13 septiembre 2026

Antonia Rejón Delgado de Padul


 

🌿 Antonia Rejón Delgado, la maestra y farmacéutica que El Padul debe recuperar de su memoria.

Formada en Magisterio, Farmacia y piano, atendió a las personas más humildes, sufrió las consecuencias de la Guerra Civil y resultó decisiva en la vida y en la obra del pintor Benito Prieto Coussent

La historia de Antonia Rejón Delgado, conocida afectuosamente como Antoñita Rejón y también recordada en El Padul como “la Niña la Chaquetica”, no puede quedar reducida a una breve referencia como esposa del pintor Benito Prieto Coussent. Antonia tuvo formación universitaria, ejerció el Magisterio y la Farmacia, cultivó la música y puso sus conocimientos sanitarios al servicio de las personas que más lo necesitaban.
Fue la primera esposa del pintor gallego Benito Prieto Coussent, nacido en Ribadeo en 1907 y fallecido en Granada en 2001. Sin embargo, Antonia poseyó una trayectoria profesional, humana y cultural con entidad propia.
Su vida estuvo atravesada por los acontecimientos de 1936, la persecución sufrida por su familia, el alejamiento de El Padul y la necesidad de comenzar una nueva etapa en Galicia. A pesar de aquellas circunstancias, continuó estudiando y trabajando hasta construir una trayectoria propia.
Buena parte de esta historia ha podido recuperarse gracias a la investigación realizada por Dolores Cenit Palomares, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres del Valle de Lecrín y alma activa de la Asociación de Mujeres “La Casa Grande” de El Padul.
Dolores Cenit reunió testimonios de personas que conocieron a Antonia, recuerdos de su hijo, declaraciones de Benito Prieto en la televisión local y documentación utilizada para la moción que presentó en 2011 ante el Pleno del Ayuntamiento de El Padul.
Su propósito continúa plenamente vigente: dar a conocer a una paduleña que recibió un reconocimiento institucional, pero cuya vida sigue siendo desconocida para una gran parte de la población. Las personas mayores de El Padul sí la conocieron y todavía la recuerdan con cariño, mientras que entre las generaciones más jóvenes su nombre y su trayectoria apenas son conocidos.

📚 Una joven que quiso seguir estudiando.

Antonia Rejón Delgado nació en El Padul en 1907, hija de José Rejón Medina y Dolores Delgado Puertas. Algunas fuentes municipales la citan con el nombre de María Antonia Rejón Delgado, mientras que en la documentación del reconocimiento de 2011 aparece como Antonia y en la memoria familiar ha permanecido como Antoñita.
También fue conocida popularmente como “la Niña la Chaquetica”. Conviene realizar esta aclaración porque algunas publicaciones han atribuido equivocadamente una versión masculina de este apodo a su hermano, el doctor Antonio Rejón Delgado. Según la precisión familiar y local aportada para este artículo, el sobrenombre correspondía a doña Antonia.
Creció en el seno de una familia acomodada y pudo acceder a una educación que todavía era poco frecuente entre las mujeres de comienzos del siglo XX. La familia poseía dos casas con sus dependencias, yuntas, tierras de labor y un gran corralón. Sus padres hicieron un importante esfuerzo para proporcionar estudios superiores a sus hijos: Antonio cursó Medicina y Antonia pudo formarse en Magisterio, Farmacia y música.
Estudió en el Colegio de Niñas Nobles de Granada y, con apenas dieciocho años, terminó la carrera de Magisterio.
Antonia no se conformó con aquella primera titulación. Estudió piano en el Conservatorio de Música de Granada y comenzó la carrera de Farmacia en la Universidad de Granada. Su deseo de estudiar parece haber nacido también del ejemplo de su hermano, Antonio Rejón Delgado, que se estaba formando como médico.
La propuesta municipal de 2011 la definía como una mujer inquieta que se planteaba continuamente nuevos retos. En una sociedad que reservaba mayoritariamente a los hombres los estudios superiores y el ejercicio de determinadas profesiones, Antonia quiso ser maestra, farmacéutica y pianista.
No buscaba solamente una formación personal. Desde muy joven trató de aplicar lo aprendido al cuidado de los demás.

