🌳 LOS APELLIDOS DE MELEGÍS
De los libros parroquiales del siglo XVII al Registro Civil del siglo XIX
✍️ Por Miguel Ángel Molina Palma
Hay pueblos que pueden recorrerse por sus calles, sus acequias, sus bancales y sus caminos. Pero también pueden recorrerse de otra manera: siguiendo los apellidos que quedaron escritos en los libros antiguos.
Cada apellido es una puerta.
Detrás de González, Molino, Alechaga, Ruiz, Barranco, Urquiza, Contreras, Jiménez, Roldán, Faciabén o Morillas hubo una casa, una familia, un matrimonio, una viuda, unos hijos y un lugar ocupado dentro de la comunidad. Algunos nombres permanecieron durante siglos. Otros fueron perdiendo presencia. Algunos llegaron desde los pueblos vecinos y terminaron echando raíces en Melegís. 🌿
Reconstruir esta historia no consiste únicamente en contar cuántas veces aparece un apellido. Significa observar cómo se forma una comunidad, cómo se relacionan sus familias y cómo cambia la manera de identificar a las personas entre el siglo XVII y el final del XIX.
Los matrimonios parroquiales de Melegís y Murchas entre 1635 y 1706, el vecindario del Catastro de Ensenada de 1751 y los matrimonios registrados entre 1873 y 1901 permiten contemplar tres fotografías distintas de un mismo pueblo. Entre una y otra pasan generaciones enteras, pero algunos apellidos parecen cruzar el tiempo como si siguieran un antiguo hilo familiar. 📜
⛪ Los primeros nombres conservados
Después de la expulsión de los moriscos y de la repoblación del reino de Granada, las parroquias se convirtieron en las grandes guardianas de la memoria de los pueblos. En sus libros quedaron anotados los bautismos, las defunciones, los desposorios y las velaciones.
La base de datos elaborada por Óscar Gordo reúne 401 registros matrimoniales de las iglesias de Melegís y Murchas entre 1635 y 1706. Los primeros asientos se encuentran dispersos en libros de bautismos y defunciones, mientras que desde 1660 existe un libro específico de desposorios y velaciones. La propia documentación advierte que los registros anteriores a esa fecha pudieron quedar incompletos por pérdidas de páginas y por la forma irregular en que se anotaron.
Aun con esas lagunas, los libros abren una ventana extraordinaria al Melegís del siglo XVII.
En sus páginas aparecen con mucha frecuencia apellidos como:
González, Ruiz, Molino, Barranco, Urquiza, Alechaga, Reyes, Rodríguez, Pérez, López, Moya, Sánchez, Muñoz, García, Serrano, Contreras, Fernández, Brochero, Martín, Romero, Valero, Luque y Ximénez.
No estamos todavía ante un sistema de apellidos tan estable como el actual. Una misma persona podía aparecer en distintos documentos con pequeñas variaciones. El escribano escribía Ximénez donde después encontraremos Jiménez; utilizaba partículas como «de», incorporaba un segundo apellido de forma irregular o identificaba a una persona mediante una combinación familiar que podía cambiar en otro asiento.
Así aparecen formas como González Quílez, González Brochero, Molino Varas, López de Ortega, Pérez Brito, Ruiz de la Muela, Alechaga y Abril o Brochero de Flores. No eran adornos. Cada parte del nombre podía conservar la memoria de una rama familiar, distinguir a dos personas llamadas igual o señalar la unión de casas conocidas dentro del pueblo. 🧬
🌿 Alechaga, Molino, Barranco y Urquiza: apellidos del Melegís antiguo
Entre los apellidos más característicos de aquella primera sociedad destaca Alechaga. Aparece repetidamente unido a los Muñoz, Molino, Ruiz, Pérez, Alarcón y otras familias del lugar.
