campo.

El nombre aludía a la modesta cantidad que se pagaba por el cuidado. Sin embargo, su importancia era considerable. Gracias a aquella iniciativa, muchas mujeres podían participar en la recogida de la aceituna, la almendra o en otras campañas agrícolas.

Gracia se ocupó también del mantenimiento de la iglesia. Limpiaba los candelabros, cuidaba los tapices, preparaba las flores y vestía las imágenes para las celebraciones.

Fue catequista, colaboró con el Centro de Acción Católica y organizó actividades para los niños. Preparó representaciones teatrales y excursiones a lugares próximos como Padul, Murchas, Melegís o Talará.

Durante un tiempo llegó a atender la farmacia del pueblo y a despachar medicamentos, aunque no poseía el título de farmacéutica. Aquel hecho refleja la flexibilidad con la que funcionaban algunos servicios rurales cuando no existían suficientes profesionales.

Trinidad Picazo Pérez sostuvo, junto a su marido Manuel, conocido como el Bizco del Molino, una familia de once hijos, de los que sobrevivieron nueve.

Colaboraba en las tareas del molino y del horno familiar, acompañaba a su marido en sus negocios y se ocupaba de la compleja organización de una casa tan numerosa.

Su vida transcurrió durante años de escasez y posguerra. El trabajo no se dividía claramente entre la vivienda y el negocio. Todo formaba parte de una misma economía familiar en la que cada miembro colaboraba según sus fuerzas.

Cuando llegó a su casa el primer televisor del barrio, a finales de los años sesenta, Trinidad mantuvo las puertas abiertas para que los vecinos pudieran entrar a verlo. Aquel gesto sencillo convirtió su vivienda en un espacio comunitario.

Viudas, madres y supervivientes

Muchas de las biografías de las mujeres de Nigüelas están atravesadas por la viudedad.

Quedar viuda durante la primera mitad del siglo XX significaba, con frecuencia, asumir sola la responsabilidad económica y familiar. No existían los sistemas de protección social actuales y las posibilidades laborales de las mujeres eran muy reducidas.

Pastora Ortega, Carmen Solier, Elisa Morales y Teresa Lizancos tuvieron que sostener a sus hijos después de la muerte de sus maridos. Ángeles Molina quedó también viuda joven. Carmen Rodríguez mantuvo el negocio familiar cuando perdió a su esposo.

Estas mujeres no dispusieron de tiempo para elaborar públicamente su dolor. La necesidad las obligó a continuar. Había que alimentar a los hijos, pagar deudas, preparar la comida, cuidar a los enfermos y buscar algún ingreso.

Su fortaleza no debe interpretarse como ausencia de sufrimiento. Al contrario, muchas vivieron pérdidas que dejaron profundas heridas. Algunas vistieron de luto durante décadas. Otras conservaron el recuerdo de hijos muertos, maridos fallecidos en la guerra o familiares fusilados.

La sociedad valoraba su capacidad de sacrificio, pero pocas veces se preguntaba por el coste personal de aquella entrega.

Una historia construida desde lo cotidiano

Las mujeres recordadas en la exposición no constituyen una selección de figuras excepcionales separadas del resto de la población. Representan formas de vida compartidas por muchas mujeres de Nigüelas y del conjunto del Valle de Lecrín.

A través de ellas pueden reconocerse varios aspectos fundamentales de la historia contemporánea de la comarca: la dureza de la posguerra, la emigración, la precariedad del trabajo rural, la importancia del comercio ambulante, la escolarización de las niñas, el papel de las comadronas, la extensión del teléfono, la llegada de la televisión y la lenta incorporación femenina a la administración y a los negocios.

Sus biografías demuestran que la vida de un pueblo depende de una amplia red de trabajos. Algunos producen bienes visibles; otros generan cuidados, confianza, educación, comunicación o ayuda mutua.

Durante mucho tiempo, los segundos no fueron considerados verdaderos trabajos porque se realizaban dentro del hogar o se entendían como una obligación natural de las mujeres. Sin embargo, sin ellos ninguna comunidad podría sostenerse.

Las mujeres de Nigüelas hicieron posible que los niños fueran atendidos mientras sus madres trabajaban, que los ancianos no quedaran solos, que las familias recibieran noticias, que las niñas aprendieran a leer, que los productos llegaran hasta el mercado y que muchas casas dispusieran de algún ingreso complementario.

Cada una ocupó un lugar distinto, pero todas formaron parte de una misma estructura comunitaria.

Portadoras de memoria

Recordar a estas mujeres significa reconocer que la historia local no puede reducirse a una sucesión de alcaldes, propietarios, sacerdotes o acontecimientos políticos.

La historia se encuentra también en la comadrona que atravesaba las calles durante la noche, en la recovera que caminaba hasta el tranvía de Dúrcal, en la maestra que abría la puerta del aula para que entrara la luz y en la bordadora que trabajaba hasta que sus ojos ya no podían distinguir los hilos.

Se encuentra en las manos que amasaron pan, prepararon una matanza, vistieron una imagen religiosa, atendieron una central telefónica o fiaron alimentos a una familia necesitada.

Las fotografías conservan sus rostros. Los testimonios familiares devuelven sus nombres. Pero su legado va más allá de los datos biográficos.

Representan una forma de entender la vida basada en la responsabilidad, el trabajo, la solidaridad y la capacidad de sobreponerse a la adversidad.

Una de las piezas textiles de la exposición evocaba «el olor de las manos de mi abuela: a puchero, hierbabuena, limón y geranio». En esa frase se resume una memoria que no procede de los archivos, sino de los sentidos.

El patrimonio de un pueblo está compuesto también por esos olores, por las voces escuchadas durante la infancia, por los patios encalados, por el sonido de una máquina de coser y por las historias guardadas en los bolsillos de un delantal.

Las mujeres de Nigüelas fueron madres, abuelas, hijas, hermanas, maestras, comerciantes, recoveras, bordadoras, telefonistas, comadronas y cuidadoras. Pero, sobre todo, fueron constructoras de comunidad.

Durante mucho tiempo sus vidas permanecieron en el ámbito privado. Recuperarlas significa devolverlas al lugar público que les corresponde.

Porque Nigüelas no puede comprenderse únicamente a través de sus calles, sus acequias, su iglesia, sus molinos o su almazara. También debe ser contemplada a través de las mujeres que alimentaron sus hogares, educaron a sus niñas, asistieron sus nacimientos, mantuvieron sus comercios y conservaron su memoria.

Ellas fueron las raíces silenciosas del pueblo.

Y sobre aquellas raíces se sostiene todavía una parte esencial de lo que Nigüelas es hoy.


Nota sobre las fuentes

Este artículo ha sido elaborado a partir de los paneles biográficos, fotografías y textos de la exposición «Las huellas de las mujeres de Nigüelas», integrada en el Proyecto HUellas para la recuperación de la memoria de las mujeres de la provincia de Granada. La muestra reunió testimonios familiares y recuerdos de las mujeres participantes en el proyecto, conservando la memoria de Pastora Ortega Berrio; María Teresa, Dolores y Encarna Collantes Belmonte; Carmen Rodríguez Robles; Ángeles Molina Jiménez; Carmen Solier Gutiérrez; Elisa Morales Padial; Encarnación López Gómez; Carmen Morales Ortega; Trinidad Picazo Pérez; Paulina Solier Ortega; Carmen Laguna de Haro; María Pérez Martín; Julia Pérez Serrano; Teresa Lizancos Picazo; Gracia Gutiérrez Berrio y María Robles López.



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