💊 La farmacia y la atención a las familias humildes:

Durante sus años de formación, Antonia ayudó en labores de enfermería a su hermano Antonio. Aunque no poseía el título de médica ni el de enfermera, adquirió experiencia práctica y conocimientos que más tarde utilizaría para atender a personas heridas o enfermas.
La historia de los hermanos Rejón Delgado aparece vinculada a la farmacia de Hipólita Molina, que suministraba medicamentos a la Beneficencia Municipal. Hipólita, que había heredado el establecimiento de su padre, pero carecía de la titulación necesaria, nombró regente a María Antonia Rejón Delgado, maestra y licenciada en Farmacia.
En aquella farmacia también pasaba consulta el doctor Antonio Rejón y acudían numerosas personas que no tenían medios para contratar los servicios de otros médicos. La documentación estudiada por la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica confirma la estrecha relación de la familia Rejón Delgado con la farmacia de Hipólita Molina y con la Beneficencia Municipal.
Antonia conoció de cerca aquella realidad social. Detrás del mostrador de una farmacia o junto al maletín de su hermano no solamente había medicamentos. Llegaban familias humildes, jornaleros, mujeres con niños enfermos y personas que necesitaban atención, pero carecían de recursos económicos.
Los testimonios recopilados por Dolores Cenit señalan que aquella disposición para ayudar acompañó a Antonia durante toda su vida. Según recordaba su hijo José Benito, cuando alguien enfermaba o sufría una herida y no podía pagar a un médico, ella tomaba el maletín y acudía a atenderlo. Lo hacía incluso de madrugada y sin cobrar nada.
Estos recuerdos permiten comprender que su compromiso con las personas más necesitadas no fue un episodio aislado, sino una forma de ejercer sus conocimientos sanitarios.

🕊️ El año 1936 y la ruptura de una vida:

El verano de 1936 alteró por completo la vida de El Padul. Una investigación reciente del equipo Universidad y Memoria de la Universidad de Granada, basada en documentación del Archivo Histórico Municipal, señala que la localidad quedó bajo el control de los militares sublevados el 21 de julio. Desde entonces comenzó una intensa represión contra vecinos y familias señalados por sus ideas políticas. La investigación ha documentado numerosas anotaciones represivas en el padrón municipal de 1935.
La familia Rejón Delgado quedó directamente afectada.
El doctor Antonio Rejón había formado parte de una comisión gestora socialista del Ayuntamiento de El Padul entre noviembre de 1931 y enero de 1932. Al comenzar la sublevación tuvo que escapar del pueblo para evitar una muerte casi segura.
La biografía de Benito Prieto escrita por Antonio Villena Muñoz relata que el médico consiguió huir oculto en un carro cargado de estiércol. Lo hizo, según el autor, con el temor y el dolor de que su marcha pudiera desencadenar represalias contra sus padres, que ya eran mayores.
La investigación del equipo Universidad y Memoria ha documentado que pasó a la zona republicana, formó parte del ejército y, al finalizar la guerra, salió de España a bordo del Stanbrook, el último gran barco que abandonó el puerto de Alicante con refugiados republicanos. Tras pasar por campos de internamiento en el norte de África, murió en el exilio, en Rabat, el 8 de diciembre de 1947. La memoria familiar también conserva su paso por Casablanca.
La persecución del doctor Antonio Rejón no fue un acontecimiento ajeno a su hermana. Antonia sufrió igualmente las consecuencias de la represión ejercida sobre la familia. El patrimonio familiar fue requisado y la vivienda quedó profundamente afectada durante aquellos años.
Dolores Cenit conserva declaraciones y testimonios sobre los episodios más dolorosos padecidos por la familia, pero ha decidido no divulgarlos por respeto a las personas implicadas. Esa voluntad debe ser respetada.
Sin revelar aquellos testimonios, sí puede afirmarse que la Guerra Civil quebró los proyectos de Antonia y la obligó a afrontar una situación de enorme inseguridad.
Antonia estaba a punto de comenzar su vida profesional como maestra. Ante el peligro que rodeaba a su familia, solicitó un destino lo más alejado posible de Andalucía. Le fue concedida una plaza en una escuela rural de Galicia, adonde marchó acompañada por una de sus hermanas.
Algunas narraciones han empleado la palabra “secuestrada” para referirse a su situación en Galicia. No parece que deba entenderse como un secuestro en sentido literal, sino como una forma de expresar que Antonia quedó forzosamente alejada de su familia y de su pueblo por las circunstancias de la guerra. Su permanencia allí estuvo condicionada por el miedo, la inseguridad y la imposibilidad de regresar con normalidad a El Padul.
Aquel viaje significó abandonar su pueblo, separarse de sus padres y comenzar de nuevo en una tierra muy distante. No fue una estancia turística ni una decisión libre de preocupaciones. Fue una salida determinada por el peligro y la necesidad de protegerse.