El 29 de febrero de 1680, por ejemplo, se celebró en Melegís el matrimonio de Pedro de Alechaga con María Jacinta. Pocos meses después, el 9 de septiembre, se desposaron Juan de Alechaga y Abril y Sebastiana Molino Varas. En este último asiento se anotaron también los padres de ambos: Fernando de Alechaga y Catalina de Abril por parte del novio; Lucas Molino y María Varas por parte de la novia. El documento registró además que existía parentesco en cuarto grado.
En diciembre de 1687 volvió a enlazarse este apellido cuando Gerónimo de Alarcón, natural y vecino de Melegís, casó con Manuela de Alechaga. En el asiento aparecen padres y abuelos, formando una pequeña genealogía en la que se unen los Alarcón, Atencia, Bejar, López de Baena, Alechaga, Muñoz, Peralta y Rodríguez.
También Molino aparece desde muy temprano y con una fuerza extraordinaria. No se trata solo de un apellido repetido: se convierte en uno de los grandes puentes entre las familias de diferentes generaciones.
En 1687, Esperanza Molino, natural de Melegís, contrajo matrimonio con Félix Caballero, llegado desde Cónchar. La novia era hija de Manuel González y Mariana Rodríguez, y nieta, por una de sus ramas, de Francisco González Quílez y María Molino. El apellido se encontraba así dentro de una red mucho más amplia que conectaba a González, Rodríguez, Muñoz y Molino.
Otros apellidos, como Barranco y Urquiza, aparecen igualmente vinculados a los primeros matrimonios conservados. En 1643 encontramos a Gregorio de Urquiza unido a Lucía Muñoz, natural de Órgiva. En 1645, María de Moya, hija de Cristóbal de Moya y Polonia de Palacios, casó con Juan Padial, procedente de Mondújar. En 1701 aparece nuevamente Marcos Barranco, natural y vecino de Melegís, enlazado con María Valero.
Los apellidos cuentan, por tanto, una doble historia: la permanencia de las familias locales y la llegada constante de personas procedentes de otros lugares.
🛤️ Melegís nunca fue un pueblo cerrado.
Los libros parroquiales muestran que Melegís mantenía relaciones familiares con todo el Valle de Lecrín y con numerosos territorios cercanos.
Llegaron novios o novias desde Murchas, Restábal, Chite, Mondújar, Cónchar, Padul, Otura, Saleres, Lanjarón, Órgiva, Béznar, Nigüelas, Granada, Motril, Armilla, Huétor-Cájar, Borja, Portugal, Galicia y otros lugares.
El matrimonio era una de las principales vías por las que un apellido entraba en el pueblo.
Un hombre podía llegar desde Lanjarón, casarse con una mujer de Melegís y quedarse. Una muchacha de Murchas podía establecer su nueva casa junto a la familia del marido. Un viudo podía contraer segundas nupcias y unir hijos procedentes de dos matrimonios anteriores. Una familia llegada desde Granada podía integrarse lentamente hasta ser considerada plenamente melegileña.
En 1680, el registro de Cecilio de Córdoba explica que había nacido en Granada, pero que llevaba más de dieciocho años criado en Melegís, adonde había llegado con apenas dos años. La frase demuestra que la pertenencia no dependía únicamente del lugar de nacimiento. También se era del pueblo por crianza, residencia, matrimonio y vida compartida.
Los apellidos de Melegís no formaron nunca una muralla. Formaron una red. 🕸️
🏡 Melegís en 1751: los apellidos entran en las casas.
Un siglo después, el vecindario asociado al Catastro de Ensenada de 1751 nos permite entrar simbólicamente en las viviendas.
La relación contiene 487 personas, agrupadas alrededor de 120 cabezas de casa. En ella aparecen clérigos, labradores, jornaleros, viudas, criadas, mozos, pobres, artesanos y niños. Ya no contemplamos únicamente el momento solemne de una boda, sino la composición cotidiana de las familias.