👩‍🏫 Una maestra paduleña en tierras gallegas:

En Galicia, Antonia ejerció el Magisterio en una escuela rural. La distancia no interrumpió su voluntad de continuar formándose y allí completó sus estudios de Farmacia, desarrollando también su actividad como farmacéutica o boticaria.
La imagen de aquella joven paduleña dando clase en una pequeña escuela gallega permite apreciar mejor la dimensión humana de su trayectoria. Había dejado atrás a su familia y a su pueblo, pero conservaba dos herramientas esenciales: su preparación y su voluntad de salir adelante.
Fue durante esta etapa cuando conoció al pintor Benito Prieto Coussent, natural de Ribadeo. También él había sufrido duramente las consecuencias de la guerra. Había sido detenido y encarcelado, y durante su estancia en prisión llegó a realizar veinticuatro retratos de compañeros encarcelados. Aquellas experiencias dejaron una profunda huella en su carácter y en su pintura.
Tras salir de la cárcel, Benito regresó a Ribadeo y posteriormente se alojó en el hotel Méndez Núñez de Lugo. Allí observó durante las comidas a una joven vestida de luto que permanecía siempre sola. Aquella muchacha era Antoñita Rejón Delgado.
Benito se presentó ante ella y, pocos días después, comenzó entre los dos una profunda amistad. Compartieron sus respectivas historias, sus pérdidas y las difíciles experiencias vividas durante la guerra.
Cuando Benito fue movilizado y enviado al monasterio de Guadalupe, donde recibió distintos encargos pictóricos, continuó carteándose con Antonia. Aquella correspondencia mantuvo viva una relación que acabó convirtiéndose en un proyecto común.
Las fuentes no coinciden completamente sobre la fecha exacta del matrimonio. Una investigación cultural gallega sitúa la boda el 28 de noviembre de 1939 en el monasterio de Samos, mientras que Antonio Villena Muñoz la sitúa en torno a 1940 y señala que el abad de Samos actuó como testigo del enlace. En cualquier caso, puede afirmarse que Antonia y Benito contrajeron matrimonio entre finales de 1939 y 1940, en una ceremonia íntima vinculada al monasterio de Samos.

🏡 El regreso a El Padul y una casa convertida en espacio de trabajo.

En 1941, Antonia regresó a su pueblo acompañada por Benito Prieto. Sus padres, ya ancianos, recibieron con cariño al matrimonio, a pesar de que la vivienda y el patrimonio familiar habían quedado muy deteriorados por los acontecimientos de los años anteriores.
La casa se convirtió entonces en el centro de varias actividades. Allí se encontraba la farmacia que Antonia regentaba, conocida popularmente como “la Botica de Arriba”, y sobre ella quedó instalado el estudio del pintor.
Antonia y sus padres acondicionaron un antiguo granero como estudio para Benito. No fue un detalle doméstico sin importancia. El artista necesitaba espacio, tranquilidad y recursos para pintar, y la familia se ocupó de proporcionárselos.
Fue en aquel granero donde Benito Prieto comenzó los estudios y bocetos de su célebre Cristo en la Cruz. La obra que acabaría proporcionando al pintor una gran proyección artística comenzó a gestarse, por tanto, en la vivienda familiar de Antonia y sobre la farmacia donde ella desarrollaba su profesión.
Además, sus padres eran ya mayores y Antonia asumió la administración de las fincas agrícolas familiares. La farmacia y el patrimonio agrícola proporcionaron estabilidad económica al matrimonio y permitieron que Benito se dedicara plenamente a la pintura.
Durante mucho tiempo, esta circunstancia se ha contado como una ayuda prestada al artista. Sin embargo, detrás de aquella ayuda existía un considerable esfuerzo personal. Antonia administraba las propiedades de sus padres, atendía la farmacia, cuidaba de la familia y organizaba una vivienda en la que convivían la vida cotidiana y la creación artística.
La obra de Benito Prieto no surgió en un espacio ajeno a esas responsabilidades. Fue posible, en parte, porque Antonia asumió muchas de ellas.
Durante los años vividos en El Padul, Benito desarrolló una actividad artística intensa. Pintaba durante largas jornadas, viajaba en tranvía a Granada para relacionarse con otros artistas y realizaba estudios anatómicos en la Facultad de Medicina y en el Hospital de San Juan de Dios.
También mantuvo contacto con diferentes personalidades de la vida cultural granadina. Entre 1955 y 1956 viajó por Turquía y pintó Las ruinas de Éfeso, uno de los pocos paisajes importantes de su producción. Los años centrales de su trayectoria y una parte fundamental de su obra se desarrollaron en El Padul.

🚋 Entre la farmacia y la escuela de Escúzar.

Antonia no abandonó completamente su profesión docente. Para no perder su plaza tuvo que reincorporarse al Magisterio y fue destinada a Escúzar.
Comenzó entonces una vida dividida entre dos localidades y varias ocupaciones. Durante la semana permanecía en Escúzar atendiendo la escuela. Los fines de semana regresaba en tranvía a El Padul y el domingo por la tarde emprendía de nuevo el viaje para incorporarse a sus clases.
Aquellos desplazamientos semanales muestran el esfuerzo necesario para conservar su puesto. Las comunicaciones eran más lentas y difíciles que las actuales, y viajar constantemente exigía tiempo y resistencia.
En Escúzar, Antonia no se limitó a impartir las materias escolares. También daba clases de piano, creó un coro y buscaba oportunidades para tocar el órgano de la iglesia. La música formaba parte de su manera de enseñar y de relacionarse con la comunidad.
Su figura reunía así varias vocaciones: la enseñanza, la farmacia, la asistencia sanitaria y la música. No eran simples aficiones acumuladas, sino facetas de una mujer que intentaba poner sus conocimientos al servicio de quienes la rodeaban.

⚕️ Fórmulas magistrales y medicamentos difíciles de conseguir.

Como farmacéutica, Antonia ejerció siguiendo los procedimientos tradicionales de la época. Muchos medicamentos todavía no llegaban preparados industrialmente y era necesario elaborar fórmulas magistrales en la rebotica, combinando las sustancias prescritas en las proporciones adecuadas.
Este trabajo requería conocimiento, precisión y responsabilidad. Una equivocación podía comprometer la salud del paciente.
Entre los recuerdos recopilados por Dolores Cenit se conserva el relato de que a El Padul llegó, a través de Antonia, una de las primeras partidas de penicilina utilizadas en la localidad. El medicamento habría sido traído desde Motril cuando todavía era escaso y circulaba por vías difíciles de controlar.
No se dispone por ahora de documentación farmacéutica que permita afirmar que aquella fue, de manera indiscutible, la primera penicilina que llegó a El Padul. Debe presentarse como lo que es: un recuerdo transmitido por personas que conocieron a Antonia y fueron testigos de su actividad sanitaria.
El relato posee, en cualquier caso, un gran valor humano. Muestra a una farmacéutica atenta a los nuevos tratamientos y dispuesta a conseguir medicamentos que podían salvar vidas.

🎨 Antonia y el Cristo de Benito Prieto.

La intervención de Antonia fue especialmente importante durante la creación del célebre Cristo en la Cruz de Benito Prieto Coussent, cuya primera versión fue presentada públicamente en 1948.
El pintor buscaba una representación alejada de la imagen tradicional del Crucificado. Quería mostrar el sufrimiento físico con un realismo descarnado. Para realizar sus estudios utilizó modelos naturales de El Padul. Según Antonio Villena Muñoz, Andrés, conocido como el de “Carmen Ávila”, sirvió de modelo para estudiar los brazos, mientras que Antoñillo Fiñete prestó su rostro a algunos de los bocetos.
La obra, por tanto, no solamente fue creada en El Padul, sino que incorporó cuerpos y rostros de personas del propio pueblo.
La representación provocó rechazo en determinados ambientes religiosos. El párroco local consideraba que el cuadro podía ocasionar escándalo y que mostraba un materialismo excesivo. Por El Padul llegó a extenderse el rumor de que Benito estaba pintando un Cristo blasfematorio y se organizaron trisagios para pedir que el proyecto no prosperase.
Benito Prieto llegó a temer que aquella nueva controversia, después de haber sido encarcelado por sus ideas, pudiera acarrearle graves consecuencias. Por ello se planteó abandonar el proyecto.
Fue entonces cuando apareció con toda su fuerza el respaldo de Antonia. Ella le recordó el dolor vivido por sus propios padres durante la guerra y le aseguró que permanecería a su lado, animándolo a seguir adelante y a no ceder.
El pintor reconocería años después que, sin aquella fortaleza, su Cristo nunca habría llegado a ocupar un lugar en las enciclopedias de arte. Reanimado por las palabras de su esposa, respondió al párroco que continuaría pintando hasta que su Cristo saliera triunfante por las puertas del estudio, aunque aquello pudiera costarle la vida.
Benito Prieto fue convocado posteriormente ante un tribunal de teólogos presidido por el cardenal Agustín Parrado García para explicar y defender su pintura. Tras escuchar sus argumentos sobre la representación de un Cristo propio de un siglo marcado por la violencia, el cardenal terminó respaldando la obra.
La oposición inicial no consiguió detener el proyecto. El apoyo de Antonia resultó decisivo para que el artista no lo abandonara.