En este documento destaca de manera especial el apellido González. Aparece en numerosos hogares y es el más frecuente entre los apellidos consignados. Entre los cabezas de casa se repiten también Alechaga, Reyes, Romero, Molino, Luque, Pérez, Ávila, Rodríguez, Ruiz, Fernández, Sánchez, Martín, Moya, Jiménez y Garrido.
El apellido, sin embargo, no se anotó para todas las personas. En muchas casas se escribió el nombre completo del cabeza de familia y después se relacionó simplemente a su mujer, sus hijos, hermanos, sobrinos o criados sin repetir sus apellidos. Por eso las cifras no representan un padrón moderno de portadores, sino la manera administrativa de describir cada hogar.
Aun así, la continuidad es evidente.
En 1751 encontramos a Diego Molino, labrador de 56 años; a Antonio González, también labrador; a Alonso González, herrero; a Francisco Fernández, jornalero; a Salvador Zarco, jornalero; y a Cristóbal de Miras, boticario.
Pero el documento también conserva nombres de mujeres situadas al frente de sus propias casas. Allí están María de Luque, viuda de 60 años; María Barranco, viuda de 50; María Alechaga, viuda de 44; Josefa González, viuda de 61; o Josefa de Tapia, registrada como pobre de solemnidad.
Estas mujeres no aparecen como simples acompañantes de un varón. El Catastro las reconoce como cabezas de sus hogares. Sus apellidos encabezaban casas en las que podían convivir hijos, nietos, hermanos u otros familiares. 👩🦳🏠
🌳 Los grandes apellidos que atraviesan los siglos.
Al comparar los tres periodos documentales, se observa un grupo de apellidos que aparece tanto en los matrimonios del siglo XVII como en el vecindario de 1751 y en los registros matrimoniales del último tercio del XIX.
Entre los más persistentes se encuentran:
González, Ruiz, Molino, Sánchez, Pérez, Contreras, Jiménez, López, Rodríguez, Garrido, Martín, Fernández, Ortega, Moya, García, Moreno y Tapia.
Esto no significa que todas las personas que llevaron el mismo apellido pertenecieran necesariamente a una única rama. Apellidos tan extendidos como González, Ruiz, Pérez o Sánchez pudieron entrar en Melegís más de una vez y desde lugares diferentes.
La documentación permite hablar de continuidad del apellido, pero para demostrar una filiación concreta hay que enlazar generación por generación mediante bautismos, matrimonios, defunciones, padrones y otros documentos.
Aun con esta cautela, el resultado es emocionante.
Cuando encontramos un González en un matrimonio de 1660, otro encabezando una casa en 1751 y varios contrayentes González en 1875 o 1890, el apellido actúa como una campana que sigue resonando. No sabemos todavía si todas sus notas proceden del mismo bronce, pero sabemos que su sonido formó parte del pueblo durante siglos. 🔔
💍 El Registro Civil y la llegada de los dos apellidos.
Los matrimonios de 1873 a 1901, transcritos gracias al trabajo de José J. Robles, presentan una sociedad documentalmente distinta.
Ahora los contrayentes aparecen normalmente con dos apellidos. También se indican los nombres de sus padres y madres, el lugar de procedencia y, cuando corresponde, la existencia de un matrimonio anterior.
Esta regularización hace mucho más visible la ascendencia materna.
En los libros del siglo XVII una mujer podía figurar solo como María de Moya, Ana Rodríguez o Sebastiana Molino. En los registros del XIX encontramos formas completas como Cristina Molino Morillas, María Vallejo Fernández, Ana Contreras Tortosa, Feliciana Rodríguez Molino, María Antonia Faciabén Morillas o Cristina Molino González.
El segundo apellido deja de ser una aparición ocasional y se convierte en parte estable de la identidad. Gracias a ello, cada matrimonio conserva el encuentro de cuatro ramas familiares: los dos apellidos del novio y los dos de la novia. 🧬
El primer asiento de la relación, fechado el 10 de agosto de 1873, corresponde a José Sánchez Molino y Cristina Molino Morillas. En solo dos personas aparecen ya Sánchez, Molino y Morillas, tres apellidos llamados a tener una presencia importante en el Melegís contemporáneo.