🖼️ La mujer que salvó el lienzo.

El propio pintor contó años después otro episodio revelador. Faltaba poco para la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1948 y Benito, dominado por su perfeccionismo, no estaba satisfecho con el lienzo.
Cogió el cuadro, lo arrojó por una ventana del estudio al corral y se marchó a bañarse al Aguadero.
Antonia, que conocía el carácter de su marido y temía que destruyera definitivamente la obra, esperó a que se alejara. Después llamó a Andrés, el trabajador de la casa, y le pidió que recogiera el lienzo.
Entre los dos lo envolvieron y prepararon para enviarlo a Madrid. Andrés tomó el tranvía, lo facturó en la estación y compró también un billete para Benito. Cuando el pintor regresó a la casa, el cuadro ya estaba camino de la exposición y él se encontró prácticamente obligado a viajar a Madrid.
La obra causó una enorme impresión, obtuvo una medalla y abrió una nueva etapa en la trayectoria de Benito Prieto. El artista renunció al premio para conservar la propiedad del cuadro. La primera versión del Cristo fue presentada en la Exposición Nacional de 1948 y rompió con la iconografía religiosa imperante.
El pintor reconoció públicamente la importancia de aquella decisión:
“Si Antoñita no tiene ese gesto de coger ese lienzo y mandarlo enseguida a Madrid, no habría tal Cristo”.
Antonia no pintó el cuadro, pero comprendió su valor cuando el propio autor estaba dispuesto a destruirlo. Su intervención salvó una obra esencial en la trayectoria de Benito Prieto y evitó que un momento de desesperación acabara con años de trabajo.
No fue solamente la esposa que facilitó al pintor un espacio donde trabajar. Fue también la persona que comprendió el valor de una creación cuando su propio autor había dejado de creer en ella.

👨‍👩‍👧‍👦 Una vida propia detrás del nombre del pintor.

Antonia y Benito formaron una familia y tuvieron dos hijos: Marisol y José Benito. Ambos nacieron y se criaron en El Padul durante los años en que el matrimonio residió en la localidad.
Marisol falleció repentinamente años después, de una manera que recordó dolorosamente la muerte de su madre. José Benito, que durante una etapa de su vida residió en las islas Canarias, también ha fallecido.
Benito Prieto pintó retratos de sus dos hijos. Entre ellos se conservaba uno especialmente entrañable de Marisol cuando era pequeña, sentada en una silla mientras pelaba patatas, y otro de José Benito vestido con un hábito franciscano.
Sin embargo, la biografía escrita por Antonio Villena Muñoz llama la atención sobre una ausencia: entre los retratos familiares conocidos de Benito Prieto no se conserva ninguno de Antonia. El propio autor reconoce que se desconoce la razón.
Esta ausencia pictórica resulta especialmente simbólica. Antonia estuvo presente en los años decisivos del artista, sostuvo su actividad y salvó una de sus obras más importantes, pero su rostro no quedó reflejado, hasta donde se conoce, en ninguno de los retratos realizados por su marido.
Durante décadas, su nombre quedó unido casi exclusivamente al de Benito Prieto. Se hablaba del gran pintor y, de manera secundaria, de la mujer que le había permitido trabajar.
Esa mirada resulta incompleta.
Antonia poseía una formación excepcional para una mujer de su generación. Fue maestra, farmacéutica y pianista. Ejerció en Andalucía y Galicia, creó un coro, tocó el órgano, elaboró medicamentos, administró explotaciones agrícolas y atendió gratuitamente a personas enfermas.
También fue una mujer afectada por la represión y por el exilio de su hermano. Tuvo que abandonar su pueblo y reconstruir su vida lejos de su familia. Después regresó y convirtió su preparación profesional en una forma de servicio a la comunidad.
Su trayectoria merece ser contada sin necesidad de separarla de Benito Prieto, pero también sin dejarla oculta detrás de él.

🖤 Una muerte prematura.