El 12 de mayo de 1874 casaron José Morillas Molino, natural de Melegís, y María Vallejo Fernández, también de Melegís. El 12 de octubre del mismo año lo hicieron José Jiménez López y Ana Contreras Tortosa. El 25 de diciembre, Luis Ortega Antón, procedente de Restábal, contrajo matrimonio con Feliciana Rodríguez Molino, de Melegís.
Pocos días después, el 27 de diciembre, se unieron José Enríquez Medina y María de las Angustias Morillas Escudero. Y el 29 de marzo de 1875, Francisco Salazar Muñoz, natural de Saleres, casó con María Antonia Faciabén Morillas, de Melegís.
Cada boda añadía nuevos hilos al tejido del pueblo. 🧵
🔄 Los apellidos que ganan fuerza y los que dejan de verse.
Al finalizar el siglo XIX, algunos apellidos antiguos continúan ocupando una posición destacada. González sigue siendo uno de los más repetidos. Junto a él sobresalen Roldán, Jiménez, Sánchez, Contreras, Ruiz, Garrido, Guzmán, Molino, Martín, Ortega, Morillas y Faciabén.
Otros apellidos, aunque ya existían anteriormente en Melegís o Murchas, adquieren ahora mayor visibilidad: Roldán, Guzmán, Maza, Freire, Morillas, Faciabén, Palma, Gijón, Espinosa y Vallejo.
Frente a ellos, nombres muy característicos de los siglos XVII y XVIII, como Alechaga, Urquiza, Barranco, Reyes, Brochero o Román, dejan de destacar como primeros apellidos en la serie matrimonial de 1873–1901.
Eso no significa necesariamente que sus descendientes hubieran desaparecido.
Un apellido podía continuar como segundo apellido, transmitirse por una línea femenina, desplazarse a Murchas o a otro pueblo, cambiar de grafía o dejar de aparecer durante el periodo concreto estudiado. La ausencia de un apellido en una relación matrimonial nunca equivale por sí sola a la extinción de una familia.
Los apellidos se esconden.
A veces permanecen durante una generación como segundo apellido. Otras veces reaparecen décadas después. En ocasiones sobreviven en una rama emigrada y no en el lugar de origen. Y muchas veces quedan guardados en la memoria familiar cuando ya no figuran en el nombre de los descendientes. 🕯️
✍️ De Ximénez a Jiménez: también cambia la escritura.
La evolución de los apellidos no fue solamente familiar. También fue ortográfica.
Los documentos antiguos muestran formas como Ximénez, Chaves, Faciabén, de Alechaga, de Urquiza, de los Reyes, Molino Varas o González Quílez. Los escribanos escribían de acuerdo con las costumbres de su época, con la pronunciación local o con lo que creían escuchar.
La misma persona podía aparecer con una partícula en un documento y sin ella en otro. Un apellido compuesto podía simplificarse. La «x» antigua de Ximénez fue sustituyéndose por la «j». Chaves pudo convertirse en Chávez. Algunos «de» desaparecieron, mientras otros quedaron fijados.
Por eso, investigar un linaje exige buscar todas las variantes posibles. Quien rastree únicamente «Jiménez» puede pasar por alto a sus antepasados escritos como «Ximénez». Quien busque «Reyes» debe considerar también «de los Reyes». Quien siga a los «Alechaga» debe mirar igualmente las formas precedidas por la partícula «de».
La ortografía cambia. La persona es la misma. 📖
🤝 Melegís, Murchas y los pueblos vecinos.
La historia de los apellidos de Melegís no puede separarse de Murchas.
Durante siglos, ambas comunidades compartieron libros parroquiales, relaciones familiares y una geografía cotidiana. Los matrimonios cruzaban la corta distancia entre los dos lugares con absoluta naturalidad. Jiménez, Tapia, Roldán, Faciabén, Reyes, Rodríguez o Maza aparecen vinculados repetidamente a Murchas, pero también entran en los árboles familiares de Melegís.
Lo mismo sucede con Restábal, Saleres, Chite, Mondújar, Cónchar, Pinos del Valle, Albuñuelas, Lanjarón, Órgiva y Granada.
El apellido es, en este sentido, un mapa de caminos.
Un Ortega podía llegar desde Restábal. Un Salazar, desde Saleres. Un Caballero, desde Cónchar. Un Martín, desde Otura. Un Padial, desde Mondújar. Un Muñoz podía enlazar Melegís con Restábal. Y una mujer de Melegís podía llevar su apellido a cualquier otro pueblo al contraer matrimonio.
Las familias del Valle nunca estuvieron inmóviles. Se desplazaban por trabajo, parentesco, viudedad, herencia, necesidad o amor. 🚶♀️🚶♂️
🌾 Un pueblo escrito en los nombres.
Entre los primeros matrimonios del siglo XVII y los últimos registros del XIX transcurren más de doscientos cincuenta años.
Cambian los reyes, las leyes, la administración, la escritura y la forma de registrar a las personas. Los libros parroquiales ceden parte de su función al Registro Civil. Los apellidos dobles se estabilizan. Las familias crecen, se dividen, emigran y regresan.
Pero el pueblo continúa reconociéndose en muchos de sus nombres.
González cruza todos los periodos con una presencia extraordinaria.
Molino enlaza casas desde el siglo XVII hasta el final del XIX.
Ruiz, Sánchez, Pérez, Contreras, Jiménez, López y Rodríguez resisten el paso del tiempo.
Garrido, Martín, Fernández, Ortega, Moya y Tapia reaparecen en distintas generaciones.
Roldán, Guzmán, Morillas, Faciabén y Freire adquieren una fuerza especial en la sociedad del siglo XIX.
Y detrás de todos ellos están las mujeres que llevaron un apellido como segundo nombre de sus hijos, los hombres llegados de otros pueblos, las viudas que mantuvieron abiertas sus casas, los jornaleros que trabajaron los campos, los labradores, los artesanos, los niños y los ancianos que nunca imaginaron que, siglos después, alguien volvería a pronunciar sus nombres. 🌿
Los apellidos de Melegís no son una simple lista.
Son la memoria de quienes se quedaron.
De quienes llegaron.
De quienes se marcharon.
De quienes formaron una nueva casa.
De quienes dejaron de aparecer en los documentos, pero continuaron viviendo en otras ramas.
Cada apellido es una raíz.
Y cuando juntamos todas esas raíces, aparece el árbol completo de un pueblo que lleva más de cuatro siglos escribiendo su historia en los nombres de su gente. 🌳✨
📚 Bibliografía y fuentes documentales
- Gordo, Óscar: Matrimonios de Melegís y Murchas (1635–1706). Contiene 401 registros matrimoniales procedentes de tres libros parroquiales de Melegís y Murchas.
- Archivo parroquial de Melegís y Murchas: Baptismos de Melegís y Murchas. Comienza año 1634. Libro 2.º. Y al fin del libro ai algunas velazs.
- Archivo parroquial de Melegís: Defunziones y entierros Melexis. Libro 1.º. Tiene 163 folios.
- Archivo parroquial de Melegís: Desposorios y velaçiones de Melegís. Libro 3.º. 1660 a 1706 A.
- Catastro de Ensenada de Melegís, 1751: vecindario de eclesiásticos y seculares, con más de 480 registros. Transcripción y recopilación facilitada por Marilena Orion.
- Robles, José J.: Matrimonios de Melegís (1873–1901). Base de datos con más de 210 registros matrimoniales, elaborada a partir de la documentación del Registro Civil.
- Registro Civil de Melegís: libros de matrimonios correspondientes al periodo 1873–1901.
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