Antonia Rejón Delgado falleció el 2 de mayo de 1957, víctima de un infarto.
Su muerte interrumpió una vida todavía llena de responsabilidades y proyectos. Habían transcurrido menos de dos décadas desde su matrimonio y alrededor de dieciséis años desde su regreso a El Padul.
Quienes la conocieron la recordaban como una persona cariñosa y sensible, pero también dotada de una enorme energía. Esa fortaleza aparece en cada etapa de su biografía: en su decisión de estudiar, en la marcha a Galicia, en sus desplazamientos para conservar la plaza de maestra, en la atención a las personas enfermas y en su defensa de la obra de su marido.
Tras la muerte de Antonia, Benito Prieto dejó El Padul y se trasladó a Granada. En 1958 contrajo segundas nupcias con Amparo Serrano Sánchez, farmacéutica e investigadora, quien también desempeñaría un papel importante en la conservación y difusión posterior de su legado.
Este dato permite completar la cronología familiar, pero no debe desviar la atención de la etapa compartida con Antonia. Fue durante los años vividos junto a ella en El Padul cuando Benito Prieto desarrolló la parte más significativa de su producción artística y creó las primeras versiones de su obra más emblemática.

🏅 El reconocimiento promovido por Dolores Cenit.

En 2011, con motivo del centenario del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, Dolores Cenit Palomares, entonces responsable de la Concejalía de Igualdad del Ayuntamiento de El Padul, presentó una moción para reconocer a Antonia Rejón Delgado como Hija Predilecta de El Padul a título póstumo.

La propuesta destacaba la trayectoria de Antonia, su compromiso con las personas humildes, su comportamiento durante los difíciles años treinta y cuarenta y su influencia en la obra de Benito Prieto Coussent.
El documento llegó a definirla como “la Clara Campoamor paduleña”. La comparación no pretendía atribuirle una trayectoria política semejante, sino resaltar su condición de mujer adelantada a su tiempo, capaz de acceder a estudios superiores, ejercer varias profesiones y superar los límites impuestos a las mujeres de su generación.
Según explica Dolores Cenit, el reconocimiento se realizó, pero no recibió la difusión necesaria. Las generaciones de mayor edad sí conocieron a Antonia y conservan de ella un recuerdo afectuoso. Sin embargo, con el paso de los años, su nombre fue quedando nuevamente en un segundo plano y una gran parte de la juventud desconoce hoy quién fue.
Por eso sigue siendo necesario hablar de ella.

🌺 El Padul debe recuperar su memoria.

Recuperar la memoria de Antonia Rejón Delgado no significa entrar en aspectos familiares que deben permanecer reservados. Tampoco exige convertir su vida en un relato centrado exclusivamente en la represión o en la figura de su marido.
Significa contar con mayor amplitud aquello que hizo.
Antonia estudió cuando pocas mujeres podían hacerlo. Enseñó en escuelas rurales. Ejerció la Farmacia. Se interesó por la música. Atendió a personas sin recursos. Afrontó las consecuencias de una guerra. Sufrió la separación de su familia. Ayudó a salvar una obra de arte y sostuvo una casa en la que convivían el trabajo sanitario, la agricultura, la educación y la pintura.
Fue “la Niña la Chaquetica”, la maestra que tuvo que marcharse a Galicia, la farmacéutica de la Botica de Arriba, la mujer que atendía gratuitamente a quienes no podían pagar un médico y la compañera que sostuvo a Benito Prieto durante los años decisivos de su creación artística.
Su nombre merece ocupar un lugar visible en la historia de El Padul.
Antonia Rejón Delgado no fue únicamente la mujer que acompañó a Benito Prieto Coussent. Fue una maestra, una farmacéutica, una pianista y una mujer comprometida con su pueblo.
Las personas mayores todavía la recuerdan. Ahora corresponde transmitir su historia a las generaciones jóvenes para que su memoria no vuelva a desaparecer.
El Padul tiene la responsabilidad de conocerla, recordarla y reconocer en ella a una de las mujeres más preparadas, generosas y singulares de su historia contemporánea.

Miguel Ángel Molina Palma ✍

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Bibliografía:

Documentación, testimonios y moción municipal elaborados por Dolores Cenit Palomares y presentados al Pleno del Ayuntamiento de El Padul en 2011.

Villena Muñoz, Antonio. Seis vidas de paduleños, especialmente las páginas 52-64, dedicadas a la trayectoria de Benito Prieto Coussent y a la presencia decisiva de Antoñita Rejón Delgado en su vida y en su obra.

Foto de "la Botica de Arriba"
 de Padul, la Casa de la familia 👪



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